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Perfiles pergaminenses

Adriana Duna, una vida vertiginosa y apasionada dedicada a la superación y al espiritualismo

“Son mi mejor obra”, dice Adriana Duna al referirse a sus dos hijos Anael y Clara. (LA OPINION) “Son mi mejor obra”, dice Adriana Duna al referirse a sus dos hijos Anael y Clara. (LA OPINION)

Como artista callejera y docente, recorrió gran parte del país y vivió tres años en Brasil. “La docencia habla de mí, ahí me siento que soy”, aseguró, al tiempo que anunció que su último proyecto será una eco aldea en Francisco Ayerza, “sustentable, basada en la permacultura, con bioconstrucción y huertas orgánicas”.


Tuve una vida poco rutinaria. Mi búsqueda comenzó cuando terminé la secundaria. Ni siquiera  era consciente de que estaba buscando algo diferente. Creo que siempre fui una buscadora, de no quedarme quieta, de siempre querer superarme como ser humano. Siempre fui muy idealista y esto también me hizo sufrir mucho. Porque siempre creí que las cosas podían ser mejor de lo que eran. Y en esa búsqueda conocí a gente maravillosa con las mismas inquietudes de un mundo mejor”, reflexionó con voz tenue y pausada Adriana Duna, nuestro Perfil de hoy.

Pertenece a una familia pergaminense, su padre Adolfo Duna y su abuelo Isa Duna eran los propietarios de la conocida tienda Casa Duna, ubicada sobre Merced casi Avenida de Mayo.

“Mi abuelo era sirio libanés y mi madre, Josefina Joval -conocida por ‘Muñeca’- hija de españoles, era una gran bordadora”, comentó. La familia se completa con un hermano mayor de nombre Miguel.

Adriana recuerda una niñez “tranquila con mis amigas de la cuadra” en el viejo barrio Trocha, en Somoza, entre Prudencio González y Joaquín Menéndez, a media cuadra del Ferrocarril Belgrano.

Sus estudios primarios fueron en el edificio viejo de la Escuela Normal, ubicada en calle Florida, lugar que supo ocupar también la Cámara de Comercio. Su nivel secundario fue en el Colegio Comercial. “De aquella promoción 76 quedó un grupo maravilloso de compañeros que hasta el día de hoy nos juntamos dos veces por año”, indicó y recordó: “éramos tan unidos que no fuimos a Bariloche como viaje de estudio, porque había muchos chicos que no podían pagarse el viaje. Entonces decidimos ir a Embalse de Río Tercero, pero fuimos acusados de ‘traviesos’ y nos hicieron volver antes. Creo que eso nos unió más todavía”.

Advirtió: “Yo era muy tranquila; me desperté en la adolescencia. Era de esas nenas buenas hasta que despertó la rebeldía”.

Al concluir su ciclo secundario de estudios Duna sintió una necesidad muy grande de salir de Pergamino. “Creo que fue producto de una búsqueda que hasta el día de hoy continúo”, refirió.

Como muchos estudiantes de la época, Rosario era su destino soñado para estudiar, en su caso Fonoaudiología. “En 1976, en pleno gobierno militar, fue el año en que incorporaron el examen de ingreso en la Universidad. Recuerdo que me preparé todo el verano, rendí y aprobé, pero había un cupo de 30 y yo saqué el número 32. Me quería matar”, recordó.

“En esos tiempos no existía la información que hay hoy. No sabía que habiendo aprobado el examen de ingreso yo podía ingresar a otra facultad de humanidades donde hubiera cupos. Me desesperé y -no sé cómo- me inscribí en un Instituto e hice un magisterio para discapacitados mentales. Creo que caí ahí por la necesidad de irme de Pergamino o de tener otra experiencia, no sé”.

Una vez recibida, Duna comenzó a trabajar en escuelas para chicos especiales. “Trabajaba doble turno y me sentía agobiada, así que decidí hacer algo totalmente diferente a la docencia. Me inscribí en un ‘curso de pantomima’ que se dictaba en la Alianza Francesa. Yo era muy tímida y de repente me veía en esas clases y me preguntaba qué estoy haciendo acá, porque me daba mucha vergüenza”, insistió.

Pero Adriana no solo descubriría este subgénero dramático del mimo, sino también al padre de sus dos hijas, “Tony” Albani.

“El era mimo, venía de Chile, había pasado por Buenos Aires y había llegado a Rosario. Ahí nos conocimos y al poco tiempo ya empezamos a viajar juntos”, recordó.

Si bien nuestro Perfil de hoy contaba con el curso de base, ella aseguró que como mimo se formó en la calle muriéndose de vergüenza. “Había que trabajar sí o sí porque vivíamos de la gorra”, aseguró.

Así recorrió Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy. “Ibamos de pueblito en pueblito. Fue un sueño. Tenía 26 años y los cumplí en el famoso tren Rosario-Tucumán”, indicó y agregó: “He dormido en muchos lugares hasta en la casa del carnicero de Maimará. Ese fue mi primer viaje de aventurera, corría el año 84, ya estábamos en democracia”.

Al volver a Buenos Aires, Duna cursó estudios con el reconocido mimo Willy Magni y desplegó su arte por la famosa peatonal Florida y en eventos turísticos.

Después de dos años en la gran urbe sus próximos destinos fueron la costa argentina, Uruguay y Brasil. “En Brasil estuve tres años, primero en Florianópolis con mi pareja y los últimos meses en San Pablo con una amiga, Morgana. En Florianópolis trabajábamos mucho en la calle, en las universidades y, de buscavidas, armé un taller de mimo para maestras de jardín de infantes y de primer ciclo. Ahí empecé con mi precario portugués. Ya en San Pablo, tenía que saber el idioma. Ahí llegamos con Morgana, oriunda de Porto Alegre, con el dúo ‘As Mudras’. Hicimos performances en bares y restaurantes, y talleres. Estar esos años en Brasil fue una experiencia muy enriquecedora, porque abrí mi cabeza. Al no tener ningún tipo de amparo ni de protección, eso me fortaleció un montón”.

Al volver a la Argentina, Duna vivió una primera época “muy complicada”. “Mi cabeza estaba en Brasil y mi cuerpo en Argentina -refirió-. Además, nunca había trabajado sola como mimo así que me costaba mucho. En Pergamino di el primer taller de Mimo donde empezó Darío Moreti (hoy conocido por su personaje Fideo Fino). Después volví a Buenos Aires donde trabajé en una dietética. Ahí aprendí mucho sobre lo que era alimentación natural y afirmé el vegetarianismo. También conocí a un grupo, llamado ‘Alfa, Centro para el hombre nuevo’, que investigaba el tema de los ovnis y los mensajes extraterrestres, desde la metafísica, algo que iba a desarrollar después en Pergamino junto a Tony. Ahí empecé mi camino espiritual que fue tan importante en mi vida”.

En esa búsqueda espiritual, Duna se contactó en la ciudad de Navarro, con una comunidad Gaia, “era una convergencia femenina, mujeres que veníamos de diferentes partes para hablar temas de espiritualidad femenina. Al despedirnos, la coordinadora nos enseñó una danza circular. Ahí descubrí esta actividad que, después de muchos años empecé a enseñar en Pergamino. Aprovecho para anunciar que este año retomamos las danzas circulares en Pergamino”, señaló.

Al fallecer su padre regresó a Pergamino donde se reencontró con “Tony” Albani y formó una familia. Es que el contacto y el amor estaban intactos. “Había algo pendiente que eran estas dos almitas que tenían que llegar: Anael de 27 años, que es pergaminense y Clara, de 24, que es mendocina -dijo-. Estando en Mendoza nos separamos definitivamente con “Tony” y regresé a Pergamino. Desde entonces, 1995, que estoy establecida aquí”.

Duna ya había comenzado a desempeñarse como docente de portugués, actividad que actualmente desarrolla en la Unnoba, en los talleres de extensión a la comunidad y en el Colegio San Agustín en primaria y secundaria.

Dos anécdotas

En una vida tan vertiginosa y apasionada, y llena de experiencias, las anécdotas sobran y Adriana Duna recuerda dos. “Llegamos a San Pablo con mi amiga Morgana, como dos tucumanas llegadas a Capital Federal, no teníamos idea de lo que era San Pablo y teníamos que trabajar a la gorra porque no había reservas. Nos fuimos a trabajar a la peatonal, un lugar oscuro y denso, con gente que va y viene, y que no te mira. De pronto nos tiraron un balde con agua desde un balcón.

“En otra oportunidad nos fuimos a trabajar a la avenida Paulista que es como la Avenida 9 de Julio en Buenos Aires, donde se concentra todo el dinero y el capitalismo de Brasil, y nos pusimos a hacer pantomima. De repente se paró un solo chico que se quedó mirándonos hasta el final para decirnos ‘chicas, ustedes están locas, qué hacen haciendo mimo acá”.

“Fui docente toda mi vida”

Desde su primera experiencia como docente con chicos discapacitados, Duna sintió a la docencia como algo muy propio. “Creo que fui docente toda mi vida. Fui atravesando por diferentes experiencias, con discapacitados mentales, enseñando mimo, trabajando con docentes de escuelas, en la enseñanza del portugués en todas las edades. Es algo que tengo tan incorporado, es una profesión tan amada porque transmitiendo es otra forma de aprendizaje para mí. Entonces, amo la docencia. Dar clases no es trabajar y si es trabajar es en el mejor sentido de la palabra. La docencia habla de mí, ahí me siento que soy yo. Desde aquella jovencita de 23 años que viajaba a enseñar a un pueblito de pescadores de Santa Fe, a pesar de hacer tantas cosas, siempre volví a la docencia porque siento que es mi lugar”.

Sobre sus hijos

Duna se detiene a hablar de sus hijos Anael y Clara, a quienes define como su pedestal. “Son mi mejor obra. Toda mi creatividad está puesta en ellos. A través de ellos aprendí muchas cosas. Son realmente mis obras maestras. A través de ellos crecí y descubrí un montón de cosas de la vida y me descubrí como persona, como madre, como ser humano, con intereses, con valores y transmitírselos a ellos. Para mí son dos soles en mi vida y yo crecí gracias a ellos. Si no hubiera seguido gitaneando de acá para allá, sin hacer raíces en ningún lado. Gracias a ellos me hice mejor persona, maduré, crecí y soy lo que soy”.

“Mi última escuela”

En esa búsqueda incesante de superación como ser humano y pensar un mundo mejor, nace el último proyecto de Adriana Duna, que es la eco aldea en el pueblo de Francisco Ayerza. “Cuando se forme va a ser sustentable basada en la permacultura, con bioconstrucción y huertas orgánicas, es decir; con todo esto que inevitablemente se viene. Esa será mi última escuela, ahí me voy a quedar y ahí pasaré mi vejez”, concluyó.