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Editorial

Trabajar, trabajar, trabajar

Hace mucho tiempo que esta humilde pluma que preserva su identidad para convertirse en la voz de LA OPINION escribe en esta prestigiosa página del diario señero de la ciudad. Con sinceridad,  es una gran decepción tener que hablar las más de las veces de desaciertos de las políticas de Estado y de la política en general, a falta de buenas  decisiones que resaltar. Desilusión de ver que los gobernantes de aquella y esta época no puedan atinar en medidas que le aseguren a la sociedad argentina reglas claras para su bienestar. Agota hablar sobre los casos exitosos de países que han progresado sobre la base del trabajo y la producción, además de tener solidez en ámbitos como la educación y la Justicia. Todo un desgaste emocional, intelectual y de tinta con la quimérica ilusión de que alguien que pueda decidir por todos preste algo de atención a lo que planteamos. No porque tengamos la verdad revelada ni porque ellos no sepan por dónde va la cosa, sino que el plantearlo por escrito con esa expectativa hace las veces de una catarsis que da algo más de sentido a la tarea periodística.

Y lamentablemente los años siguen pasando de mal en peor.  La pobreza, que fue una característica de todos de todos los gobiernos, acrecentada a un nivel desesperante; décadas de clientelismo de la política con subsidios y prebendas a la orden del día y la corrupción en su máxima expresión. Dicen que se robaron todo. Puede ser. Pero viviendo en un país tan rico como el nuestro (y esto no es mérito propio ni típica arrogancia argentina: es obra de Dios y una realidad incontrastable), es imposible que nos hayan robado la esperanza y la ilusión.

Tampoco nos robaron la democracia. Por eso estamos nuevamente en los umbrales de una elección. Pero no alcanza. Argentina y los argentinos no se pueden dar el lujo de bajar los brazos. Por lo menos los que soñamos con un país distinto. Nos paralizamos y abroquelamos  con un Mundial de fútbol o de cualquier otro deporte pero el Mundial de la producción y el trabajo, que le brinda bienestar y progreso a sus pueblos, hace rato que empezó y nuestro país está muy lejos de poder clasificar. Y eso significa estar afuera del mundo del desarrollo y el crecimiento. Nada más ni nada menos.

Entonces hay una pregunta que se cae de madura: ¿El mundo nos va a esperar?

No, el mundo nunca espera, pero tampoco el tren de las oportunidades nunca deja de pasar. Y Argentina tiene una puerta muy abierta en el vagón que pretende llevar alimento a los países asiáticos que no solo crecen de forma muy acelerada en su población, también en sus cambios de hábitos para alimentarse. China es quien lidera la demanda mundial.

La era revolucionaria de Mao cambió el sistema político pero hambreó a China por casi 30 años, provocando decenas de millones de muertos por las hambrunas, hasta que llegó el pequeño Deng Xiaoping, que abrió su economía al mundo, afianzó sus relaciones con Estados Unidos y con dos frases hizo el milagro de China que hoy vemos: la primera refiriéndose al capital extranjero: “Poco importa si el gato es negro o blanco, importa que cace ratones”.  Y sobre los réditos de la economía dijo: “Es bueno que la gente gane dinero y se haga rica”. Si meditamos sobre lo que piensa el argentino medio de ambas frases, entenderemos por qué estamos como estamos.  Mientras tanto los chinos allá y los que vienen a este país, trabajan y trabajan. Y progresan. Imposible no recordar las expresiones de hijos de inmigrantes que tienen grabado a fuego el legado de cómo hicieron sus padres para ser importantes protagonistas de un país desconocido: “Trabajar, trabajar y trabajar”.

Por más que esté presente en la retórica y en la boca de todos, la verdad sea dicha: cada vez se ve menos apego al trabajo. Y la “gloria” para el argentino viene dada ya no por encontrar un trabajo que nos dignifique sino uno que, con poco, nos reditúe mucho, si es posible más que al vecino. 

Estamos en un enclave privilegiado, también lo hemos dicho hasta el hartazgo. Pero en este momento en que China nos requiere, más privilegiados que nunca. La prioridad de la hora la tienen carnes y cereales, y ni hablar de su industrialización con valor agregado, generando productos de alto nivel en proteínas. En ese rubro -dicen- somos los mejores. Pero no lo hacemos. Entonces surge la otra pregunta que se cae de madura: ¿Qué esperamos? El mundo no nos esperará y buscará a otro. Y el tren de las oportunidades, algún día, dejará de pasar.

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