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Editorial

Es crisis y algo más

La imagen más palmaria de una crisis económica con recesión es la de los locales comerciales vacíos. Vacíos de clientes primero, y vacíos de todo después.

Un negocio minorista que cierra significa que al menos una, sino dos o tres personas pasan a engrosar la lista de de-sempleados. Y así se sigue agrandando el círculo vicioso de menor poder adquisitivo y menor consumo que lleva a que otro local baje sus persianas.

Esta situación la hemos vivido con cada crisis de las tantas que hemos atravesado, que han tenido como denominador común las malas praxis del gobierno de turno, siempre señalado como gran culpable de nuestros males (y en gran medida lo han sido).

Pero esta vez hay un trasfondo en la crisis del comercio minorista. Esta vez no es tan sencilla la ecuación de que no hay plata, ergo la gente no compra. O que hay inflación y el dinero no rinde entonces la gente compra solo lo básico y elemental.

Hay detrás de esta crisis económica argentina una crisis mundial.

Es un momento bisagra respecto de los hábitos del consumidor, sus preferencias y, sobre todo, cómo el uso de la tecnología comenzó a ocupar otro lugar en la vida de las personas.

Dicho esto, habrá advertido el lector que nos referimos al auge de la compraventa digital.

En este mundo cibernético, tan amplio y tan vacío de regulación, se dan todo tipo de relaciones comerciales. Es como una sociedad paralela, donde se encuentran, al igual que en la calle, el que cumple con las normas, el que evade, el que tiene lealtad comercial, el que no, el que es honesto, el que estafa.

Esta actividad por Internet es la que tiene en jaque al comercio tradicional, mucho más que la crisis y mucho más allá que Macri.

Sin desconocer que la coyuntura económica es la que temina empujando al abismo, a nivel Argentina y mundial lo que está llevando al cierre de los negocios a la calle es el e-commerce, o comercio digital.

En su visita a nuestro país, Jack Ma, el fundador de la plataforma china Alibaba, dejó definiciones como: “En 15 años el 90 por ciento de los negocios se harán online”, “una empresa no tenga Internet será como que hoy no tenga electricidad”, “toda nueva tecnología desplaza trabajo humano al principio, pero luego crea otros empleos, de mayor calidad” y “todo será hecho a medida, se terminarán los productos masivos. Una vez más, los emprendedores y Pymes corren con ventaja porque son más ágiles”. No son sentencias, pero todo muestra que vamos a ese camino, con sus pros y con sus contras.

La cuestión más preocupante tal vez sea la laboral, porque acá nadie habla de que la gente deje de comprar sino que ya no necesita ir hasta un lugar y que lo asesore un empleado. El tema es a dónde van a trabajar esos empleados cuando una gran marca o pequeña firma local decide no estar más a la calle sino en una pantalla de Internet.

Según todos dicen, estos cambios paradigmáticos en el mundo laboral finalmente se acomodan y dejan puestos de mejor calidad que los que desaparecen. Dios quiera en el futuro sea así, pero hoy es un drama, tanto por los puestos que desaparecen directamente, sin reformularse, como por la situación en que continúan en actividad quienes lo hacen.

En una escala comercial como la de Pergamino, un negocio que comercializa exclusivamente por Internet es en más del 90 por ciento de los casos un negocio clandestino: no hay ticket ni factura al comprador, los empleados no existen para la Anses; a lo sumo hay un “dibujo” de facturación mensual como para sostener un monotributo y así poder tener un posnet o una cuenta de Mercado Pago para operar.

Mientras que el negocio a la calle involucra desde el mayúsculo gasto del alquiler, otros impuestos municipales, electricidad; empleados en blanco (al estar “a la vista” muchos no corren el riesgo de no blanquear), cuyo costo equivale a un sueldo y medio; y facturar -no decimos todo porque sería utópico- mucho más de lo que se evade la Red. Todo por estar en exposición para unos cuantos transeúntes que pasen al día por el local.

Es lógico pensar entonces en la alternativa que han tomado muchos comerciantes de cerrar sus locales y mudar su actividad a la Red, donde la vidriera, además, pasa a ser mundial. El tema es que mientras las condiciones impositivas, al menos, no sean las mismas para el comercio tradicional y el digital, estamos ante una gran deslealtad. Si el Estado no se hace presente en Internet y no sigue el camino hasta llegar físicamente a donde opera el comerciante para exigir lo mismo que piden los “sabuesos” cuando andan por las calles, perdemos todos, empezando por el propio Estado. 

Si la Dirección de Bromatología no se preocupa por visitar a los mil y un pergaminenses que elaboran y venden comidas desde su hogar, estamos haciendo mal el trabajo. Es más, como medio de comunicación de 102 años ya sabemos que en breve llegarán a nuestra Redacción las advertencias sobre inspecciones a pescaderías por ser la Cuaresma una época de alto consumo. Con todo lo que ha cambiado el mundo, ¡no pueden seguir nuestros funcionarios con las mismas rutinas de hace 50 años! Nunca han sido los comerciantes los causantes de las enfermedades ni tampoco los grandes evasores, pero sí el comercio clandestino que hoy ya no es ambulante sino a través de Internet. Y es ahí donde deben estar metidos Afip, Arba, Bromatología, Habilitaciones. Porque ahí es donde está consumiendo la gente y ahí donde estará el 90 por ciento del comercio dentro de poco más de una década.

Y nosotros, consumidores, tengamos presentes algunas cosas cuando optamos por comprar por Internet, priorizando nuestro bolsillo:

- El titular de un comercio a la calle, no es un ladrón. Simplemente tiene otros costos que incluir en el precio, entre ellos los de la seguridad social del empleado que nos atiende, la luz que nos permite ver la mercadería, el alquiler de un lugar en que podemos apreciar toda la mercadería, tocarla, probarla.

- Por lo antes dicho, cuando compramos por Internet pagamos menos dinero y ese dinero luego falta en el circuito público (salud, jubilaciones, obras, coparticipaciones). Misma situación que cuando compramos al exterior: estamos pagando costos de mano de obra esclava. Y si nos sigue resultando barato incluso multiplicando por 40, imagínese el lector cuánto reciben quienes confeccionan esa prenda y en qué condiciones lo hacen.

- Que alguien decida vender por Internet es totalmente lícito, pero no significa que no deba estar inscripto en los ámbitos que corresponda. Por eso hay que exigir factura, y si en ese caso nos cobran más, igual pedirla. Al fin y al cabo ese dinero vuelve; peor es que no se facture y el comerciante o “se lo coma” o lo utilice para competir deslealmente con el comerciante que sí hace la debida factura. Y si se trata de productos gastronómicos, hacer lo mismo respecto de la habilitación municipal y de Bromatología. Parece mentira que mientras nos abstenemos de entrar a comer a ciertos lugares por su aspecto, no tenemos problemas en comprar comidas y tortas a partir de una foto, sin saber en qué condiciones fueron elaboradas. 

En síntesis, es verdad que los hábitos de consumo han cambiado, que hasta las grandes marcas de indumentaria cerraron sus locales en la Quinta Avenida de Nueva York y destinaron sus esfuerzos a las plataformas de venta online. En este marco, los consumidores -a cualquier escala- somos parte de este proceso que, al menos de momento, deja a gente sin trabajo.

Por lo tanto, en este punto bisagra de la Historia y de crisis argentina, que nos afecta a todos y tanto, no estaría mal que prioricemos el bien común de Pergamino por sobre nuestro bolsillo, al menos  en lo que esté a nuestro alcance, consumiendo local y en los comercios habilitados, que menudo esfuerzo hacen por sostenerse teniendo que competir con negocios virtuales de todo el mundo. Es una cadena: si compramos local, el dinero queda aquí.

Y del Estado esperamos mucho más. Que se ponga los pantalones largos y se arremangue para meterse en este fango que es la Internet. Basta de inspectores en las calles. Esto es el Siglo XXI y la gente opera online. Los inspectores tienen que estar metidos en la Red y caer sobre comerciantes y seudo comerciantes que venden tal vez desde su propia casa, con el mismo rigor que se aplica a la tienda tradicional.