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Editorial

Una mirada de la educación en tiempos de crisis

menudo se afirma que la educación está en crisis y se le atribuyen a la escuela y sus falencias muchos de los males que aquejan a la sociedad. Cuando en realidad la escuela como institución es la columna vertebral sobre la cual se asienta la política educativa y la herramienta de transformación que la política tiene a su disposición para lograr transformaciones profundas. Pero para ello, la educación debe repensarse por cuanto tal como sucede en otros campos de la vida social, la crisis de los sistemas escolares modernos es innegable; no aseguran aprendizajes de calidad ni igualdad de oportunidades en un contexto en el que se multiplican las demandas sobre la escuela.

Cuando se ensayan soluciones, existen argumentos que, montados en el mito de la decadencia educativa, proponen la restauración de la vieja escuela, aquella que prometía orden y ascenso social. Otros, imaginan futuros desescolarizados asociados a “soluciones tecnológicas” tan novedosas como improbables. Los “futuristas” ven la realidad educativa como crisis terminal y, en una fuga hacia delante, proponen que, de manera más barata y desde dispositivos tecnológicos de conexión individual, millones de niños y jóvenes accedan a contenidos en línea y de este modo vayan introduciéndose, cada cual a su ritmo en el mundo del saber.

Pero no es así como los países desarrollados enfrentan los problemas de calidad y equidad educativa ni como las sociedades desiguales de América Latina alcanzarán el desarrollo y la justicia social. Existe amplio consenso acerca de que la clave no es restituir modelos escolares del siglo XIX ni reemplazar la escuela por plataformas digitales, sino mejorar las escuelas instalando una nueva autoridad basada en el saber hacer y en el poder hacer de los docentes, principal factor de éxito escolar. Las escuelas podrán afrontar las funciones que les son propias y legítimas si se asegura profesionalización docente y mejores condiciones para la enseñanza.

Cuando se miran indicadores de aquellas escuelas llamadas “resilientes” donde alumnos que parten de condiciones muy desiguales en relación a otros, sin embargo logran resultados sumamente positivos, parecen mostrar que lo que parece funcionar, más allá de las innovaciones tecnológicas o los materiales didácticos, es la existencia de un marco organizativo fuerte, compromiso docente y acompañamiento personalizado a la trayectoria educativa de cada estudiante. En este contexto, la mirada se posiciona sobre los docentes y su formación. Y en este sentido, hay que volver a pensar el rol del educador, sus incentivos, su realidad laboral y su prestigio frente a la sociedad. La existencia de los maestros “taxi” que trabajan en más de una escuela y corren de un lado a otro para ganar puntajes y horas de clase y obtener de ese modo una remuneración digna, atenta contra la posibilidad cierta de detenerse en cada proyecto educativo particular. Pero no todo depende del docente, y sería un reduccionismo pensar que solo con revisar la jerarquización profesional y establecer incentivos y evaluaciones para que la formación reemplace a la antigüedad como única variable de reconocimiento se resuelve lo que se visualiza como “una gran tragedia educativa”. Lo que debe existir para resolver los problemas de la educación es pensar integralmente soluciones en todos los niveles. Y establecer prioridades que favorezcan la articulación, que se discutan los contenidos, que se establezcan estructuras organizativas modernas y dinámicas para transformar a la escuela pública argentina no ya en lo que alguna vez fue desde una mirada romántica, sino para construirla sobre la base de lo que las nuevas generaciones necesitarán para hacer frente al futuro. Y para ello se necesita de un rol docente activo, comprometido. De una comunidad presente y de estudiantes motivados. Pero fundamentalmente de política, en tanto instrumento que saque a la educación del estancamiento y la posicione en el lugar que debe estar para ser parte del motor que ponga en marcha el desarrollo genuino del país. Esto requiere de liderazgo político y de una agenda que tenga a la educación entre sus cuestiones prioritarias, y urgentes.

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