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Perfiles pergaminenses

Ninón Raspall de Villanueva: una mujer dueña de una profunda y comprometida capacidad de dar

Ninón Raspall de Villanueva, en la intimidad de su casa. (LA OPINION) Ninón Raspall de Villanueva, en la intimidad de su casa. (LA OPINION)

Es abogada. Desde hace años forma parte de la Pastoral Familiar de la Parroquia Nuestra Señora de la Merced, donde brinda las charlas prematrimoniales. Durante mucho tiempo integró el Equipo de Adopción de Pergamino y su familia fue hogar de tránsito, lo que le permitió brindar amor de modo incondicional. Asegura que su familia es lo más importante que posee.


Ninón Marta Raspall de Villanueva nació en Pergamino y vivió siempre en el Centro: nació en una propiedad ubicada frente al Club Sports y más tarde en calle 11 de Septiembre, a una cuadra de la Parroquia Nuestra Señora de la Merced, donde transcurrió su infancia, adolescencia, juventud y parte de su vida matrimonial hasta que se mudó con su familia a calle Rivadavia, donde vive actualmente.

Café de por medio, en el living de su casa, habla de su familia de origen: de su padre, Angel Carlos Raspall Galli, abogado; y su madre, Raquel Puentes de Raspall, ama de casa.  Tiene tres hermanos: Carlos, Miguel Angel y Silvia. Su abuelo era catalán y su abuela de procedencia italiana. Las raíces de aquellas familias de inmigrantes están presentes en su esencia y en el relato.

Está casada con José Manuel Villanueva, contador y docente. Tienen cinco hijos: Paula (abogada), Marina (decoradora profesional), José Ignacio (abogado), Agustín (contador) y María Macarena (licenciada en Química Industrial). Sus nietos son: Lucas, Tomás, Santiago, Manuela, Constanza, Elena y Amalia y para septiembre esperan la llegada del próximo, fruto del embarazo de su hija Macarena.

Conoció a su esposo en Córdoba, donde la familia materna de Ninón tenía una casa que aún conservan. “Los tíos de José Manuel también tenían una casa allí, así que nos vimos por primera vez en una playa en Carnaval. Al principio no le creía que estaba muy interesado. Yo estaba estudiando en Buenos Aires y él vivía allá, así que seguimos viéndonos, nos pusimos de novios y después de tres años nos comprometimos y nos casamos. La boda fue en Pergamino, nos casó el padre Gastón Romanello”, rememora.

“Hace unos días cumplimos 48 años de casados. Felices y hermosísimos con todos los altibajos de un matrimonio, pero felices de nuestros hijos y de las realizaciones de ellos”, expresa.

Considera que la clave de la vida compartida ha sido y es el amor: “Mucho amor de ambas partes, tolerancia, respeto, colaboración y aceptación de los problemas y contingencias de la vida, enfermedades y todas las circunstancias que se presentan en lo cotidiano”.

Confiesa que siempre soñó con tener una familia numerosa. “Nosotros primero tuvimos tres hijos; perdimos uno; y ocho años después llegaron los otros dos con un año de diferencia”.

Habla de la crianza de sus hijos con satisfacción. Por entonces su esposo era docente y ejercía su profesión. Ella dedicaba la mitad del día al cuidado de los hijos y la otra mitad a la práctica de la abogacía. “Era una época muy distinta, compartíamos el tiempo de las tareas, los compañeros de mis hijos venían a casa a hacer los deberes; los chicos tenían distintas actividades por fuera del colegio y crecieron muy contenidos”, refiere.

En espejo con lo que fue su tarea de madre, también habla de su infancia. “Ellos tuvieron una infancia muy parecida a la que había sido la nuestra”.

Vuelve a la niñez para recordar un tiempo en el que las casas permanecían abiertas y los chicos del barrio estaban en uno u otro hogar en forma indistinta, siempre jugando. “Donde nos encontraba la hora de la leche, allí merendábamos”.

Desde primer grado hasta tercer año fue al Colegio Normal y luego se cambió al Colegio Nuestra Señora del Huerto, donde egresó.

 

La profesión

Ninón es abogada. La influencia de su padre seguramente marcó una impronta al decidir. Y en el momento de irse a estudiar a Buenos Aires se debatió entre la Medicina y el Derecho. “Siempre ejercí en Pergamino y lo hice en la órbita privada. En Pergamino no había Departamento Judicial, solamente un Juzgado de Paz, así que viajaba a San Nicolás para tramitar las causas. Había un grupo de abogados muy reducido, todos nos conocíamos y había mucho respeto entre colegas”, describe.

Actualmente está jubilada, pero todas las mañanas va al estudio jurídico en el que hoy trabaja uno de sus hijos. “Ahí hago las veces de secretaria ejecutiva”, bromea. “Hoy el estudio, en el que también trabajaba mi hija hasta que ingresó al Poder Judicial, tiene un perfil orientado al Derecho Civil y Comercial.

“En mi época no me especialicé en ningún campo en especial porque los profesionales hacíamos de todo”, refiere, aunque aclara que lo que nunca hizo fue Derecho Penal.

Se muestra agradecida a la profesión que le dio muchas satisfacciones “por el contenido humano de las causas”.

“Han habido algunas meramente económicas, otras en las que trabajé sin mayores problemas; pero también las hubo muy conflictivas, muy humanas, en el orden de familia, vinculadas a tenencia de hijos, divorcios, adopciones que han dado muchísimo contenido humano a mi tarea”, destaca.

 

Un compromiso y el don de dar

Desde 1982 y hasta el momento forma parte de la Pastoral Familiar de la Parroquia Nuestra Señora de la Merced. Durante muchos años integró –y fue gran impulsora- el Equipo de Adopción de Pergamino. “Es un espacio que surgió a raíz de un grupo que integrábamos la Acción Católica de profesionales de Pergamino. Todos habíamos recibido mucho de la sociedad y sentíamos la necesidad de retribuir de algún modo eso. Empezamos a trabajar para formar un equipo de asesoramiento a matrimonios adoptantes”, relata.

“En los años que trabajamos conseguimos muchísimas adopciones y fue una tarea muy satisfactoria que les permitió a muchos matrimonios tener a su hijos. Algunos hoy tienen nietos”, refiere y recuerda que funcionaban en una oficina de la Parroquia en la que recibían a las parejas, los asesoraban y confeccionaban su expediente de adopción. También realizaban charlas con psicólogos, médicos, asistentes sociales y conferencistas.

Cuenta que en esa época también tenían los hogares de tránsito y se introduce en uno de los momentos más conmovedores del relato de su vida cuando cuenta la experiencia personal y de su familia.  “Nosotros fuimos hogar de tránsito y recibimos a muchos chicos en nuestra casa.

“Mientras duró el Equipo, que después se diluyó, tuvimos el privilegio de recibir a chicos en nuestra casa hasta que pudieran ser adoptados”, agrega.

Recuerda a la perfección cada historia de vida, aunque es respetuosa al hablar de esta cuestión. Guarda para su intimidad lo que concierne a la situación personal de cada niño que acogió en el seno de su familia.

“Fueron vivencias que supusieron no solo un compromiso por parte mía y de mi esposo sino de toda la familia, nuestros hijos, nuestras madres que hacían de abuelas cuando teníamos chicos en hogar de tránsito. Es una experiencia en la que se aprende a querer, a renunciar y a compartir.

“Si uno se encariña con un cachorro, imagínate con un niño. Hubo dos que estuvieron bastante tiempo con nosotros”. Habla de Alexis y María, una beba con Síndrome de Down que, como cada uno que pasó por su casa, se ganó un lugarcito en su corazón y dejó una huella. Con algunos de ellos ha sostenido un contacto o lo ha recuperado con el transcurso del tiempo. Igualmente señala que “muchas veces esto no sucede y está bien que sea así porque esos niños tienen que armar su historia con sus papás adoptivos”.

En el presente Ninón sigue vinculada a la Parroquia Nuestra Señora de la Merced, a través de la Pastoral Familiar y brinda las charlas prematrimoniales. “Allí hablo sobre la posibilidad de que el matrimonio tenga que encarar la búsqueda de hijos que no llegan naturalmente, ya sea de manera biológica o adoptiva. Comparto el espacio de las charlas con un grupo maravilloso de personas”.

Fiel a su compromiso social, en una época también se dedicó al acompañamiento de “mamás en conflicto” y a dos de ellas les dio alojamiento en su casa. De la mano de esa tarea asesoró a chicas que vivían en el Hogar de las Hermanas Adoratrices, donde las acompañaba semana a semana en una tarea vinculada a la contención y a lo social.

 

El motor de la fe

Se define a sí misma como una mujer de fe. Ella y su esposo han compartido desde siempre ese sentir. Encarna una concepción de la fe muy asociada al servicio y al hacer por los otros. “Mi esposo hasta hace un tiempo llevaba la comunión todos los domingos a los geriátricos”, cuenta y refiere que su mamá durante muchos años fue presidenta del Hogar de Jesús.

 

Su presente

Con más tiempo libre, en lo cotidiano disfruta de rutinas sencillas. Los miércoles son sus “días de nietos”. Llegan a su casa temprano y se quedan durante todo el día. “Vienen, se van para realizar distintas actividades, estudian juntos, vuelven, cenan y luego regresa cada uno a su casa”, menciona, orgullosa de ese “ritual de amor” que los mantiene conectados con lo esencial.  Reconoce que no es una abuela “permisiva”, pero sí amorosa con cada uno de sus nietos. Se nutre de su propia vivencia de nieta para ejercer con ellos un amor que resulta “incomparable”. “De los abuelos no recordás lo que te dieron materialmente sino todo lo demás, el tiempo, el afecto, las enseñanzas. Mis abuelos vivían en el campo y los fines de semana eran increíbles”.

Le gusta pasar tiempo en su casa y en el jardín. Mantenerlo es algo que le produce mucho placer. También le gusta viajar. “Con mi esposo hemos compartido viajes hermosos con experiencias humanas extraordinarias y viajamos cada vez que podemos. Nos quedan muy pocos países por conocer”.

 

El pilar de la familia y su enseñaza

Con 75 años cumplidos, se lleva muy bien con el transcurso del tiempo. “No siento la edad que tengo, estoy muy bien, voy a seguir yendo al estudio, a la Parroquia; voy a seguir ocupándome de mis nietos, viajando. El tiempo que Dios me regale lo quiero disfrutar en familia”, afirma.

Se imagina la vejez como un tiempo feliz y en paz. Esa convicción está sostenida en la certeza de haber tenido la vida que soñó. Lo dice sin reparos: “He sido una afortunada y Dios me ha bendecido con la familia que tengo”.

Pero nada de lo que tiene fue “por arte de magia”. Para construir su presente ha puesto lo mejor de sí. Ha tenido frente a las adversidades de la vida una actitud positiva y jamás se dejó “deprimir por las cosas”. Esa es su fortaleza. “Cuando nos ha tocado enfrentar situaciones dolorosas las hemos afrontado en familia”.

Sin asignaturas pendientes más que el anhelo de “haber sido buena para el canto o el ballet”, con los que bromea, transita la vida sin grandes cargas. “No me arrepiento de nada de lo que he hecho y lo único que anhelo es que el día que me toque irme pueda hacerlo en paz, en la convicción de que tuve una linda vida, rodeada por el amor de mi familia.

“A mis hijos y nietos la mayor enseñanza que podré dejarles es el ejemplo, el saber vivir, compartir, participar, el ejemplo de que uno se propone hacer algo y si se empeña, lo puede hacer”, concluye, en un tono reflexivo que le dibuja en el rostro una sonrisa.