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Perfiles pergaminenses

Miguel Albana: un hombre que encontró en la peluquería su oficio y en su familia, el pilar

Miguel Albana, en la intimidad de su hogar, trazó su Perfil Pergaminense. (LA OPINION) Miguel Albana, en la intimidad de su hogar, trazó su Perfil Pergaminense. (LA OPINION)

Tiene 70 años. Es peluquero de “hombres” y a su salón van clientes de toda la vida. Comenzó a ejercer hace 35 años, luego de haber trabajado en relación de dependencia en lugares emblemáticos de Pergamino como Linotex y Abda. Fue presidente del Club José Hernández. Esposo, papá y abuelo, encuentra en los suyos el motivo de su felicidad.


Miguel Angel Albana tiene 70 años. Nació en Pergamino y aunque creció en el barrio Desiderio de la Fuente muchos de sus recuerdos de infancia lo llevan a las andanzas en el barrio La Amalia donde vivían sus abuelos y varios de sus tíos. “Yo tuve una infancia muy linda porque de parte de mi mamá eran seis hermanas y un varón soltero, tenía primos para hacer dulce; y de parte de mi papá éramos los únicos sobrinos, tenía cuatro tíos solteros que vivían en La Amalia donde hoy funciona una panadería en calle Silverio Vázquez”. 

Hizo hasta sexto grado en la escuela Nº 41, hoy Nº 62, que funcionaba en Santiago del Estero y Ecuador. “Me quedaba cerca, cruzábamos las vías y estábamos en el colegio”.

Es el del medio de tres hermanos y el único hijo varón del matrimonio de sus padres: Antonio y Francisca.  Sus hermanas son Olga y Ana María. Es nieto de inmigrantes italianos y conserva sus raíces “tanas”.  

Desde hace muchos años su oficio es la peluquería, pero llegar al ejercicio de esa tarea le demandó años. Antes recorrió otros caminos. Los recuerda entre la picardía y el agradecimiento por las herramientas que desde chico le brindaron sus padres para que él pudiera forjarse un porvenir. “Como sucedía en ese tiempo, cuando terminé sexto grado la pregunta de mi padre fue: ‘¿Vas a estudiar o trabajar?’ y  como yo no quería estudiar, empecé a buscar trabajo”, relata.

Así se dispuso a la tarea de ingresar en el mercado laboral, guiado por la mirada atenta de su madre que se fijaba en los ofrecimientos de empleo que se publicaban en el diario. “Fue así que llegué a ofrecerme como cadete en la tienda de Leopoldo Nobo, un comercio de ropa de hombre que funcionaba en San Nicolás al 500. Mi mamá me mandó temprano, pero yo me quedé en la plaza porque me resistía a que me tomaran. Llegué, dejé mis datos y contra todos mis pronósticos, unos días después me convocaron. Trabajé dos años allí”.

Teniendo 15 años su padre lo llevó a trabajar al negocio familiar: un almacén del que guarda muchas anécdotas. Por ese tiempo su padre lo seguía impulsando a que se formara en un oficio. “Un día llegó y me dijo que me había conseguido una peluquería para que fuera a estudiar. Recuerdo que  funcionaba en Dr. Alem y Bartolomé Mitre. Fui durante un año y aprendí con un hombre de apellido Ripa. Pero aunque me compraron todas las herramientas y el sillón, no ejercí. Preferí quedarme con mi papá en el negocio”, relata.

 

El crecimiento y la familia

Conoció a la que es su esposa, Laura La Fuente, cuando tenía 19 años. Fue en el cumpleaños de 18  de un primo. “Esa fue la primera vez que la vi y quedamos en vernos al sábado siguiente en los famosos bailes del Club Argentino”, cuenta y afirma que esa relación significó para él un crecimiento que le permitió madurar en varios aspectos. Estuvieron dos años y medio de novios hasta que se casaron. “Ya estando de novios me sortearon para el Servicio Militar, me tocó el número 920, Marina. Finalmente hicimos los trámites para poder salvarme. Cuando eso sucedió pusimos fecha para casarnos.

“Todavía trabajaba en el negocio de mi papá. Me anoté en Linotex y en Lucini. Me llamaron de Linotex, ingresé en 1968 y allí trabajé durante doce años. Ese empleo me permitió comprar un terreno en el barrio Centenario, el que más tarde vendimos para comprar el de la casa en la que vivimos actualmente en José Hernández”.

Construyó su casa a pulmón. Cuando se casó vivieron un tiempo en la casa de sus suegros hasta que terminaron la obra y pudieron establecerse. “Trabajamos a destajo, nos llevó cuatro años construirla, trabajaba un albañil y yo de peón”, recuerda. 

Su hija mayor, Claudia (47) nació mientras aún vivían con sus suegros en el barrio Ferroviario; y su hijo menor, Pablo (39) llegó cuando tenían “la casa propia”.

El relato de Miguel es el de muchos de su generación que se forjaron el porvenir a fuerza de sacrificio. Hoy cosecha la siembra.

 

El cierre de Linotex

Fue empleado de Linotex hasta el 31 de enero de 1980 en que la fábrica cerró. “Fui parte de la última sección de trabajo que quedó”, refiere y cuenta que era maquinista de un equipo que hacía el hilado.

Confiesa que cuando dejó de trabajar en ese lugar sintió que “le cortaron las piernas” porque ya tenía su familia y compromisos. “Eramos 400 obreros los que habíamos quedado sin empleo, así que salimos a buscar en la construcción, porque en ese momento se estaban levantando varios edificios como las torres enfrente de Carrefour y los departamentos de la UOM”.

Consiguió como albañil en un edificio que se estaba construyendo en 25 de Mayo, frente al Club Comunicaciones. Más tarde entró en la planta de Cargill. “Me convocaron junto a quince vecinos del barrio para realizar tareas de campo. Al principio nos entusiasmamos por la expectativa que generaba el ser empleado de una empresa tan grande, pero siempre estuvimos contratados y era un trabajo muy bruto”, comenta y agrega que enseguida comenzó a buscar otro camino. Lo encontró en la fábrica Adba, gracias a la mano que le tendieron la encargada Julia Servidía y Rubén Ochoa. “Trabajé en el taller de costura desde el 2 de mayo de 1980, no sabía nada del oficio. Primero me dedicaba a planchar cinturas y después me pasaron a la sección de terminación de prendas. Llegué a ser segundo encargado y trabajé allí hasta que la fábrica cerró en 1995”.

 

Su oficio

A la par de sus empleos incursionó en la tarea gastronómica como mozo. Lo hizo para el restaurante del Club de Viajantes. “Aprendí con un compañero de trabajo de Linotex que me incentivó para que pudiera hacerme una extra. Comencé a trabajar en el quincho, los viernes y sábados por la noche y los domingos al mediodía”, cuenta. 

Trabajando en el taller de costura, retomó la inquietud de desarrollar el que era su oficio y se acercó a la peluquería a través de la formación. Durante un tiempo viajó semanalmente a Rosario para realizar cursos de perfeccionamiento y comenzó a dar los primeros pasos en la que se transformó en su tarea preferida.  Agradece infinitamente que en la fábrica le dieran permiso para viajar a los cursos que se dictaban los lunes. 

Se tomó muy en serio la formación que le demandó dos años y armó su propia peluquería. “Comencé atendiendo los lunes, martes y jueves. En una época llegué a tener tres trabajos a la vez”.

Su peluquería de hombres fue creciendo y sus clientes fueron fieles desde el primer día. Hace 34 años que el ejercicio de este oficio le demanda tiempo y le brinda enormes satisfacciones. “Cuando cerró el taller de costura, me quedé solo con la peluquería. Este oficio me dio todo”.

 

Su presente

En plena actividad laboral, se levanta a las 6:00, toma mate, escucha la radio y a las 8:00 abre la peluquería que funciona al lado de su casa. Al mediodía cierra y por la tarde abre temprano hasta las 21:00. “Tengo unos clientes increíbles, aparte de la gente del barrio, vienen de muchos lugares de la zona como Fontezuela, Rancagua y Alfonzo”.

Para él lo más lindo de la peluquería es el contacto con la gente. “Se pueden tocar todos los temas. A mí me gusta el fútbol, pero en la peluquería tenés que saber un poco de todo”.

 

La familia

Cuando no está trabajando le gusta compartir tiempo en familia. Ahí está el universo de sus afectos más entrañables, y fiel a sus raíces italianas, disfruta de las reuniones familiares y los viajes. Salen de vacaciones todos juntos y se reúnen a compartir asados ya sea en su casa o en la de sus consuegros: Carlos López y “Coyi” Ozafrán; y Eduardo Méndez y Mary Suárez.

Sus dos hijos están casados: Mi hija  es profesora de Lenguaje de Señas, martillera, además de acompañante terapéutico; está casada con Pablo López y tiene dos hijos: Francisco (20) y Clara (17) y mi hijo es peluquero y está casado con Gisela Méndez y tiene dos hijos: Juan Pedro (9) y Lorenzo (4).

Se define como un hombre “casero”. Disfruta de ir a la cancha, es hincha de Boca Juniors y tiene su corazón en Tráfico’s Old Boys, donde jugó en las inferiores hasta los 19 años. 

 

La labor dirigencial

En 2013 Miguel ocupó la presidencia del club José Hernández, institución de la que fue el primer socio. Esa experiencia le permitió desplegar un intenso trabajo social y acompañar a los chicos del barrio en la tarea deportiva. Durante su gestión recibió el ofrecimiento de la Fundación Santiago Laguía para desarrollar acciones orientadas a favorecer la integración social a través del deporte. Rescata lo positivo de esa experiencia y la generosidad del doctor Carlos Laguía, a quien con profundo respeto menciona en la entrevista. También hace referencia al apoyo del exintendente Héctor Gutiérrez.

Guarda el sinsabor de haber tenido que alejarse debido a “algunas injusticias”. “Cuando empecé a ver cosas que no me gustaban, me volví a mi casa. Entregué el mando el 8 de diciembre de 2015 con la satisfacción de haber podido inaugurar el salón totalmente equipado”, remarca.

Hoy sigue vinculado al club pero solo desde el amor que siente por “esa camiseta”. “Es una institución que vi nacer, pero ya no soy parte de la comisión, el grupo de gente que estaba trabajando se retiró, incluso el doctor Laguía también lo hizo”. 

 

Los amigos

Miguel es un hombre amable que hace de la familia su pilar y que sabe forjar afectos en los lugares por los que pasa. La vida le ha dado innumerable cantidad de amigos. Se reúne con un grupo que mantiene desde la infancia y que está integrado por Aldo Flores, Marcelo Araujo, Mario Bontempo y “Cacho” Rausin. También mantiene amistad con gente del club, entre los que menciona a Roque Aguilar y su esposa Mónica; José Lucena y Paola Méndez.

 

El balance

En el recorrido por la historia de su vida, el balance que hace es positivo. Lo señala en la reflexión del final cuando afirma: “Soy un agradecido a la vida y a Dios. Tengo 70 años, trabajo y tengo una familia espectacular”.

Imagina la vejez sin tenerle miedo. “La única aspiración que tengo es poder ver a mis nietos realizar lo que se proponen”. En ese deseo está su principal anhelo.