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Perfiles pergaminenses

Aldo Castiñeira: el hacedor de una de las sandwicherías más conocidas de la ciudad

Aldo Castiñeira, siempre cerca del negocio que lo transformó en “pergaminense”. (LA OPINION) Aldo Castiñeira, siempre cerca del negocio que lo transformó en “pergaminense”. (LA OPINION)

Es pergaminense por adopción y aquí echó sus raíces comerciales y familiares. Afrontó la muerte de uno de sus hijos, lo que lo transformó en un hombre resiliente que nunca se apartó de una profunda fe en Dios. Es un agradecido a la ciudad porque lo acogió como a uno de los suyos.


Aldo Oscar Castiñeira es pergaminense desde hace 36 años, cuando llegó a la ciudad para instalar la sandwichería Zita 3. Nació en Rosario y allí se había entrenado en esa actividad gastronómica en el marco de una sociedad con un amigo. Quería hacer su propio camino e impulsado por ello, tomó la decisión de abrir su empresa. Llegó aquí por azar, sin conocer el lugar, y siguiendo referencias que señalaban que no había negocios de ese tipo, algo que confirmó que no era cierto apenas se estableció. Le hizo frente a la competencia y se fue consolidando en el rubro hasta que ganó un espacio y se impuso por las características del producto, por la amplitud de criterio con la que siempre tomó nuevos desafíos para diversificar su actividad y ampliar la oferta de servicios a sus clientes y por el esmero que puso en la tarea desde el primer día que abrió las puertas en Merced y Lagos. “Viví en Rosario durante 30 años y me vine a Pergamino con el deseo de armar mi propia sandwichería; quería tener mi propio negocio pero no quería ser competencia de mi amigo con el que había compartido hasta ese momento la actividad comercial”, cuenta en el inicio de la entrevista en la que habla de sus comienzos y de sus orígenes. El diálogo se produce en la oficina del comercio, mientras en un ambiente contiguo la tarea de elaboración de sándwiches de miga está a pleno. Nada lo distrae de la charla que acepta con amabilidad.

“El motivo por el cual me vine a Pergamino realmente no lo sé, quizás fue Dios o el destino. Antes de llegar había recorrido varias ciudades y cuando vine pregunté si había sandwicherías; me dijeron que no, en realidad sí había. Originalmente abrimos en Lagos y Merced, donde estuve quince años y de allí me vine para acá, en la esquina de San Nicolás y Pinto”, relata.

“Soy un agradecido eterno a Pergamino porque me acogió muy bien. Al principio sentía que acá no tenía pasado y entonces cuando iba a alguna reunión siempre estaba en silencio. Hablaban de gente que no conocía y de experiencias de infancias que yo no había vivido. Ahí sentía que era ajeno, pero poco a poco con el paso de los años el negocio ayudó mucho a que yo ganara sentido de pertenencia”, refiere.

El negocio

“Soy un tipo muy agradecido”, señala cuando habla de su comercio y reconoce que al principio las cosas le costaron un poco “porque arrancar con un negocio no es fácil”.

La sandwichería lleva el nombre de su hija, aunque todo el mundo piensa que es un apellido. “Al principio costó imponer el negocio porque en Pergamino había una sandwichería, la de Nacura, que en ese momento era ‘un monstruo’ que estaba muy bien ubicado y trabajaba muy bien. Nosotros por entonces ni siquiera estábamos en pleno centro. Yo tenía un sándwich más chico que el de Nacura y lo vendía a menor precio, pero él era líder”, relata. Y atribuye a la “constancia” y al “sacrificio” las claves que le permitieron imponerse ganando su propio lugar en el mercado.

“Poco a poco el negocio fue creciendo gracias a Pergamino”, resalta recordando que mucho de lo que sabe en su oficio, lo aprendió con su amigo rosarino.

“Debo ser el único argentino agradecido a Carlos Menem porque durante su gobierno se permitió a las estaciones de servicio instalar los shop y eso abrió un nuevo nicho para vender nuestros productos. Nos agrandamos mucho y llegamos a comercializar en gran parte de la provincia de Buenos Aires. Teníamos siete camionetas que salían a repartir y tuve un depósito con oficinas en Capital Federal. El negocio creció, dio un vuelco rotundo y dentro de la actividad comercial que veníamos desarrollando me encontré con otra más”, destaca.

Cuando la venta en estaciones de servicio comenzó a tener más competencia y bajó la rentabilidad, Aldo buscó abrir “nuevas puertas”.

“Comenzamos a ofrecer servicio de catering y a trabajar con empresas, muchas de ellas agropecuarias. A algunas firmas les llevamos la comida todos los días y otras nos convocan cuando tienen eventos”, menciona, destacando que cada una de las decisiones tomadas son las que permitieron el crecimiento que se mantiene en la actualidad.

Desde hace dos años Aldo ya no está formalmente al frente de la actividad empresarial. “No estoy más y estoy porque es muy difícil dejar”, confiesa y continúa: “Es toda una vida. Yo siempre digo que la mujer tiene hijos y el hombre tiene negocio, que es en cierto modo como un hijo, porque el negocio te desvela, te da felicidad, angustia, preocupación. Pensás todo el tiempo en él porque querés crecer. Hoy después de tantos años es un negocio al que conoce casi todo Pergamino. Tengo clientes de la primera hora que siguen viniendo; pero lograr eso demandó grandes esfuerzos y algunos sacrificios”.

Quienes tomaron la posta fueron los hijos. “Les regalé el negocio a mis hijos, Pablo es quien lleva el negocio adelante y Zita es contadora y se encarga de los números. Ellos hicieron una dupla y se desempeñan muy bien”.

Su familia y la pérdida

Una vez establecido en la ciudad y con el negocio funcionando, Aldo decidió traer a Pergamino a su familia. Así fue que su núcleo familiar conformado por su esposa e hijos se constituyó aquí. Cuenta que tuvo tres hijos y se introduce quizás en el segmento más duro de su vida ya que hace doce años su hijo mayor falleció en un accidente automovilístico en la ruta a Venado Tuerto donde trabajaba como contador auditor de una empresa. Confiesa que nunca se vuelve a ser el mismo luego de la pérdida de un hijo. Algo se nubla en sus ojos y en la voz cuando lo menciona. Pero enseguida se sobrepone para hablar de los hijos que están: Pablo (40) y Zita (36). Su hijo Martín hoy tendría 43 años. 

Un dolor sin nombre

Reconoce que nada fue igual en su vida después del fallecimiento de su hijo. “Cambió todo después del accidente. Uno sigue viviendo, sigo estando, tengo cinco nietos y dos hijos que son parte de mi vida, pero cuando se pierde un hijo se pierde parte de uno porque uno vive sin nombre. Cuando se te muere un hijo hay alguien que ya no te llama papá o Aldo. No hay nombre para el dolor que se siente. Es un dolor muy grande que se lleva siempre. Es insuperable”.

Recuerda a Martín todos los días, por una cosa o por otra. “A pesar de que hace doce años que falleció lo busco en la calle”, cuenta en un testimonio conmovedor. Y por lo irremediable de la pérdida no es su hijo el que aparece cuando él incansablemente lo reclama. Los que sí irrumpen son los amigos que siguen acercándose a él para recrear anécdotas y recuerdos que mantienen viva la memoria y la sensación de extrañeza frente a lo injusto. “Todavía cuando nos encontramos con los amigos de Martín lloramos”, confiesa. Y cuenta que siempre fue muy apegado a los amigos de sus hijos. Su casa fue el lugar al que llegaban todos para compartir asados y contar cuentos.

Se conforma al referir que por alguna razón le tocó atravesar por la desgracia de la pérdida y frente a ello considera que se tiene la obligación de “hacerse de fuerzas para seguir”.

Una nueva etapa

Hace poco más de un año fue Aldo quien tuvo un accidente automovilístico volviendo de Colón. Eso lo empujó a desacelerar el ritmo de la actividad laboral y abocarse al inicio de una nueva etapa.  Un tanto más alejado del negocio, su tiempo transcurre en su casa y en el encuentro con amigos. Se define como un hombre al que le gustan “los bares”. Eso tiene que ver con un pasatiempo y con un gusto por la charla con los amigos de siempre con los que se encuentra a diario para compartir un café. “La ida al bar también es un escape porque el encierro no es bueno”, reconoce y agradece el hecho de haber conformado una red afectiva de contención y buena compañía. “También conservo a dos amigos de Rosario con los que me frecuento a menudo”, destaca.

Relaciones entrañables

Aldo mantiene una excelente relación con los nietos. Cuenta que con sus dos nietos mayores, Santiago, hijo de Martín; y Juan Cruz, hijo de Pablo, desde que tenían 5 años se iban de vacaciones los tres juntos. “Ese ritmo lo llevamos hasta hace cuatro años”. Hoy los chicos están más grandes y la vida te los lleva por otro camino. Sin embargo lo que les quedó de aquellos viajes dura para siempre. “Somos muy amigos, tenemos mucha confianza y nos amamos de verdad”, resalta.

Le dicen “Tata” y cuando escucha de voz de sus nietos las anécdotas de los viajes siente una emoción profunda que lo gratifica. Son los momentos en los cuales la vida le ofrece recompensa. También con sus nietos más chicos tiene una excelente relación. “Antonio, Victorio y Vito son más chicos y nos disfrutamos mucho”.

También menciona a las parejas de sus hijos cuando habla de sus relaciones más cercanas. Así habla de Gabriela, la mamá del hijo de Martín que vive en Buenos Aires; de Daniela, la mujer de Pablo; y de Luisma el esposo de Zita.

Un hombre de fe

A lo largo de su vida siempre ha tenido un contacto muy directo con la Iglesia Católica y ha tenido con la fe experiencias extraordinarias que lo han enriquecido. “Por alguna razón en mi casa siempre hubo algún sacerdote, mis hijos se educaron en colegios católicos, así que siempre estuve muy cerca de la iglesia y fui un hombre de mucha fe que trabajé mucho por la iglesia”, señala.

Recuerda con agrado su participación en comisiones y en los Encuentros de Paz. “Yo colaboraba en la cocina y aprovechaba esos momentos para hablar mucho con los chicos que asistían a los encuentros, siempre tratando de orientarlos y sugerirles cosas sin dar consejos.

“He conocido a muchísimos chicos. Me lo recuerdan por la calle cuando me encuentran y me dicen que me conocen del tiempo en que era ‘carmelita’, como se llamaba a los que ayudábamos en la cocina de los encuentros”, agrega.

Después del fallecimiento de su hijo, la relación con la iglesia cambió: “Yo era de comunión diaria, cuando se murió Martín fui durante una semana a la Iglesia, no ya a misa, sino a sentarme para charlar con Dios. Me enojé, no con Dios sino conmigo y me pregunté por qué a mí, sin encontrar jamás una respuesta.

“A pesar de eso, sigo amándolo a Dios, nunca me aparté de él. Soy un tipo que reza todos los días, eso me hace bien. Me conforta, me siento apoyado. Pero a la iglesia dejé de ir”.

El futuro

Cuando promedia la conversación, la charla vuelve a girar sobre el negocio. Y de algún modo se introduce en el futuro. “En este negocio siempre que se cerró una puerta, se abrió un portón. Eso sucedió desde la primera hora. Y creo que seguirá siendo así. Siempre buscando nuevos horizontes. Si uno quiere seguir agregando cosas, siempre puede innovar sin abandonar la esencia”, reflexiona este hombre que hoy retirado de la actividad tiene vívidos los recuerdos del tiempo en que estaba “para toda tarea” desde la cocina hasta la limpieza, la administración y la atención al público y que consiguió dotar a su emprendimiento comercial de una estructura que lo hizo sustentable. Pasado, presente y futuro confluyen en su apreciación cuando destaca que hoy cuenta con personal y una dinámica parecida a la de “una familia”.

Su lugar

Sobre el final, vuelve sobre su relación con Pergamino: “Me siento pergaminense, tengo mi vida acá. Los 30 años que pasé en Rosario fueron parte de mi vida, pero cuando vuelvo a ese barrio en el que viví me siento un visitante. Solo está el recuerdo de mis padres, Arnaldo y Ana; y de mi hermano Arnaldo ya fallecido. Miro todo con añoranza, pero en el bar al que iba, no encuentro a ningún conocido.  Mi vida ya no está ahí”. Con esta apreciación y un gracias a la ciudad que lo acogió, para permitirle construir lo que tiene en lo comercial y en lo afectivo, la charla, simplemente termina.

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