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Perfiles pergaminenses

Juan Domingo Giachino: un hombre de familia que disfruta de sus actividades a pleno

Juan Domingo Giachino, junto a su esposa, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION) Juan Domingo Giachino, junto a su esposa, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION)

Tiene 82 años y ha trabajado de muchas cosas. En el presente desempeña tareas en una concesionaria donde realiza tareas de mantenimiento. Ama vivir en esta ciudad. Hace 60 años que está casado con su compañera de vida. Tiene nietos y bisnietos y es un agradecido a Dios por la fortuna que tuvo.


Juan Domingo Giachino es un vecino del barrio General San Martín que tiene 82 años. Su apodo es “Cherro”, lo adoptó hace años, aunque  casi todos lo llaman por su nombre. Nació en Pergamino, en la zona del Club Defensores de Belgrano. Un tiempo vivió en Tucumán 52 y después se mudó a Manuel de la Fuente y Avellaneda. El recuerdo de su infancia está marcado por la muerte temprana de su madre, María Cristina Farina, cuando él tenía 9 años. Una infección en una muela que “se le fue a la cabeza”, como Juan lo refiere, le arrebató parte de su inocencia. Su padre, Juan José,  falleció años después, en la adolescencia de Juan porque “fumaba mucho y no se cuidaba”.

Su papá había sido empleado municipal, en una época en la que cuenta, las calles se regaban con “una regadora” porque todas las calles eran de tierra.

Confiesa que no tiene muchos recuerdos de su madre. Su memoria no pudo guardarlos más que en algunas imágenes vagas. Tengo muy pocos recuerdos de ella. A los 9 años era muy pequeño, la niñez era muy distinta a la de los chicos de ahora. Trato de rescatar su imagen de la memoria, pero se me escapa”. El es el cuarto de seis hermanos. “Solo quedamos dos, Rodolfo y yo”, refiere en la entrevista que se desarrolla en el comedor de su casa. Cuenta que tras el fallecimiento de su madre, los crió una tía, hermana de su mamá: Dominga Farina.

“Esa tía que nos crió fue un Dios para nosotros. Nos crió a nosotros que éramos seis y a los cuatro hijos de ella. Era una mujer inmensa que lavaba la ropa a mano y hacía pan casero que salíamos a vender; planchaba y amasaba sentada. Era una mujer fuera de serie”, relata con emoción.

“Cuando se murió mi mamá yo pasé a tercer grado y no pude ir más al colegio. Igualmente, dentro de todo estoy contento, porque recibí una buena educación y tuve una buena familia”, destaca. Fue a la Escuela Nº 4 y después a la Nº 5 que funcionaba en la Avenida, pero las contingencias familiares lo llevaron a tener que trabajar desde muy chico. “Reconozco que no era bueno para el estudio. No me gustaba mucho la escuela. Tenía seis años cuando empecé a trabajar. Iba mediodía a la escuela y mediodía a la verdulería en la que trabajaba”. Así comenzó su historia laboral.  “Más tarde trabajé en una carnicería que funcionaba en la calle Pinto y desde ahí me fui a trabajar a la Fábrica Berini, en Lagos y San Nicolás. Allí estuve tres años”, menciona. Cuenta que esa empresa metalúrgica se dedicaba a la fabricación de maquinarias y su rol era de “aprendiz”. “Trabajaba como ayudante de un oficial, yo tenía 16 años”.

Trabajó en la fábrica hasta que ingresó a la Casa Cruz, dedicada a la venta de repuestos en Doctor Alem y Pinto.

El deporte

De chico y durante dieciséis años jugó al fútbol en el Club Tráfico’s Old Boys. “Comencé a los 10 años y siempre anduve bastante bien. Jugaba de número diez. Siempre competimos en la Liga local y guardo muy lindos recuerdos. Tuve buenos compañeros y me llevé bien con ellos y con los contrincantes”.

Cuenta con orgullo que nunca lo expulsaron de un campo de juego. “Si me daban una patada, me levantaba y seguía jugando. Nunca discutía una actitud”.  

Su compañera

Trabajando en la casa de repuestos conoció a la que es su esposa. “Nos conocimos porque su papá se dedicaba a la compra de repuestos y yo se los llevaba a la casa. Así empezamos”, relata. Habla de Elvia Juana Pérez, su esposa y compañera de vida. “Estuvimos de novios durante dos años y cuatro meses y luego nos casamos un 28 de septiembre”. Pasaron 60 años. 

Ella lo acompaña en la entrevista y aporta al relato algunas anécdotas de la vida familiar. Siempre fueron muy unidos y hoy en la vejez se acompañan entrañablemente.

Tuvieron tres hijos: Juan José, Héctor Obdulio y Walter Alfredo. Tienen seis nietos: María Paula, María de los Angeles, Héctor Jesús, Juan Ignacio, Camila Belén y Zaira Nadín. También cuatro bisnietos: Alma, Candela, Eloy y Joaquín. Sus nueras son Karina Artimundo y Ana María Zapata.

Hace 41 años que viven en la casa que habitan en el barrio General San Martín. A Juan le gusta la tranquilidad del lugar, la confianza con los vecinos y el andar tranquilo por las calles. “Tengo muy buenos vecinos, algunos de toda la vida y muchos que han ido llegando”.

Enfrente de su casa funciona la Parroquia Nuestra Señora de Fátima. Juan siente respeto por su fe. Es creyente y aunque no se cruza tanto como quisiera, siempre tiene presente la oración y es respetuoso de los horarios en los que se celebra la misa. “Cuando hay misa aprovecho para rezar desde casa”, refiere.

Un gran trabajador

En la continuidad de la charla retoma el relato de su vida laboral cuando señala que trabajó en la casa de repuestos hasta que cerró, lo que lo obligó a emprender otro camino. “Trabajé por cuenta mía arreglando cocinas y estufas; y mi esposa trabajaba en Linotex.

“Durante diez años trabajé en Chuit y Maglione y después ingresé a la Municipalidad donde fui ordenanza. Estaba en el Palacio Municipal; y más tarde trabajé en la Renault, durante 18 años, en el sector de taller como ayudante de mecánico. Así me jubilé”, describe este hombre que supo hacer de todo.

Activo

En la actualidad sigue trabajando. Desde hace catorce años es empleado de Montanari Motors. “Me dedico al mantenimiento de la limpieza de los autos del salón y hago la limpieza del taller”, refiere y confiesa que le gusta su trabajo. “Mi rutina laboral es de lunes a viernes, de 7:45 a 10:45; y después voy de 13:30 a 17:00”.

Se siente querido y reconocido en su labor. Cuenta que el año pasado pensó en retirarse y fue su patrón quien lo convocó a tener una charla para pedirle que se quedara, que se dedicara a hacer lo que pudiera en la medida de sus posibilidades. “Eso me reconfortó porque a esta edad es muy lindo saberse querido y valorado.

“Siempre me gustó cumplir, nunca llegué tarde al trabajo. Vivo a cinco cuadras y sin embargo me levanto una hora antes de entrar, desayuno y me voy.

“Siempre me gustaron los trabajos que tuve y creo que hice las cosas bien, porque en todos mis trabajos estuve muchos años. Traté de estar atento a lo que tenía que hacer y tuve la fortuna de haber tenido buenos patrones”.

Cuando no trabaja le gusta estar en su casa. Disfruta de cuidar y regar las plantas. Anda mucho en bicicleta, la utiliza para hacer los mandados y para ir a trabajar. “Me ayuda a mantenerme activo, solo me cuido de andar de noche porque el tránsito es peligroso, no me arriesgo”.

Un hombre de familia

En otro tramo de la conversación lamenta que su esposa esté en una silla de ruedas. El la acompaña en las rutinas cotidianas y la cuida incansablemente. Viven con su hijo más chico y el espacio de la casa está decorado con fotos de toda la familia. Atesoran cada vivencia que comparten y rinden culto a la familia. “Somos de juntarnos con nuestros hijos, nietos y bisnietos. Nos reunimos acá o vamos a la casa de ellos. Son todos muy cariñosos con nosotros”.

El universo de los afectos se completa con una innumerable cantidad de amigos. “Tengo muchos, ando por la calle y todo el mundo me saluda. Nunca he tenido problemas con nadie”.

Aunque es sociable, reconoce que sale muy poco por la situación de salud de su esposa. “No la puedo dejar sola, así que me reúno poco con amigos, disfruto mucho de estar en casa, me gusta cocinar y también disfrutar de la comida que nos hace mi hijo”, cuenta.

En la casa le gusta hacer de todo, menos planchar. Lo confiesa entre bromas con su esposa. Y se miran, cómplices.

La buena salud

Asegura que la salud lo trata bien. Eso lo alienta a seguir en actividad. “A mí nunca me duele nada. Me levanto a las 7:00 y me acuesto a las 23:00. Mi único descanso es una breve siesta que hago sentado en el sillón del living con el ventilador y el televisor prendido”.

Por estos días está disfrutando de sus vacaciones. Pasa el tiempo en su casa, compartiendo con su familia.

De buen carácter, reconoce que le gusta resolver y mantenerse activo. “Tener buena salud es muy importante para las cosas que me gustan hacer”.

Bien pergaminense

Juan se define a sí mismo como “bien pergaminense”. Siempre vivió en la ciudad y se sintió a gusto en cada lugar. Le gusta esta geografía, las calles y la gente. “Me gusta todo de la ciudad, no podría decir que algo en especial”.

El balance

Sobre el final, cuando la pregunta lo convoca a hacer un balance de la vida, Juan se muestra en paz. Solo lamenta el no haber tenido un poco más de estudio. “Quizás me hubiera gustado estudiar un poco más, poder terminar la escuela; pero no fue posible. Igual no me quejo porque Dios me ayudó y siempre tuve suerte con mis trabajos, con los amigos, con los patrones y eso para mí tiene un valor inmenso”.

Es un cultor del respeto y conserva los valores que transmitió a los suyos.”No tengo estudio, pero conozco el respeto y lo transmito.

“El balance de la vida es bueno. Solo quisiera que ella -con relación a su esposa- estuviera mejor. Pero estoy contento por lo que he vivido, los años que tengo, la salud que me acompaña y no puedo pedirle mucho más a la vida”, concluye este hombre que no tiene grandes ambiciones, y que disfruta a pleno de las pequeñas cosas, una de ellas salir al Centro a cenar en familia, algo que le gusta mucho hacer.