Avances:
Programan la relocalización de sectores de fácil inundación El Programa Emprender abrió nuevos talleres en Villa San José Habilitarán un puesto fijo de matriculación en la Región Sanitaria IV
Perfiles pergaminenses

Armando Rebecchini, carnicero de ley que tomó el oficio de su padre y lo abrazó con pasión

Armando Rebecchini, sus vivencias en la carnicería fundada por su padre. (LA OPINION) Armando Rebecchini, sus vivencias en la carnicería fundada por su padre. (LA OPINION)

Hace 54 años inauguró el negocio en 9 de Julio y San Martín. El está al frente hace 48, por lo que el lugar es parte misma de su identidad. Aunque la labor cambió con los años, “la carne sigue cortándose con las manos”. Esa tarea artesanal, la calidad de los cortes y el trato respetuoso han sido las llaves de la permanencia, junto al acompañamiento de su familia.


Hay oficios que se adoptan desde chico y se abrazan para siempre. Tareas que se aprenden observando a otros hacer y a las que luego se les imprime la propia huella, para perdurar en el camino elegido. Eso parece definir la historia de vida de Agustín Armando Rebecchini, un carnicero que desde hace 48 años está al frente del comercio que era de su padre, Mario Alfredo. De él y de su hermano aprendió mucho de lo que sabe. El resto se lo enseñó el trabajo de todos los días y la responsabilidad con la que cada día abre las puertas de su negocio para ponerse al servicio de sus clientes, fieles y amigos.

Hijo de pergaminenses, Mario Alfredo Rebecchini y Lucero Mandorla, vivió en Buenos Aires hasta los 11 años. Sus padres se habían establecido allí por razones laborales, por lo que su primera infancia transcurrió en Chacarita. Más tarde se mudaron a Villa Ballester. Su papá, aunque se había dedicado a otras tareas, adoptó el oficio de carnicero que siendo muy chico alguna vez había ejercido trabajando en una carnicería de Pergamino. “Mi padre había trabajado de chico en una carnicería y después se dedicó a otras cosas, entre ellas a trabajar en el Cementerio y en una fábrica de elásticos para camas, hasta que un día se decidió a rendir para que le entregaran el certificado que se necesitaba para ser carnicero. Comenzó a trabajar en un mercado y en un puesto de calle hasta que pudo tener su propia carnicería”, relata Armando en un alto de su tarea, detrás del mostrador.

Cuando su padre sufrió un infarto, todavía viviendo en Buenos Aires, fue su hermano, Mario Oscar, quien tomó la posta. “Mi hermano puso un puesto de calle en Palermo, y cuando terminaba de trabajar se volvía con el canasto y al llegar a Villa Ballester ponía la carne en la heladera. Era otro modo de vender y otra vida”.

La llegada a Pergamino

Cuando sus padres decidieron regresar a Pergamino Armando tenía 11 años. Había repetido un año en la escuela, así que hizo los últimos dos años de la primaria en la Escuela N° 8, ubicada frente a la casa de su abuelo, donde se mudaron. “Al principio mi papá se vino solo, tentado por sus hermanos que lo entusiasmaron. Al año nos vinimos todos”, refiere. Y recuerda que su progenitor instaló una carnicería en calle Rocha- que era de tierra- enfrente de la Panadería Riera. “Don Muratore tenía carnicería casa de por medio a la de mi papá. Muratore vendía 15 medias res por día; y mi papá 12. Era una cosa increíble”, comenta.

Más tarde la carnicería se instaló en calle Córdoba y San Lorenzo. En ese tiempo Armando aún no pensaba en ser carnicero. Cuando terminó la escuela comenzó a trabajar en la tienda de Gazza, donde aprendió que a los clientes “hay que mirarlos a los ojos”.

“Luego trabajé en una fábrica de implementos de maquinarias agrícolas que funcionaba donde hoy está Diarco”, menciona. Estando allí fue que la vida torció el rumbo y una grave enfermedad de su padre los puso como familia frente a duras pruebas que sortear.

En 9 de Julio y San Martín

“La carnicería ya se había abierto en calle 9 de Julio y San Martín cuando mi padre se enfermó”, relata. Y recuerda que su hermano salió de garante para que pudieran establecer el negocio en ese lugar.

“Era una especie de mercado, en esa época no había muchos, el más conocido era La Estrella”, refiere. Y recordando señala el sector que ocupaba la verdulería, la carnicería, el sector de fiambres y la despensa. “Acá estaban mi papá, mi mamá y mi hermano que trabajaban mucho”, resalta y a pesar de haber transcurrido allí buena parte de su vida, no recuerda el nombre que tenía el negocio que hoy es conocido sencillamente como “la carnicería de Armando”.

“En un momento mi tío Domingo se asoció con mi padre. El se hizo cargo del almacén y la verdulería y más tarde vendió una parte a Eduardo Fierro. Mi padre siempre se quedó con la carnicería”, agrega en un relato cronológico de los hitos que marcan la historia del negocio con 54 años de vida.

Adoptar el oficio

Armando cuenta que cuando a su padre le diagnostican un cáncer de laringe tuvo que renunciar a su puesto en la fábrica en la que trabajaba para acompañarlo. “Pedí permiso una vez para llevarlo a Buenos Aires y me lo dieron, pero a la tercera o cuarta vez que necesité ausentarme el patrón me dijo algo que nunca voy a olvidar: ‘Armando tiene que tomar una decisión, su padre lo necesita y nosotros lo necesitamos a usted’. No dudé ni un minuto y como siempre digo que desde chico me tocó ser grande, al día siguiente renuncié a mi empleo y me quedé con mi padre en la carnicería”.

Tenía 19 años y conocía del oficio todo lo que su padre le había enseñado. “Yo cuando salía de la fábrica me venía a la carnicería y le ayudaba a mi padre no solo a limpiar los pisos sino a limpiar achuras y a despostar carne. Lo único que no hacía era atender al público”.

Recuerda que en aquel tiempo la demanda de la clientela era “muy exigente” porque en su mayoría eran mujeres que sabían mucho de carne porque todos los cortes se cocinaban en las casas. “Siempre observaba a mi papá y lo escuchaba hablar con los clientes. Adopté el oficio de carnicero y no lo dejé nunca más”, sostiene, convencido de que además de vender buena carne, la clave para sostener el negocio es el respeto en el trato con la gente.

Con una mirada retrospectiva agradece que el trabajo le haya dado la posibilidad de ayudar a que su padre tuviera “una enfermedad tranquila”. “El cáncer es algo muy cruel y doloroso y gracias a Dios pudimos acompañarlo y darle todo lo que necesitó”, recalca y comenta que su padre estuvo ocho años enfermo en el Hospital de Clínicas.

“En una ocasión él quiso vender la carnicería y yo le pedí que no lo hiciera. En el momento que él tuvo que instalarse en Buenos Aires para tratar su dolencia yo me quedé al frente”, destaca, y se emociona.

Cada vez que habla de su padre lo define como un hombre que amaba vivir. “Falleció a los 63 años, pero fueron bien vividos”.

“Era un hombre que siempre tenía sentido del humor, y empuje para salir adelante. Cuando yo me quedé en la carnicería al principio la gente no me aceptaba mucho porque estaba acostumbrada a que atendiera él. Además en ese tiempo no me jugaba a favor la edad porque los carniceros por lo general eran hombres de más de 40 años, que hablaban con autoridad, y yo era apenas un pibe”, recuerda y reconoce: “Me fui haciendo y tuve buena escuela”.

Su familia, gran aliada

A la par de su trabajo en la carnicería, Armando conformó su familia. Se casó con Silvia Figueroa, su compañera de toda la vida. Se habían conocido siendo adolescentes. Eran vecinos. Se pusieron de novios cuando ella tenía 13 años y él 16. Se casaron 11 años después, cuando ella tenía 24 y él contaba 27. Están juntos desde entonces y siempre han sido incondicionales. Viven en el barrio Acevedo; tienen cuatro hijos y nietos a los que adoran: “Soledad que es mamá de Teo; Fabrizio, que está en pareja con Julia Argento y tienen a Agostina, Bianca y Regina; Gonzalo que está en pareja con Débora; y Jimena que es soltera y vive sola”.

Valora mucho el apoyo incondicional de la familia. “El abuelo de mi señora ‘el yaya’ me ayudó mucho. Mi suegro Carlos Figueroa también me dio una mano; y mi esposa”.  Y vuelve a ganarle la emoción cuando habla de su mujer y cuenta que pocos días antes de que comenzara la pandemia tuvieron la posibilidad de hacer un viaje a Bariloche. “Ella tiene esclerosis múltiple pero está muy bien y pudimos disfrutar de unos días juntos; casi nos agarra allá la cuarentena”.

Siempre abierto

Reconoce que es alguien a quien le costaría no trabajar. “Solo cerré la carnicería cuando tuve que operarme de una hernia inguinal. Ni siquiera el día que falleció mi padre cerramos las puertas. Fue un 31 de diciembre y teníamos muchos encargos por las fiestas, así que me fui hasta la casa de un gran carnicero, ‘el sordo’ Paterlini para que pudiera atender. Familiares también ayudaron mucho en ese momento”.

A lo largo del camino siempre encontró gente dispuesta a tenderle una mano. Siente por todos una gratitud infinita, entre ellos a sus proveedores que no solo lo abastecen de la materia prima para trabajar sino que le dispensan su confianza. “Qué puedo decir de Fromaget, Oscar Néstor; los chicos que están ahora Eduardo y Roberto que me dan la carne para vender. Gabriel Paterlini, gente a la que le cumplo siempre”.

La mejor recompensa

Esa confianza es seguramente la retribución a tantos años de permanencia en un rubro complejo. “Yo creo que la clave de la permanencia es el respeto por la gente”, afirma. Y prosigue: “Mi carnicería no tiene lujo, siempre fue común. Hay muchas mejores que la mía, pero siempre trabajé con carne buena y traté con buena intención a la gente”.

En la carnicería como en la vida, el secreto para Armando es “trabajar y ponerle horas a la tarea”.

Con sus 67 años rinde culto a eso todos los días. Va y viene en bicicleta de su casa a la carnicería -recorre a diario 100 cuadras- y lo hace con alegría. También se hace tiempo para hacer repartos a domicilio y cuenta para ello con la ayuda de su hermano.

Han pasado por su negocio generaciones de pergaminenses. ”Siempre tuvimos una clientela muy fiel.  Trabajamos mucho con gente del Cruce, de Centenario, no solo del centro de la ciudad. Hoy la situación es compleja, pero hubo épocas en que llegaba y tenía gente en la vereda esperando para comprar. Si uno le pone ganas, es un trabajo eterno”.

Confiesa que su mayor recompensa es sentirse reconocido por la gente. “A mí me cruzan por la calle y me gritan ‘Chau Armando’, nadie me dice que soy un loco. Eso es lo que me voy a llevar”, rescata. Y confiesa que aspira a trabajar hasta los 80 años. Le sobran ganas. Se sabe parte de una familia de comerciantes y trabajadores. Sus tíos y tías, su hermano, cada uno en lo suyo supo que el porvenir se forja de la mano del esfuerzo. Que nada viene dado. “Mi abuelo Camilo tenía una quinta y salía a vender lo que producía. Mi hermano tuvo carnicería en varios lugares y luego se dedicó a preparar milanesas y venderlas en los comercios. Todos hemos rendido culto al trabajo”.

No se imagina haciendo otra cosa. Le gusta su oficio. “Es un honor vivir de mi trabajo, de la dignidad del trabajo”, afirma agradecido sabiendo que su padre estaría contento si lo viera. Cuando recuerda el pasado y mira el presente, algunas cosas están intactas. Otras han cambiado. Su oficio y su familia siguen siendo el pilar. “Sin ellos yo no sería el que soy”, resalta.

“Tengo una vida normal. Disfruto de estar en la carnicería y en mi casa. No soy de ir a clubes ni a bares; acá está mi vida social, donde hablo con la gente, y cuando no estoy trabajando disfruto de preparar el asado para los míos”.

Con los brazos abiertos

Cuando la entrevista termina, se dispone a esperar a sus clientes. Es el horario de la tarde en el que comienzan a llegar. Lo acompañan la radio y la buena conversación. Sabe que aunque hoy hay más equipamiento, la carne se sigue cortando con las manos y lo que exhibe en la heladera es el fruto de esa tarea artesanal aprendida y abrazada hoy, 48 años después, con la pasión del primer día. “Volvería a elegir el oficio que fue mi vida”, concluye.