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Editorial

Trump y Ucrania, una relación simbiótica

El pedido de juicio político contra Donald Trump a raíz de la filtración del contenido de una delicada conversación telefónica con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, impulsado por la bancada demócrata de la Cámara de Representantes, ilustra sobre una característica relevante de la época: la tendencia de los jefes gubernamentales y también de los líderes políticos opositores a utilizar las cuestiones internacionales y sus vínculos personales con altos funcionarios y dirigentes de otros países como instrumentos de poder en sus luchas domésticas.

Antes de entrar en tema, corresponde puntualizar que la crisis de Ucrania fue el principal punto de fricción entre Rusia y Occidente en los últimos años. Ucrania es el objeto de un tironeo geopolítico entre Rusia, que pretende mantenerla dentro de su tradicional zona de influencia, y las potencias occidentales, que aspiran a integrarla a la Unión Europea e incorporarla a la Otan.

La acusación contra Trump de presionar al presidente ucraniano para que colaborase en la investigación de las maniobras atribuidas a Hunter Biden, hijo del exvicepresidente Joe Biden  -primero en las encuestas sobre las elecciones primarias del Partido Demócrata-, es más grave que la que en 1974 desencadenó el pedido de destitución del expresidente Richard Nixon por el escándalo Watergate. En ese sentido, el “impeachment” parece justificado. Pero al mismo tiempo, la imputación que Trump le hace a Biden también es de suma gravedad. El mandamás de EE.UU. denuncia que  en abril de 2014 Biden Jr. fue designado miembro del directorio de Burisma Holdings (una poderosa empresa gasífera ucraniana), con un salario de 50.000 dólares mensuales, mientras su padre, en aquel entonces vicepresidente de Barack Obama, estaba al frente de los esfuerzos diplomáticos de Washington para defender al gobierno de Ucrania, acosado por la Rusia de Vladimir Putin. Si bien no hay constancias de que esa contratación haya influido en la tarea de Biden, en 2016 el entonces vicepresidente amenazó con cortar 1.000 millones de dólares de garantías de créditos a Ucrania si el gobierno de Kiev no despedía al fiscal general Víktor Shokin, quien había sido acusado de corrupción, pero también había abierto una investigación sobre Mykola Zlachevsky, el multimillonario propietario de Burisma.

Más allá de sus improbables resultados procesales, en el riguroso escrutinio sobre la conducta de sus gobernantes que caracteriza a la opinión pública norteamericana, el episodio arroja sobre Biden un inevitable manto de sospecha.

La propagación de este fenómeno de confusión entre la política internacional y la política doméstica se ve potenciada por la tendencia a la personalización del poder, encarnada por líderes gubernamentales carismáticos que saltean las mediaciones institucionales y se relacionan de manera directa con sus pares de otros países. En ese sentido, el mandatario estadounidense Trump no es una excepción a este avance de la política concebida como espectáculo sino en todo caso la máxima expresión de una regla de conducta en la que Twitter compite ventajosamente con los modos tradicionales de las cancillerías.

Zelenski, a quien en una comunicación telefónica Trump instigó a investigar a Biden, no tiene nada que envidiar a su interlocutor estadounidense. Esta semejanza ayuda a explicar la familiaridad del trato personal entre ambos. El presidente ucraniano es un “outsider político” que saltó a la fama como comediante desde un programa de televisión titulado “Servidor del Pueblo”, en el que satirizaba al sistema político ucraniano enfatizando sus hechos de corrupción. En 2018, los productores del programa fundaron un partido político con ese mismo nombre y en abril de este año Zelenski derrotó en las urnas a Petró Poroshenko, el presidente en ejercicio que se postulaba para la reelección.

Esta parábola de Zelenski evoca la trayectoria de Trump, cuya imagen pública comenzó a crecer con su exitosa carrera como empresario inmobiliario pero recién logró popularidad nacional e internacional  con su programa de televisión “El Aprendiz”, donde pulió su peculiar estilo de comunicación mientras entrevistaba a candidatos a ser contratados en su compañía y los descartaba uno tras otro con una frase que lo identificó y parece haber reiterado luego con varios de sus más encumbrados colaboradores en la Casa Blanca: “¡You’re fired!” (¡Estás despedido!).

Un detalle lateral pero políticamente significativo de este episodio es el rol protagónico de Rudolph Giuliani, el exalcalde de Nueva York durante los atentados del 11 de septiembre de 2001, designado por Trump como su abogado personal en las acusaciones sobre el “Rusiagate” y comisionado ahora por el primer mandatario para ocuparse personalmente de las investigaciones sobre el hijo de Biden. Después de la divulgada conversación telefónica entre Trump y Zelenski, hubo un misterioso encuentro en Madrid entre Giuliani y el abogado Andriy Yermak, asesor del mandatario ucraniano. Paradójicamente, en 2016 Madrid había sido sede de otra cita importante para la política estadounidense. Paul Manafort, jefe de campaña de Trump (actualmente condenado a siete años y medio de prisión por su protagonismo en el “Rusiagate”), se entrevistó con Konstantin Kilimnik, un funcionario del Kremlim pero de nacionalidad ucraniana, para dialogar sobre la participación rusa en la elección presidencial norteamericana, con la intención de perjudicar a Hillary Clinton y favorecer al candidato republicano a cambio del levantamiento de las sanciones occidentales contra Moscú por su responsabilidad en la crisis ucraniana.

Sea contra Clinton en 2016 o contra Biden en 2019, los demócratas están convencidos de que Trump utiliza de un modo u otro a Ucrania como instrumento para golpear a sus competidores en las vísperas de cada elección presidencial.

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