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Editorial

Lejos de la dicotomía entre presencialidad y virtualidad, pensar una nueva escuela

En varios países del mundo están abriendo las escuelas. En otros la situación sanitaria los obliga a cerrarlas. En Argentina que transita el momento quizás más delicado de la pandemia el panorama es incierto y algunas definiciones de las máximas autoridades educativas indican que las condiciones no están dadas para el regreso a la presencialidad. Aunque los protocolos presentados por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en los que se contempla la posibilidad de habilitar ciertas actividades en espacios públicos abiertos, la realidad es muy heterogénea en el resto de la geografía nacional. En este contexto, la cuestión educativa vuelve a ponerse en el centro de la escena para habilitar reflexiones que deben darse sin dilaciones, independientemente o no de que volver a las aulas tal como las conocíamos sea o no posible. A pesar de las expectativas que se habían depositado en el inicio de un segundo cuatrimestre en el que fuera posible retornar a la presencialidad, el último tramo del ciclo lectivo comenzó como el anterior y ya docentes, alumnos y familias transitan este tiempo en una modalidad virtual adoptada en la pandemia.

Lejos de todo el trabajo realizado por las instituciones para diseñar protocolos que posibilitaran el retorno gradual a la presencialidad, la realidad sanitaria se impuso y volvió atrás la idea de regresar a las aulas.Por lo menos por el momento.  Hoy eso ni siquiera es posible en el interior del país por cuánto la ecuación que mantenía la problemática de los contagios en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el área metropolitana  comenzó a invertirse y hoy el interior vive el momento crítico y riesgoso en relación a nuevas aperturas.

Clases virtuales, posicionamientos de gremios docentes que se han manifestado explícitamente en contra de la posibilidad de volver a dar clases en la dinámica tradicional,  familias exhaustas y niños y adolescentes que viven está problemática con miradas y consecuencias diversas constituyen el universo en torno al cual se vive la realidad educativa en Argentina.

Sin embargo, no haber podido regresar a las aulas en el tiempo en que esto había estado previsto como posibilidad,  no anula la reflexión sobre lo que la pandemia ha venido a mostrar en términos educativos.

Cómo la profecía autocumplida de algunos especialistas y teóricos de la educación que en sus obras planteaban el devenir de un modelo educativo mucho más “flexible”, el corrimiento de la educación al seno del hogar en tiempos de pandemia parece haberse impuesto como modelo, rompiendo  la asistencia obligatoria y la estructura temporal para sustituir el aula por un espacio doméstico  en el que alumnos, docentes y familias enfrentan el desafío de enseñar y aprender en un contexto novedoso y complejo.

Si bien la pandemia materializó la idea de la escuela en casa, y erigió a la virtualidad como vehículo de comunicación obligatorio para sostener la continuidad pedagógica, lo que no se ha discutido es el fondo del problema de la escuela como institución que es anterior a está emergencia sanitaria. Quien le atribuya a la pandemia las desigualdades que exhibe el sistema educativo tiene una mirada por lo menos sesgada de la realidad.

La pandemia y las condiciones que forzó puertas adentro de las instituciones de todos los niveles para garantizar el cumplimiento del calendario académico, puso en foco problemáticas que subyacen y trascienden lo meramente educativo.

El presente puso ante la mirada social la

Inequidad causada por la brecha digital. Asimismo reveló que a los chicos no les resultó tan fácil adoptar está modalidad educativa ya que sus destrezas tecnológicas parecen más entrenadas para el juego y el uso de las redes sociales que para el marco educativo. Tampoco a los padres les resultó sencillo acompañar las rutinas escolares. Y ni hablar de la comunidad docente que debió adaptarse, en algunos casos desprovista de las herramientas mínimas, a una virtualidad que redefinió su rol.

Seis meses después del inicio de está situación extraordinaria, cuando el ciclo lectivo más atípico de la historia reciente promedia,y más allá de las medidas que puedan tomarse en torno al regreso presencial a las aulas, quizás sea tiempo de hacer un sinceramiento de la realidad educativa para observarla en toda su dimensión, más allá de la excepcionalidad de la emergencia y establecer los consensos necesarios, por fuera de la urgencia, para idear un nuevo modelo educativo. Así como en cuestiones mucho más domésticas o cotidianas se habla de la construcción de la nueva normalidad, en torno a la escuela habrá que gestar un nuevo paradigma, que exprese en la formas el equilibrio entre lo presencial y lo virtual; y en las cuestiones de fondo posibilite discutir y gestar una nueva escuela.

Un modo de enseñar y aprender que capitalice las bondades de la tecnología, pero que integre al factor humano, absolutamente indispensable  para la obtención de óptimos resultados en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Un modelo que permita transformar lo que ha sido una crisis en oportunidad y de este modo de una vez por todas crear las condiciones de una mejor escuela en una sociedad llamada a tomar aprendizajes de esta contingencia.