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Perfiles pergaminenses

Ambrosio Bottarini: un hombre que ejerce el Derecho con pasión y compromiso

Ambrosio Bottarini, recreó vivencias de su profesión y de la vida. (LA OPINION) Ambrosio Bottarini, recreó vivencias de su profesión y de la vida. (LA OPINION)

Se graduó en la Universidad Nacional de La Plata. Presidió el Colegio de Abogados en su instancia fundante y tuvo una nutrida participación en diversos espacios institucionales y académicos. En plena actividad hoy comparte el ejercicio profesional con otras actividades de las que disfruta como el teatro y la buena cocina.


Ambrosio Luis Bottarini es abogado y cuenta con 46 años de ejercicio profesional ininterrumpido. Aunque hubiera podido optar por las ciencias económicas en virtud de la afinidad con la actividad laboral de sus padres que fueron comerciantes, optó por el mundo del Derecho, se formó en la Universidad Nacional de La Plata y abrazó su profesión con verdadera vocación. Hizo de ella un pilar y hoy en pleno ejercicio sigue disfrutando de los desafíos que le plantea la práctica cotidiana.

Nació en Pergamino el 7 de mayo de 1948 y creció en el seno de una familia con raíces italianas. Sus padres fueron Ambrosio y Rosa Roberta Ruberto. Tuvo una hermana mayor, Mabel, que falleció el año pasado. Parte de su infancia transcurrió detrás del mostrador y en la vereda del tradicional comercio de sus padres: la Mercería “La Parisien” que funcionó en San Nicolás 522 en El Viejo Mercado hasta que se demolió y que se mudó luego a San Nicolás y Avenida donde funcionó hasta que se cerró. “Me vuelvo un poco nostálgico de ese tiempo, siempre recuerdo que salía de la Escuela Nº 22 y me iba al negocio”, confiesa y busca en uno de los estantes de la biblioteca de su estudio un viejo calendario del negocio con hojas amarillas que guarda como un tesoro.

El secundario lo hizo en la Escuela Nacional de Comercio y al egresar decidió estudiar abogacía. “La decisión de irme a estudiar a La Plata creo que la tomé luego de tener un profesor en el último año de la secundaria, Don Américo Ireba, que era de aquella ciudad”.

Se inscribió en la Facultad un 19 de noviembre, un día que era feriado en La Plata, “llegué cuando estaba el desfile de Don Arturo Illia”, recuerda.

En la charla, menciona el fallecimiento de su padre en 1960 y los sacrificios de su mamá para permitirle estudiar. “Mi madre cobraba 7 mil pesos de pensión y 6 mil me los daba a mí para costear mis estudios en La Plata”, cuenta y refiere que ese dinero alcanzaba para cubrir el alquiler de la pensión y los gastos que importaba vivir en esa ciudad. “Pagaba mis gastos y tenía una libreta de ahorro postal”, agrega.

Es egresado de la universidad pública y parte de una generación que se formó en una casa de estudios prestigiosa. “Era una Universidad floreciente. Tuve el privilegio de poder estudiar y pude hacerlo gracias al esfuerzo de mi madre, a la existencia de un comedor universitario de lujo con el que contábamos y el acceso a recursos que por entonces eran muy valiosos como la biblioteca”, menciona.

Los primeros pasos

Con su título de abogado retornó a Pergamino, pero comenzó a viajar a San Nicolás para trabajar. “Trabajé en el Estudio Sívori desde 1973 hasta 1979”, menciona y destaca la experiencia que adquirió gracias a esa oportunidad laboral. “Tomaba el Tirsa a las 6:00 de la mañana y regresaba tarde por la noche”, refiere. Era un estudio jurídico en el que se seguían causas de todo tipo. Fue un tiempo de mucho aprendizaje. “Eramos seis abogados los que trabajábamos allí y en una época quedé a cargo”.

Luego su historia laboral continuó en Pergamino. Compró una oficina a La Agrícola en el segundo piso del edificio emplazado por entonces en San Nicolás y Avenida, “Hugo Apesteguía era el representante de esa compañía y en ese lugar instalé mi estudio. Estuve hasta 1992, después me mudé con otros colegas a Belgrano y Monteagudo y hace tres años que estoy en Italia al 800”.

Con el tiempo fue consolidando su perfil profesional y a la par de ello siempre tuvo participación en diversos organismos e instituciones vinculadas a su profesión.

“Hice el posgrado de especialización en empresas e integré varios institutos y tuve participación dirigencial”, destaca. Y describe: “Fui miembro titular del Centro Argentino de Derecho en lo Penal Tributario; integré la comisión de Derecho Comercial en el Instituto Argentino, estuve vinculado a la Federación Argentina de Colegios de Abogados. Actualmente presido la comisión de Educación y Habilitación Profesional de la Federación Argentina de Colegios de Abogados y hasta el año pasado estuve en el comité de Educación Legal en la Federación Interamericana de Abogados; al renunciar me designaron para llevar adelante una tarea de vinculación con universidades americanas”.

Docencia universitaria

En el terreno de la docencia, la creación de la Unnoba significó la posibilidad de desplegar actividad docente. “Durante un tiempo estuve en la asesoría legal de Unnoba, luego seguí prestando mis servicios como abogado externo y durante varios años en la Cátedra de Legislación en la carrera de Ingeniería de Alimentos.

“Fue una hermosa experiencia la actividad docente, porque además se dio en el nacimiento de una carrera”, resalta y agradece la confianza que le dispensó en su momento el ingeniero Luis Lima, rector organizador de la Unnoba.

El Colegio de Abogados

“Fui el primer presidente del Colegio de Abogados y ocupé ese cargo durante dos períodos, desde 1987 hasta 1994”, cuenta y recuerda que durante su gestión salió la primera edición de la revista “El Tribuno” y se compró el primer inmueble para el funcionamiento de la entidad.

“Esa también fue una experiencia fundante porque cuando comenzamos la actividad del Colegio no teníamos nada. Asumimos la presidencia sin sede porque las casas que tenía Asociación de Abogados estaban ocupadas por los juzgados Civiles Nº 1 y Nº 2. “Cuando recién comenzamos a funcionar en el mes de feria de 1988, no teníamos ni una mesa. Nos instalamos en un departamento ubicado sobre la Avenida entre Italia y Estrada que nos prestó ‘Chicho’ Safar. No contábamos con dinero, solo con 5 mil pesos que nos había dado el Colegio de la Provincia. Silvestre Busi nos prestó algunos muebles y varios colegas algunos libros. Así comenzamos a funcionar.

“Después compramos el inmueble que era de la familia Toia. Otra persona que se portó muy bien fue Juan Lapolla que nos ayudó a comprar la esquina. Fue intermediario para poder hacer esa operación, él era presidente del Colegio de Martilleros, y nunca aceptó cobrarnos un solo peso.

“Destaco estas anécdotas porque no se encuentra a mucha gente que haga algo de manera tan generosa para un tercero que no es una persona física sino una institución que estaba naciendo. Estas son las cosas que hay que valorar y que muchas veces no quedan registradas en ninguna parte”, agrega.

“Siempre estoy cerca del Colegio, pero entiendo que en los lugares de representación hay que ir dando paso a las nuevas generaciones de jóvenes profesionales”, refiere. En esta línea menciona que cuando se inició en la profesión en aquella “Perla del Norte” que era Pergamino había apenas 36 abogados. Hoy suman más de 700.

Su mirada de la profesión

“Cambió sustancialmente la profesión y se sigue modificando a pasos agigantados. Sin pretender hacer añoranza, tenemos el mismo Código Procesal que cuando empecé a trabajar, porque es de 1968, y en ese momento no existía la fotocopiadora. Las cosas las teníamos que describir a máquina. Al poco tiempo llegó el desarrollo tecnológico. Han pasado 46 años que en la historia de un país no son nada, y sin embargo para la profesión han significado transformaciones profundas”, reflexiona.

Por estos días, está preparando un texto sobre la incidencia de la tecnología en la profesión. Con el tono de esas consideraciones comenta: “El abogado va a ser esencial para las cosas fundamentales de derecho humano. Creo que los abogados debemos ser los defensores de los derechos humanos y del estado de Derecho. Todos estamos extremadamente preocupados en la defensa de la defensa y si permitimos que se atropelle la libre elección profesional, estamos dejando en situación de debilidad al ciudadano común.

“Tenemos que apostar fuertemente a la capacitación y avanzar hacia la recertificación que nos obligue a mantenernos actualizados.

“Los colegas anteriores a mi generación tenían una colección de la revista La Ley y podían trabajar, hoy eso es impensable. Y vamos a un sistema de especialización bastante marcado”, abunda.

Una pasión y otros pasatiempos

“En mis años de locura profesional decía que vivía de la profesión y que mi hobby era la profesión. Hoy, más armado, he podido diversificar un poco los pasatiempos, incursionando en el teatro y en la lectura. Pero siempre me hago un tiempo para volver sobre las cosas de la profesión que quedan pendientes y me pongo a trabajar. Tira la profesión, termina siendo un vicio”.

Inquieto y sociable, encuentra el modo de vincularse con cuestiones que no lo alejen de su trabajo. Incluso el teatro es algo que encontró anclaje en el Colegio de Abogados: “Hace diez años comenzamos a formar un grupo de teatro en el Colegio que funcionó durante algunos años, después se discontinuó y cuando advertimos que se venía la cuestión de la oralidad en el proceso, con el doctor Labrada y Neme Carenzo hicimos talleres de oratoria en La Usina y en la sede de Gastronómicos. Jorge Abal también nos acompañó en algunas experiencias. Después retomé mi participación en talleres de teatro y el año pasado cuando se recreó el grupo en el Colegio me incorporé a los encuentros que coordina Gustavo Bevacqua. Y por fuera del Colegio tomo clases de entrenamiento con Neme Carenzo y Luis Furlano.

“El teatro aunque, uno no quiera subirse al escenario, colabora con la expresión y la comunicación”.

Su universo personal

Reservado al momento de hablar de su universo íntimo, cuenta que supo conformar una familia ensamblada de la que está orgulloso, fruto de la vida que comparte con Nora Sacoski. Ambrosio es papá de tres hijos y abuelo de seis nietos. Nora es mamá de dos hijos. Juntos han conformado un núcleo que es pilar de la vida que comparten.

“Yo tengo tres hijos: Ariadna, que es diseñadora y está casada con Hugo D’Andrea y viven en Tigre; Ana Lucía, que es licenciada en Alimentos y está casada con Fernando Trebino y Esteban, que es abogado y está casado con Melisa González Trajman. Nora tiene a Gastón que es doctor en Ingeniería y vive en Estados Unidos; y Julieta que es gerenta de Marketing de Rizobacter”, cuenta.

La reflexión transcurre entre la abogacía y sus imperativos y los valores de la familia. Rescata de sus padres los valores que le inculcaron, similares a los que intentó transmitir a los suyos. “De mis padres aprendí la dedicación al trabajo y el cuidado de las pequeñas cosas”.

Y sobre el final nombra a sus nietos: Olivia, Francisco, Ana Clara, Faustino, Juan Ignacio y Luciana. Y con mirada retrospectiva confiesa: “Cuando nacieron mis hijos trabajaba largas horas, crecieron sin que los pudiera disfrutar demasiado. Me di cuenta de eso después y lamenté que el tiempo no pudiera volver atrás. Con los nietos es completamente distinto. Para definir lo que representan, podría repetir la frase de un colega paraguayo que un día me dijo que los nietos eran ‘el aguinaldo de la vida’. Se disfrutan de otra manera”.

Buen anfitrión, amigo de los grandes amigos con los que cuenta, tiene las puertas abiertas para recibir a los seres queridos. Hace del encuentro un culto que respeta y celebra. “Se han hecho famosas mis habilidades en el arte culinario”, bromea. Y es cierto que encuentra en la buena cocina un modo de “distenderse” y de agasajar a quienes comparten ese universo íntimo de grandes afectos y buenos momentos. Esos que recrean lo esencial de la vida.

“Mientras corra sangre por las venas hay que seguir haciendo. En la profesión y en la vida. No me veo sentado en la plaza leyendo el diario, viendo cómo pasan las horas”, afirma. En una apreciación que lo define.

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