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Perfiles pergaminenses

Nelson Porro: la continuidad en el manejo de una de las pescaderías más tradicionales de la ciudad

Nelson Porro, en la Pescadería Donza, dispuesto a atender a sus clientes. (LA OPINION) Nelson Porro, en la Pescadería Donza, dispuesto a atender a sus clientes. (LA OPINION)

Comenzó a trabajar en el comercio que su padre había fundado en sociedad. “La Nueva de Donza y Porro Hermanos” funcionaba en sus inicios en el Mercado Viejo. Más tarde se mudó enfrente, por Echevarría, y hoy está emplazada en avenida Alsina. Con 61 años el hijo de Don Domingo prosiguió la tarea y le dio su impronta.


Nelson Alfredo Porro es la cara visible de una de las pescaderías más tradicionales de la ciudad, hoy llamada Pescadería Donza y en sus comienzos “Pescadería La Nueva. De Donza y Porro Hermanos”. Tiene 61 años y hace más de 29 que comenzó a trabajar en este negocio que había emprendido su padre. “Era una sociedad que habían conformado mi papá, Domingo Alfredo Porro, con Donza. Cuando Donza falleció, mi tío se enfermó y quedó mi papá solo con los dos empleados y ahí me incorporé”.

Recuerda a quienes trabajaban en la pescadería en aquel tiempo, los hermanos Villarreal, y describe los inicios en el Mercado Viejo, que funcionaba donde está el Correo. “Cuando yo empecé a trabajar nos mudamos enfrente, a un local más grande y nos modernizamos un poco”, refiere en la charla que se desarrolla en el negocio que hoy funciona en calle Alsina y que mantiene la tradición de siempre.  “Hace seis años nos mudamos acá porque donde estábamos era un problema el estacionamiento. Para descargar los camiones tuve hasta que presentar un recurso de amparo”. La historia que cuenta tiene ya muchos años. La pescadería fue fundada en 1932 y funcionó desde entonces ininterrumpidamente. Señala que el rubro cambió mucho con los años. “Antes el pescado venía sin procesar y había que ir a las 4:00 de la madrugada para procesarlo y tenerlo listo para la venta. Había mucho pescado de río, algo que en esta época casi no se consigue. “Hoy básicamente se comercializa el pescado de mar que llega desde Mar del Plata. Hay empresas que hace más de cuarenta años que abastecen a las pescaderías del interior”, agrega en la continuidad de una charla en la que hace referencia a la clientela. “Va rotando mucho. Tengo clientes muy fieles, de toda la vida, y otros que van llegando”.

Igualmente reconoce que el cambio de lugar “no fue una decisión del todo acertada”. Al respecto señaló: “Confieso que me encandiló la cantidad de autos que pasaban por la avenida Alsina, pero gente caminando no anda.

“Conservo mi clientela, casas de comida y restaurantes a los que les sigo vendiendo, pero la gente cambió mucho. Perdí clientes y gané nuevos”, agrega. Hoy trabaja solo, cuenta con una mensajería que realiza el servicio de delivery y en épocas de gran demanda busca quien le dé una mano en la atención. “En Semana Santa me ayudó un muchacho que trabajó mucho tiempo conmigo, pero en lo cotidiano estoy solo”.

Se introduce en una particularidad que tiene su actividad comercial: “Ahora tenemos la variante de que cualquier comercio que quiere vender pescado puede hacerlo porque les traen un freezer y les cobran en función de lo que despachan y de lo que van reponiendo. Está todo permitido”. Recuerda que antes para abrir una pescadería tenían que cumplir muchos requisitos y someterse a rigurosos controles. “Como mínimo había que tener una cámara y habilitarla desde La Plata. Los controles de Bromatología eran muy estrictos porque lo cierto es que la venta de pescado es algo muy delicado porque requiere de algunos cuidados para preservar su calidad.

“El problema del pescado es saber mantenerlo. El secreto es el frío justo y administrar la compra para no tener que conservarlo más tiempo que el conveniente”.

 

Su infancia

Cuenta que nació en Pergamino y vivió en Doctor Alem y 3 de Febrero y después se mudaron a 9 de Julio y General Paz. Es hijo de padres de clase media trabajadora. Su papá fue junto a su socio, el fundador de la pescadería y su mamá, Elma, ama de casa. Tiene una hermana cuatro años menor, Nedda Araceli, que vive en Pergamino. De la niñez conserva los mejores recuerdos. “Fui a la Escuela Nº 2, después me cambié a la Escuela Nº 1 y cuando vinieron los Hermanos Maristas fui hasta cuarto año, pero abandoné los estudios y terminé en el Comercial nocturno”.

“Tuve una infancia y adolescencia espectacular. Unos padres extraordinarios. Fueron dos personas hermosas, mi casa siempre estaba llena de gente y de amigos y familiares”, refiere.

 

Su familia

Su propia vida familiar se armó cuando se casó con la mujer de la que está separado. Es padre de dos hijos varones: Germán (31) y Javier (29). Ambos son solteros y viven en Pergamino. “Uno trabaja en la estación de peaje de J. A. de la Peña y el otro en el Hotel Howard Johnson. Por suerte ambos están encaminados y gracias a Dios me salieron buenos pibes, laburadores,  buenos compañeros y compinches”.

Nelson vive solo y cuando no está en la pescadería le gusta disfrutar del tiempo libre. “Soy un poco vago”, bromea, y menciona que su hobby era el tiro, pero ya no practica. También le gusta el ciclismo y sale a andar en bicicleta en rituales que comparte con amigos. “En una época participé de los grupos de cicloturismo y actualmente con un amigo salgo a andar los sábados, vamos por caminos de tierra y llegamos hasta Acevedo o El Socorro. Es una manera de hacer actividad física y además me encanta”.

En una época incursionó en el automodelismo. “Fue una etapa de la vida, íbamos con mis dos hijos a una pista del barrio Centenario, ambos salieron campeones. A mí me gustaba disfrutar del armado del auto, más que la competencia. Yo armaba y los chicos competían. Javier era tan chiquito que agarraba el pulsador con una mano y con la otra apretaba el gatillo. Ahora hay una pista muy linda en el Tiro Federal”.

A la par de ello se dedicó a la caza. “Fui cazador de campo, me gustaba cazar patos, perdices y liebres”.

 

Amigo de los amigos

Es un cultor de la amistad y tiene un montón de amigos. Asegura que son “más que una familia” y disfruta de compartir tiempo con ellos. Viaja a Ramallo con frecuencia para visitar a varios y aprovecha esos viajes para “tratar de conseguir pescado de río para su negocio”. Cada quince días tiene una peña, pero cuenta que “ya no cocinamos”. Se reúnen y van al restaurante chino. “Nos gusta juntarnos y lo hacemos cada vez que podemos”.

“En Pergamino tengo innumerable cantidad de amigos. Hay uno que es como un hermano: Norberto Gustavo ‘Nito’ Bocci y después mis amigos más íntimos son los chicos de la barra: Alberto Boncompain, Carlos Zapata, ‘Tito’ Cascardo, y Miguel y Luis López. No nos juntamos tan seguido, pero mantenemos una amistad a lo largo de los años, con varios nos criamos juntos en el barrio y a otros los conocí más adelante en la vida.

“Soy una persona que le da mucho valor a la amistad. Los amigos son esa familia que se elige”, afirma. También habla de la importancia que le da a su familia. “Yo tengo a mi hermana, a mis hijos y a una tía viejita a la que quiero mucho y muchos primos. “Tengo una linda familia y si bien no nos visitamos mucho, tenemos una muy buena relación y un vínculo que nos une”, resalta y con orgullo habla de sus hijos y sus vivencias.

 

Un enamorado de la ciudad

Se define como un amante de la ciudad. Este es un lugar en el que le gusta vivir. “Me encanta Pergamino, lo que más admiro de esta ciudad es a su gente”, afirma y se enorgullece de que en el andar por las calles sus conocidos lo reconozcan con el saludo: “Chau pescador”.

“Aunque mi apellido no es Donza, todo el mundo me llama así y en cualquier lugar en el que me siento, la gente se me acerca a saludarme. La actividad del comercio te da ese trato directo con la gente. Tengo clientes muy viejos que son verdaderos amigos a los que hoy atiendo por teléfono”, cuenta y celebra cada encuentro con ellos. “Las señoras del barrio donde estaba la pescadería donde me ven se acercan a saludarme”, agrega y confiesa que a pesar de las dificultades y coyunturas de este tiempo “el comercio me dio muchas satisfacciones”.

A pesar de ellas, reconoce que algunos días le gustaría volver a su viejo oficio: el de ser viajante. Lo fue siendo muy joven antes de iniciar su camino en la pescadería. “Trabajaba en la calle, era viajante. Trabajé unos cuantos años con la Papelera Sánchez. Hacía 150 kilómetros alrededor de Pergamino. En la calle vos salís a buscar al cliente y si falla uno, entrás al negocio de al lado o al de enfrente. En cambio en el negocio es como poner una trampera: tenés que esperar que la gente entre.

“Pero no me arrepiento del camino que decidí seguir. A pesar de que el comercio hoy por hoy está muy castigado tanto impositivamente como por las exigencias”, reflexiona y asevera que en una tarea u otra siempre se imagina “vendiendo”. “Lo mío son las ventas. No me podría haber dedicado a otra cosa”.

 

Haciendo lo que sabe

Así como en el comienzo de la entrevista Nelson Porro habla de su infancia, sobre el final se proyecta en la vejez y confiesa que se imagina que lo sorprende ‘trabajando’.

“No podría estar quieto. Si me tengo que quedar inmóvil me muero. No puedo estar. Los fines de semana incluso si no salgo a algún lado, siento que me falta algo. Soy bastante inquieto”.

Haciendo eso que sabe hacer, a la pescadería llegan los clientes de la mañana. Nelson hace una pausa en la conversación para atenderlos y así la entrevista llega a su fin. Gana la escena la disposición con la que les pregunta qué se les ofrece y la dedicación con la que se esmera en atenderlos. Se nota que sus clientes lo conocen porque la charla gana en familiaridad. Hablan de anécdotas. El recuerda que en su casa las anchoas se comían con un “pan felipe”. Le sugiere a una clienta como prepararlas y cuenta que cuando era chico su padre las “canjeaba” con familiares que llegaban del campo por huevo y salames. Esa es su vida. Así se teje su historia. Una historia personal, simple, cargada de herencias y costumbres que, transmitidas de generación en generación, como el negocio, aún perduran.