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Perfiles pergaminenses

Alberto Ponce de León: un pergaminense por adopción que aquí forjó su destino

Alberto Ponce de León recibió en su casa a LA OPINION. (LA OPINION) Alberto Ponce de León recibió en su casa a LA OPINION. (LA OPINION)

Nació en San Miguel y llegó a la ciudad siendo muy joven para trabajar en el Bar del histórico Hotel de Roma. Más tarde tuvo un reparto de fiambres, quesos y dulces y luego instaló una panificadora que hoy constituye un emprendimiento familiar gracias al compromiso de sus hijos y nietos.


A

lberto Ponce de León es un pergaminense por adopción, nacido en San Miguel, que pasó su infancia en una zona rural, en el Cuartel V de Moreno.

Sus padres fueron Antonio Alberto y Celia Fidela Tomassi.  Sus hermanas, Hebe, fallecida, y Dora. Su padre tenía “un pedacito de campo” y en sociedad con un cuñado, cumplían tareas de tambo y se dedicaban a ordeñar.

Cuando habla de su infancia menciona que asistió a una escuela rural y más tarde al Colegio Industrial de San Miguel.

Tiene 81 años y aunque en los últimos tiempos su salud se ha visto afectada por algunos problemas, se mantiene activo y jovial. Acepta trazar su Perfil Pergaminense en la intimidad de su casa acompañado por su hija Alejandra. Llegó a Pergamino luego de haber hecho el Servicio Militar, cuando unos amigos le propusieron poner un bar y confitería en el Hotel de Roma. Fue en 1960, cuando se estableció en la ciudad donde se desarrolló y forjó su porvenir.

En la sociedad del Café de Roma eran cinco socios y cuando las cosas no fueron bien se separaron y cada uno tomó su rumbo. Guarda entrañables recuerdos de esa época, entre ellos el famoso paseo de los domingos por calle San Nicolás y el tiempo en el que “los muchachos” iban al bar a esperar a las novias que salían de la misa de la Iglesia Merced. También los paseos en Mateo que se contrataban en la vieja estación del Ferrocarril Mitre. “Era muy distinto el Pergamino de ayer”, refiere y muestra una fotografía en blanco y negro en la que se lo ve siendo muy joven en la barra del viejo bar que era el lugar de encuentro de la gente de la época.

Cuando dejó la tarea del bar y comedor del Hotel de Roma, se hizo cargo de un reparto de fiambres, quesos y dulces que compró a un conocido. Esa fue su actividad comercial durante muchos años. Viajaba a Buenos Aires para comprar la mercadería que luego vendía en comercios de Pergamino.  Fue en 1963. “Ahí empieza la historia actual nuestra, porque en ese tiempo comencé a comprar en Buenos Aires el pan para elaborar sándwiches de miga, que acá no se vendían”, cuenta y recuerda que su circuito de ventas abarcaba Arrecifes, Pergamino y Salto.

Más tarde tomó la representación de La Serenísima. Tomó el desafío que le supuso cumplir con una serie de exigencias con relación a la cantidad de camiones que tenía que tener para trabajar, también adquirió una cámara frigorífica y equipos. Fue una época compleja para la actividad comercial y un año y medio después, habiendo tomado créditos, debió dejar esa representación y vender lo que había comprado.

 

La panificadora

Fue tiempo para Alberto de iniciar un nuevo camino y así observó la oportunidad de iniciar un emprendimiento: montó su propia panadería para la fabricación del pan de miga. “Empecé con la idea de poner una panificación propia, y así fue como nació una nueva historia comercial en la elaboración del pan de miga. Primero alquilé una panadería en Manuel Ocampo y después compramos en Carpani Costa 755.

“Al principio solo nos dedicábamos a la elaboración de pan de miga y luego, por necesidad de nuestros propios clientes, comenzamos a diversificar el rubro e incorporamos otros productos”, relata y cuenta que al incorporarse su hija y nietos al emprendimiento familiar, sumaron a la producción otros productos que necesitaban los bares. “Hoy se hacen juanachos, chips y pata de ternera para eventos”, agrega y resalta que tienen una clientela muy fiel conformada por pizzerías, bares, sandwicherías y particulares que les compran para eventos. “Vendemos por bolsa cerrada de cuatro docenas, en general para comercios y eventos”. Asegura que les costó mucho lograr la receta del pan de miga, porque es el secreto bien guardado de todos los fabricantes. “Pero aprendimos y cuando tuvimos la receta la fuimos mejorando”, señala.

Un problema de salud que tuvo hace dos años en que sufrió un accidente cerebrovascular, hizo que tomara la decisión de alejarse un poco de la actividad comercial. “Me dejó algunas secuelas que me impiden manejar, pero igualmente voy al negocio casi todos los días, me dedico a ordenar los papeles, a pagar los impuestos, pero el traspaso del negocio ya se hizo a mi hija y trabajamos con mis nietos”.

Cuando habla de esta circunstancia, el diálogo lo lleva a introducirse en su universo personal, el de su familia, ese pilar que lo sostiene y alienta a seguir. En 1964 se casó con María Magdalena Tabares, a quien conoció cuando estaba en el Roma. “Nos pusimos de novios y al tiempo nos casamos. Tuvimos una hija: Alejandra. Tenemos seis nietos y siete bisnietos”.

 

Un hombre de fe

En 1974 fue invitado a realizar un Cursillo de Cristiandad y eso lo fortaleció en su fe y en su idea de familia. En 1975, inscribieron a su hija en el Colegio Nuestra Señora del Huerto y desde entonces Alberto siempre participó activamente de la Unión de Padres de Familia. Primero fue secretario durante tres años y más tarde presidente por varios períodos. “Logramos cosas importantes para el Colegio, trabajamos mucho para poder hacer el revestimiento y compramos la casa contigua donde se hizo el Gimnasio por calle San Nicolás”.

Recuerda la época de la Guerra de Malvinas, donde desde la Unión de Padres de Familia organizaron un festival solidario que se realizó en el Club Comunicaciones y del que participó Suma Paz.

Otro acontecimiento que recuerda es cuando se cumplieron los 200 años de la llegada de la Virgen de la Merced a Pergamino y tuvo la posibilidad de participar de un acto importante al que fue invitado el nuncio apostólico de ese momento: Pío Laghi. “Como yo era el presidente de la comisión de festejos fui partícipe de ese encuentro. Llegó el nuncio en un Fiat 1900 con chapa diplomática y fue recibido por nosotros en la Municipalidad. Estábamos el padre Gastón, el arquitecto Rossi que era el intendente, Mauricio Milano y yo”, relata.

Su familia siempre lo acompañó en esa tarea y disfrutó de colaborar con una labor solidaria asociada al bienestar de la comunidad de Nuestra Señora del Huerto donde se formó su hija. Afirma que siempre fue un hombre de fe y recuerda que siendo muy chico y viviendo en el Cuartel V de Moreno, todos los años con su cuñado iba a Luján a pasar todo un día. “Mi primer amor fue la Virgen de Luján”, confiesa.

 

Los afectos, su pilar

Es un defensor de la fe y de la familia y  sostiene los valores que defiende en su hacer cotidiano. Hace 54 años que está casado con su esposa y reconoce que la clave de la permanencia, además del amor y el respeto, es saber comprender. “Quizás por el cursillo aprendimos que la clave está en perder en lo personal y ganar en lo familiar”.

Su núcleo familiar está integrado por su esposa María Magdalena; su hija Alejandra, divorciada y actualmente en pareja con Raúl Mansilla, docente del Colegio Industrial. Sus nietos: Matías Ferreira, casado con Graciela Zozaya, papás de Victorio y Donato. María Belén Ferreira, casada con Carlos Borges, tienen tres hijas: María Angeles, Olivia y Lourdes. María Rosa Ferreira, casada con Lucas Medina, y tienen dos hijos: Octavio y Gregorio. María Clara Ferreira, estudiante del profesorado de Artes Plásticas. Emanuel Ferreira, estudiante de Gastronomía; y José Ferreira, estudiante de maestro mayor de obras.

Le gusta tener a su familia unida. Que su hija y sus nietos hayan continuado su tarea y puedan compartirla con él en un clima de armonía lo llena de gratificación. Sin dudas es la mayor construcción de su vida. “La alegría mayor que tengo es mi familia y todo lo que yo puedo hacer es para ellos”.

Cuenta que son de celebrar “los pequeños logros” y acompañarse en todas las dificultades. Eso los mantiene unidos y los alimenta en el concepto de familia. Disfruta de las reuniones familiares y con amigos.

Conserva amistades desde el Colegio Industrial de San Miguel. “Tenemos más de sesenta años de egresados y cuando podemos nos reunimos y compartimos un encuentro de amigos”.

Otros amigos son del movimiento de cursillos y de la vida, fundamentalmente sus clientes. “Para mí el cliente no es un número, es una persona y me han dado muchas satisfacciones”.

Especialmente ahora que la salud no me acompaña, todos están incondicionalmente. “De hecho el día que tuve el ACV fue uno de mis clientes, Diego Magrini de Sandwichería Avenida, que le avisó a mi hija que algo no andaba bien porque tenía dificultades para mover una pierna y un brazo. Le voy a estar eternamente agradecido por ese gesto”. Recuerda al pie de la letra todo lo que le sucedió ese día, las dificultades que descubrió el reaprendizaje de muchas cuestiones que le supuso el recuperarse de ese problema de salud. Nunca sintió miedo, porque jamás sintió dolor.

 

Con los pies en la tierra

Cuando habla de sus anhelos, se define como una persona que siempre vivió con los pies sobre la tierra sin volar detrás de grandes ambiciones. Esa racionalidad le permitió cumplir cada una de sus metas, incluso las del estudio que retomó de grande cuando se creó la Unnoba y se inscribió para cursar la Tecnicatura en Alimentos. “Tomé el desafío, pero sinceramente era mucho lo que había que estudiar y finalmente abandoné. Tiempo más tarde en Monseñor Scalabrini dictaban la carrera de Seguridad e Higiene Industrial, me inscribí y la hice. Recuerdo que me dieron el diploma y cuando lo recibí sentí que era lo que me debía a mí mismo y a la memoria de mis padres que nunca me exigieron nada y desde algún lugar seguramente me estarían viendo cumplir mis sueños.

“No soy ambicioso, se me van dando las cosas pero no sé porqué. Pero siempre ha sido así y el balance de la vida es muy bueno porque tengo a mi familia y tengo amigos. Eso es lo que más me gratifica”, concluye, con la sonrisa que acompaña la palabra y la gratitud con la que se posiciona frente a la vida por lo que ha logrado.