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Editorial

Estado de Bienestar: la hora de hacerlo realidad

Cuando todo vuelva a la normalidad, nos vamos a encontrar con otra normalidad; otro planeta, otro país, otra provincia, otro Pergamino. Nada será igual; muchos negocios no reabrirán, sus propietarios deberán reinventarse, lo mismo que sus empleados. Incluso aquel que descansaba en su patrimonio, ya no podrá vivir de la renta de sus locales vacíos. Una población sin producción y sin consumo es la peor crisis económica que hayamos conocido, y eso que hemos sabido de muchas, tantas en 100 años como no tuvo en su historia ningún país milenario. La de 2001 va a ser un poroto al lado de esta.

¿Quién va a financiar la expansión del gasto que van a demandar el paquete anti-crisis y las partidas extraordinarias para Salud? En principio, Miguel Pesce, presidente del Banco Central (Bcra), dispuso prender al máximo la maquinita, sin miedo a fogonear la inflación porque esos pesos irán a compensar el derrumbe de la demanda de los sectores que dejan de percibir ingresos. Guzmán coincide. Pero no es solo una cuestión de heterodoxos. El ultramonetarista Carlos Rodríguez, adalid de la dolarización en 2001 y exviceministro de Carlos Menem, sorprendió esta semana con su recomendación: “No queda otra que emitir, y rápido”.

Lo que todavía no hizo el Central fue exigirle una contribución decisiva a un sector de la economía que nunca dejó de ganar dinero. Y aun así, los banqueros sienten que ya colaboraron. Dos lobistas de sendos grandes bancos nacionales protestaron ante directores de la autoridad monetaria porque Pesce los obligó a financiar a las Pymes al 24 por ciento anual (o sea, a tasa negativa) para que puedan pagar los sueldos de este mes. Pidieron que el beneficio solo rija para las Pymes sin fondos en sus cuentas o con problemas de mora, de tal modo que aquellas que no los tengan no aprovechen para financiarse barato a costa de las entidades financieras. A ver señores banqueros: con la sociedad paralizada, absolutamente ninguna empresa de ningún rubro se está haciendo “la América”; ya no se la estaban haciendo antes, mucho menos ahora y de ninguna manera sería un aprovechamiento tomar la tasa del 24 por ciento. A lo sumo, y en el mejor de los casos, un estímulo productivo.

La realidad es que mientras al Tesoro, a las empresas y a los particulares les faltan pesos, a los bancos les sobran. La liquidez amplia de los bancos (un indicador que incluye el efectivo, los depósitos en cuenta corriente en el Bcra, los pases netos y las Leliq que mantienen en sus tesoros en relación a los depósitos totales) está en un récord histórico. Del 37 por ciento en octubre de 2017 saltó al 60 por ciento en enero último. ¿Y si el directorio del Central dispone colocarles a los bancos una letra a cambio de esos pesos ociosos? ¿No lo amerita la emergencia?

Otra cosa que amerita la emergencia es que el gran Estado de Bienestar, ese al que contribuimos todos los ciudadanos, demuestre que lo es, y haga una consciente y adecuada distribución de la riqueza que generamos.

Se van viendo los gestos políticos, como el del intendente Martínez, de reducir un porcentaje de su sueldo y el de los miembros de su gabinete y ahora se sumaron los concejales. El primero había sido el gobernador de Mendoza  y también lo están haciendo en otros países, como Uruguay.

Es un paso, una actitud, un gesto como decimos, que suma mucho a la lucha pero no contribuye demasiado a las arcas estatales que tienen que cubrir innumerables vacíos que se están generando en la cadena productiva y, por ende, de pagos. Hay otra parte del Estado que tiene que hacer su parte: el enorme universo de agentes y empleados públicos, a excepción por supuesto de las áreas de sanidad, seguridad y todas las ramas que siguen prestando servicios esenciales.  Ahí está la verdadera masa crítica, especialmente cuando hablamos de las economías provinciales.

Solo estos ciudadanos gozan de un bien que desvela al resto, más que el miedo al contagio: ellos duermen con la tranquilidad de saber que al final de la cuarentena volverán a sus puestos de trabajo.  También, huelga aclarar, están cobrando puntualmente su salario, mientras cumplen en su hogar, con su familia, la restricción. Hablamos de los empleados del Estado elefanteásico que hemos creado a lo largo de los años, de reparticiones  hoy cerradas o con dotación mínima de personal, judiciales, docentes, bancarios de las entidades públicas, de entes reguladores, y un sinfín de oficinas más que se solventan con los 166 impuestos que pagamos los ciudadanos.

El Estado de Bienestar  tiene que demostrar lo que significa la solidaridad distributiva que pregona, a través de sus propios miembros que hoy –obligatoriamente- no están prestando servicios, y así como muchos privados abonarán parte del sueldo a sus empleados por la imposibilidad de producir, tomar parte del sueldo de este gran grupo que sostenemos entre todos para preservar la mesa de los argentinos, no más que para eso. No es para que se enojen los trabajadores del Estado ni para que los gremios hagan una proclama. Sería lo solidariamente justo en un momento de excepción y con una mano en el corazón. Bastaría con que por un par de meses se suprima el pago de adicionales como presentismo, antigüedad y otros ítems para que el Estado se haga de recursos para trasladarlos a las cajas de haberes del sector privado hoy paralizado. De esta manera, aunque persistirá la terrible incertidumbre del empleado privado de no saber si el día después tendrá trabajo, al menos sabrá que durante este tiempo contará con dinero para seguir poniendo comida en el plato de sus hijos, alimentos que –dicho sea de paso- comprará en su localidad, contribuyendo así con la mesa de otro argentino. Ese sería un círculo virtuoso en medio del caos.

Se entiende que es posible que los empleados públicos vivan con un 20/30 por ciento menos de su salario (en un momento en que hay gastos que no se están realizando), desde el momento en que el Estado cree que es posible que el autónomo viva con el 100 por ciento menos de sus ingresos y los empleados privados con el salario mínimo vital y móvil, según se anunció en el Decreto Nº 332/20

El gesto de los políticos vale pero no suma. El de los bancos privados es deseable pero no imponible. Es el Estado el que debe echar mano del propio Estado, distribuyendo de una manera excepcional desde sus empleados que están en el hogar hacia el sector privado que los sostiene desde siempre. Con ello y una gran emisión -que claramente en este momento no generaría inflación- se podría llevar la tranquilidad de hoy falta y, al mismo tiempo, exhibir en los hechos lo que es un verdadero Estado de Bienestar.