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Perfiles pergaminenses

Baby Calía de Baquedano, una mujer con una mentalidad siempre dispuesta a evolucionar

Baby Lilian Calía de Baquedano: una vida dedicada a su familia y a la actividad comercial. (LA OPINION) Baby Lilian Calía de Baquedano: una vida dedicada a su familia y a la actividad comercial. (LA OPINION)

Ha sido uno de los pilares de la empresa que lleva el nombre de su esposo con quien trabajó a la par para llevar adelante uno de los negocios más emblemáticos de la ciudad. Es una madre dedicada a sus hijos que encuentra en la familia su principal sostén y a sus 83 años se muestra jovial y dispuesta a aceptar cambios y tomar nuevos desafíos.


Baby Lilian Calía de Baquedano es una mujer que nació en la provincia de Córdoba, pero cuando tenía cinco meses su familia se estableció en Pergamino. Ese núcleo familiar estaba constituido por su padre Antonio, talabartero; su madre Josefa, ama de casa; y un hermano menor, René. Creció en una época muy diferente a la actual. Vivió una infancia feliz, sencilla  y apegada a valores que la forjaron en una personalidad emprendedora. Sus padres vivían en Francia, entre 11 de Septiembre y General Paz. Después se mudaron al barrio Centenario y volvieron a lo que ella llama “el barrio de la bronca”. Hizo primer grado en la Escuela Nº 16, luego asistió a la Escuela Nº 77 y terminó el colegio primario en la Escuela Nº 1. Guarda lindos recuerdos y destaca que era su madre quien la ayudaba en el estudio contándole las lecciones como si fueran cuentos. Al terminar sexto grado se inscribió en la Escuela Profesional de Mujeres. Integró una de las primeras promociones de esa institución que funcionaba en Merced, entre Castelli y General Paz. Allí estudió Corte y Confección y se recibió siendo escolta de la Bandera. Cuenta que el sueño de sus padres era que pusiera una casa de modas, sin embargo su oficio la llevó por otro camino en la actividad comercial que años después emprendió con su esposo.

Fue en una fiesta de egresados de esa Escuela que conoció a Germán Cruz Baquedano, su marido desde hace más de 60 años. Se emociona cuando confiesa que al verlo experimentó el “amor a primera vista”. Un sentimiento que conserva. “En esa fiesta conocí a un muchacho muy buen mozo y de linda estampa que hoy es mi marido”, cuenta, recreando los comienzos de su noviazgo. “Al baile yo había ido con mi mamá porque en ese tiempo no te dejaban salir sola. El me sacó a bailar y me quería acompañar hasta mi casa para saber dónde vivía y mi mamá se oponía a que lo hiciera. Yo por dentro me lamentaba”. Sonríe cuando relata esa anécdota y muestra la pureza de un sentimiento que fue madurando y consolidándose en un noviazgo que duró cuatro años y ocho meses. Se conocieron el 2 de diciembre de 1950 y cada año un pan dulce y una sidra se transforman en el ritual con el que celebran el día que se conocieron. Se casaron el 1º de julio de 1955, cuando Baby tenía 20 años y él 22.

 

Un camino juntos

Cuando contrajeron matrimonio su esposo trabajaba como empleado en una casa de muebles. Pero ya antes de casarse habían comenzado a trabajar juntos en la casa de sus padres haciendo tapizados y almohadones. “El me explicaba a mí y yo los cosía, ahí empecé a aplicar lo que había aprendido en mis estudios de corte y confección”.

“Cuando dejó su empleo, mi padre le prestó algunas herramientas y Germán se fue a la Estancia Don Julio y cambió todos los mosquiteros. Siempre fue muy emprendedor”, refiere en una charla en la que las cuestiones de la vida personal y laboral no logran escindirse.

Durante un tiempo su esposo trabajó en sociedad en el rubro de tapicería y luego comenzó a trabajar con el papá de Baby en calle Merced. “Mi papá quiso dejar y, ya estando casados, mi esposo siguió trabajando por su cuenta”, resalta. “Nos dedicábamos a hacer cortinas y colchas de brocato, él tomaba las medidas y yo las confeccionaba. Las chicas que trabajaban en Iñiguez y en Casa Bo nos encargaban.  También hicimos trabajos para el equipamiento de una de las casas de Annan”, señala.

Apenas se casaron alquilaban. Tres años después, a través de un crédito hipotecario, lograron acceder a la casa propia. En el mismo lugar donde vive actualmente construyeron la que ella define como “la primera casa”, de dimensiones bastante menores a las del presente.

En la parte de atrás de esa construcción armaron el taller donde trabajaban. Cuando cuenta esto, Baby se detiene para agradecer la ayuda que le brindó el matrimonio integrado por Matilde y Carlos Macagno, personas muy amigas que, viendo el afán de emprender de su esposo, le facilitaron el dinero, 500 pesos de esa época, para poder techar el taller donde se consolidó la actividad laboral que se transformó en el sustento de su familia y en el origen de lo que hoy es el comercio Germán Baquedano, una marca registrada que forma parte de la historia comercial de la ciudad.

“En octubre recibimos un premio de la Cámara de Comercio, fue una noche mágica en la que me sorprendieron asistiendo nuestros hijos y nietos”, señala Baby orgullosa del camino transitado.

 

El negocio

A ese mismo matrimonio que una vez les tendió una mano, Baby y su esposo le compraron un terreno lindero a la casa donde construyeron el local que más tarde se transformó en el negocio que hoy es líder en su rubro. “Al principio habíamos puesto un alambre tejido y vendíamos juegos de jardín, hamacas, toboganes, carpas y calesitas. El piso era de polvo de ladrillo. Yo atendía el negocio y trabajaba en el taller, hacíamos tapizados de plástico transparente para las concesionarias de Fiat y Ford”, relata y cuenta que su esposo comenzó a dedicarse a la fabricación de toldos. “El iba, tomaba las medidas y tenía un empleado que lo ayudaba”.

Describe cada etapa de la actividad comercial con la satisfacción del esfuerzo realizado y de la recompensa recibida. “A fuerza de mucho trabajo se pudo hacer el salón de ventas y las actividades se fueron integrando. Promediando la década del 70 abrimos el negocio que tuvo una dinámica ininterrumpida desde entonces”.

Cuando traza un balance, la ponderación es positiva. “Cuando miro para atrás me doy cuenta que logramos muchísimo. A mí me emociona. Me acuerdo que nuestra casa era chiquita y mi esposo me preguntaba si hacíamos las cortinas. Yo le respondía que para mirar las cortinas íbamos a tener tiempo cuando fuéramos viejitos. Que invirtiéramos en poder comprar la máquina que nos iba a dar las cortinas”.

A medida que el negocio se fue consolidando, Baby comenzó a ocuparse también de las cuestiones administrativas. Recuerda la época en que llegó la tecnología. “Eso supuso para mí un gran aprendizaje, porque logré incorporar la computadora y me familiaricé muy rápidamente con los sistemas que teníamos que manejar en el negocio”.

 

Una familia feliz

A la par del trabajo y de la búsqueda del modo de crecer en familia, llegaron los hijos: Neddie Germán, casado con Elizabeth Solé;  Lilian Ruth, casada con Luis Alberto Di Loreto; y Patricia Ethel, casada con Carlos Sisek. “Tengo muy buenos hijos, muy respetuosos y unidos”.

Es abuela de siete nietos que son su orgullo: Nadia (31), María Agustina (27), María Emilia (22), María de la Paz (15), David (17), Josefina (14) y Eddie (13).

Habla de su familia y se le ilumina la mirada. También se emociona cuando recuerda los sacrificios que tuvieron que hacer para alcanzar cada meta que se propusieron. “Durante muchos años no existió para nosotros la vida social, no salíamos a cenar ni a bailar. Un día queríamos ir a un baile pero eso suponía comprarse ropa, así que en la cocina, mientras tapizábamos sillas y compartíamos unos mates, poníamos música de tango y nos poníamos a bailar. Todo lo hicimos con mucha alegría”, afirma. Reconoce que en tantos años y como sucede en la vida, pasaron cosas “buenas y malas”, pero sobrellevaron con temple lo que el destino les puso en el camino. Hubo algunos problemas de salud, avatares del negocio en épocas más difíciles del país, y consecuencias de las inundaciones que sufrieron. Pero nada los desalentó en la tarea de crecer y  permanecer unidos.

 

Tiempo de disfrute

Hace dos años Baby dejó de estar en el negocio. Fue un cambio enorme en la rutina cotidiana. “Estaba un poco estresada y confieso que sufrí mucho cuando dejé. Ahora estoy disfrutando verdaderamente de mi casa, tengo gente que me ayuda porque es muy grande”, afirma y comenta que los sábados al mediodía su hogar es el lugar en el que se reúne toda la familia.

Dos veces por semana asiste a la pileta de Davreux. “Le tenía un poco de miedo al agua, pero me estoy familiarizando”, cuenta y refiere que se divierte de compartir rutinas con pares.

“Cuando nosotros trabajábamos lo hacíamos hasta muy tarde y nuestra única distracción era reunirnos con nuestra familia en el taller. Se hacía la hora de comer y yo dejaba lo que estaba haciendo para ir a amasar. Ahora que ya estamos retirados, al tiempo en familia se le ha sumado un universo de relaciones de amistad que valoro mucho”.

Le gusta mucho viajar. “Mi esposo siempre sacaba un préstamo en el banco para poder salir de vacaciones, porque era un modo de descansar del trabajo y compartir tiempo en familia”, refiere.

Es una agradecida a Dios porque sus hijos tomaron la posta del negocio. “Eso nos da una enorme tranquilidad”, sostiene esta mujer que se define como una persona de fe que ha dejado a los suyos el mejor legado: el ejemplo del trabajo. “Mis hijos llevan en el alma el negocio”.

Generosa para hablar de los suyos, es humilde en las apreciaciones que tienen que ver con su persona. Sin embargo, quienes la conocen saben que ha sido una gran emprendedora y una mujer que siempre logró mantener el equilibrio entre la empresa y la familia. “Me pareció muchas veces que era como una especie de titiritero que aflojaba una cuerda y tensaba la otra y siempre me pude dividir bien.

“Hemos tenido la fortuna de tener una vida armoniosa”, afirma y sobre el final habla del transcurso del tiempo, pero confiesa que en lo cotidiano no toma dimensión de la edad que tiene -hoy cuenta 83 años-. “Me parece que me quedé en los 50”, bromea. En su sonrisa se expresa la esencia de una mujer que nació “en el otro milenio”, pero tiene un espíritu joven. Vio la lámpara de kerosene y creció en una sociedad que veía con malos ojos que la mujer saliera al mundo a trabajar. Sin embargo, ese tiempo no la condicionó. Por el contrario, le forjó una impronta que la distingue. Ha sabido evolucionar y abrirse a un mundo muy distinto al que la vio nacer, sin  perder la certeza de saber que lo más importante de la vida está junto a sus seres queridos. Ahí donde uno ama y se siente amado.