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Editorial

Fuimos al FMI: cayó como balde de agua fría pero no quedaba otra

En el Gabinete nadie quería llegar al plan B, que era recurrir al Fondo Monetario Internacional, porque eso implicaba que el proyecto llevado adelante para salir del pesado déficit fiscal heredado había fracasado. Había bombas a punto de explotar como los pesados subsidios a las tarifas que, pese a los incrementos con que castigaron a la sociedad, no supieron aprovechar porque la bicicleta financiera, que dejaron crecer alegremente, se terminó comiendo los esfuerzos realizados.

El juego de los mercados es siempre peligroso, sobre todo para un país con ausencia de inversión real; hay que saber jugarlo al límite si hace falta, pero hay que tener mucho cuidado con las pérdidas de divisas, porque se termina dilapidando fondos de nuestras reservas y colocando al país en un estado de fragilidad. Y una corrida de los mercados nos generó una crisis enorme, de tipo financiero especulativa, tanto como para tener que recurrir al FMI, un organismo muy desprestigiado en el mundo y al que más de un economista argentino, como Roberto Cachanosky, pretende que lo cierren por sus malas praxis en las crisis de otros países. Otros especialistas como el pergaminense José Luis Espert se refiere a este episodio diciendo que recurrir al Fondo es igual que irse a la B, en una analogía futbolística, entre otras críticas generalizadas de periodistas, economistas y opinólogos.

Podemos decir que el gradualismo ha fracasado, quizás porque se fue despacio con las reformas, luego se precipitaron sin que en el interludio hayan llegado inversiones, razón por la cual no pudo bajarse el déficit fiscal y, como consecuencia de todo este cuadro, se registra retracción del consumo con inflación fuera de control. El pedido de auxilio al FMI se presentó entonces no como una opción sino como la única salida para esta crisis, que si bien es más fuerte en el mercado financiero, también está haciendo mella en la sociedad.

Todavía no sabemos cuáles serán las condiciones que pondrá el organismo y cómo eso impactará en las elecciones del año que viene; saben en el Gobierno que el Fondo tiene mala prensa y que la ciudadanía en general lo considera mala palabra. Por eso se refirieron a este episodio como un crédito de tipo “preventivo”, asegurando que es distinto a cualquier otro que haya tenido la Argentina, además de recalcar -cosa que es verdad- que las tasas son las más beneficiosas del mercado.

La historia ya es conocida: en el primer lunes negro del macrismo esta semana, el ministro de Finanzas, Luis “Toto” Caputo llevó noticias a la Casa Rosada que obligaron hacer lo que hasta minutos no se pensaba siquiera. Se venía una ofensiva letal contra el peso y no tenían más solución que recurrir al Fondo Monetario Internacional. Un organismo que ofrece blindaje y dinero a muy baja tasa y para endeudarse en más conveniente. Que aquellos fondos usurarios que nos llevaron a los tribunales de Griesa en Nueva York, sin ningún lugar a dudas.

Dicen que de la primera conversación con el organismo, minutos antes que Macri hablara al país, no solo se obtuvo el compromiso del FMI de asistir con financiamiento a la Argentina sino también la convicción de que hay una decisión estratégica del organismo de evitar un colapso financiero del país o un ajuste social y políticamente inaceptable. Eso lo veremos, porque mientras el oficialismo dice que este es otro Fondo Monetario distinto al que conocemos, los economistas de trato diario con el organismo dicen que son los mismos técnicos de siempre.

Y siempre el déficit en el centro de la escena, porque altos funcionarios del Gobierno afirman que los mercados exigían que el déficit primario de este año fuera del 1,5 y no del 2,7 por ciento, como se había comprometido en su última concesión Dujovne , y de cero para el próximo. Con el agregado de una mega devaluación. Frente a ese escenario, recurrir al Fondo se pareció al alivio de volver a respirar después de ser arrasado por una tormenta gigante. Pero saben que los efectos secundarios y los costos resultarán inevitables. Si lo del ajuste salvaje era un suicidio político, recurrir al Fondo no sería menos cruento, dada la historia que sobrevive en la memoria colectiva de los argentinos.

Esa fue la causa por la que siempre el Gobierno evitó siquiera mencionar hasta hoy que si fallaba la apuesta única al financiamiento externo para sostener el gradualismo no había previsto ni encontrado ninguna otra alternativa que recurrir al FMI a quien para los argentinos es un certificado de fracaso. Tal vez peor resulte confirmar que este es el último espacio que queda y que no ir al Fondo hubiese sido peor. El intento de apelar al anuncio del recorte del gasto, con un freno a la obra pública, fueron balas de fogueo de un tiroteo que ahora será con balas de verdad.

El error, como siempre en este Gobierno, pasa por la comunicación. En este caso, el uso de eufemismos para morigerar el impacto de la situación fue tan notorio que molesta. Sobre todo porque no coincide con la sensación de la calle ni con las actitudes de los propios funcionarios. Hablar de préstamo preventivo y asegurar que Argentina no está en crisis no tiene nada que ver con un equipo económico hablando para pedir auxilio al FMI por la mañana, el presidente comunicándoselo a la población al mediodía y el ministro de Economía viajando esa misma noche hacia Washington. 

No se debe seguir disfrazando la situación, no tenemos un problema, estamos en una crisis, tan difícil que debemos recurrir al FMI. Esto sería lo más parecido a decir la verdad. Hasta hace un mes se hablaba de que bajaba la pobreza, se creaba empleo, estábamos creciendo y de pronto el tsunami de los mercados y terminamos en un desastre. Si nos sinceramos esta crisis se insinuaba en la bicicleta financiera desde los meses en que se hablaba de las bondades del modelo.

Siempre hubiese sido más sencillo si decimos la verdad: la temible herencia recibida, los errores cometidos por el oficialismo y los resultados que ahora debemos asumir. Basta de disfrazar la realidad porque eso solo lleva a engaños y a que el ciudadano común no tenga en claro lo que debe afrontar.