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Editorial

¿Una medida para aplaudir?

Si hay un sector que necesitamos para salir adelante, no solo como país en el concierto económico mundial sino como sociedad en el mundo de las relaciones humanas, es el de las telecomunicaciones. Para todo, incluido comerciar, pero esencialmente para estar informados y  comunicados entre las personas, la conectividad en todas sus formas es lo que hoy nos ubica en el universo.

El presidente Alberto Fernández anunció el congelamiento de las tarifas de telefonía, Internet y TV paga hasta diciembre y los declarará servicios públicos esenciales. Todo vía Decreto de Necesidad y Urgencia. A continuación, los aplausos. ¿Pero por qué aplaudir esta decisión? La primera respuesta que se te ocurre seguramente es que, gracias a ello, al menos ese ítem de tu lista inflacionaria de gastos mensuales, no crecerá. Tenés razón, en principio, pero es una respuesta espontánea, sin análisis de fondo y, en términos de la economía, cortoplacista.

Antes de aplaudir tamaña decisión del presidente debiéramos preguntarnos qué implica en este caso que se congelen tarifas y que algo sea declarado como “esencial”.

En cuanto a las telecomunicaciones en particular, basta con un par de ejemplos para saber qué significa tener un Estado que, por un lado concesiona los servicios y por otro pone techos y congelamientos a las tarifas: la luz y el gas. La falta de competencia en estos rubros, sumada a la imposibilidad de cobrar el costo real de los servicios (sí, aunque sean imposibles de ser pagados por los usuarios, pero esa es harina de otro costal) nos ha llevado a años de falta de inversión y servicios deficientes, cuando no ineficientes y hasta peligrosos.

Las empresas, como tales, deben ganar dinero; tanto como parte de su renta en contraprestación a su inversión como para poder seguir invirtiendo y ser así competitivas. Personal, Movistar y Claro, por citar un ejemplo del momento, deben invertir constantemente para poder dar servicios acordes a la demanda de sus usuarios, caso contrario los pierden y se van a la compañía que sí cumpla con las pretensiones. Esto redunda en una suba constante de la vara y en mejores servicios para todos los usuarios. Si no hubiera más de una empresa, no existiría esta sana competencia que nos beneficia a todos, en precio y calidad. El tema es que si no hay seguridad jurídica en el país porque el presidente de un día a otro cambia las reglas de juego, hay altas posibilidades de que las empresas desistan de nuestro mercado. Declarar este servicio como esencial implica que, sin más, el Estado puede disponer de aspectos inalienables de una empresa, como la conformación de la tarifa, que debería estar condicionada únicamente por la estructura de costos, el componente impositivo y la competencia del mercado. O sea que el primer riesgo del anuncio de Fernández es que algunas compañías de telecomunicaciones opten por dejar de operar en Argentina. El otro riesgo lo podemos dar por descontado: la imposición de un congelamiento de tarifas en un país donde absolutamente todo sube su valor a diario, dejará sin márgenes para la inversión justamente a las empresas tecnológicas para las que la actualización permanente es su razón de ser. La implantación de las complejas redes de telecomunicación requiere cuantiosas inversiones en infraestructuras: son autopistas de información que exigen un importante esfuerzo financiero para su despliegue (son como las autovías o el ferrocarril por su valor y necesidad) y que, por la propia dinámica del cambio tecnológico, necesitan ser permanentemente renovadas y mejoradas para ofrecer mayores y más sofisticadas prestaciones y servicios.

Entonces, en lugar de los aplausos que ahora se escuchan por la decisión de Fernández, lo que se escucharán en breve son puteadas por no tener una conectividad acorde a las necesidades que hoy tenemos todos.

Fuera del rubro particular de las telecomunicaciones, decisiones de este tipo por parte del gobierno argentino no hacen más que alejarnos de aquello que más necesitamos: inversiones y trabajo. El ranking de “Facilidad para hacer Negocios” (Doing Business) elaborado por el Banco Mundial coloca a la Argentina en la posición 126 entre 190 naciones. Para los inversores internacionales hay 118 países en donde sería más fácil hacer negocios antes que en la Argentina. Por otro lado, en el ranking de competitividad elaborado por la escuela de negocios suiza IMD (Institute for Management Development), Argentina ocupa el puesto 62 sobre 63 países (solamente supera a Venezuela). Sin inversión no habrá crecimiento, y con más cambios constantes en las reglas de juego no habrá inversión.

Para retornar a la senda del crecimiento (desde 2011 que la economía se encuentra estancada) necesitamos altos niveles de inversión, en particular en los sectores más críticos de la economía y las telecomunicaciones es uno de ellos. Es en este contexto que deben considerarse los anuncios del presidente.

Más grave incluso que el fondo de este asunto es la forma. El Gobierno decidió hacerlo a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) sin consultar con la oposición o con las empresas del sector (las compañías se enteraron del decreto por Twitter). Una vez más, al amparo de una emergencia sanitaria y aunque el Congreso está funcionando, el Departamento Ejecutivo del presidente Fernández, sin previo aviso, de forma unilateral y sin evaluar bien los efectos adversos tomó una decisión de consecuencias mediatas catastróficas.

Al igual que sucedió con Vicentin (decisión sobre la cual Fernández luego dijo “me equivoqué, pensé que iban a salir todos a festejar”), es probable que se arrepienta. Porque además de las consecuencias que esto acarreará para el país y su gente a futuro, habrá otras inmediatas para el propio Estado: seguramente algunas de las empresas vayan a la Justicia y la situación deba zanjearse en Tribunales o en el propio Ciadi, que atiende las disputas sobre inversiones internacionales.

Estas son las consecuencias de decisiones extemporáneas, inconsultas y autoritarias, sin atender la voz y el voto de quienes representan a los ciudadanos, que somos los que al fin pagamos siempre: los gastos, los platos rotos y las secuelas judiciales.

Hablando de consecuencias, es importante refrescar el concepto de gratuidad, congelamiento, subsidios y demás conceptos que distorsionan otro concepto que es ineludible: el costo. Nada es gratis, todo tienen un costo, solo puede diferir quién lo absorbe y en qué momento. En este caso, que se plantea como un congelamiento, lo que hay que leer entrelíneas es que en algún momento, más temprano que tarde, se deberá hacer la readecuación de tarifas. Esa es la consecuencia inexorable de un congelamiento. También ya lo hemos vivido. Puede ser al estilo “shock”, como fue el “Rodrigazo”, o con el mentado gradualismo que tantos cuestionamientos le trajo a la gestión de Macri. Como sea, lo que ahora no se paga (hablando estrictamente de lo monetario), se pagará en otro momento. Es el famoso “barrer y esconder bajo la alfombra. Ahora, si el presidente lo que quiere es, como dijo, “garantizar el acceso para todos y todas”, pues en lugar de esta medida debería haber declarado la gratuidad para los usuarios y que el Estado corra con los gastos.

Ya todos sabíamos de la importancia de las telecomunicaciones pero la pandemia por coronavirus vino a ratificar aun más su trascendencia: hoy tenemos otra percepción respecto de las posibilidades que brinda Internet y las imposibilidades al no tener un acceso de calidad. En este tipo de industrias se juega el presente y el futuro del mundo en general y de la Argentina en particular, por lo que el Gobierno tomó la peor decisión en el peor sector y de la peor manera.

Si hay algo que tiene realmente Necesidad y Urgencia en Argentina es encontrar ya no una salida sino mínimamente un camino, un norte, una hoja de ruta antes de que sobrevenga la debacle. Porque llegará, ya que no hay forma de salir de esta crisis a fuerza de imprimir billetes. Se requiere mucho más que eso, se requiere sentarse a pensar y consensuar un proyecto de país para insertarnos en un mundo también en crisis.

Hasta ahora, todo lo hecho, es precisamente lo contrario. Si aplaudiste desde tu casa el anuncio respecto de los servicios de telecomunicaciones, lamentamos decirte que no es más que un costoso “placebo”; nada más lejos de lo que necesitamos para estar realmente mejor.