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Editorial

El tiempo de hacer las cosas bien

Los efectos y el impacto del coronavirus se expresan en la sociedad en términos absolutos y parecen condicionar en todas sus dimensiones la vida cotidiana de las personas. Y frente a ello, al tiempo que los estados se ocupan de anticipar y prever las medidas que se requieren para atacar lo urgente, no menos imperioso es abordar lo intangible. Eso que sucede en la psiquis de las personas frente a una pandemia de estas características, donde la amenaza aparece como algo cierto a la vuelta de cualquier esquina. La necesidad del control propio sobre una situación que más allá de la responsabilidad cívica y la solidaridad social escapan a lo individual, hace que se asuman conductas que no tienen otro objetivo que el de mostrarle a la mente que puede recuperarse el control y de este modo sortear la adversidad que supone la irrupción de esta enfermedad tan virulenta como dañina para el mundo.

Una pregunta recurrente en distintos medios de comunicación es por qué se agotan los barbijos si no sirven para impedir la propagación del coronavirus. Este comportamiento irracional sirve de muestra para comprender cómo se piensa en contextos especiales como las epidemias.  Al día de hoy, las recomendaciones de los organismos de salud son claras. Sin embargo, el temor en algunas personas genera una psicosis y motiva la toma de recaudos que pueden resultar excesivos.  En un escenario dinámico en el que a pesar de las recomendaciones sanitarias y las restricciones que se han impuesto reina la incertidumbre, cabe la pregunta sobre cuál es la medida exacta de las precauciones para que sean racionales.

En una columna de opinión publicada en un portal de noticias universitarias, el doctor Fernando Torrente, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Favaloro, acerca lo que un estudioso de la economía del comportamiento denomina “negligencia de la probabilidad” para señalar que frente a un evento nuevo, peligroso y de impacto emocional como este virus que diezma a las poblaciones del mundo, se suele hacer caso omiso de las probabilidades reales y ganan la batalla en la toma de decisiones las probabilidades que surgen de la fantasía o del temor. Como si en la mente se activara un mecanismo por el cual crece exponencialmente la sensación de riesgo.

A su vez, la ansiedad lleva a tomar medidas de seguridad. Hacer algo tranquiliza la ansiedad y permite experimentar la ilusión de control. En este contexto, comprar barbijos alivia, pero no sin costos. Los efectos de los reaseguros ilusorios son transitorios y luego la ansiedad vuelve reforzada.

En este escenario, interrogarse individual y colectivamente respecto de cuál es la medida de los cuidados necesarios para protegernos del virus aparece como una cuestión superlativa que ayudaría a evitar contradicciones que aumentan la probabilidad de riesgo cierto. Compramos barbijos, pero probablemente nos cueste abandonar la costumbre de acudir a una guardia hospitalaria si tenemos síntomas de enfermedad y nos resistamos a algunas medidas restrictivas que han sido probadamente efectivas para contener la situación sanitaria presente. Nos abarrotamos de mercadería en los supermercados, desatendiendo la necesidad de los demás y desafiamos todo el tiempo a la autoridad, aun utilizando un barbijo.

Con la incertidumbre como realidad- por lo imprevisible del comportamiento de la pandemia y su desenlace- es imperativo cuidar la salud física pero también la psiquis. Algo de lo que se habla poco en las recomendaciones brindadas por las autoridades sanitarias. Para ello sería necesario seguir las recomendaciones actualizadas de los organismos competentes, sabiendo que hacer de más no reduce el riesgo, sino que alimenta la ansiedad y provoca consecuencias innecesarias como el desabastecimiento de productos esenciales.

Pareciera que el coronavirus vino para mostrarle a las sociedades del mundo que todas sus costumbres y verdades están en jaque. Algo habrá que aprender de esta circunstancia. Quizás a no comprar elementos que no resultan necesarios y reservarlos para quienes sí los requieren como medida de cuidado. También para hacer ese ejercicio individual de introspección que nos ayude a indagar en la necesidad personal de control frente a lo que escapa de nuestra posibilidad y dejar las acciones en manos de los que saben.

Muchos especialistas describen la situación mundial en torno al coronavirus como una guerra. Y en las contiendas bélicas, lo que se hace es seguir el lineamiento del líder, y asumir la cuota de responsabilidad propia y colectiva en la batalla.

Estamos dando la batalla, anticipando escenarios inciertos y buscando certidumbre, allí donde aún no hay respuestas. Quizás sea solo cuestión de abandonar la ilusión de control y asumir que es tiempo de hacer las cosas bien. Simplemente. Tal vez esa acción sencilla y consecuente sea la que en esta contingencia nos haga recuperar la sensación de estar protegidos.