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Perfiles pergaminenses

Ana María Ibarguren, una médica platense que desplegó aquí su profesión y forjó vínculos entrañables

Ana María Ibarguren, agradecida a Pergamino, regresará a su ciudad natal.  (LA OPINION) Ana María Ibarguren, agradecida a Pergamino, regresará a su ciudad natal. (LA OPINION)

Acaba de jubilarse tras haber ejercido durante muchos años como otorrinolaringóloga y tomó la decisión de regresar a La Plata para reencontrarse con su familia y estar más cerca de sus hijos y su nieto. En el umbral de un nuevo comienzo, siente un agradecimiento infinito a este lugar que le abrió las puertas. Se lleva “una valija llena de momentos compartidos”.


Ana María Ibarguren es platense y aunque vive en Pergamino desde hace muchos años, todavía extraña el olor de los árboles de tilo de las calles donde creció. Llegó a Pergamino el 8 de septiembre de 1984 con su familia ya constituida para trabajar como médica especialista en otorrinolaringología, una especialidad demandada en la ciudad y la región. Aquí echó raíces sólidas profesional y personalmente. Fue cobijada de inmediato por personas que le abrieron las puertas del ejercicio profesional y de la vida. Y así fue adoptando amigos entrañables que se transformaron en esa familia elegida. “El doctor Melgín, que era el representante de la Asociación Médica ante la Federación Médica de la Provincia de Buenos Aires, en una oportunidad le comentó al que era mi esposo, un pergaminense que trabajaba en Femeba, que necesitaban otorrinolaringólogos y le propuso que nos viniéramos a Pergamino. Cuando me lo dijo yo sentí el corazón estrujado porque dejaba a mis padres en La Plata. Pero tomé el desafío y nos mudamos. En ese momento mis hijos tenían 3 y 5 años”, cuenta en el inicio de la charla. Al principio vivió en una casa alquilada en calle Jujuy 91. Más tarde, en la esquina de Italia y Pueyrredón. Quince años fue el tiempo que le demandó construir la casa de sus sueños en el Barrio La Amalia, donde vivió hasta que después de su divorcio decidió vender ese inmueble. Se mudó temporariamente a un departamento en San Nicolás 515 hasta que pudo escriturar el departamento en el que vive y que pudo acondicionar a su gusto antes de estrenarlo.

Apenas llegó a Pergamino comenzó a trabajar en el viejo Hospital San José y en la Clínica Pergamino. “Me vinieron a ver a mi casa Leandro Peñaloza y Cacho Bustos que estaban en Región Sanitaria IV y me ofrecieron un consultorio para que me asentara. Así empecé y desde ese momento he trabajado todo lo que quise, porque en Pergamino no había especialistas. Tampoco en la región”. Esa condición de ser una profesional que se había formado en el Hospital de Niños Sor María Ludovica le abrió muchas puertas. Los pacientes no tardaron en llegar y de inmediato para cubrir la demanda de atención comenzó a viajar a las localidades de la región donde se ganó un lugar por la calidad de su formación y por su entrega a los pacientes.

“Trabajé en San Antonio de Areco, Carmen de Areco, Arrecifes, Capitán Sarmiento, Colón Wheelwright, Hughes, Salto y Rojas. Iba hasta a dos ciudades por día. Mi profesión me dio muchas satisfacciones. Siempre recuerdo al doctor Portillo, de Colón, que me mandaba pacientes para operar en La Plata y cuando me establecí aquí me dio un fuerte espaldarazo”, refiere, agradecida.

También de la práctica hospitalaria rescata las mejores experiencias. Y la Clínica Pergamino fue su segunda casa. “Siento por Pergamino y su gente una profunda gratitud” es una frase que le sale en varias ocasiones durante la entrevista. “Aquí pude desarrollar mi profesión de médica y ganarme un lugar en un universo por entonces masculino”, señala y recuerda las horas compartidas en la sala de médicos de la Clínica Pergamino: “Era un espacio de hombres y sin embargo, siempre me sentí tan cuidada y protegida por ellos. Eran tipos sanos que siempre me hicieron sentir muy bien”.

Iniciar una nueva etapa

Tras haberlo meditado mucho, tomó la decisión de jubilarse, aunque sabe que nunca se deja del todo de ser médica.  Esta determinación, más allá de haberla alejado de las rutinas laborales, la acerca al inicio de una nueva etapa. Apenas pueda vender su departamento se radicará nuevamente en La Plata, donde está parte de su familia.

Confiesa que no ha sido una decisión fácil de tomar, pero la impulsó la necesidad de estar más cerca de sus hijos que viven en Buenos Aires y más cerca de su madre y sus hermanos.

Emprendedora y tenaz, sabe que será capaz de empezar de nuevo, dejando atrás años de su vida. Aquí crecieron sus hijos. Aquí quedará la huella que dejó en su profesión.

La llegada al mundo de su nieto Lorenzo, que ya tiene dos años, terminó de ayudarla a decidir. Por nada del mundo quiere perderse la posibilidad de disfrutar de ese niño que ilumina su vida. También un problema de salud de su madre y el deseo profundo de recuperar ese contacto cotidiano con sus afectos.

La alienta la idea de establecerse en su ciudad natal. Y la entusiasma la posibilidad de emprender nuevos proyectos. Lejos de la profesión médica, está realizando un curso de estética facial y no descarta que eso le posibilite el inicio de una nueva actividad.

Ama la fotografía y aspira a perfeccionar los conocimientos en esa materia.

Sus días transcurren entre la expectativa de iniciar esa nueva vida y las emociones encontradas que le genera el cerrar un capítulo importante.

Una trabajadora incansable

Como siempre que se está en el umbral de un nuevo comienzo, la mirada es retrospectiva. Cuando recorre estos años, se ve trabajando. Durante mucho tiempo la desveló la formación de sus hijos y trabajó a destajo para asegurarles que pudieran forjar su propio destino. Es mamá de dos varones: Diego y Federico, uno médico y el otro arquitecto.

“Me divorcié en 1998, el año que mis hijos se fueron a estudiar; recuerdo que viajaba todas las semanas, cocinaba para ellos, les lavaba la ropa y me volvía”, cuenta.

El quedarse sola la confrontó con nuevas realidades y nuevos desafíos. Aunque durante un tiempo tuvo otra pareja, nunca volvió a convivir. Sabe que solo tendría un compañero de vida si volviera a enamorarse, no por soledad.

De sus padres, las enseñanzas

En el recorrido por su historia de vida, sus orígenes ocupan un lugar importante. Habla de sus padres: Delia que tiene 87 años; y Pablo, fallecido hace tiempo. Reconoce en ellos a personas que la formaron en el valor del esfuerzo y la constancia. Es la mayor de sus hermanos, Miguel -ya fallecido-, Patricia y Marcelo. Y la primera de su familia que pudo completar sus estudios universitarios.

“Mis padres han sido trabajadores incansables. Mi papá trabajó en el Telégrafo de la Provincia de Buenos Aires y en el Hipódromo. Mi mamá, en una fábrica de corbatas y planchaba manteles con almidón para una confitería. Ellos lo único que querían es que pudiéramos estudiar”, señala.

“Yo hice el profesorado de Danzas. Bailé en el Teatro Argentino, en el Coliseo Podestá. También aprendí piano, ellos siempre fueron conscientes de darnos lo mejor que pudieron y yo siento un profundo orgullo por ellos, porque no sería la mujer que soy si no hubiera tenido esos padres”.

Confiesa que pensó estudiar abogacía, pero cuando en el secundario tomó contacto con las materias biológicas se inclinó por las ciencias médicas. “Tuve que luchar para ingresar a Medicina porque en plena época de Onganía exigían el título de bachiller y yo era maestra recibida en el Normal N°11. Así que tuve que rendir algunas materias y eso me demoró un año el ingreso. En ese tiempo hice algunas suplencias como docente y daba en casas particulares para ayudar en mi casa”.

Se recibió de médica en el año 1978 y comenzó a trabajar en La Plata, en el Hospital de Niños Sor María Ludovica. “Allí hice la especialidad porque tenía la parte quirúrgica y terminé la residencia en 1984”, precisa. Trabajó siete años en La Plata y en ese período ejerció también en Buenos Aires hasta que se radicó en Pergamino donde desplegó su profesión durante 36 años.

Cerca de sus afectos

Habla de sus hijos con orgullo. Diego es cirujano plástico en el Hospital Italiano de Buenos Aires; estuvo haciendo un posgrado en Boston y en Montreal. Está casado con María Pía Dolino que es médica ginecóloga y papá de Lorenzo “Lolo”. Federico es arquitecto, vive en Buenos Aires y está en pareja con Daniela Mendi, una pergaminense que estudió Fonoaudiología y trabaja en Capital. Anhela compartir los domingos con ellos, y proyecta ver crecer a su nieto.

Raíces fuertes

Así como en La Plata están sus raíces, aquí hay otras que le han ayudado a sentirse parte de este lugar. “La primera persona en Pergamino que se me acercó fue Aurora Yapur. Me contó que ella y su esposo eran fonoaudiólogos y me abrió con enorme generosidad la puerta de su casa. Hoy es mi hermana del alma”, refiere. Y aclara: “Nombro en ella a las muchas amigas que he cosechado en esta ciudad. Soy muy amiguera y el no tener a mi familia cerca ha hecho que mis lazos de amistad aquí se hicieran muy fuertes”.

“Si hay algo que no quiero, es que se me sigan muriendo los amigos. Se me murió Marta López, el marido, ‘la negrita’ Ruiz López”, confiesa con la voz entrecortada por la emoción.

Siente nostalgia del tiempo compartido. “Me gusta salir a cenar con amigas como Emilia, Gina, Mary, tantas otras como las chicas de Loft”, agrega. El inventario de los afectos construidos en tantos años de vida en Pergamino es extenso.

Sus pacientes ocupan un lugar en su corazón y los inscribe en el capítulo de sus afectos. Afirma que han sido consecuentes y leales. “He atendido hasta tres generaciones”, señala esta mujer que confiesa sentir que “la vida ha pasado muy rápido, sin que me diera cuenta”.

Se detiene en esa reflexión y vuelve sobre su decisión de volver a su ciudad natal cuando afirma: “Ahora es tiempo de conocer más a mi hermana, a mi hermano. De pasar tiempo con los míos. De estar cerca de mi madre que tiene un Alzheimer avanzado; 42 años de profesión ya han sido suficientes. Ahora hay otras cosas que no quiero perderme”.

“Hace un tiempo viajé a Canadá con mi hijo, estuvimos en Islandia, ese tiempo en familia me ayudó a hacer el clic para retirarme. El eje de mi vida fue trabajar, una enseñanza que tomé de mis padres. En este momento quiero disfrutar de los míos y de estar cara a cara con mis amigas de la secundaria con la que todos los sábados compartimos una videollamada”.

Sabe que extrañará las tardes jugando a las cartas con sus amigas de acá. Espera que a las de allá les guste hacer lo mismo.

Dueña de una elegancia innata, reconoce que aunque acepta la idea del paso del tiempo, le teme a la vejez: “Me asusta un poco y preferiría partir antes de transformarme en una carga para mis hijos y mis nueras”, afirma. Ese convencimiento reafirma el valor que en su vida le da a la autonomía y a la independencia, características que la definen.

Un agradecimiento infinito

Sobre el final, el sentir que sobrevuela es el de la gratitud. “Pergamino es un lugar que me hizo sentir feliz durante muchos momentos. Me llevo una valija grande”.

“Mi agradecimiento a la comunidad de Pergamino es infinito. También la gratitud hacia mis colegas, compañeros y amigos, vínculos que me han sostenido”, concluye, esta platense que hoy está un paso más cerca de volver a caminar por aquella Calle 7 poblada de árboles de tilo y a disfrutar de su querido Estudiantes de La Plata, amores que la han acompañado con nostalgia a lo largo de tantos años transcurridos aquí, en los que ha dado en esta geografía que la adoptó, simplemente lo mejor de sí.