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Perfiles pergaminenses

Darío Di Trento: un apasionado de la orfebrería, tarea que le permite desplegar a pleno su arte

Darío Di Trento, con sus piezas de orfebrería, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION) Darío Di Trento, con sus piezas de orfebrería, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION)

Se jubiló como empleado de la Cooperativa Eléctrica y tiempo antes, preparándose para el retiro, se formó en esta tarea en la que hoy invierte su tiempo: el diseño de piezas en plata, alpaca y cobre, con una calidad envidiable. Tiene un taller en su casa y ahí pasa parte de su tiempo. Logró conformar una familia, que constituye su pilar.


Darío Daniel Di Trento es un pergaminense de 60 años. Creció en el barrio Ameghino, frente al Club. Su familia estaba integrada por sus padres: Miguelina, ama de casa y cortadora de hilos; su padre y Rafael, empleado de Obras Sanitarias y albañil; y sus hermanos Miguel y Diana. Tiene de su infancia y adolescencia recuerdos felices, muchos de ellos asociados al deporte. “Las vivencias del barrio no se borran nunca, tampoco las experiencias del deporte. Yo jugué al basquetbol en el Club Ameghino desde chico y competí hasta los 18 años, incluso representé al club en la Selección de Basquetbol de Pergamino, algo que fue un orgullo, en 1975”. Habla de ese viaje a Mar del Plata, donde compitieron en un certamen “inolvidable”. Guarda de aquel tiempo los amigos, el aprendizaje y las aventuras deportivas compartidas “sanamente”.

“El deporte se vivía con una emoción tras otra. Incluso hoy me encuentro con los compañeros del basquetbol y cuando nos ponemos a charlar comprobamos que lo que nos quedó a todos de aquel tiempo es imborrable”, refiere durante la charla que se desarrolla en el comedor de su casa, en el barrio Viajantes. Mate de por medio, deja fluir un relato rico en anécdotas y en enseñanzas: “En aquel tiempo todos los que practicábamos lo hacíamos por el amor al club, a la camiseta y con mucho compromiso con el barrio. Hoy eso se ha perdido un poco porque el deporte se ha vuelto muy competitivo, se juega por la plata y se desdibuja el amor a un determinado club”.

Su desempeño deportivo comenzó en Ameghino, finalizó en el Club Argentino y después hizo una incursión en Máximo Paz, donde fue con “Chocho” Comité. “Después empecé a trabajar y dejé de jugar”, refiere y cuenta que ingresó al mercado laboral siendo muy joven. Antes había hecho su escolaridad en la Escuela Nº 10, para egresar en la Escuela Nº 22 y luego ir al Colegio Industrial.

“Empecé a trabajar siendo chico y estudiaba en el Industrial de noche”, señala y enumera una serie de tareas que desempeñó laboralmente en distintos espacios. “Trabajé en una fábrica de mosaicos, fui repartidor, trabajé en un taller de costura con mi hermano, en Lucini, Casa Mujica; también fui colectivero de la línea Micro Omnibus Acevedo; y después tuve la suerte de entrar en la Cooperativa Eléctrica”.

 

Su experiencia como colectivero

Trabajando en “el colectivo” comenzó realizando el trayecto Pergamino-Somisa, para llevar a empleados que se desempeñaban en la planta en San Nicolás. Más tarde cuando su cuñado compró esa empresa comenzó a hacer transporte de pasajeros en el tramo Pergamino-Conesa. “El trato con los pasajeros era muy bueno en ese tiempo porque no existían los problemas que hay ahora con la inseguridad. Eramos como familia con la gente que viajaba todos los días. Me gustó mucho ese trabajo”.

 

La Celp

En la Cooperativa Eléctrica ingresó teniendo 22 años y trabajó hasta los 56 que se jubiló. “Estuve en casi todos los sectores, trabajé en Redes, Conexiones y Herrería, estoy jubilado hace cinco años porque nosotros por realizar tarea riesgosa tenemos la posibilidad de jubilarnos a partir de los 55 años”.

Es un defensor de la Cooperativa Eléctrica como institución y lo refiere en la conversación cuando comenta que en tantos años de trabajo allí fue testigo de una evolución que “siempre se dio para mejor”.

“El empleado de la Cooperativa tiene un fuerte sentido de pertenencia y eso es lo que hace buena a la entidad. Se tiene un contacto muy cercano con el vecino que aunque algunas veces nos critica mucho, al mismo tiempo nos valora”, afirma y reconoce que en su trayectoria laboral “ha tenido muchas satisfacciones en el trato con el vecino. Coseché muchos amigos, la gente me saluda por la calle”.

 

El retiro y la orfebrería

Confiesa que jubilarse fue algo para lo que se preparó porque sabía que significaba el inicio de una nueva etapa de vida. “Yo sabía que no iba a poder seguir trabajando en la Cooperativa cuando estuviera en condiciones de retirarme, me fui preparando”, relata y remarca que en sus tiempos libres trabajaba como “electricista en forma particular”.

“Cuando llegó la hora de jubilarme me dediqué a la orfebrería que es una de mis grandes pasiones”.

Con talento para el trabajo manual y paciencia para el tiempo que demanda el armado de cada pieza, aprendió las técnicas de manos de un amigo personal: Daniel Righi, un amigo y docente de la Escuela Agrotécnica del que era vecino. “Con él aprendí todo lo que sé de esta tarea y desde hace muchos años, incluso antes de retirarme de la Celp, me dedico a la orfebrería en un pequeño taller que armé en casa”.

Lo que produce es verdadero arte. Aunque la mayoría de los elementos que compone están asociados a lo “campestre”, fabrica otro tipo de elementos en plata, alpaca y bronce. “Me gusta estar entretenido, me encanta hacer esto”.

Afirma que el trabajo manual le gustó siempre y recuerda que en algún tiempo también fue carpintero. “Considero que la facilidad la tenemos todos, pero entiendo que cada uno a la tarea le pone sus manos. Por eso ningún trabajo es igual a otro”.

El tiempo fue definiendo su estilo y manteniendo viva su pasión. Diseña las piezas que fabrica y también realiza otras producciones por pedido de quienes se lo encargan. “Me dedico más a lo criollo, aunque también hago pulseras y otras cosas. El fin de esto para mí no es ganar dinero, yo lo hago porque me gusta y el que sabe que me dedico a esto y le gusta lo que hago me lo encarga o me lo compra”.

Pasa muchas horas en su taller y cuenta que su primera creación como orfebre fue la hebilla del cinturón que usa a diario. Con sus iniciales, marcando el valor de la identidad. Muestra orgulloso lo que realiza y se define como una persona metódica y dedicada al trabajo. “Es una tarea lenta, paso muchas horas del día en el taller del fondo de casa”.

Su vida familiar

Darío está casado con Cristina Belén y tienen tres hijos: Rita, Daniela y Darío, que son su mayor orgullo. Se emociona cuando habla de ellos. Su hijo varón está casado con Georgina Florio y viven en Arroyo Dulce.

Es abuelo de tres nietos: Sara, Josefina y Donato. Los disfruta y se siente pleno de poder experimentar lo que significa “el amor de los nietos”.

Vive hace más de treinta años en la casa que comparte con su mujer y menciona que la construyeron desde los cimientos, en un barrio que “cambió mucho porque antes esta era una zona de quintas y ahora se transformó en un lugar de viviendas permanentes”.

Le gusta pasar tiempo en su casa, con sus cosas y con su gente. Es apegado a los afectos y a los amigos. Se siente parte de una generación que tuvo la posibilidad de forjarse un porvenir sobre la base del trabajo y del esfuerzo y esos son los valores que ha inculcado a sus hijos. 

Cuando no está en el taller le gusta disfrutar del tiempo libre. Ama ir a pescar, lo hace a menudo en familia o con amigos “de la vida”. También le gusta mucho viajar. Asegura que con su esposa es muy compañero y cuenta que se conocieron siendo muy jóvenes cuando ella trabajaba en el rubro de la confección y él repartía costura para un taller que tenía su hermano. “Ahí nos conocimos, empezamos a salir y no nos separamos nunca más. Somos muy compañeros, hace 39 años que estamos juntos. La clave es el compartir y el tomar las decisiones en forma compartida”.

Entre las cosas que hacen juntos aparece la danza. Bailan folklore, durante mucho tiempo lo hicieron con María Delia Pujol y ahora acaban de retomar sus clases con una alumna de ella, Adriana Dédola. “Es una manera de mantenernos activos”.

Cuando habla de sus afectos más entrañables se conmueve y se define como “un hombre flojo para largar las lágrimas”. Esa sensibilidad lo acompaña en su vida cotidiana y la experimenta “en lo bueno y en lo malo”. Se honra de ello porque le permite vivir la vida plenamente con todos sus matices.

Sobre el final de la charla, reflexiona sobre el transcurso del tiempo y hace un balance que resulta positivo: “Tengo una buena vida. Pergamino es un lugar en el que me gusta vivir y no cambio esta ciudad por nada”.

En el plano de las asignaturas pendientes, recrea la frase que dice que en la vida hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. “Hijos tengo tres, árboles planté un montón y escribir un libro es una tarea que me falta. Fantaseo con la idea de poder hacerlo alguna vez. Aún no surgió la idea, pero si aparece ahí pondré manos a la obra”, concluye.