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Perfiles pergaminenses

Germán de Mayo: martillero dedicado a su profesión y entrañable simpatizante del Club Argentino

Germán de Mayo relató anécdotas de su trabajo y rescató vivencias de su vinculación con el Club Argentino. (LA OPINION) Germán de Mayo relató anécdotas de su trabajo y rescató vivencias de su vinculación con el Club Argentino. (LA OPINION)

Siguió los pasos de su padre en el desarrollo de su actividad comercial. La inmobiliaria ubicada en Estrada y Echevarría conserva parte de la historia familiar con la impronta del presente. Jugó al basquetbol desde muy chico y se emociona cuando habla de la institución que fue para él como “su segunda casa”.


Germán de Mayo el 11 de julio cumplirá 59 años y gran parte de su vida la transitó en la misma casa donde se concreta la entrevista en la que se dispone a trazar su “Perfil Pergaminense”. Al lado funciona la inmobiliaria, donde desarrolla su actividad como martillero. Es un lugar cargado de historia y tradición familiar, por cuanto él heredó la vocación de su padre y continuó su camino. Muy cerca, su única hermana, Nora Graciela, tiene la gestoría y mantienen una sociedad. Nació en Estrada 331, pero luego se mudaron a calle Echevarría. En la esquina de esa arteria y Estrada se aloja gran parte de su vida personal, familiar y profesional. La inmobiliaria guarda la fisonomía de siempre y conserva la impronta que genera la confianza de sus clientes.

Es padre de dos hijos: Nicolás (31) y Patricio (26). Ambos viven en Rosario y el mayor está casado con María Inés Carrera. Aún no tiene nietos. Está en pareja con Lidia Porta. No tienen hijos en común, pero mantiene un muy buen vínculo con los hijos de ella: Javier, Emilio y Valeria.

En el comedor de su casa habla de sus padres: Héctor Agustín de Mayo y Enriqueta Badía. Su papá se inició en la actividad comercial en 1947 en calle 9 de Julio. Más tarde sus abuelos compraron el terreno donde se construyó la casa y años después le compraron a Don Manuel Asso la esquina donde funcionaba la oficina. “El era gestor, llevaba los impuestos y se dedicaba a hacer transferencias de autos; a su vez era constructor nacional y martillero”, refiere y señala que su mamá era modista, lo que hacía que su casa siempre estuviera “llena de gente que iba a encargarle sus trabajos”.

Germán fue a la Escuela Nº 1 y luego hizo sus estudios secundarios en Rancagua. Guarda entrañables recuerdos de su infancia y adolescencia y se emociona cuando comenta que su segunda casa fue el Club Argentino. “La niñez y juventud fueron etapas muy lindas, yo tenía tres  años cuando comencé a ir al club, allí encontré un hogar. Esa institución es mi vida y mi pasión”, expresa con la voz entrecortada por el sentimiento que le produce esa pertenencia. Jugó al basquetbol y defendía con orgullo los colores de la camiseta de sus amores. “Jugué en el club y después durante un tiempo me fui a Arrecifes y jugué en el Club Ricardo Gutiérrez. Unos años más tarde regresé a Pergamino y siempre seguí vinculado al Club Argentino”.

Confiesa que se emociona cuando habla del club por las muchas vivencias compartidas con amigos y con profesores que le marcaron un camino. “Aprendí un montón de cosas en el Club Argentino y jamás olvidaré los clásicos con Gimnasia y Esgrima. Aún hoy me conmueve recordar cuando íbamos dos o tres horas antes de cada partido para compartir tiempo con la hinchada”. Jugó al basquetbol hasta los 24 años.

Muchos de sus amigos son del Club Argentino, también muchas de las experiencias edificantes de su vida. “Siempre recuerdo con profundo respeto al profesor Juan Carlos Benac, era como un segundo padre para todos, un adelantado en todo. Te enseñaba más allá de la técnica cosas que tenían que ver con la formación de vida”, resalta y señala que en su época “las instituciones deportivas eran  contenedoras. Esto es lo que falta ahora. Los clubes eran espacios de formación y si por alguna razón te suspendían porque habías cometido alguna ‘macana’ tus padres jamás te apañaban, respetaban mucho a los profesores. Había una autoridad en torno al club y sus docentes. Lo mismo pasaba con la escuela”.

Hoy sigue ligado al club, y asiste a los partidos. “Voy como simpatizante”.

También incursionó en el fútbol y fue parte del Club Lucini. “Firmé para el club, pero tuve una lesión, no me recuperé y además la distancia que tenía para llegar desde mi casa a las prácticas me fue condicionando un poco y finalmente dejé”, relata.

 

La inmobiliaria

Profesionalmente siguió los pasos de su padre. “Me colegié en San Nicolás hace muchos años y siempre me dediqué a la inmobiliaria. Mi hermana siguió con la gestoría y en la sucesión de mis padres aún seguimos siendo socios con ella”, refiere.

“Yo comencé a trabajar a la par de mi padre y luego continué en esa tarea que es la que realizo actualmente”, acota y reconoce que el mercado inmobiliario es un espacio de trabajo complejo sujeto a los avatares coyunturales de la economía.

“Es una actividad que supone una lucha constante. No estoy de-sagradecido de mi profesión, pero supone un desgaste, la dependencia que la actividad tiene respecto de determinadas políticas y también hay que ser muy cuidadoso del trato con la gente”, indica y asegura que su papá fue quien le marcó el camino. “El fue una guía tanto para mí como para mi hermana y con lo que aprendimos nosotros nos dedicamos a continuar el camino y a mantenernos en la actividad”, agrega.

Sostiene que la clientela de la Inmobiliaria es fiel: “Con los años se va generando una confianza y los clientes son muy fieles cuando uno mantiene una conducta”.

 

Las anécdotas

De su actividad laboral tiene innumerable cantidad de anécdotas y el propio relato le roba algunas carcajadas cuando las recrea. “Estar pendiente del dólar no es algo solo del presente. Un día hace muchos años fui a ver una casa muy económica cerca de las vías pasando bulevar Buenos Aires. Entré, el hombre tenía una mesa, una silla y una radio encendida. Le pregunté si la vendía y cuánto pedía por la propiedad. Me respondió: ‘Vuelva a las 12:30 que le voy a dar el precio del dólar’. La propiedad no tenía mucho valor, pero ya teníamos la costumbre de ponderar el valor de acuerdo al comportamiento del dólar.

“Otra anécdota que siempre recuerdo tiene que ver con una mentira que tuvo patas cortas: iba a cobrar el alquiler, y la persona que me tenía que pagar me decía que no me pagaba porque había un tercero que le debía dinero y no se lo podía cobrar. Me pregunta si puedo llevarlo a la casa donde esa persona supuestamente vivía. Fuimos y dio la casualidad que dos días antes había ido con el dueño de la propiedad que me la había encomendado para la venta. No dije nada. Mi deudor comenzó a golpear la puerta y llamaba a un hombre que jamás respondió. Le di la idea de que trepara el tapial para que viera si alguien lo atendía. Lo medía para ver hasta dónde llegaba con su mentira y su picardía. Cuando trepó, me bajé de la camioneta y le pedí que me ayudara a poner el cartel de venta porque era una casa que estaba desocupada desde hacía tiempo y me la habían dado para vender.

“En otra oportunidad, un hombre que había sido profesor mío me llamó diciéndome que tenía que vender la casa porque una persona la había usurpado y no lo podía sacar. Me pareció rara la situación y lo acompañé hasta el lugar. Yo me tenía que hacer pasar por el nuevo comprador y pedirle que desalojara el lugar. Entramos. Yo me quedé en el living, mi cliente ingresa a una habitación y comienza a retar en voz alta a la supuesta persona que lo había usurpado. El diálogo era bastante real. Cuando ingreso a la habitación, lo único que veo es que, colgado sobre el lado izquierdo, lo único que había era un abrigo tipo gamulán. Ahí me di cuenta que la persona que me había llamado y a quien yo conocía, tenía problemas mentales y creía que lo perseguían y había alguien en la casa”.

 

El tiempo libre

Cuando no está trabajando le gusta compartir tiempo con amigos y su hobby es ir a bailar. Comparte con su compañera esa pasión. “Solemos ir a lugares donde podemos bailar, vamos a El Carrito, viajamos a Alcorta, Máximo Paz o a los bailes de campo. Nos gusta la cumbia”, relata. Define al baile como su pasión y recuerda sus tiempos de juventud. “A mí siempre me gustó mucho bailar, íbamos a los bailes que se organizaban en el Club Argentino que se llenaban y eran fuera de serie. Siempre fui vago, tenía una estanciera y con amigos de la barra nos íbamos a los bailes de afuera”.

Cuenta que conoció a Lidia hace mucho tiempo. Ella vendía publicidad e iba a la oficina. Con el transcurso del tiempo construimos nuestra relación y hoy estamos juntos”. Señala que viaja cada vez que puede y es una actividad que le gusta.

Es muy amigo de los amigos y lo resalta  con orgullo. Varios de sus amigos son del Club Argentino, otros del barrio. Menciona a algunos y teme olvidarse de otros: Eduardo Boncompain, ‘Tato’ Estrella, Ricardo Bari, Alejandro Dorello, Raúl Sagretti, Raúl Mesa, Miguel Querede, “Pachi” Ciraolo,  Raúl Majul, ‘Pitín’ Casesi, ‘Tuchi’ Daut y José Manuel Asplín. Cuando habla de sus afectos, recuerda a Hugo Paganini y Carlos Santachiara. “Siempre los tengo en mi memoria, fueron amigos de la barra”.

Tiene dos peñas, una en lo de Oscar Paganini, el peluquero y la otra en el Bar de Hugo, frente a la Clínica Pergamino. En esos encuentros se cultiva la camaradería y la amistad.

 

Las raíces y el porvenir

Sentado en el comedor de su hogar, habla del barrio y de los amigos. “Esta zona era muy distinta a como es ahora. La calle Echevarría era de adoquines. La mayoría de las personas que eran vecinos de este barrio ya no están. Era otro Pergamino y otra gente, había un criterio muy sentido de la vecindad, la gente se sentaba en las veredas con las puertas de su casa abiertas”.

Cuando habla del futuro reconoce un escenario incierto. “Pergamino es una ciudad que me gusta mucho, pero lamento profundamente que haya tanta inseguridad, antes nos conocíamos todos y podías andar con tranquilidad en cualquier lugar de la ciudad. Hoy eso ya no pasa. “El crecimiento tiene sus pros y sus contras, se vive de otra manera y hay cosas que no puedo concebir”, acota. En lo profesional, la mirada también guarda cierta preocupación que se hace extensiva a la situación del país. “Hoy el futuro es incierto y eso frena un poco la rueda”. 

Con muchos años por delante en la actividad laboral y sin pensar demasiado en el irremediable transcurso del tiempo, aspira a poder “seguir bailando”. No tiene mayor aspiración que esa y ver a sus seres queridos felices y realizados. El no tiene asignaturas pendientes, con aciertos y errores siempre actuó siguiendo una conducta. “Nunca le envidié a nadie nada. Hice lo que yo pude lo mejor posible, con aciertos y errores”, resalta.  Y en esa consideración está la impronta que lo define.