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Perfiles pergaminenses

Alicia Idilia Solá: una mujer que a diario se esmera en honrar la vida

En la intimidad de su hogar, Alicia recibió a LA OPINION para compartir una charla sobre vivencias y valores. (LA OPINION) En la intimidad de su hogar, Alicia recibió a LA OPINION para compartir una charla sobre vivencias y valores. (LA OPINION)

Fue profesora de Matemática y Física y se jubiló como vicedirectora del Colegio Comercial. Hoy preside la comisión de la Guardería San Pantaleón, es catequista y dueña de una profunda fe cristiana brinda con su esposo charlas en los encuentros prematrimoniales. Posee un universo afectivo rico. Ama profundamente a su esposo y disfruta de hijos y nietos.


Alicia Idilia Solá nació en Pergamino cuando sus padres, que vivían en la zona rural de Guerrico, se establecieron en la ciudad. Se instalaron en la misma casa donde ella vive actualmente con su familia.

Tiene 70 años, nació el 13 de enero de 1948. Es docente jubilada y dueña de una sensibilidad forjada en valores cristianos y en una fe que pone en acto cotidianamente. Se define como una mujer de carácter y en su vida profesional esa condición de su personalidad le ha permitido asumir desafíos y conducir equipos de trabajo y entregarse a sus alumnos con una  exigencia que rindió sus frutos.

La entrevista en la que abre las puertas de su intimidad se realiza en el comedor de su casa, allí donde hay fotos y objetos propios de su vida familiar. Se respira armonía, una sensación que encuentra correlato en el tono de la voz con la que Alicia narra sus vivencias. En algún momento señala que su casa es “un puerto seguro” y esa definición queda flotando en la conversación como una impronta sutil.

“Crecí en este barrio y en esta casa, a la que se mudaron mis padres cuando se vinieron de Guerrico”, refiere y habla de Francisco Solá “Pancho” y Mercedes Formento “Mecha”, sus padres.

“Una de mis hermanas, María del Huerto falleció a temprana edad.  Quedamos ‘Nené’, Susana, Rubén y yo”, agrega haciendo referencia a su núcleo familiar primario. Y trae a la conversación hermosos momentos de su infancia. “Tuve padres excelentes, estrictos pero muy formadores en valores.

“Mi madre fue una persona fría pero de un corazón enorme. No recuerdo de ella besos y abrazos, pero sí presencia y ayuda incondicional. Mi papá era un dulce y tenía conmigo una relación muy especial tanto conmigo como con mi esposo”, confiesa.

Cuenta que dedicados a tareas rurales y en alguna época a la avicultura, sus padres trabajaban y sus hermanas mayores manejaban la casa. Así creció, mamando valores asociados al trabajo y al esfuerzo compartido. “Recuerdo las vacaciones con mi abuela Raimunda, mamá de mi papá, con la que pasaba todos los enero. Fue una persona que me marcó mucho en mi vida”, menciona. “Mis padres nos formaron en la idea de familia, nosotros nos criamos con mis tíos y primos, siempre juntos. Ese fue el legado que me quedó de ellos”.

Hasta tercer grado fue a la Escuela Nº 6, luego al Colegio Normal hasta tercer año y cuarto y quinto en el Colegio Nacional. Egresó con el título de bachiller en 1965 y comenzó a estudiar el Profesorado de Matemática, Física y Cosmografía y se recibió en 1969. Amante de la química y de las ciencias exactas encontró su vocación en la docencia y de inmediato comenzó a trabajar. Primero lo hizo en escuelas rurales y más tarde en escuelas de la ciudad.

Su carrera docente

Su recorrido por la docencia fue fructífero y jamás olvida los viajes en tren que realizaba para ejercer en escuelas de campo. Aunque eso representaba un sacrificio, siempre lo hizo motivada por el placer que le causaba el trato con los alumnos y el compromiso demostrado por la comunidad de esos lugares alejados de la ciudad.

“En 1971 empecé a trabajar en El Socorro. Fui a inscribirme en un rastrojero que tenían mis padres y cuando empecé a dar clases viajaba en un tren que tomaba a las 6:00. Llegábamos a las 7:00 y hacíamos tiempo hasta la hora de entrar a la escuela en la casa de la directora.

“Al año siguiente conseguí unas horas en Peyrano y tiempo después, unas horas en Conesa. Los viernes tenía horas en los tres lugares. Fue una época de mucho sacrificio pero no me arrepiento porque dar clases en los pueblos fue algo maravilloso”, prosigue.

En 1976 tomó horas en el Instituto Gianelli y con el transcurso de los años se quedó trabajando solo en Pergamino. Así llegó su cargo en el Colegio Comercial y así continuó su carrera. “Era profesora de Matemática y de Física. En una ocasión apareció una vacante para cubrir una suplencia en la vicedirección del Comercial, tomé el desafío hasta que titularicé en ese cargo con el que me jubilé”.

Asegura que el cargo directivo representó una responsabilidad enorme que le supuso mucho compromiso. “Me gustó mucho mi trabajo”.

Se jubiló como vicedirectora y como profesora hace diez años. Cuando llegó el momento del retiro, lo tomó con naturalidad. Algún tiempo antes de jubilarse había tenido un cambio de funciones debido a algunos problemas de salud. Eso la había llevado a desempeñar tareas en la secretaría del Colegio, una época de la que rescata inolvidables vivencias y amigas entrañables con las que se junta a menudo para compartir un café y charlas interminables sobre la vida.

El balance que hace de su experiencia docente es muy fructífero. “Fui una profesora bastante exigente. Me gustaba trabajar con chicos más grandes con los que podía problematizar, siempre busqué fomentar en ellos el razonamiento y el espíritu crítico.

“He tenido muchas satisfacciones en mi carrera, la mayor es el reconocimiento de mis alumnos”, asevera y se emociona cuando comenta que a menudo por la calle se detienen para saludarla y reconocen en ella “a una persona que les enseñó con exigencia”.

Una rica vida familiar

Así como en la profesión fue una afortunada, también en lo personal es dueña de una rica historia de vida. Conoció a su esposo, Félix Teixidó, cuando eran muy jóvenes.  “Nos conocimos en los bailes de estudiantes que se organizaban en aquella época. Se hacían en el Italclub, el Social, Gimnasia o Sports; y a mí me dejaban asistir acompañada por la madre de alguna de mis compañeras. Me acuerdo que casi siempre le tocaba a ‘Villa’ Marelli ir con nosotros”.

Con Félix estuvieron cinco años y medio de novios y se casaron en 1971. Tuvieron tres hijos: Mariano, casado con María Carolina Farías, tiene tres hijas: Delfina, Iara y Serena. Lisandro está en pareja con María Romina D’Elío, viven en Rosario y tienen cinco hijos: Manuela, Martina, Juan Segundo, Magdalena y Máxima. Y Eloisa, casada con Damián Gutiérrez, tienen dos varones: Francisco y Segundo.

Afirma convencida que su familia es su principal construcción. Y refiere que en tantos años de vida compartida, la relación con su esposo se vio enriquecida por la participación en Encuentro Matrimonial, una iniciativa de la Iglesia Católica que define como “una experiencia transformadora que nos enseñó a amar de otra manera.

“Fue una experiencia hermosísima que todas las parejas deberían vivir. Te enseña a cambiar por amor, a valorar la convivencia y a la persona que tenés a tu lado”, refiere Alicia. Y prosigue: “Encuentro Matrimonial nos enseñó a modificar por amor actitudes que al otro le molestan”.

Confiesa con absoluta convicción que su esposo es la persona en el mundo a la que más ama. “El es mi número uno. Mis hijos son el fruto de nuestro amor y a nuestra edad no tenemos empacho en ir de la mano por la calle o darnos un beso, porque nos amamos profundamente”.

Amar al prójimo

Dueña de una profunda fe cristiana, Alicia sabe poner en acción su fe cotidianamente. Y hacia adentro y hacia afuera de su vida familiar, se empeña en honrar sus valores más genuinos. Le gusta hacer por su prójimo. Hoy, retirada de la actividad laboral, emplea parte de su tiempo en tareas comunitarias que tienen que ver con el servicio. Por un lado es catequista en la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes y junto a su marido brindan charlas en los encuentros prematrimoniales.

Asimismo preside la comisión de la Guardería San Pantaleón, una obra que le permitió seguir los pasos de su madre que había sido una de las fundadoras de ese lugar al que asisten niños pequeños cuyas madres trabajan.

“Yo siempre decía que cuando me jubilara iba a tener dos objetivos: dar catequesis para ser un poco servidora del Señor y trabajar en la Guardería San Pantaleón y tuve la suerte de cumplir ambos anhelos”.

Por fuera de esas actividades, sus rutinas son simples. Respeta la sana costumbre de salir a tomar el café con su hermana. También el tiempo compartido con amigas. Disfruta de viajar con su esposo a destinos que eligen y recorren juntos descubriendo lugares y redescubriendo sentimientos. Cuenta que de la experiencia de Encuentro Matrimonial cosecharon innumerable cantidad de vínculos que conservan y cultivan. Refiere que en un tiempo con su esposo fueron responsables de la Casa del Encuentro de Manuel Ocampo y señala que el movimiento además de hacerles muy bien como pareja y como personas, les regaló “hermanos del corazón” con los cuales se ven cada vez que pueden.

Honrar la vida

En el transcurrir de la charla Alicia menciona que “Honrar la vida” es una canción con la que se identifica. Y en la conversación se filtran estrofas de esa letra que encarna un verdadero himno a la vida. Con satisfacción asevera que tuvo la vida que soñó y confiesa que a diario se interroga sobre el hecho de si en sus acciones cotidianas honra o no el tesoro de la vida. “Dios me regaló vida, salud, una familia y tengo que hacer cosas por eso. Tengo que honrar ese regalo que me dieron. Vivir no es solo pasar”, afirma. Esta apreciación la define. Vuelve sobre su familia cuando reflexiona sobre el sentido de su existencia, celebra esa construcción, se siente halagada por el hecho de que una de sus nietas haya elegido vivir con ellos. Se alegra infinitamente por el logro de cada uno de los suyos y no es pretenciosa en sus anhelos. Solo pide seguir siendo esa mujer con el corazón abierto a los suyos. Esos que cada vez que cruzan la puerta de su casa encuentran un hogar en el cual nutrirse de los mismos valores que Alicia aprendió de sus padres y que se esmera cada día en transmitir. “No tengo grandes ambiciones”, dice sobre el final, esta mujer que asegura que lo que le da sentido a su vida es “estar muy cerca de Dios, de su esposo, hijos y nietos”. Honrar la vida tiene que ver con ese amor que la sostiene.