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Perfiles pergaminenses

Antonia Irizar, una “vasca” que hizo de su sueño una realidad valiosa para la sociedad

Antonia Irizar es licenciada en Terapia Ocupacional, una profesión que abrazó desde siempre. (LA OPINION) Antonia Irizar es licenciada en Terapia Ocupacional, una profesión que abrazó desde siempre. (LA OPINION)

Es terapista ocupacional, jefa de sala del Servicio de Rehabilitación del Hospital. Posee una sensibilidad particular que desde muy joven le marcó el rumbo de su vocación, orientada a ayudar a otros a desplegar su potencial. Apegada a los suyos, tiene una rica historia de vida que conjuga el tiempo del trabajo con el disfrute de la vida en familia.


Antonia Irizar es jefa de sala del Servicio de Rehabilitación del Hospital San José. Su trayectoria en el campo de la terapia ocupacional, profesión que abrazó siendo muy joven, es conocida y constituye un eslabón importante de su historia de vida. Es dueña de una sensibilidad muy particular que siempre le permite tener una mirada atenta a las necesidades de otros. Su Perfil Pergaminense cuenta la historia de una “vasca”, como ella se define, que siempre encuentra el modo de conseguir lo que se propone, a fuerza de compromiso y perseverancia. Nació y creció en el barrio Centro. “Mi casa materna estaba en Echevarría, entre Luzuriaga y Doctor Alem, a la vuelta de la Parroquia San Antonio”, cuenta. Transcurrió su infancia y adolescencia en el seno de una familia tradicional conformada por su mamá, Hilda Salaberría; su papá Pedro María “Pirujo”; y una tía materna, Haydé. Tiene un hermano mayor, Martín. De ellos recibió los valores que conformaron su identidad. En ese núcleo familiar primario reconoce los aprendizajes más significativos. “Tuve la suerte de vivir en una casa antigua muy amplia con mi papá, a quien adoré y que falleció hace tiempo, mi mamá y una tía materna que aún viven. Crecí con mi hermano mayor y con mis primos”, refiere y rescata una época inolvidable: “Había un juego concreto, jugábamos a ser empleada bancaria, vendedora, a la mancha, a las escondidas, al ring raje. Tengo muy lindos recuerdos de mi infancia. Fui al Jardín San Antonio de Padua y después seguí el jardín en el Colegio Nuestra Señora del Huerto y allí hice todo mi recorrido escolar hasta egresar como bachiller”.

La catequesis especial

Su primer acercamiento a su vocación fue a través de la catequesis especial. “Tuve la suerte en la secundaria de poder definir lo que me gustaba, a pesar de algunos comentarios que me decían: ‘Cómo vas a desperdiciar la inteligencia estudiando eso’”.

“El padre Gastón Romanello abrió un grupo de catequesis para chicos con discapacidad que hasta ese momento no accedían a tomar la comunión y buscó en el Colegio del Huerto a alguien que le interesara participar del grupo. Yo me sumé, porque quería trabajar con personas que tuvieran alguna discapacidad, alguna alteración en la función. Esa experiencia me acercó definitivamente a la que luego se transformó en mi profesión”, resalta.

“Me interesaba la parte de la rehabilitación y cómo ayudarlos. Me sumé a la catequesis especial y fue extraordinario y conocí a chicos que llevo en mi corazón”.

La terapia ocupacional

La catequesis le acercó una llave. De allí en más comenzó la búsqueda para saber qué carrera la acercaba a su deseo. Se contactó con Alicia Ruiz Moreno, que era la única terapista ocupacional que había en la ciudad: “Con mucha generosidad ella me contó en qué consistía la carrera, cuál era la situación de Pergamino, había un gran desconocimiento de los alcances de la tarea de un terapista ocupacional. Esa conversación me confirmó que ese iba a ser mi camino y para estudiar me tenía que ir a Buenos Aires”.

Confiesa que la primera tarea fue convencer a sus padres: “Vengo de una formación bastante conservadora. Mi padre siempre había tenido la aspiración de que fuera farmacéutica, pero cuando le dije que la profesión que había elegido me iba a ser feliz él solo me confesó su miedo a que yo sufriera con el sufrimiento del otro. Le expliqué las razones de mi elección y entendió que no había nada más para decir. Y desde ese momento el acompañamiento fue incondicional”.

En Buenos Aires rindió un riguroso examen de ingreso. Por ese entonces la carrera dependía del Ministerio de Salud, y se estudiaba en un espacio que estaba atrás del Servicio Nacional de Rehabilitación. Así inició su camino.

El proyecto familiar

Cuando se recibió se fue a Rosario donde su novio, Fernando Bevacqua, estudiaba Psicología. “Nuestro proyecto era recibirnos, casarnos y tener muchos hijos. Como yo me recibí antes me mudé a Rosario, pero al poco tiempo mi mamá tuvo un problema de salud y regresé a Pergamino para acompañarla. Lo que con Fernando habíamos ideado en Rosario se terminó concretando en Pergamino. Nos casamos y formamos nuestra familia”.

“Aunque no tuvimos los seis hijos que pensábamos tener, tuvimos cuatro: Juan Pablo (25) que está de novio con Agustina, Juan Manuel (24), de novio con María; Juan Ignacio (22) de novio con Camila y Bernardita (12)”.

Los primeros pasos en la profesión

“Cuando regresé a Pergamino ya se habían recibido Ana Laura Cantelmi y Patricia Cretón y se habían cubierto los cargos en el terreno de la educación pública, así que mi primera experiencia profesional fue en el Centro de Estimulación Temprana de la ciudad de Rojas”, relata. Cada mañana viajaba con un sodero. “Como su tarea era repartir la soda, salíamos al amanecer, así que nunca llegué con tanta puntualidad al trabajo como en aquella época. De algún modo fue ‘el sodero de mi vida’, una persona generosa que se ofrecía a llevarme cada día para que yo ahorrara el dinero del viaje”.

Más tarde surgió la posibilidad de tomar un cargo provisional en la Escuela N° 503 y lo tomó. Por entonces Antonia ya había comenzado a trabajar en la parte privada, en un principio con Patricia Cretón que la había invitado a compartir el consultorio. “Con Patricia trabajamos mucho para que nuestra tarea se conociera en las clínicas y entre los pediatras, que siempre se mostraron abiertos a lo mucho que podía ofrecer la terapia ocupacional”, agrega.

De su trabajo en la Escuela N° 503 rescata los múltiples aprendizajes que obtuvo de la mano de Yamile Esper, “una institución en sí misma”. “También aprendí mucho en el Centro de Formación Laboral, con personas como Catalina Tessore y Teresa Céccoli y tantas otras de las que me nutrí”.

“Siempre agradezco mi trabajo en educación porque fueron espacios compartidos con profesionales que me permitieron ejercer mi función con absoluta libertad”, resalta. Ya por entonces su mirada estaba puesta en el Hospital, motivada por su fuerte vocación de poder intervenir en el campo de la salud pública.

El sueño cumplido

“Vasca como soy, un día escuché una entrevista en la televisión local en la que un profesional hablaba de terapia ocupacional, me interesó saber en qué contexto lo hacía y allí fui por mi sueño que era trabajar en el Hospital”, comenta y recuerda que impulsada por “estar cerca” de lo que le gustaba, comenzó a ir los sábados al pabellón de Salud Mental que por entonces estaba a cargo de Ricardo Cantore. “El tuvo mucho que ver con el ingreso de la terapia ocupacional en el Hospital”.

“Así fue que un día logramos hablar con la dirección del Hospital San José que vio que era importante el nombramiento de un profesional con título. Comenzaron los trámites y dos años después surgió la posibilidad del cargo. Fue en 1997 y lo tomé como un enorme desafío. En el año 1999 quedé en la planta del Hospital”.

Durante varios años su ejercicio profesional en el nosocomio convivió con la actividad particular. “Trabajaba en el Instituto del Niño y tenía un consultorio neutro en el que recibía a pacientes que me derivaban profesionales de otras instituciones. Fueron años de trabajo intenso”, recuerda.

En 2005 un problema de salud la obligó a “desacelerar la marcha” y se quedó solo trabajando en la órbita hospitalaria. “Siempre me gustó el trabajo en lo público porque te permite trabajar mucho con el contexto”, afirma.

Profundas transformaciones

Buena parte de su recorrido coincidió con un tiempo de la historia en el que la terapia ocupacional fue ganando terreno en múltiples ámbitos. “Han sido años de profundas transformaciones”, destaca.

Con una mirada retrospectiva, sabe que ha sido “testigo y protagonista” de muchos de los avances que pusieron a la terapia ocupacional en un lugar de relevancia. “Siempre agradezco haber tenido un jefe de servicio como Ricardo Cantore, que tuvo la generosidad de entender que la terapia ocupacional podía abarcar otras áreas del Hospital. Fue así que logramos presentar un proyecto para que la función se independizara del Servicio de Salud Mental”.

Desde entonces su anhelo fue que pudiera conformarse un equipo. Con el tiempo llegaron las concurrencias y más tarde la conformación del Servicio de Rehabilitación, que es modelo por la interdisciplina. “Hoy trabajo con Clide Coscia, que es la jefa del Servicio, y con un grupo de profesionales que es extraordinario. La interdisciplina enriquece”, resalta.

Formar a los que llegan

Durante 2016 y 2017 fue docente universitaria en la carrera de Terapia Ocupacional en la Fundación El Gran Rosario, actividad que luego dejó por la inconveniencia de tener que viajar varias veces por semana.

Hoy es instructora de residentes de Terapia Ocupacional: “Es una tarea que me gusta mucho. Fue una vieja aspiración que el Hospital pudiera abrir su residencia. Quienes completan su formación propician que el Hospital conozca los alcances de la Terapia Ocupacional desde otros lugares”.

Su universo íntimo

Dueña de una vocación intacta y fortalecida con los años, dedica buena parte de su día a la actividad laboral. Está lejos de jubilarse, aunque ya bromea con la idea. Siempre tiene en mente nuevos proyectos y valora la tarea de equipo. Confiesa que el Hospital es su vida.

Cuando no está trabajando disfruta del tiempo en familia. Le gustan las manualidades. Ama viajar, pero siempre desea volver a su casa. Participó del Centro Vasco Lagun Onak. Lo que la convoca es la comunión con otros en cualquier tarea que emprende. Ese es quizás su sello distintivo, además de la constancia.  “En mi tiempo libre me dedico a molestar a mis hijos”, bromea y reconoce que ama ser una madre presente, siempre dispuesta a acompañar a sus hijos.

Mamá de tres hijos varones de los que está orgullosa, se siente fascinada del mundo que le muestra su hija mujer: “Después de haber criado a tres varones, entre pelotas y peleas que se resolvían en cuestión de minutos, ser mamá de una niña significó el pasaje a un mundo mágico. Mi hija es artista, baila, canta y tiene un espejo con luces, estoy deslumbrada de que exista ese mundo”.

Comparte con su esposo el amor por la naturaleza y el campo es el lugar que eligen. “Me gustan mucho los caballos. La vida en el campo te enseña a descubrir un montón de cosas, que no necesitás tanto para poder ser feliz, aprender y crecer”, afirma y cuenta que ese escenario de libertad fue el que cultivó para sus hijos: “Traté siempre que aprendieran del contacto con la Naturaleza, que supieran el valor de plantar un árbol”.

Amiga de los amigos, tiene muchos que son parte misma de su familia. En los afectos verdaderos está el núcleo medular de su vida. Allí donde está el sostén y el sentido de esta mujer que siempre está abriendo camino.