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Editorial

Si todo fuera cuestión de palabras

Las tribus urbanas en la Argentina, como sucede en la mayoría de los países del mundo, adquieren su propio argot, modismos al hablar, toda una simbología que los diferencia como grupo humano. Donde más aplica esta tendencia suele ser en la adolescencia y en esa etapa no implica que se trata de marginales, lo que sí aplicaría si son adultos en la mayoría de las veces.

Entre esas tribus en Buenos Aires podemos diferenciar, por ejemplo, a un importante sector de estudiantes secundarios, muchos ligados a los centros de estudiantes que sin embargo no solo se dedican a las cuestiones educativas sino que cuelan intereses en todos los temas, desde salarios docentes, cambios en los programas educativos superiores, la despenalización del aborto, la paridad de género, el “Ni una menos”, en fin en todos los asuntos que se menean en la sociedad de los adultos.

Es así que, más allá de estas cuestiones que los padres tendrán que analizar si están de acuerdo con el comportamiento de sus hijos -un asunto donde también hay grieta entre los mayores- estos grupos tienen también un argot de comunicación, modismos que en algunos casos son simpáticos y en otros transforman nuestro idioma en un verdadero adefesio. Más grave es cuando esta manera de hablar se traslada a comunicaciones oficiales y, en el caso que nos ocupa de los estudiantes, es replicado también por docentes y directivos de los establecimientos, incluso en escritos oficiales.

Lo hacen para reinvindicar cuestiones que van mucho más allá del lenguaje, el que debiera ser universal e incorruptible. Quizás son muy jóvenes para comprender que tenemos uno de los idiomas más ricos del mundo, con sustantivos específicos para cada cosa y miles de adjetivos para enriquecerlos o describirlos. Tal vez los profesores de lengua no han sabido inculcar a los chicos el amor por el castellano que, insistimos, es uno de los idiomas más bellos y ricos del mundo. Pero lo cierto es que por lo que puede ser considerado una buena causa se masacra otra, nuestro idioma.

Y en esto de la cuestión de género, del “todos y todas” como sentido de inclusión, de utilizar el @ que es una a y una o en un mismo signo, o reemplazar en textos escritos informales la o y la a por una x para denotar indistinción, se pensaba que se estaba pasando a una etapa superadora del masculino o femenino. Ahora, si faltaba algo, los jóvenes comprometidos con cuestiones de género y causas afines empezaron a utilizar la letra e para evitar generalizar en una simple o, que en la lengua española no refiere al sexo sino a una marca gramatical. Así es que con total naturalidad, en muchos centros de estudiantes se puede leer u oír “les chiques” como reemplazo de chicos y chicas, o “todes” reemplazando el todos.

Los más jóvenes se toman en serio la discusión por el uso del masculino como genérico (¿o genérique, según ellos?) Ahora, adultos, docentes, padres, preceptores, directivos, ¿pueden convalidar estas expresiones utilizándolas también?

Los chicos, dicho en término general, lo llaman “lenguaje inclusivo”, como si dando este último adjetivo al idioma los eximiera, en razón de la causa, de estar hablando mal. Quienes preferimos hablar de un grupo como todos (más específicamente si se quiere, todas y todos) en lugar de decir “todes”, ¿estaríamos entonces excluyendo a alguien?

Transgredir es sinónimo de ser jóvenes y quienes optan por esta forma de comunicación dicen “tener la cabeza abierta, ser progres, plantados frente a la vieja sociedad patriarcal”. Eso repiten y no sabemos si comprenden lo que implica, lo que fue y es la lucha de las mujeres por la igualdad del salario, los derechos y las oportunidades. Una pelea que tiene poco de glamour o de argot, pero mucho de carnadura.

En nuestro lenguaje el masculino no refiere al sexo, refiere a una marca gramatical. Los sustantivos castellanos no necesariamente aluden a esta cuestión, por ejemplo, cuando se habla de “la casa”, tiene artículo femenino pero no alude a una cuestión femenina. Es una casa, el mate tiene artículo masculino que lo precede, pero es un mate que no tiene implicancia sexual masculina.

Lo que alude, concretamente al género, es mujer u hombre, que llevan artículo femenino y masculino, pero no es por eso la alusión, como es claro.

La gramática castellana, hermosa y compleja, tiene una lógica implacable, con sus preposiciones, sus subordinantes, sus objetos directos e indirectos, sus modificadores. Y complicarla con conceptos como el género en el sentido que actualmente se le pretende dar, de “inclusión”, solo puede tender a descomponerla.

La verdad es que hablando de igualdad de género y más aun un concepto tan importante como la inclusión, en una sociedad como la nuestra que ha luchado tanto por estas ideas y lo que ellas representan, hasta parece una falta de respeto creer que con la deformación de algunas palabras estamos avanzando en el sentido necesario. Porque, como decimos la paridad real, es algo que se sigue peleando y que no tiene nada que ver con el lenguaje.

La familia y la escuela poco y nada hacen para que los jóvenes entiendan la cuestión y dejen la superficialidad de pensar que con la deformación del idioma vamos hacia adelante. Si hasta hay adultos que creen ser modernos y simpáticos utilizando el argot de los chicos, lo que termina en un ridículo que da más pena que enojo. Porque ellos por su propia edad es probable que hasta tengan que pasar por esa edad en la que juegan con el idioma, pero el adulto es más que inmaduro si cree que rejuvenece imitando a los pibes. Como decimos, en las escuelas porteñas, no solo se han avalado estos modismos sino que además son replicados por docentes y autoridades. ¿Será que tienen temor a la mirada del joven, que los consideren contrarios a la inclusión y atenten contra ellos? ¿Quién es el educador y quién el educando? ¿Acaso no mandamos a nuestros hijos a la escuela para que les enseñen, entre otras cosas, la lengua castellana? En algún momento hay que encontrar un límite y ejercerlo, poniendo cada cosa en su lugar. 

La deformación del lenguaje se relaciona también con que nueve de cada 10 adolescentes se informan principalmente por las redes, donde podemos dar fe de los horrores en el uso de nuestro idioma y los desastres ortográficos que lastiman los ojos. De modo que no solo los estudiantes terminan por no saber distinguir entre una noticia real y una “trucha” sino que se les terminan grabando errores en el modo de escribir y posteriormente de hablar.

En fin, que vamos a tener que ocuparnos más de nuestros adolescentes, haciendo docencia en el hogar y en la escuela respecto de cómo distinguir las noticias y cómo aprovechar nuestro bello idioma. Mientras tanto, continuar con las luchas reivindicativas, de todos y de las minorías, pero con acciones que hagan la diferencia de verdad, no solo en las palabras.