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Editorial

Dos hombres, un camino

La palabra crisis solo tiene una traducción: padecimiento”, solía explicar el sociólogo Fernando Henrique Cardoso, expresidente de Brasil. Desde esa perspectiva, no carece de lógica la aceleración política que agitó las urnas argentinas. No solo se expresó el castigo. Más bien, la urgencia de la solución.

Se podrá argumentar que el populismo ejecutó otra vez su habitual faena: agitar a los votantes para que se tiren a una pileta sin agua, enojados porque está vacía. Y con Fernández, al igual que con Macri, o con  Lavagna, la pileta seguirá vacía. A no engañarse.

Hay que asumir, de una vez por todas, que una persona no es la solución. Tampoco su ideología, si es más de derechas o de izquierdas. Ni siquiera un paquete de medidas es la solución. La salida está en el conjunto social argentino y en el contexto mundial en que nos podamos encuadrar.

Como sociedad, el primer paso de nuestra parte es asumir que realizar las duras correcciones económicas, necesarias para torcer el rumbo de cualquier país en crisis, sin desmejoras en los ingresos y baja del nivel de actividad, es una fantasía.

La economía funciona de un modo engañoso: quien afloja las riendas en un contexto de crisis, de “pileta vacía”, y genera problemas a futuro, como la inflación y el déficit fiscal, crea en lo inmediato una sensación de amplio bienestar. Y para la sociedad es “el mesías”, el salvador.  En cambio, quien está convencido de que esto lleva más tarde o más temprano a una situación desastrosa y decide hacer un ajuste cuenta con el repudio generalizado de los votantes, como pudo verse el domingo.

Macri no desató la inflación: intentó pararla, aunque no tuvo éxito. Hizo un fuerte recorte del gasto público; es decir, en lo esencial apuntó en la dirección correcta: no gastar más de lo que se tiene, como en casa. Pero se trata de un camino con altos sacrificios (ajustes de tarifas de gas y de electricidad y del precio de los combustibles, retraso salarial, baja en el nivel de actividad económica, etcétera). Y esto no fue aceptado por la ciudadanía. Al contrario: fue ampliamente rechazado.

Macri pensó que los argentinos aceptarían algunos padecimientos porque se sentirían compensados con obras públicas esenciales, la erradicación de las conductas venales de los funcionarios o el fortalecimiento institucional. Pero no ocurrió así.

Primaron las necesidades más elementales y perentorias.

Es decir, el ajuste fue claramente rechazado, pero el Gobierno debió emprender ese camino porque, en lo esencial, no tenía otro. Y lo mismo pasará desde el 10 de diciembre, porque cuando las cosas están mal, cuando se está abajo, no hay muchos caminos sino que es el mismo. Claro que por ser duro no todos se animan a asumir el costo político de transitarlo.

La grieta salió del país: según los mercados del mundo, si gana Macri las cosas van bien, si no estará todo horrible. Tal el mensaje post Paso.

La verdad es que la cosa está horrible con cualquiera de los dos escenarios: sacar al país adelante implica (ayer, hoy y mañana) muchas restricciones. No va a haber mucho margen para hacer políticas que no sean consistentes con la realidad 2019, es decir con los acuerdos pactados con la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional, con Brasil, el Sudeste Asiático.

Cabe recordar que la Argentina no tiene acceso al fondeo internacional desde el año pasado; Macri usó la credibilidad de su gobierno en 2015 para tomar excesiva deuda y así cubrir el déficit fiscal. El Fondo le dio bastante para tapar ese agujero pero el país sigue necesitando recursos externos. Y no es cuestión de Macri o de Fernández para que el mercado se abra para la Argentina. Porque de hecho estuvo cerrado  con Cristina y con Macri. No tiene que ver con las elecciones. Tiene que ver con hacer las cosas bien. 

Claro que, frente a estos dos postulantes, al mercado le va a caer más simpático Macri que Alberto. Pero el mercado inversor no está cerrado a la Argentina por el temor a que vuelva el kirchnerismo sino que no llega  a nuestro país porque no están dadas las condiciones.  Por eso decimos que hoy la Argentina, con quien sea, es una pileta vacía a la que no se tiraría ni un kamikaze. Y por esos afirmamos desde esta humilde tribuna de opinión que no importa quién asuma el 10 de diciembre sino que lo que nos salvará de una debacle es que la próxima gestión haga lo que debe hacerse para que el mercado mundial se abra definitivamente para nosotros. Basta de nacionalismos vacíos y pseudo progresistas: es imposible crecer sin comerciar con el mundo y sin que capitales del mundo inviertan en Argentina. Y para que ello suceda, Macri y Fernández tienen un único camino correcto por delante: tener bajo control el déficit y concretar reformas estructurales, léase laboral, previsional y tributaria. Ya sabemos lo que le costó a Macri encarar ese camino. ¿Fernández está dispuesto a tomarlo por el bien último de levantar al país aunque le implique el rechazo popular?   

Para todos será doloroso y no será de inmediato. ¿Alguna vez estaremos dispuestos a pasar el trance para obtener lo que todos anhelamos?

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