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Perfiles pergaminenses

Alberto “Negro” Quiroga: un hombre que hizo de la dirección técnica de basquetbol su pasión

El “Negro” Quiroga, como lo conocen en el ámbito deportivo, dialogó con LA OPINION sobre el deporte y su vida. (LA OPINION) El “Negro” Quiroga, como lo conocen en el ámbito deportivo, dialogó con LA OPINION sobre el deporte y su vida. (LA OPINION)

Entrenó y dirigió a grandes exponentes de este deporte. Asegura que le debe gran parte de su carrera deportiva al Club Comunicaciones, aunque también trabajó para otras instituciones. Hoy, retirado de la actividad deportiva y en la intimidad de su casa, recorre una trayectoria rica en vivencias, enseñanzas que cosechó en el deporte y en la vida.


Alberto Federico Quiroga tiene 67 años. Nació en Pergamino el 17 de enero de 1952. Creció en el barrio Acevedo. Su mamá fue Elena Cabrera y su papá Alberto Quiroga, con quienes vivió hasta los 12 años en que decidió mudarse con su abuela paterna y sus tíos solteros cuando sus padres se separaron. “Elegí irme a vivir con mi abuela María Diego en Alsina, antes de llegar a Paso; y con mis tíos Francisco (Pancho), Yoli, Irma (Beba) y Dora que vivieron para mí”, refiere en el comienzo, recordando que desde siempre estuvo muy cerca de su abuela: “Cuando llegaba el viernes yo ya me iba, tenía desesperación por estar con ellos que me esperaban. Cuando fue la separación de mis papás y me preguntaron con quién quería vivir, dije que con mi abuela y mis tíos”, agrega en un relato que habla de su infancia y parte de su adolescencia.

Fue a la Escuela Nº 10, que funcionaba en el mismo lugar que hoy aunque con una infraestructura más precaria. De su niñez guarda “buenos recuerdos”. “La vida era tranquila comparándola con la de ahora. Los amigos eran del barrio y jugábamos a la pelota todo el día”. Las infancias por entonces transcurrían en el universo de la calle y eso era saludable porque brindaba libertad y experiencias: “Vivíamos en la calle. Salíamos de la escuela y al rato estábamos en la puerta jugando”.

Un lugar de referencia de aquellos años para Alberto es el Club Ameghino, donde se inició en la práctica del basquetbol teniendo apenas 5 años. “Llegué a jugar en la primera de esa institución”, menciona y señala que siendo chico también jugó al fútbol en el Club Provincial. Luego de la primaria hizo dos años en el Colegio Industrial y más tarde abandonó los estudios para salir a trabajar.

La familia y su historia laboral

Conformó su familia cuando en 1974 se casó con Marta Mascaró. Se conocieron en los bailes de la época. “La nocturnidad era muy tranquila y segura. Salíamos y andábamos por la calle a la madrugada sin ningún problema. Recuerdo que era habitual ver a toda la muchachada caminando por calle San Nicolás que no era peatonal. A lo sumo algún policía podía pedirte el documento, pero no pasaba nada más. Era otro tiempo”, comenta. Y cuenta que una sola vez un efectivo policial le pidió identificación a las 5:00 de la mañana entrando a La Cabaña, un lugar que funcionaba donde hoy está el Complejo LA OPINION Plaza.

Por entonces se acostumbraba a ir a los bailes que se organizaban en los clubes. “El Boliche”, donde conocí a mi esposa, era como una tertulia que se realizaba los domingos en el Club Comunicaciones”, menciona. Luego de dos años de novios se casaron y se fueron a vivir a calle San Nicolás en la casa de la mamá de Marta que se llamaba Angela.
Tuvieron tres hijos: Sergio (43) es profesor de Educación Física pero trabaja en Naldo y está en pareja con Soledad; Andrés (41) es profesor de Educación Física y trabaja en Maristas y en el Club Gimnasia y Esgrima y está en pareja con Daiana; y Martín (36) es contador y trabaja en Cargill y está en pareja con Florencia.

La historia laboral de Alberto comenzó en la tapicería de Marina, que funcionaba en Alsina y Paso, teniendo 16 años. Más tarde trabajé en la fábrica de zapatillas Roca Sports, que era del hermano de mi esposa, y allí estuve hasta que cerró. En ese momento ya nos habíamos mudado a esta casa en la que vivimos en calle Saavedra y aquí instalamos un taller de costura de zapatillas que cocíamos para diferentes firmas comerciales.

“En el taller armé mi oficio y a la par de mi esposa trabajamos mucho. Las máquinas todavía las tenemos y de vez en cuando mi mujer para entretenerse toma algún que otro trabajo”, refiere, aunque asegura que para ellos ya llegó el tiempo de “descansar”.

Son abuelos de seis nietos: Isoldé, Juan Segundo, Juanita, Renata, Sofía y Emanuel. Alberto asegura que los nietos representan “todo”. “Vienen a casa todos los domingos y los disfruto mucho, ver a mi familia unida es un privilegio”, afirma mirando con complicidad a su compañera con la que comparte la vida hace 45 años.

Sociable, amigo de los amigos, señala que siempre le gustó compartir momentos con gente querida, matrimonios amigos y los compañeros de peñas. “Hoy ya no voy tanto porque prácticamente no puedo andar, camino muy poco y me cuesta mucho porque me duelen las rodillas, pero es lindo sentir cerca a los amigos”, dice. Sobrelleva con mucha actitud las dificultades de salud que condicionan un poco su autonomía y solo lamenta “no poder viajar todo lo que quisiera, ya que es algo que con mi esposa nos gustaba mucho hacer”.

Pasión por el basquetbol

Su amor por el basquetbol nació tempranamente cuando con la pelota llegaba al Club Ameghino y pasaba tardes enteras tirando al aro. Jugó en ese club y después en Douglas Haig, donde lo llevó Omar Comité, de quien era muy amigo. “Después él empezó a dirigir y me pidió que lo acompañara. Le dije que sí y así comenzó formalmente mi carrera como ayudante técnico”, señala. Tenía en su haber alguna experiencia previa porque en el Club Ameghino “Poroto” Lencina lo hacía trabajar en el entrenamiento de los chicos de “mini básquet”.

“Después con Carlos Comité tuve alguna experiencia. La dirección técnica me gustaba más que jugar, así que me aboqué de lleno a eso”, cuenta en la continuidad de la charla en la que no cabe el inventario riguroso de cada lugar en el que estuvo y cada equipo que tuvo la fortuna de preparar, pero sí las vivencias inolvidables que quedan como saldo de una fructífera carrera deportiva.

“Con Omar Comité trabajé durante un largo tiempo. Después él vino al Club Comunicaciones y yo seguí con él, siempre a la par, incluso fuimos a dirigir a Belgrano en San Nicolás. Cuando volvió a Pergamino, yo iba mucho al Club Comunicaciones donde concurrían mis chicos; y una tarde mirando un partido de divisiones inferiores el que era presidente ,Miguel Angel “Picle” Gracia, me comentó sobre la posibilidad de que dirigiera un equipo de cadetes. Hablé con Omar que iba a tomar el desafío. Y así empecé con ese plantel de Comunicaciones y con la colaboración tremenda del profesor Basilio González que me enseñó mucho”.

Asegura que la dirección técnica de un deporte tan exigente como el basquetbol le dio grandes satisfacciones y profundas amarguras. “Viví cosas muy lindas en el campeonato de Juveniles, había un equipo hermoso, integrado entre otros por los hermanos Escarain y Julián Gracia. Vivimos cosas inolvidables.  “Otra satisfacción fue un campeonato de mini básquet con chicos chiquitos que apenas si arrancaban”, añade.

En el plano de las derrotas, trae a la conversación la referencia de una final perdida con Argentino y otro partido en una final de los Torneos Bonaerenses en la que en la última jugada la pelota quedó dando vueltas en el aro y cayó afuera. Acompañó su desempeño con una formación rigurosa: “Hice muchos cursos, me recibí y pude sacar la licencia”.
En lo personal de la mano del deporte cosechó relaciones valiosas y grandes amigos. “Nombrarlos es arbitrario porque seguramente me olvidaré de muchos, pero puedo mencionar a Carlos Ricci, Abel Duna, Pedro Escarain y Manolo O’Brien. Hoy quizás no los veo porque no ando en la calle, pero nos une una historia común y experiencias compartidas”.

Grandes jugadores

Bajo su dirección se formaron buenas generaciones de jugadores. “Salieron referentes extraordinarios, pero fundamentalmente buenas personas”, resalta y menciona entre muchos otros a Carlos Clemente y Marcelo Calabia.

“Tuve chicos que llegaron lejos como los mellizos Masieri y “Jorgito” Zuleta. Siempre fue una responsabilidad enorme dirigir y suponía un enorme desafío enfrentar a jugadores de jerarquía. Con ellos no se podía ir a decir cualquier cosa, toda decisión había que fundamentarla porque eran chicos que sabían mucho y tenían autoridad en sí mismos”.
Fruto de muchos años de trabajo, conserva relaciones entrañables con muchos de ellos. Algunos de esos jugadores van a su casa a visitarlo y con otros se mantiene comunicado gracias a las posibilidades que brinda la tecnología.

Con la humildad que tienen los grandes, afirma que no sabe bien qué les enseñó a cada uno de ellos, pero sí está seguro de que puso todo en la tarea. “Incluso dirigí a mis hijos y siempre tuve muy claro que cuando entraban a la cancha eran uno más”, sostiene.

La salud le jugó una mala pasada y eso lo obligó a dejar la dirección técnica. “Lo último grande que hice fue el Provincial de 1998 que clasificamos y después dejé”, resalta mencionando los clubes para los cuales dirigió: “En Comunicaciones hice casi toda mi carrera de entrenador. También dirigí en Viajantes, en un equipo que prácticamente armé yo, y en Juventud”.

Se define como un amante del deporte en general y eso incluye además el automovilismo: “Seguí mucho las carreras y hoy las miro por televisión. Fui integrante de la peña ‘El suspenso’ con Cuartango y Drivet. El deporte me gusta mucho, los fines de semana mirar las carreras es sagrado para mí, e incluso me he levantado de madrugada para ver por televisión alguna competencia internacional si participaban corredores argentinos”.

Hincha de San Lorenzo de Almagro, su perrita lleva como nombre las siglas del club de sus amores. Es un hombre que disfruta de lo deportivo en toda su expresión y ha hecho de ello una característica que lo distingue. “Siempre me gustó ver deporte y hoy que estoy en casa todo el día miro los canales deportivos gran parte del tiempo”.

Gratitud

Haciendo un balance de su carrera como entrenador y técnico, manifiesta una profunda gratitud hacia cada institución que le abrió las puertas. También agradece la confianza de tantas familias y generaciones de chicos que se formaron bajo su dirección técnica en un deporte que a Alberto lo apasiona.

“Como entrenador le debo mucho al Club Comunicaciones y a la dirigencia de esa institución. Cuando ‘Pochi’ Raggi dirigía yo estaba en las inferiores y me convocó para acompañarlo como ayudante. Comunicaciones jugaba la Liga B, ‘Pochi’ renunció y los dirigentes me pidieron que me hiciera cargo de la primera. Así empecé a dirigir con jugadores profesionales de ese momento. Siempre me tuvieron mucha confianza”, refiere.

También recuerda que cada paso de su carrera fue dado de la mano de grandes profesores de Educación Física como Alejandro Ricci a quien define como “un profesional inmenso”.
Aunque ya no va al club, nunca se alejó del todo del deporte porque su corazón está ahí: “Si quiero ir los chicos me llevan. Los últimos partidos que vi fueron los de Juventud cuando jugaba mi hijo, pero ya no voy tanto”.

En el ámbito del deporte es conocido con el apodo de “Negro”. Bromea que seguramente el sobrenombre vino por el color de su piel. Lo adoptó sin problemas y para muchos es aún hoy “el negro Quiroga”, un personaje entrañable de las canchas. Confiesa que su corazón está en Comunicaciones por todo lo que le dio. Y en Ameghino, donde todo comenzó. Asegura que se ha transformado en un espectador calificado del deporte y que pasa tiempo siguiendo los partidos de la Liga Nacional.

Dueño del carácter y la personalidad que se requiere para dirigir un equipo deportivo y para inculcar los valores que deben llevarse cuando se representa a las instituciones en una cancha de basquetbol o en la vida, Alberto hizo bien su tarea y le impuso dedicación. Hoy a la vuelta del camino, recuerda ese trayecto con nostalgia y con la satisfacción de haber puesto lo mejor de sí en esa tarea.

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