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Editorial

A la espera del humo blanco

La diferencia del peronismo respecto de otros movimientos que surgieron en América Latina luego de la Segunda Guerra Mundial fue, en gran parte, la consigna que Juan DomingoPerón repitió quizás más veces que ninguna otra a lo largo de su vida: la de que solo la organización vence al tiempo.

Esta afirmación puede sonar paradójica o inexacta si se analiza la conducta del general a lo largo de toda su vida política, tiempo inmenso en el cual combatió contra todos los que quisieron compartir su poder o heredarlo. 

El sindicalista Cipriano Reyes, que fue esencial para la realización de la movilización del 17 de octubre de 1945, estuvo encarcelado durante casi todo el gobierno de Perón.  El general Domingo Mercante, dos veces gobernador de la provincia de Buenos Aires, apenas se insinuó como sucesor de Perón, debió dejar la gobernación y su reemplazo borró nombre, memoria y huella del caído en desgracia. El sindicalista Augusto Timoteo Vandor, durante el exilio de Perón, intentó formar una alternativa que se dio en llamar Peronismo sin Perón.

Este poder de iniciativa del gremialista fue combatido por el general políticamente y al final los Montoneros quisieron ofrecer un “trofeo” de supuesta lealtad y lo acribillaron a balazos. Para regresar al poder -imposibilitado de presentarse él- Perón eligió como su candidato al que se suponía -en la leyenda peronista- era el más obediente de todos sus partidarios, el símbolo de la lealtad a ultranza: Héctor Cámpora. Pero apenas duró 49 días en la presidencia al ser acusado de ser el más desleal, el que se unió con los Montoneros en contra de Perón, o sea, con el grupo guerrillero que también quería heredar al general. Tanta fue la desorganización y división del PJ, que Perón eligió como sucesora a su mujer, Isabel Martínez, absolutamente ignorante de la más mínima noción de política.

Sin embargo, y contra todos los pronósticos, dados estos antecedentes personalistas, muerto Perón el peronismo no sucumbió. Y como una enorme paradoja, se podría decir que durante los 45 años que pasaron desde su fallecimiento, el peronismo fue tan o más protagonista central de la vida política del país que en vida de su fundador. La organización venció al tiempo... aunque “a lo peronista”. Durante el exilio de Perón, el sindicalismo fue, como se dio en llamar certeramente, la columna vertebral del movimiento. Con su capacidad negociadora logró que todos los gobiernos, incluso los militares, incrementaran su poder corporativo en vez de debilitarlo, quizás con el mismo deseo de Vandor, que un peronismo sin Perón hiciera desaparecer políticamente a Perón. No obstante, se dio otra paradoja: el sindicalismo se fortaleció, pero Perón también.

Lo cierto es que, aun sin ningún heredero, los peronistas sobrevivientes a Perón tuvieron la misma capacidad que su líder de adaptarse a las tendencias e ideologías cambiantes de cada momento. O al revés: fueron capaces de adaptar todas las novedades históricas a su movimiento, de hacerlas peronistas aunque las desviaran significativamente de lo que ellas expresaban. 

Esas dos cosas, el sindicalismo que mantuvo viva la organización peronista por encima de la existencia o no de líderes, y la habilidad de variar de ideología de acuerdo a la hegemónica de cada tiempo, gestó un movimiento post Perón que se pareció a la milenaria estructura organizativa de la Iglesia Católica: un puñado de obispos (los líderes y señores feudales que detentan los poderes locales y legislativos) elige una especie de “Papa” que ocupa el papel de Perón, pero no de por vida sino mientras dure en el mundo la tendencia ideológica de moda que vino a representar.  Eso fueron Antonio Cafiero y los renovadores que acabaron con los restos del viejo peronismo que quedaba de los años 70 para adaptarlo a la socialdemocracia imperante en los años 80. Pero en los años 90, con el triunfo del neoliberalismo, el peronismo tomó esas banderas y designó Papa Rey a Carlos Menem. Quien duró hasta que aparecieron las primeras crisis económicas neoliberales con el efecto Tequila o la devaluación brasilera.  Allí asumió un “Papa” de la transición, Eduardo Duhalde, cuya principal meta, más que suceder a Menem, era borrarlo políticamente del mapa. 

Luego de lograrlo asumió un casi desconocido venido del sur, Néstor Kirchner, que fue quien más claro tuvo su papel de “Papa”, tanto que borró de modo implacable todo rastro de Menem y Duhalde (pretendió incluso borrar la huella del mismísimo Perón) y se adaptó a la nueva realidad hegemónica en América Latina del populismo de izquierda antiglobalizador. Lo heredó su mujer, Cristina, quien predominó hasta que esa ideología entró en crisis en el continente, siendo sustituida por una mezcla confusa de liberalismo clásico y de populismo antiglobalizador pero de derecha.

Esa confusión que hoy recorre casi todo el mundo (que en el fondo es una gran contradicción entre seguir adelante o volver atrás) es lo que le impide esta vez al peronismo asumir el espíritu de los tiempos y hacerlo peronista como lo hizo siempre antes. Será tal vez por eso la extraordinaria timidez que muestra para dejar de lado el pasado, cuando antes lo que dominó fue su extraordinaria audacia para dejarlo de lado. Quizás sea por eso que los aspirantes a nuevo “Papa” andan mendigando los votos de Cristina, como Sergio Massa o pidiendo por su vuelta, como Felipe Solá. En el mejor de los casos, algunos pretenden poner a una figura prestigiosa pero decorativa, que reine pero que no gobierne, como Roberto Lavagna.  Lo que nadie se anima a hacer es lo que el peronismo hizo siempre hasta ahora con singular éxito: romper del todo con el anterior rey o reina, manteniendo a los viejos “obispos” para que proclamen al nuevo emperador. Y de ese modo que en el peronismo todo cambie para que nada cambie. 

Una paradoja del momento que vive el movimiento: la única vez desde la muerte del general Perón que el peronismo no puede proponer un nuevo “Papa” peronista, en el Vaticano lidera un Papa que es argentino, que alguna vez fue simpatizante peronista, que hoy los peronistas consideran suyo y que los antiperonistas consideran peronista.