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Perfiles pergaminenses

Carlos Aguilera: una historia de vida con impronta de tango

En el escenario, donde Carlos se define como “un cantor”. (CARLOS AGUILERA) En el escenario, donde Carlos se define como “un cantor”. (CARLOS AGUILERA)

Es un reconocido cantor y ama la música. Su guitarra lo acompaña en cada presentación. Está terminando la Tecnicatura en Piano en el Conservatorio Provincial de Música y es un agradecido porque pudo seguir “ese berretín de chico” hasta transformarlo en una vocación que le permitió recorrer ricos caminos.


Carlos Aguilera es un referente del tango. Se define como un “cantor” y ama la música con el alma. Su nombre real es Pedro Timoteo, “Carlos” es su identidad artística, la que adoptó a los 13 años, cuando comenzó a sentir con pasión “ese berretín” de estar en los escenarios. Reconoce que recién con el transcurso de los años se amigó con su nombre verdadero y hoy asegura que tendría que haberse llamado “Timoteo” en el terreno artístico, porque es un nombre con una impronta fuerte propia de los tangueros. “Hubiera tenido que dejarme el nombre Timoteo, pero por entonces todos se llamaban Carlos por Gardel”, refiere en el comienzo de la entrevista que se concreta en la redacción de LA OPINION. Allí traza un perfil pergaminense colmado de anécdotas de su vida aquí y en Brasil. Tiene poesía en la voz y en lo que dice, un don que poseen aquellas personas que han crecido y se han desarrollado cerca del arte.

“Vengo de una familia de artistas de circo. Mi padre era un cantor nacional, cantaba de todo, tango, milonga, canciones camperas y mi madre también cantaba y  trabajaban en los circos, viajaban mucho”, cuenta. Habla de Daniel Aguilera y Mercedes Gola, sus progenitores y las primeras personas que le enseñaron el valor de la música. Fruto del amor de sus padres nacieron cuatro hijos, hoy viven dos: él y su hermano Daniel. 

Nació en el barrio Centenario y vivió allí hasta que sus padres se separaron. Con su madre se estableció en Doctor Alem y Larrea, un lugar atravesado por historias e inundaciones que de algún modo marcaron una época de su vida. Fue a la escuela Nº 2 y sus estudios secundarios los hizo dos veces, una vez en Brasil y otra vez en la Escuela Nº 1 en el turno noche.

 

Una vocación temprana

Su vocación por la música surgió tempranamente. “A los 9 años ya molestaba a mis tíos y a mi padre para que me enseñaran a tocar la guitarra. Miraba cómo se tocaba y ya a los 12 ó 13 años comencé a subirme a los escenarios y a presentarme en los concursos y festivales que se organizaban en Pergamino y la zona”, menciona.

“Era un ‘berretín’, una especie de locura. Más tarde supe que era una vocación. Pero de comienzo no se sabe qué es eso, uno cree que es un capricho, o un sueño  que se puede hacer realidad”, señala en el transcurso de la conversación. Mantiene intactas las vivencias de sus primeras presentaciones. “Recuerdo los concursos que hacía Juan Marmaruso en el barrio Centenario. Hacía categorías y terminábamos ganando todos”.

En sus comienzos cantaba fol-klore porque “era lo que más se escuchaba”. Refiere que la primera relación que tuvo con la guitarra fue a través de la zamba y del folklore en general porque en su tiempo era frecuente recorrer peñas.

“El tango por entonces era mucho más duro de lo que es ahora en que han surgido composiciones mucho más benévolas para los intérpretes”, agrega.

 

Rumbo a Brasil

A los 22 años se fue a vivir a Brasil, donde vivió hasta los 45 años. Allí transitó gran parte de su historia. Vivió en San Pablo, aunque también estuvo en Río de Janeiro y en Salvador de Bahía.  Todo lo que cuenta de ese tiempo parece una postal cuando lo describe. Es fácil imaginarlo cantar en los escenarios de aquella geografía. Su relato tiene mucho de alma tanguera y de bohemia. “Estuve casi un año trabajando en Bahía, en la ciudad alta en una boite que se llamaba Cloc, en la calle  ‘Rua Democrata 51’. No sé si existirá todavía, pero era un lugar hermoso, había un gran ventanal que daba hacia la playa. Yo cantaba de espaldas al ventanal pero era tan bello el paisaje que se me iban los ojos mirando los barcos y el dueño me pedía que cantara mirando a la gente. En un portugués que se le entendía me decía: ‘usted canta mirando para atrás’”.

“Cuando llegué a San Pablo hice un ciclo acelerado del secundario para ingresar a la Universidad de San Pablo, en la Facultad de Música. Tenía casi 30 años cuando lo hice, ingresé a la Facultad, estudié el primer año de música y por entonces tocaba la trompeta además de cantar tango y música italiana en la noche de San Pablo”, relata.

Su paso por la Universidad se interrumpió cuando nació su hija adorada. “Llegó Caroline y la vida cambió. Empezaron a surgir otras necesidades, no alcanzaba solamente con los trabajos de la noche”, confiesa y cuenta que por entonces se colgó al cuello su cámara de fotos y se dedicó a otro de sus oficios: la fotografía.

Era un tiempo en el que aún no existían las cámaras digitales.  “Ibamos al salón de la crianza sacábamos fotos a los niños y luego se las vendíamos a las abuelas regalándoles un poster con una de las fotos”, recuerda.

En Brasil nacieron sus dos hijos: un varón de más de 40 años llamado Carlos Daniel con el que no tiene trato; y Caroline, que hoy tiene 34 años y le dio dos nietos: Lucas y Laura. 

 

Su regreso a Pergamino

En Brasil las cosas habían cambiado mucho y se le hizo difícil “vivir de la música”. En Argentina había cierta estabilidad y eso lo motivó a regresar a su tierra. “Lo pensé mucho, fueron muchos años allá y de algún modo yo me había establecido. En 1995 vine a pasar las fiestas con mi madre y no volví”.

Aquí lo esperaba la música. La fotografía quedó para sus inquietudes personales. “Cuando volví hice nuevamente el secundario con la intención de ingresar al Conservatorio Provincial de Música”, cuenta. Culminó sus estudios en 2001. Su idea era inscribirse en el Profesorado de Piano; finalmente se inscribió tiempo más tarde en la Tecnicatura en Piano, carrera que está prácticamente terminando.

En los escenarios siguió trabajando siempre. Hasta el día de hoy viaja a Buenos Aires para no perder el contacto con ese público. “Tengo algunas composiciones mías que son cantadas, y tengo que recordar eso a la muchachada”, señala y enumera algunos de los espacios que recorre cada vez que actúa en la Capital. También menciona que una zamba de su autoría fue grabada por un conjunto folklórico de Buenos Aires.

 

Las clases de canto

“A mi edad, 66 años, lo que busco es mantenerme y mejorar. Que no decaiga lo que aprendí en lo que se refiere al canto y la música. No alcanza con el don. Las cosas tienen un techo, pero vos se lo podés poner más alto también, es cuestión de proponérselo y de trabajar duro para eso”.

Se consolidó y se identifica como solista. En lo cotidiano dicta clases de canto en forma particular. Con sus alumnos tiene una buena relación. 

Se consolidó y se identifica como solista. Sin embargo desde hace un tiempo integra un grupo que surgió por inquietud de uno de sus alumnos. “Darío Macagno, un alumno mío de canto, ideó un grupo de músicos ‘La mondiola tangos’. 

Las clases de canto son una manera de asegurarse un sustento. “Descubrí algo que me gusta mucho y que me permite poder enseñar algunas cosas que aprendí. 

“Cuando uno aprende a escuchar y a escucharse uno, puede escuchar al otro. Descubre cuándo una voz está bien colocada, los secretos que fui aprendiendo sentí la necesidad de transmitirlos y eso hago en mis clases”. Ese es su legado. Sabe colocar la voz, puede imaginarse las imágenes que le permiten interpretar los mejores tangos, sabe crear y conoce a la perfección los secretos de “como no ser un tanguero cantando una zamba”.

En su vida se define como “tanguero”, pero en esencia se considera “un cantor”.

 

Una época de oro 

La mayor satisfacción que le ha dado su carrera de música han sido los amigos. Es un agradecido del camino que la música le permitió transitar. “Si tengo que hacer un balance de mi carrera, valoro los logros personales.  Me tocó vivir años maravillosos en lo relativo a la amistad. Un día caminando por Mar del Plata con mi guitarra al hombro en busca de un lugar donde tocar, salió de un bar un muchacho que me preguntó si sabía afinar instrumentos. Le dije que sí. Era José Adolfo Gallardeau, un poeta muy conocido de la época. Esa noche también conocí a Roberto Cambaré, el autor de la zamba ‘Angélica’ y conseguí trabajo porque después que les afiné el instrumento y les canté algo, el dueño del lugar me invitó a que cantara allí. Eso pasaba con la música. Hoy no es lo mismo. Después de la década del 80 hubo un cambio, dejó de existir el cantor profesional, y aquella etiqueta que estaba a la diestra de Dios se terminó. Eso generó otra competencia y ya fue más difícil conseguir trabajo”, sostiene.

 

La mayor satisfacción

Pero en el terreno de las satisfacciones, Carlos Aguilera rescata lo que la música le permitió vivir. “Lo mejor que me pasó en la vida fue haber podido conocer a quienes me dieron a mis hijos. Esa fue la mayor satisfacción de mi vida. El resto lo olvidás, pero haber conocido a María Marinette y Elizabeth, las mujeres con las que tuve a mis hijos, es algo que le debo a la música. Si no hubiera sido por mi vocación de músico jamás hubiera ido a Brasil y menos con 22 años”.

 

Su presente

En el presente hay un circuito en el que se lo puede escuchar. No ya con la frecuencia de antes. “Estoy con los chicos de ‘La mondiola tangos’, y solo me estoy presentando muy poco. Este año por cuestiones personales no fui, pero todos los años en enero viajo a San Pablo, trabajo allí y aprovecho para ver a mi hija y a mis nietos”. 

Actualmente Carlos está en pareja con Silvana. “Cada uno tiene su casa, pero somos muy compañeros, tenemos una relación muy linda y verdadera. Ella es profesora de Expresión Corporal y docente”, cuenta.

Vive en el barrio Centenario, a metros de la casa donde nació. Cuando refiere esto vuelve sobre sus anécdotas de niño.

En el plano de las asignaturas pendientes solo aparece el poder terminar la Tecnicatura en Piano. Está cerca de conseguirlo. “Amo el piano y él me quiere también porque algunas cosas salen bien”, señala y aclara que solo toca obras clásicas y para cantar sigue valiéndose de la compañía de la guitarra.

Enseguida habla de los proyectos y confiesa que le gustaría “encontrar algo nuevo para estudiar”.

Así es como imagina el futuro, cantando los mejores tangos y buscando siempre el conocimiento. “No quiero quedarme, porque de lo contrario tengo que buscar a otro viejo, sentarme debajo de una planta, contar anécdotas y darles de comer a las palomas. Es algo demasiado aburrido”.

Crear y cantar le resulta más entretenido. Respeta el paso del tiempo y lo acepta. “Siento mis 66 años, que diga que me siento como de 30 es un piropo que le hago a mi propia alma. Los años están y la vejez es lo que se aproxima”, afirma.

“Mis tangos preferidos dependen del estado de ánimo. Cadícamo es un autor que respeto, es de los que le dio otra impronta al tanto. Escondió el cuchillo, guardó el látigo, no fue tan misógino, y los que tenemos otro pensamiento, le damos gracias a Dios por poder interpretar obras como ‘Niebla del Riachuelo’ o tantos otros que da gusto cantar”.

En lo personal se considera un afortunado por tantas letras y tantos escenarios. “He podido vivir de la música, me ha ayudado a vivir y a sobrevivir. Pero solo de grande me di cuenta de que la amaba tanto. Le debo a la música lo que soy, porque seguramente la vida me hubiera llevado por otros caminos si no hubiera tenido una guitarra en la mano”.

 

La entrevista termina entre estrofas recitadas con la capacidad que solo tienen los grandes cantores, esos que son capaces de que cualquiera imagine fácilmente la historia que ponen en letras de tango para contar.