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Perfiles pergaminenses

María Cristina Bilicic, una mujer arraigada a sus raíces croatas

María Cristina Bilicic, en LA OPINION donde trabaja desde hace 18 años. (LA OPINION) María Cristina Bilicic, en LA OPINION donde trabaja desde hace 18 años. (LA OPINION)

Es hija de inmigrantes que llegaron de aquella tierra para forjarse un porvenir. Su propia historia está signada por el esfuerzo y la superación. Es mamá de dos hijos, abuela de dos nietos y parte de la familia del Diario LA OPINION, donde trabaja desde el año 2000. Su relato es rico en vivencias y en aprendizajes.


María Cristina Beatriz Bilicic tiene 65 años. Nació en Villa Mugueta, un pueblito de la provincia de Santa Fe donde vivían sus abuelos maternos, Juan y Matilde. Vivió en Venado Tuerto, en una estancia en la que trabajaba su padre, dedicado a criar animales que llevaban a exposición. Es hija de inmigrantes que llegaron de Croacia y guarda profundo respeto por sus raíces. Las anécdotas de aquella inmigración nutren varias partes del relato desde el comienzo de la entrevista. Su mamá se llamaba Magdalena y su papá Roque. Sus hermanos: Roberto (68), Jorge (fallecido) y Mirta (61). 

Cristina llegó a Pergamino con siete años, cuando a su padre lo convocaron para trabajar como encargado en un establecimiento dedicado a la cría bovina Aberdeen Angus. Fue a la Escuela N° 27 “Francisco Urrutia”, Creció en la Estancia y Cabaña “La Rosaura”, de Fano. La educación siempre fue primordial para sus padres y cuenta que al establecer sus condiciones laborales la única exigencia que puso su progenitor fue que les facilitaran a sus hijos la movilidad para asistir a la escuela. Cristina recuerda que los llevaban en un “jeep” y cuando las condiciones no permitían el traslado en ese vehículo, el medio que empleaban para llegar al aula era el sulky. “Eso era lo que más nos gustaba”, afirma.

Asegura que tuvo una infancia feliz. Guarda un gran recuerdo de aquella escuela de campo y de su maestra Erminia. “Tuvimos una muy buena enseñanza que me permitió rendir  sin inconvenientes el examen para ingresar al Colegio Nuestra Señora del Huerto”.

 

La hija de inmigrantes

Cursó los estudios secundarios en Pergamino, como pupila. “En el Colegio del Huerto recibí una educación muy rigurosa, nos levantaban temprano para asistir a misa y por la tarde rezábamos el rosario”, recrea.

“Había mucha disciplina, teníamos pequeñas rebeldías, pero eran tiempos muy distintos a los de ahora, todo era muy estructurado”, agrega. Y con picardía recuerda que los viernes salían de la escuela en el horario cercano al colectivo que las llevaba de regreso al hogar y las que se quedaban hasta más tarde se paraban en la puerta del Colegio para  “ver a los muchachos que pasaban”.

Valora su historia escolar, pero confiesa que muchas cosas se le hicieron cuesta arriba por su condición de ser hija de inmigrantes. “Recién ahora estoy entendiendo lo que sucedía. Los inmigrantes croatas o yugoslavos fueron la última inmigración, los que estaban antes sabían hablar bien el español. Pero mis padres no. Mi mamá sí porque había llegado a los 12 años; pero mi papá no y cuando vos vas a la escuela y tus padres no conocen la historia del país, algunas cosas se te dificultan. También te duelen algunas burlas, aunque hoy las recuerdo con cierta ternura, porque hablábamos bastante atravesado”. 

Sostiene que aquellas dificultades la forjaron en la constancia y el esfuerzo. Y agradece el compromiso que su padre siempre tuvo para con la educación de ella y sus hermanos. “Mi papá de cualquier viaje nos traía diccionarios, libros, atlas. En el comedor de nuestra casa había un planisferio, en la cocina un mapa de Argentina y un pizarrón”.

En ese escenario creció y quizás por eso es una inquieta del conocimiento. Y fue de su padre de quien tomó el legado de poder afrontar las dificultades y superarlas. Lo recuerda cuando cuenta que él siempre le decía: “Cómo no vas a poder hacer tal cosa, si yo vine de tan lejos sin conocer el idioma y pude”. Ese parangón la impulsaba a salir adelante a pesar de todo.

Egresó como bachiller con orientación pedagógica y luego comenzó a estudiar en el profesorado de Ciencias. 

 

La vida familiar

A los 18 años se casó y la vida familiar la llevó por el camino del trabajo y de la maternidad. Eso hizo que dejara la carrera que había empezado. El que era su esposo tenía una imprenta y comenzó a trabajar con él. Más tarde llegaron los hijos. Es mamá de dos: Juan Martín Rolando (45) y Milton Gustavo Rolando (39).

Su primogénito nació asfixiado, según relata, y eso la puso frente a la enorme responsabilidad de ser mamá de un niño con secuelas producto de esa circunstancia. “Me pasaron de parto, yo me había descompuesto y me internaron, pero el médico que me atendía y la partera se fueron a comer. La que era mi suegra se dio cuenta de mi estado y dio alerta a todos en ese lugar. Finalmente mi bebé nació con anoxia cerebral. A los 2 años empezamos a notar que algo en él no estaba bien. Producto de aquella situación tiene una lesión en la coordinación y luego de muchos años llegamos a un diagnóstico. Juan Martin no sabe leer ni escribir y todo lo que logró fue por reeducación”, relata Cristina y cuenta que varios años más tarde y luego de perder un embarazo, cuando se mudaron a la casa en la que viven nació su segundo hijo.

Milton es profesor de Educación Física y, según ella misma señala, fue quien más la ayudó a ver claramente algunas cosas con relación a la discapacidad. 

“Tener un hijo con capacidades especiales no te hace mejor mamá. Lo que yo hice y hago por él es lo que haría cualquiera por su hijo. Cuando me quieren alabar yo no quiero”, resalta y cuenta que en la actualidad convive con Juan Martín, que asiste a San Camilo cuatro horas por día y tres veces por semana tiene un acompañante terapéutico.

 Su hijo menor conformó su propia familia con María Clara Parodi, abogada que trabaja en el Poder Judicial. “Ellos me han dado la dicha de ser abuela de Juana y Ciro. Admiro la familia que formaron. Quiero mucho a mi nuera y a su familia. Tengo una gran relación con ellos”.

 

Una nueva etapa

Luego de 27 años de matrimonio Cristina se divorció y con esa decisión se abrió un nuevo capítulo de su vida personal y laboral. “Tuve dos pequeños intentos de pareja, pero ninguna de convivencia porque siempre privilegié mi familia y la cercanía con mis hijos”, refiere.

En el plano laboral, en el año 2000 por propuesta de Hugo Apesteguía, a quien le había acercado un currículum, comenzó a trabajar en el sector de armado del Diario LA OPINION. “Obtuve mi trabajo gracias a mis conocimientos de computación. Después pasé a corrección y cuando el Diario se rediseñó comencé a desempeñarme en la edición de noticias nacionales e internacionales”, algo que le gustó muchísimo porque la conectó con una vivencia de su infancia cuando su padre escuchaba las noticias que sucedían en Europa a través de Radio Colonia.

Por estos días está a pasos de jubilarse y asevera que el Diario representa para ella “una de las etapas más lindas de la vida”.

“En el Diario encontré gente maravillosa, desde Hugo, Romina, Toto, José Picone, una persona de la que aprendí mucho. Y mi grupo de trabajo de la noche que son compañeros maravillosos y respetuosos”.

 

Viajar y otros placeres

Cuando no está trabajando le gusta leer, estudiar idioma croata y viajar. “Ahorro para viajar. Después de conocer Argentina me decidí a viajar a Europa y tuve la suerte de ir varias veces”.

El primer objetivo era volver a la tierra de su padre. Y cumplió ese anhelo en 2011, en un viaje que realizó con su amiga Alicia Perdía. Varios años antes había empezado a perfeccionar el idioma porque en su casa materna se había dejado de hablar. “Lo escuché hasta los cuatro años y cuando mi padre faltó tomé real dimensión de la importancia de esa lengua”.

Desde el año 2002 había comenzado a tomar clases con una profesora que venía de la ciudad de Rosario y se tomó ese aprendizaje con mucha rigurosidad. 

“Organizamos un viaje en el que recorrimos varios países y en un crucero por las islas griegas nos bajamos en Dubrovnik y durante 12 días recorrimos Croacia”, cuenta y menciona que alojadas en un lugar ubicado en la parte alta de la ciudad, al abrir la ventana y ver el casco de la ciudad vieja, idéntico a las fotografías que conservaban sus padres, sintió una emoción inmensa que la conmovió hasta las lágrimas.

“En ese viaje fui a visitar a mis primos y uno de ellos me llevó a la isla de Hvar, donde nacieron los Bilicic. Fue bello e inolvidable”, agrega.

Volvió a Europa tres veces más y cada vez que fue volvió a la tierra donde tiene familiares a los que quiere entrañablemente.

 

Su raíz croata

En todas las dimensiones de su vida están grabadas a fuego las raíces croatas. De hecho tiene participación en la colectividad y disfruta de participar de todas las actividades que organizan. 

También planifica poder dictar más cursos de idioma croata, y de hecho dicta algunos talleres en un salón que armó en su propia casa. Es una apasionada del idioma, también sabe inglés y en algún momento dio clases en forma particular.

 

El futuro

En el horizonte tiene la aspiración de seguir viajando. Las anécdotas que recrea en cada travesía delatan su pasión por la geografía de cada lugar y por la historia. “El año pasado cuando estuve en Croacia antes fui a Madrid y a Barcelona, a un mes del atentado. En esta ciudad presencié una fiesta multitudinaria por los festejos de la Virgen de la Merced, patrona de la ciudad, y la conmemoración de los 25 años de los juegos olímpicos”, cuenta.

A pesar de todos los paisajes que conoce, afirma que Pergamino es su lugar en el mundo.

Tiene un valor elevado de la amistad. “Tengo amigas de la secundaria, de croata, de la vida y soy muy amiga de mis vecinos, a los que quiero mucho. Tengo lejos a mis hermanos que viven en Rosario y disfruto mucho de pasar tiempo en familia, extraño mucho a mi hermano que falleció en 2005, y valoro el tener cerca a la gente querida”, afirma en una apreciación que la define.

Imagina la vejez como una etapa tranquila: “Trato de llevar una vida saludable para estar bien. Empecé a transitar la vejez y no me molesta decirlo. Estoy en el descuento de la vida. Y como la viví bien, a pesar del esfuerzo que siempre tuve que hacer, soy feliz”, expresa sobre el final y agrega: “Disfruto de las pequeñas cosas que tengo en la familia. No tengo grandes ambiciones, conozco mis limitaciones y soy muy feliz con lo que tengo”.