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Lejos del pago

Gabriel Muriel: un pergaminense transitando su camino en Holanda

Gabriel Ignacio Muriel acepta relatar su experiencia de vida en el exterior en una entrevista que se realiza en la Redacción de LA OPINION. (LA OPINION) Gabriel Ignacio Muriel acepta relatar su experiencia de vida en el exterior en una entrevista que se realiza en la Redacción de LA OPINION. (LA OPINION)

Desde hace varios años vive en el exterior. Estuvo un tiempo en Inglaterra y Barcelona hasta que llegó al país donde pudo consolidarse.


Gabriel Ignacio Muriel es un pergaminense que vive “Lejos del pago”. Tiene 32 años y desde hace un tiempo reside en Holanda. Acepta relatar su experiencia de vida en el exterior en una entrevista que se realiza en la Redacción de LA OPINION, en ocasión de una visita reciente.
“Viví en Pergamino hasta los 18 años, cuando me fui a estudiar Derecho a Rosario. Me recibí y me quedé trabajando allá hasta mayo de 2016 que tomé la decisión de irme del país”, cuenta y refiere que el primer destino elegido fue Inglaterra. “Me picó el bichito de probar suerte y ver cómo era la vida allá porque sentía que en Argentina no se puede acceder a determinada calidad de vida”.
“Con esa idea un poco romántica me fui. Llegué a Inglaterra, paré en Oxford en la casa de un matrimonio amigo. Ellos me cobijaron durante los primeros días y después alquilé una habitación mientras buscaba trabajo. Hoy sé que me fui con una idea romántica porque era muy ingenuo y consideraba que a la semana iba a estar trabajando y que todo iba a ser mucho más fácil. Choqué con la realidad y me costó mucho”, relata.
Esa ciudad le encantó. Iba dispuesto a trabajar de cualquier cosa. “Yo no tuve nunca una gran vocación por mi profesión, la abracé pero aunque me llevé mi título debajo del brazo, apostillado por las dudas, no tenía la expectativa de insertarme en el mercado laboral como profesional del Derecho”, refiere con una sinceridad que no todos tienen al relatar este tipo de experiencias de búsqueda personal.
Un comienzo complicado
Sus primeras entrevistas de trabajo fueron en el rubro gastronómico. “En una convocatoria buscaban mozo y un día antes de la entrevista me dijeron que no. En la otra, que era para ayudante de cocina, argumentaron que no tenía experiencia suficiente. Así que ambos fueron intentos fallidos”. Reconoce que eso lo desmotivó un poco y tomó la decisión de viajar a Barcelona. “Me quedé cuatro meses y reconozco que fue muy difícil; aunque era verano nunca conseguí trabajo y fue muy duro anímicamente”.
Confiesa que no estaba disfrutando de la experiencia. En diciembre de ese año había establecido un plazo para regresar a Argentina. A fines de octubre le surgió la oportunidad de un trabajo en Holanda. Y el destino lo llevó hasta ese lugar que lo recibió de otra manera. “Holanda es un país que funciona muy bien y necesita muchos recursos humanos no calificados”, refiere.
Reconoce que nunca había pensado en ese país como lugar para establecerse. Pero tomó la propuesta de una agencia de empleos temporales y todo comenzó a cambiar. “Siempre pensaba que si las cosas no iban bien, el pasaje para Argentina lo seguía teniendo”, confiesa.

La disyuntiva
El 1° de noviembre de 2016, a un mes de vencerse un plazo auto impuesto de regreso a Argentina, viajó a Holanda y de inmediato empezó a trabajar. “Me dedicaba a juntar lo que la gente compraba on line en un almacén enorme. Con mi carrito iba juntando cosas”, cuenta y describe al que fue su primer empleo, ese que obtuvo a través de una agencia de trabajos temporales. “Era un empleo muy básico que me redituaba mucho desde lo económico”, destaca.
Al ver la marcha de las cosas, decidió posponer su regreso a la Argentina. Consolidó su espacio laboral, con una nueva agencia y al mismo tiempo consiguió establecerse para vivir un lugar mejor. “Con el tiempo sentí que comencé a tener un nombre, que ya no era un número o un puesto de trabajo”, menciona.
En mayo de 2017 tenía su pasaje para volver a Argentina. En ese momento se le presentó un dilema porque se enteró que llamaron a su casa de Argentina para informarle que tenía la posibilidad de incorporarse a trabajar en el Poder Judicial de Santa Fe para ocupar un cargo para el que había concursado antes de partir.
Reconoce que sintió cierta contradicción. Lo habló con su gente más cercana y resolvió el dilema quedándose en Holanda, para darle lugar a nuevas experiencias que estaban comenzando a llegar.
El instinto no falló: al poco tiempo, la empresa lo contrató para otro puesto de trabajo. Se transformó en operador de piso. En junio del año pasado lo ascendieron al puesto de coordinador. “Desde lo laboral todo fue crecimiento y siento que aún hay mucho para crecer. Holanda es un país que ofrece muchas posibilidades”.

Consolidándose
A la par del establecimiento laboral, fue consolidando su vida en Holanda. Consiguió alquilar una casa que comparte con un amigo venezolano que a su vez es su compañero de trabajo.
Refiere que la vida en Holanda es muy tranquila. Vive en una ciudad de 50 mil habitantes llamada Waalwijk. Allí todo el mundo habla en inglés y se muestra muy amigable.
Cuando no está trabajando disfruta del ritmo de vida de un lugar muy diferente al propio. Por estos días está abocado a tramitar el carnet de conducir, algo que requiere de la realización de un examen muy difícil y costoso.
“Estoy estudiando para el examen teórico”, cuenta. Y también comenta que se compró una guitarra para aprender a tocar y de ese modo “matar los tiempos de ocio”.

Los lazos de siempre
En Holanda hizo muchos amigos, aunque reconoce que los códigos y modos de relacionarse allí son distintos a los de Argentina. “Las juntadas con amigos no son como las de acá. Eso se extraña mucho”.
“Yo acá tenía una vida social muy activa y eso de golpe se cortó. Con el tiempo me fui acostumbrando, al modo en que se relaciona la gente”, agrega este joven que no se proyecta en una vida familiar propia y que hace varios años decidió que no iba a tener hijos. Sabe que son determinaciones que en algún momento pueden cambiar, pero que tienen básicamente que ver con un modo de vivir con cierta libertad.
A la distancia mantiene sus vínculos más entrañables. Aquí están sus padres Enrique y Rosa y sus hermanos Leandro y Gustavo.
En la lejanía geográfica encuentra el modo de que las relaciones se mantengan. “Mis dos hermanos vivieron en Córdoba y La Rioja. Cuando ellos regresaron a Pergamino, yo tomé la decisión de irme, así que de algún modo seguimos desperdigados”, sostiene y asegura que la tecnología hoy les permite tener una comunicación cercana.
“El hecho de que no haya cotidianeidad no hace que el vínculo se aliviane. Yo vuelvo y tanto con mis amigos y con mi familia es como si nunca me hubiera ido”, resalta.
Cuando habla de sus afectos menciona a sus sobrinos Abril y Enzo y a su abuela Carmen que tiene 95 años y vive en Rosario. Perderse lo cotidiano en esos vínculos es lo que más le pesa de estar lejos. Lo dice con franqueza: “Lo que en un principio fue extrañar va mutando hacia la culpa. Es muy clara en mí esa mutación en los sentimientos”.

El futuro
Cuando el interrogante lo lleva a pensar en el futuro, afirma que a corto y mediano plazo se imagina en el lugar en el que está porque Holanda tiene muchas perspectivas de crecimiento. Entre sus proyectos inmediatos aparece el de poder comprar una casa. “En Holanda es posible acceder a un crédito de manera sencilla y con condiciones que acá son imposibles de pensar”, señala. Eso no significa que eso vaya a “atarlo” a Holanda. Fiel a su libertad, asegura que le gustaría probar suerte en países como Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Sin embargo, ya no lo haría con la misma ingenuidad que la primera vez. “No quiero arrancar de cero, en Europa no fue fácil la adaptación y eso también tuvo que ver con cierta ingenuidad de mi parte”, reflexiona. Todo lo que vivió significó un crecimiento y Gabriel lo valora.
Eso es lo que rescata de la experiencia. “El crecimiento personal es lo mejor de esta experiencia, sentir que lo que he logrado ha sido sin que nadie me ayude. Fui buscando mi camino y lo hice por mí mismo”.
Con una mirada agradecida hacia su país y hacia su gente valora entrañablemente la educación que recibió en su querida Escuela Normal. También los amigos de toda la vida con los que se encuentra como si fueran familia y su núcleo familiar, siempre incondicional. “Sin esas bases hubiera sido imposible lanzarme a esta aventura”, afirma.
Otra perspectiva
Estar lejos también le ha permitido mirar a su país desde una perspectiva diferente. “Desde afuera uno puede ser más objetivo. Veo con tristeza que el país está metido en una discusión estéril y nunca entra en un camino por estar enredado en esas discusiones. En lo social los debates ayudan, pero lo político está en el embrollo de no saber hacia dónde vamos. La gente está desilusionada y en términos electorales siempre termina votando más en contra que a favor de una idea”.
En el lugar en el que vive hay discusiones que están saldadas hace tiempo. Y eso habla también de una madurez que permite el desarrollo. Agradece que Holanda sea un país tan receptivo y que allí él pueda con sus raíces argentinas, seguir escribiendo su historia. “Sé que lo único que tenemos es la vida, y que la tarea es hacer el camino lo más feliz posible y eso intento”, concluye en lo que constituye para él casi una filosofía.

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