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Editorial

Lavagna y el riesgo de que se lo trague la grieta

Después del clásico período en el que la mayoría de las familias disfruta de vacaciones, llegó marzo, empiezan las clases (¿empiezan las clases?) y los aires de que el año comienza “en serio”  invaden todos los ambientes.

Este 2019 es electoral y en este contexto el termómetro de la política se pone en rojo en estos días, cuando se empiezan a perfilar las definiciones sobre quiénes serán los candidatos a ocupar los cargos que se renuevan y las especulaciones sobre las chances que tiene cada uno.

A nivel nacional, para la elección presidencial, claramente hay dos polos que fogonean un mano a mano furioso y en ese fragor buscan ningunear la aparición de una tercera alternativa que, vale decirlo, está lejos de ser competitiva por la falta de acuerdos entre los diferentes componentes que podrían integrarla.

Es allí donde emerge una figura potable para aglutinar ese amplio sector que referencia en el rechazo rotundo a la vuelta del kirchnerismo y en el desencanto con la actual administración macrista. Esa figura es la de Roberto Lavagna, un hombre con buena imagen pero con muchos obstáculos por sortear para que termine encabezando esa liga multipartidaria que lo deposite en la grilla electoral con posibilidades ciertas de convertirse en el próximo presidente.

El silencio suele ser un clásico de la estrategia electoral para cuidar y potenciar a un futuro candidato. Alimenta las expectativas, evita el desgaste anticipado de la exposición pública y confunde o distrae a sus adversarios. Si además ese silencio genera una suerte de operativo clamor, mucho mejor. El comportamiento de Roberto Lavagna por estos días parece obedecer a esa táctica. No confirma ni niega su potencial postulación presidencial, pero se reúne con dirigentes políticos y sindicales de diferentes procedencias para analizar la crisis y agrandar las especulaciones.

Desde que los analistas políticos comenzaron a incluirlo como potencial candidato presidencial, el economista no paró de crecer. Tiene amplio nivel de conocimiento y algo que es la envidia del mundo político: su imagen positiva supera ampliamente a la negativa.

Por eso son muchos los dirigentes que no referencian ni el macrismo ni en el kirchnerismo se ilusiona con que la figura del exfuncionario de Eduardo Duhalde, Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner logre superar las viejas antinomias y aglutine al peronismo detrás de su postulación.

Quienes lo conocen bien aseguran que a Lavagna lo complace y lo halaga esta suerte de renacimiento y valoración de su figura. Ya no piensa que su tiempo pasó ni en dejarle lugar a las nuevas generaciones, como les decía a sus hombres de confianza hasta hace pocos meses. Para él, que siempre tuvo ambiciones presidenciales, llevarse el bronce al final de su carrera política no estaría nada mal.

Pero hay un problema: el economista no quiere aparecer como el candidato del peronismo sino como la cabeza de una coalición más amplia en la que no esté incluido el kirchnerismo. Por una cuestión de peso territorial, el espacio propicio sería Alternativa Federal, integrado por nueve gobernadores peronistas, Sergio Massa y Miguel Pichetto. Pero la idea de Lavagna es que se sumen otras fuerzas como el socialismo y los radicales desencantados. Pretende también ser el candidato del consenso de un frente político, sin tener que someterse a la agotadora lucha interna. En este punto, Lavagna no está dispuesto a competir con nadie en las Paso.

Aspira a que la buena imagen que tiene en la opinión pública se traduzca en intención de votos en las encuestas y espera lograr un piso de al menos 25% para ser un candidato competitivo, con chances de romper con la polarización entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner.

Roberto Lavagna aparece como el mejor posicionado dentro de Alternativa Federal. Casi duplica a Sergio Massa en una eventual primaria del frente, donde Juan Manuel Urtubey quedaría tercero con muy pocos puntos. 

También los sondeos indican que exministro sería el único candidato opositor que le ganaría un ballotage al presidente. Está  claro que la figura de Lavagna creció en los últimos meses por la caída en la confianza que sufre el Gobierno y la ineficacia del peronismo para capitalizar ese desgaste.

Claramente Lavagna puede ser un candidato de consenso, en la medida que todos los que integrarían ese frente resignen sus apetencias y se encolumnen detrás de una figura que goza de buen concepto. Al fin, podría ser la única alternativa a la grieta, porque está claro que el exministro de Economía es un crítico de la gestión de Macri y, por otro lado, no aceptaría ser la cabeza de un proyecto en el que esté incluido el kirchnerismo.

Pero existe un riesgo que concentra todas las cavilaciones de Lavagna: que la grieta se lo trague. Estar en el medio en un escenario de tres tercios, con dos extremos tan pronunciados, como el pronosticado, complica las chances de sobrevivir.

Todo está en una etapa embrionaria, los laboratorios de ideas de los dos extremos de la grieta miran con atención lo que pueda formarse en el medio y tratarán de desactivarlo en la medida que se transforme en una amenaza seria. Porque la idea de ambos es medir fuerzas, nuevamente, mano a mano, entre dos modelos que generan más rechazos que adhesiones. Unos anclan su discurso en la crisis campante que padece el país y otros en los desbarajustes del pasado con la corrupción como bandera. Muy pobre el mansaje de ambos y más lamentable sería para el país si los que se sienten afuera de la grieta no son capaces de terciar para ofrecer una alternativa que muchos piden a gritos.