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Perfiles pergaminenses

Eduardo Garrote: un médico de familia sumamente comprometido con su vocación

Eduardo Garrote, en la intimidad de su consultorio dialogó con LA OPINION. (LA OPINION) Eduardo Garrote, en la intimidad de su consultorio dialogó con LA OPINION. (LA OPINION)

Durante muchos años ejerció la medicina en el ámbito rural y más tarde encontró un campo de desarrollo en el terreno de la clínica estética. Eligió su profesión siguiendo el impulso de una vocación temprana y junto a la constitución de su familia,  fue la construcción más importante de su vida. Hoy aun en plena actividad trazó su perfil y relató su historia.


Eduardo Antonio Garrote es médico y tiene 70 años. Nació y vive en la localidad de Mariano H. Alfonzo, aunque desde hace varios años su desarrollo profesional se concentra en Pergamino. Guarda la amabilidad de los médicos de “campaña” y tiene una conversación amable y armoniosa. El relato es como su vida, ordenado. Lo acompaña su esposa que respetuosamente escucha sus anécdotas y comparte algunos datos que enriquecen la entrevista. Así se acompañan en cada cosa que emprenden desde hace muchísimos años.

“Viví toda mi vida en Alfonzo, salvo algunos períodos en los que me alejé para estudiar y luego para trabajar como médico, pero en la actualidad mi lugar de residencia permanente es el pueblo”, refiere. Y habla de su infancia para recrear vivencias con sus padres Antonio Garrote  y Elvira Emiliani. Fue el tercero de los hijos del matrimonio de sus padres. Menciona a sus hermanos: Esteban (fallecido), Elsa que vive en Alfonzo y Alberto que vive en Pergamino. Recuerda una niñez feliz: “Fue una infancia linda, muy distinta a la actual, jugábamos en las calles de tierra y después del colegio la pelota de fútbol y los amigos  eran infaltables. Jugar al fútbol era la actividad principal”.

Como en aquella época no había jardín de infantes inició su escolaridad en la primaria y asistió a la Escuela Nº 7 de Alfonzo. A los doce años se vino a vivir a Pergamino para hacer el secundario. Ya sabía que quería ser médico y en ese momento el Colegio Nacional Almirante Brown se transformó en la mejor opción para la secundaria. “Vivía en una pensión que estaba en 9 de Julio y Belgrano, y me venía en el colectivo cuando las condiciones climáticas me permitían llegar hasta la ruta por el camino de acceso al pueblo que era de tierra. Cuando eso no era posible me venía en el tren del Ferrocarril Mitre que por ese entonces funcionaba”.

De esa época rescata inolvidables vivencias que lo vinculan con los amigos de la adolescencia y los compañeros de la división B del Colegio Nacional. “Fue un cambio muy grande para mí llegar del pueblo con 12 años y fue muy importante para mi adaptación el hacerme de nuevos amigos”.

Confiesa que la vocación de ser médico llegó a su vida tempranamente y no reconoce una referencia cierta para esa inclinación. “Creo que desde que nací quería ser médico, de chico me la pasaba curando a cualquier bicho habido y por haber en mi casa. Desde siempre quise dedicarme a la medicina”.

Siguió el impulso de ese deseo y al egresar del colegio secundario se fue a estudiar Medicina en la Universidad Nacional de La Plata. “Allí también vivió en una pensión durante toda la carrera”.

Se recibió de médico en 1972, el 7 de marzo, a los 24 años. Con la impronta de esa juventud comenzó a forjarse su camino en la profesión y se valió de todas las experiencias que le permitieron formarse y desarrollarse. “Mi intención de toda la vida fue ejercer en un pueblo de campaña. Me inicié en María Teresa, en el sur de Santa Fe y luego tuve la posibilidad de trabajar en Mariano H. Alfonzo”.

Antes como no existía la residencia había sido concurrente en el Hospital de Clínicas General San Martín de La Plata; y como practicante menor en Florencio Varela. Cuando llegó a Pergamino comenzó a hacer guardias en la Clínica Alsina y en el Hospital de Llanura cuando comenzaba el tema de virosis. “Allí hacíamos los ingresos y atendíamos a los pacientes en guardias en las que trabajaba un médico por día”, cuenta.

“Era otro el Hospital de Llanura, no atendía solo lo crónico sino que se abrió a la internación sobre todo en la parte de Virosis. Estuve poco tiempo ahí porque surgió la posibilidad de ir a María Teresa”.

La constitución de la familia

Se casó con Stella Maris Español en 1972 y se mudaron a ese pueblo de la provincia de Santa Fe donde trabajó hasta 1974. Se conocían desde chicos porque ella era oriunda de Mariano H. Alfonzo. “Ella tenía 14 años y yo 15 cuando nos pusimos de novios y desde entonces compartimos nuestra vida juntos”. 

Ella se dedicó a la tarea docente hasta que quedó embarazada. Tienen 3 hijos: Diego (44), Leandro (40) y Eliana (37). “Diego está separado de Silvana Curini; Leandro está casado con Cecilia Sobrero; y Eliana está casada con Silvio Morello”, refiere y cuenta con orgullo que es abuelo de seis nietos: Agustín (19), Valentín (14), Quiara (9), Benicio (6), Isabella (6) y María Ignacia (4).

Un médico de familia

La vida del doctor Garrote conjuga armoniosamente el aspecto personal con el desarrollo laboral y la charla va de un plano a otro sin interrupción. Cuando hace mención a su ejercicio profesional como médico, rescata como experiencias enriquecedoras los años en los cuales viajó a hacer domicilios a lugares como El Arbolito, Colón, Carabelas, Pinzón y Rancagua, situaciones que lo ayudaron a consolidarse como un “médico de familia”.

“Los comienzos en María Teresa fueron muy ricos a mi crecimiento profesional y estuve allí hasta que nos volvimos a Alfonzo que se había quedado sin médico. Comencé a trabajar en forma particular, pero había poco trabajo así que como en María Teresa me ofrecieron cubrir consultorio determinados días, viajé gran parte del año 1974. Un 10 de noviembre viajando con mi esposa para trabajar tuvimos un accidente y desde entonces decidimos establecernos en Alfonzo y dejar de viajar”, relata.

Ya en su pueblo, trabajó en forma particular y más tarde atendió ad honórem en la sala cuando esta se reabrió. “Aprovecho para agradecer la generosidad de Rosita Susi, una vecina de Alfonzo que en alguna oportunidad me cedió un espacio en su casa para poder trabajar como médico cuando yo me había quedado sin consultorio. 

“Por ese entonces también comencé a viajar a Rancagua a la sala donde obtuve la designación para hacerme cargo de ese centro de salud”.

Asegura que ser médico rural fue para lo que se preparó en su formación. Ahí estaba su vocación. “Es una medicina integral, hacíamos de todo, hacíamos transfusiones, atendíamos partos, el médico era la referencia para todo lo concerniente a la salud en el pueblo”.

Rescata el trato personalizado con cada paciente y la empatía que hace de la relación médico paciente un vínculo entrañable.

Ejerció la profesión en cada lugar que estuvo de manera intensa y en el horizonte siempre tuvo la idea de poder transitar los últimos años de trabajo de manera “más tranquila”.

Un nuevo campo de trabajo

Con ese propósito se fue formando en el terreno de la medicina estética. Realizó varios cursos en distintas disciplinas y un posgrado en la Escuela de Medicina del Hospital de Rosario sobre Clínica Estética y Métodos no Invasivos. Complementó esa formación con varias capacitaciones en la Asociación Médica Argentina en Buenos Aires. Eso le abrió un nuevo campo profesional en el terreno de la clínica estética.

“Fui preparándome para ir dejando el pueblo y la medicina asistencial que ejercía con mucha intensidad y con el tiempo y cuando conseguimos un médico que comenzó a trabajar en Alfonzo,  me establecí en Pergamino en mi consultorio”, señala. En el presente su labor está acompañada por el trabajo de la doctora María Florencia López,  que lo asiste en la parte clínica.  “Hoy estoy más aliviado y modulo mis horas de trabajo”, afirma.

Sus placeres

Cuando no está trabajando le gusta viajar, bailar tango y folklore y leer mucho. “Con mi esposa hacemos folklore en el grupo de talleres de la Casa de la Cultura de Alfonzo; y tango pero en este momento no estamos tomando clases y vamos a las milongas cada vez que podemos”, describe.

Le gusta pasar tiempo en familia y con amigos en su casa del pueblo, un lugar que construyeron “de cero” en un terreno que compraron frente a la iglesia de Alfonzo. “Allí está nuestra vida, nuestras plantas, nos gusta mucho estar allí y hoy es un lugar de encuentro con los hijos, los nietos y los amigos de toda la vida”.

Dueño de una profunda vocación, confiesa que está evaluando jubilarse y está preparando su retiro. Sabe que los médicos nunca se apartan del todo de su hacer, pero intenta organizar su tiempo de modo tal que en la vida otros aspectos vayan cobrando dimensión.

Es un inquieto por el conocimiento. Lector incansable y se interesa por todas las cuestiones referidas a la mente y la acción de la mente y las emociones. Sabe que tienen un impacto en la salud y está comprometido desde siempre con la adquisición de esos saberes. “Desde siempre me gustó tratar de interpretar a quien tenía enfrente, ponerme en su lugar y tratar de comprender por qué a una persona le pasa lo que le pasa. Es una manera también de interpretar la enfermedad, sobre todo cuando esta no tiene una connotación puramente orgánica”, refiere, en lo que constituye para él una filosofía que lo vuelve un defensor de la medicina preventiva.

Un hombre feliz

Se define como un hombre “feliz” y sabe que la vida le ha dado enormes satisfacciones. También es consciente de que ha trabajado incansablemente para alcanzar sus propósitos. Su gran aliado siempre fue “el positivismo” con el que enfrentó cada circunstancia de la vida. No cree en las casualidades sino en las causalidades.

Solo escribir un libro está entre sus cuestiones pendientes. Por lo demás se siente realizado personal y profesionalmente. “Me siento demasiado bien, con la familia, con la sociedad, con la profesión, soy un hombre de fe y de mucho optimismo, sé que todo lo que busco me busca y que finalmente, me encuentra. Soy una persona feliz, no podría pedir nada más”, concluye, este hombre que imagina el futuro viajando todo lo posible, bailando todo lo posible. Ahí radica la clave de la felicidad, rodeado de su gente, no sabiendo si existe o no la vejez.