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Perfiles pergaminenses

Carlos Norberto Dinatale, un apasionado de los “fierros” y de todo lo que emprende en su vida

Carlos se considera un hombre feliz y sobre todo agradecido. (LA OPINION) Carlos se considera un hombre feliz y sobre todo agradecido. (LA OPINION)

Así se define al trazar su Perfil para LA OPINION. Es mecánico desde hace cerca de 50 años, apenas terminó la primaria, y asegura que “la muerte me va a separar del taller”. Esposo de María Teresa, padre de tres hijos y abuelo orgulloso de muchos nietos, divide su tiempo entre varias pasiones: el trabajo, la familia, la bicicleta y sus travesías en moto.


Carlos Norberto Dinatale es una persona apasionada de todo lo que emprende. De palabras simples, ha sabido forjar una vida basada en el trabajo, el esfuerzo y la honestidad. Agradecido de todo lo que posee y puntal de una consolidada familia, Carlos asegura que es feliz.

Su historia comenzó el 24 de diciembre de 1956 en el barrio Acevedo. Hijo de María Haydée Lijoi (ama de casa) y de Carlos Ismael Dinatale (mecánico dentista). Gerardo Rubén Dinatale es su hermano menor.  Durante su infancia su hogar estuvo en calle A, a dos cuadras de la Escuela Nº 8. De ese momento de su vida asegura tener hermosos recuerdos pero uno en particular se cuela en su memoria: “Mi papá tenía un Ford A que lo aprendí a manejar en un descampado cuando apenas tenía cuatro años, primero a upa de él y después solo. Recuerdo que iba parado pero no podía ver nada solo me guiaba por lo que me decía papá. Siempre daba vueltas en ese mismo descampado”, relata Carlos. Ese fue quizás el primer acercamiento con los “fierros”, su gran pasión. “Nací con una llave en la mano”, aclara y volviendo a su infancia cuenta que “cuando era pequeño con un destornillador le desarmaba las sillas a mi mamá y se las volvía a armar, simulando que era el motor de un auto”.

Viviendo a dos cuadras de la Escuela Nº 8, Carlos hizo los primeros dos años de la primaria en dicha institución pero luego, cuando sus padres decidieron mudarse a calle Laprida y Maipú, continuó sus estudios en la Escuela Nº 4 hasta séptimo grado. Aunque no le gustaba mucho estudiar, Carlos sostiene que “hacer los deberes con otros compañeros era fantástico y primaba mucho la vida compartida, eso era muy lindo”.

Su primer trabajo

Poniendo en práctica la independencia económica, al terminar la escuela primaria, con apenas 12 años Carlos le dejó en claro a su padre que le gustaba trabajar. Lo ayudaba en alguna de sus tareas como mecánico dental pero sabía que su gusto no pasaba por esa actividad así que, definiendo su encanto por la mecánica automotriz, le pidió a don Dinatale que hablara con las autoridades de la concesionaria Fiat para que le dieran un espacio en el taller y así aprender el oficio. “Mi papá era muy amigo del gerente de la concesionaria Fiat, le pedí que hablara con él para que pudiera entrar a trabajar allí, no quería que me pagaran, solo aprender. Y así fue, empecé cuando tenía 13 años. Era tanto el entusiasmo que tenía que aprendía rápido. Después de trabajar un mes, y sin esperar sueldo porque ese era el trato, recibí de parte de Marta, la administrativa de la agencia, un sobre con un dinero que me alcanzó para comprarme un pantalón vaquero”, señaló Carlos. Al tercer mes de trabajo como pasante, la concesionaria lo contrató y allí se desempeñó por espacio de dos años. “Al tercer mes de trabajo, con apenas 14 años, era el encargado de hacer los service de los Fiat 600 que estaban en pleno auge”, recuerda el entrevistado.

Luego de trabajar en la agencia Fiat, probó suerte  un año con Anecchini que reparaba la marca Volkswagen para después trabajar con el recordado Jesús Ricardo Iglesias, hasta que decidió independizarse y armar su propio taller en su casa paterna, ubicada en Córdoba entre Guido y San Lorenzo. “A los 18 años, en un garaje descubierto hice una fosa y empecé a trabajar de manera independiente, teniendo siempre como puntal a mis padres que sabían de mi amor por los fierros y me permitieron crecer”, señala. En ese taller permaneció ocho años hasta que se armó otro al lado de su casa familiar, en la que reside hasta estos días, en calle Valentín Potente.

Su vida personal

Al compás de su vida profesional, Carlos empezó a forjar una familia junto a su mujer, María Teresa Colavita. Sobre los inicios del amor cuenta: “A mi mujer la conocí en la Escuela Nº 4, ella era más chica que yo. Nos encontrábamos en los asaltos que se hacían en las casas, bailábamos juntos en las tertulias y nos pusimos de novios. Ya en su fiesta de 15 éramos novios”. A los 22 años se casaron en la Parroquia San Roque, a los nueve meses nació su primer hijo y tres años más tarde, mellizos.

Carlos Gabriel Dinatale, de 40 años es el primogénito del matrimonio, de profesión cardiólogo infantil, tiene un hijo de 19 años: Valentino. En la actualidad está en pareja con Erica Parra (médica) y ambos son padres de Isabella, de 3 años.

María Verónica tiene 38 años, es profesora de matemáticas y está casada con Ezequiel Convers (director del Conservatorio). Tienen un niño llamado Jeremías de casi 3 años.

Juan Pablo, de 38 años, tiene un comercio de repuestos; está casado con Vanesa Español y ambos son papás de Gianfranco, de 7 años y Juan Manuel, de 4 años.

Luchando mano a mano y codo a codo, Carlos y María Teresa forjaron una ejemplar vida familiar aunque atravesaron momentos “duros”, según Carlos relata: “Le dedicaba muchas horas al taller mecánico, siempre amé el trabajo pero debía dedicarle tiempo porque era el jefe de familia y quería procurar un buen pasar a mi mujer y a mis hijos”.

La etapa de corredor

Ya con sus hijos crecidos, Carlos decidió poner en práctica otra gran pasión: correr en autos. A los 40 años comenzó con el karting durante cuatro años, en todos ellos salió campeón. Después se dedicó al TC zonal durante cinco años. Y en la actualidad goza de ir a ver Turismo Carretera pero al momento de elegir una marca de autos asegura que no es fanático de ninguna.

Su taller, su pasión

Como buen apasionado de lo que hace, Carlos continúa trabajando en su taller mecánico emplazado en avenida Ameghino al 1500. Asegurando que “la muerte me va a separar del taller”, Carlos pasa gran parte de las horas de sus días trabajando, ayudado en algunas oportunidades por Guillermo Cortázar.

La mecánica es una actividad amplia pero Carlos, después de tantos años de labor, ha encontrado su metié: “Hago de todo pero lo que más me gusta es la parte del motor”. Al igual que otros oficios y profesiones, la mecánica ha sufrido significativos cambios: “El oficio ha cambiado mucho pero sobre todo la diferencia radica en que ahora hay muchas herramientas de precisión” y a modo de ejemplo cuenta que “ahora existen los ‘saca cajas’ pero antes todo era casi manual, yo le puse mucho el cuerpo al oficio”. Afirmando que es necesario actualizarse permanentemente, Carlos ve en la mecánica actual un desafío constante ya que “ahora hay que investigar y experimentar muchas cosas”.

Revolviendo en el cajón de las anécdotas se encontró con un trabajo que, como se dice popularmente, “le sacó canas verdes”: en un taller de  Manuel Ocampo tuvo que desarmar un tractor para hacer la parte del diferencial; “en ese momento trabajaba solo y tuve que sacarle la cabina, partirle la parte del embrague al final del motor, sacar la caja y el diferencial, todo solo con un aparejo a cadena. Renegué muchísimo”, recuerda.

Así como hubo trabajos memorables por lo dificultosos, los hubo por lo satisfactorios y en este sentido se le viene a la memoria el primer motor que armó, cuando era un adolescente: “Tenía 40 grados de fiebre cuando armé el motor de un Fiat 600 que pertenecía a Eldo Marmarusso. Mi papá me tuvo que ayudar a ponerlo en el auto porque no podía ni caminar de la fiebre y cuando le di media vuelta de llave el auto quedó en marcha, eso fue muy satisfactorio, mi primer motor es inolvidable”, expresa.

Por salud y por placer

Por un problema en la rodilla, Carlos se subió a la bici y nunca más se bajó, a tal punto que se entrena para hacer la rigurosa prueba del Río Pinto cada año. Además formó parte del grupo de ciclistas “Los Pechitos Azules”. “Cuando era adolescente corrí en moto, me caí, me operaron de la rodilla, me sacaron los dos meniscos y se me formó artrosis. Por una cuestión de salud agarré la bicicleta y hace 18 años que practico este deporte. Participo de las carreras de Río Pinto aunque no lo hago competitivamente sino para hacer el recorrido y llegar”, señaló Carlos y afirma que le gusta mucho andar en bicicleta, por lo que los lunes, miércoles  y jueves se va a El Panorámico para redondear 25 kilómetros, mientras que los sábados hace entre 90 y 100 kilómetros en diferentes caminos.

La moto, su preferida

La bicicleta no es el único vehículo de dos ruedas que a Carlos le gusta, más bien su preferencia está en la moto. Con ella tuvo la oportunidad de conocer no solo lugares de nuestro territorio nacional sino otros países como Chile y Perú. Su compañera de ruta por estos años es una Yamaha SuperTenere 1200. “Me fui con dos amigos, Walter Miguel y José Capeans, a Machu Picchu; hicimos en total 7.500 kilómetros”. En Argentina recorrió Córdoba, Mendoza, San Luis, Salta, Jujuy. “Me gusta mucho andar, viajar, también con mi esposa pero en auto porque ella le tiene un poco de miedo a la moto”, agrega.

Interrogado sobre qué tipo de vehículo le complace más, Carlos sin titubear afirma que es la moto. “Mi pasión es la moto. Vayas donde vayas, el viajar en moto no tiene comparación, es como abrazar la naturaleza por eso a la moto no la cambio por nada”, expresa Carlos.

Sus días hoy

Los días de Carlos transcurren entre su hogar, su taller, su bici y el fin de semana es el tiempo elegido para reunir a su numerosa familia. “Tengo una quinta en Fontezuela y cada fin de semana saco a pasear a mis nietos por el campo en cuatriciclo”, cuenta y aclara que juega con sus nietos privilegiando la Naturaleza. Esto denota que, además, Carlos es apasionado por el aire libre y sobre todo del paisaje de montaña, específicamente el del norte del país donde no solo se ve la Naturaleza en estado puro sino que además permite poner todo en un marco de referencia: “La realidad de muchos pueblerinos que te hace ver lo bendecido que uno es por todo lo que tiene”, entiende Carlos.

Puntal de su familia

Carlos se autoproclama un hombre de fe: “Soy devoto de la Virgen de Luján, de la Virgen del Rosario de San Nicolás, de la Virgen del Cerro de Salta y creo mucho en Dios. He hecho muchas promesas y se me han cumplido”.

El ser un hombre apasionado es la definición que mejor le cabe a Carlos. Respaldando esta idea, asegura: “Me gusta mucho lo que hago, lo que tengo, soy empático con mi alrededor y tengo como todos recaídas pero trato de ser sostén y puntal en mi familia”.

En el tintero no le queda nada por hacer, “solo vivir, seguir trabajando que es lo que siempre amé, disfrutar de mi familia y hacer lo que Dios me permita”.

Se considera un hombre feliz y sobre todo agradecido por lo que Dios le regaló. Reconoce que en muchas oportunidades la suerte lo acompaña pero convencido afirma que  la busca poniendo en práctica los valores que primaron en su vida y que supo tan bien inculcar a los suyos: trabajo, responsabilidad y honestidad.