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Perfiles pergaminenses

Carlos Ziehm, una trayectoria laboral ligada a la historia misma de la ciudad

Carlos Ziehm, en la intimidad de su hogar, hizo un recorrido por su historia de vida. (LA OPINION) Carlos Ziehm, en la intimidad de su hogar, hizo un recorrido por su historia de vida. (LA OPINION)

Durante 40 años fue empleado de la emblemática Ferretería Francesa, un comercio en el que abrazó la pasión por la atención al público. Más tarde fue cobrador de un comedor y del Tiro Federal, entidad con la que colaboró hasta hace un tiempo en que llegó la hora de cosechar la siembra de tantos años de esfuerzo, para descansar rodeado del amor de los suyos.


Carlos Alberto Ziehm, con 84 años, es un pergaminense por adopción que hizo propia esta ciudad cuando siendo un adolescente, en el año 1952, se vino de La Carlota provincia de Córdoba, a vivir a casa de un hermano de su padre, cuando éste ya había fallecido. Lo hizo junto a una de sus hermanas en una decisión que lo confrontó con muchos aprendizajes. De algún modo, la llegada a la ciudad inauguró un capítulo de la vida signado por el trabajo y la posibilidad de ir abriéndose puertas en una geografía que no le era familiar. Su madre y sus otros hermanos habían quedado en la provincia mediterránea, por lo que fueron su juventud y sus ganas las que le marcaron el camino.

En el inicio de la charla los recuerdos hacen referencia a su infancia compartida con la familia integrada por su madre Catalina; su padre Alfonso y sus hermanos- él es el segundo de cinco-. Luego, el relato se concentra en su llegada a Pergamino, una decisión que cambió su destino y lo transformó en un vecino más de este lugar.

Apenas se estableció la tarea que se propuso fue comenzar a conocer la ciudad y para ello cada mañana acompañaba a un sobrino de su tía que era verdulero a repartir con una jardinera. Así inició su recorrido por calles y lugares que tiene guardados en su memoria. “Era un Pergamino completamente distinto al de hoy, con muchas calles de tierra, algo así como un pueblo grande”, relata, en una apreciación que aparece en la charla como una postal.

Más tarde entró a trabajar en un almacén en calle Laprida y España. “Cuando Don Escabosa me despidió, conseguí trabajo con un repartidor de kerosene”, cuenta. Por entonces vivía en calle Marcelino Ugarte frente a la Cooperativa Eléctrica y su empleo quedaba en calle Monteagudo así que cuatro veces al día, en coincidencia con su horario laboral, atravesaba toda la ciudad. “Me iba a pie y aprovechaba ese tiempo para conocer Pergamino”, refiere.

La ferretería

Aunque tuvo la posibilidad de entrar al Ferrocarril no se imaginaba siendo ferroviario. “Un amigo de mi tío Nicolás llamado Domingo Di Santo que era ferroviario me quiso hacer entrar, pero a mí no me gustaba a pesar de que mi padre había sido trabajador ferroviario en alguna época, así que le agradecí”, menciona.

Siguió buscando su camino en lo que le gustaba: el comercio. “Esa misma persona fue la que me recomendó en la Ferretería Francesa y fue así que siendo aún menor de edad comencé a realizar algunas tareas en ese emblemático comercio de la ciudad que funcionaba sobre la Avenida”, señala.

Poder contar con su libreta de trabajo le demandó viajar a Córdoba para hacer su cédula de identidad y esperar a tener la edad indicada. Mientras tanto se dedicó a otras tareas, se fue con una tía a Salto donde vivió unos meses y cuando todo estuvo en regla lo llamaron para que se incorporara formalmente como empleado de la ferretería. Al principio fue cadete y siempre se mostró dispuesto a realizar todo tipo de trabajos desde “hacer mandados, limpiar y hacer repartos en bicicleta”. Gracias a su dedicación y responsabilidad pronto llegó el momento de estar detrás del mostrador, abrazando una actividad que lo colmó de satisfacciones: la atención al público.

Ser vendedor

Carlos asegura que fue gracias a la actividad de la ferretería que aprendió a “ser vendedor”. Y agrega: “Era un emporio la ferretería, no había demasiados comercios del rubro en esa época y toda la actividad comercial de la ciudad era floreciente. La ferretería funcionaba donde hoy hay un negocio de artículos de plástico; en esa cuadra también estaba el correo; el Bazar Colón; la zapatería Miguel, Casa Neira, ‘La Blanco y Negro’ y en la esquina Garrote. También estaban la Optica Martín y ‘La Uruguaya’”.

Para realizar su trabajo siempre fue muy cuidadoso del trato con la gente y en el rubro se valió de algunos conocimientos que traía de su historia familiar: “Mi padre había sido hojalatero, relojero y ferroviario. En mi casa había muchas herramientas y repuestos de todo tipo, reparaba faroles y todo lo que le traían para componer. Así que yo crecí rodeado de muchos de los elementos que hay en una ferretería. Me resultaba familiar. De hecho de chico yo mismo me fabricaba los autitos de carrera”.

Sus 400 años de trabajo en aquel referencial comercio de Pergamino marcaron su historia laboral. Estuvo en ese negocio hasta que cerró sus puertas. “Para ese entonces ya funcionábamos en la esquina de Merced y Avenida”, añade. Y reconoce que aunque le significó un cambio enorme, asegura que “nunca le faltó el trabajo”. 

“Un sobrino tenía una fábrica de pinceles, así que empecé a trabajar ahí. Estuve cuatro años, hasta que cuando empezaron a entrar los pinceles chinos la actividad decayó y dejé”.

Recomendado por su amigo Campaño, que trabajaba en el correo, tuvo la posibilidad de entrar a trabajar en la ferretería de Victorino Bas. “Estuve un tiempo allí, pero no me hallé, porque la actividad había cambiado mucho, todo se manejaba a través de la computadora, algo que yo no manejo, y me la pasaba teniendo que molestar a mis compañeros pidiéndoles que me indicaran los códigos de cada producto. En mi trabajo anterior yo estiraba la mano y sacaba del cajón la herramienta que necesitaba, todo lo conocía de memoria. Me fui, muy agradecido por la posibilidad que me habían dado”, sostiene.

Las cobranzas y el “Tiro”

Al retirarse de esa ferretería también muy representativa entre los comercios del rubro, se inició para Carlos una nueva etapa. “Tomé una cobranza del comedor ‘La Gospa’, una actividad que nunca había realizado”, menciona. Ese desafío casi sin querer lo condujo al que fue su próximo empleo: el Tiro Federal.

“Un día fui a cobrar a la casa de una señora muy buena que siempre me esperaba con un vaso de agua fresca o una gaseosa. En una oportunidad me comentó que su hijo estaba en el Tiro Federal y que necesitaban un cobrador. Me reuní con él y con las autoridades, resultó que el presidente me conocía de la Ferretería Francesa, así que me tomaron. Empecé a cobrar, tenían una cartera de 400 socios. Y después fui sumando otras actividades: me convocaron para realizar la limpieza y más tarde me propusieron hacerme cargo de la atención de los socios porque el encargado de la oficina se iba. Trabajé 15 años colaborando con esa entidad de la que tengo muy buenos recuerdos”, relata. Y comenta que su rutina era ir los sábados y domingos en el horario de funcionamiento del Tiro Federal.

“Hoy ya no estoy en actividad, hace tiempo tuve un accidente, me quebré el tobillo, así que me reemplazó mi hija, que es secretaria allí, y más tarde también mi yerno se vinculó con la entidad y yo ya me fui retirando por mi edad”, agrega, en una charla rica en vivencias.

El mundo de sus afectos

Hoy sus días transcurren en la intimidad de su hogar. Hace un año perdió a su esposa, Nélida Marmarusso, con quien compartió gran parte de su vida. “Ella se dializaba y en tres días un virus me la llevó”, cuenta con la emoción de quien lamenta tremendamente esa pérdida.

Se habían conocido en el barrio. “Mi esposa era separada y visitaba a una de mis tías que nos hizo de ‘Celestina’. Además había sido compañera de trabajo de mi hermana Nora en el taller de Raies, así que solía ir a casa. Estuvimos un tiempo de novios y luego comenzamos a convivir y cuando el que había sido su esposo murió, nos casamos. Estuvimos 53 años juntos”, relata.

Fruto de ese amor tuvieron una hija, Karina del Luján, casada con Jorge Salvador. “Mi familia es todo. Tengo dos nietas, Carla, en pareja con Ezequiel; y Johana que está de novia con Eduardo”, menciona este hombre al que le gusta estar en su casa rodeado de sus afectos más entrañables.

También le gusta andar en su moto y salir a hacer los mandados, recorriendo la ciudad como lo hacía cuando llegó aquí y se valió de “ese andar por todos lados” para apropiarse de espacios y lugares que hizo suyos. “Tengo vecinos muy buenos que cada vez que me ven entrar y salir de mi casa me saludan como si fuera un triunfador”, refiere, valorando el cariño que seguramente es la recompensa de una manera de ser.

“Me encanta Pergamino”, sostiene, y recuerda un día que llevó a una de sus nietas a dar una vuelta en moto por la ciudad y la entonces niña descubrió que a su abuelo todo el mundo lo saludaba: “Ibamos por distintos lugares, la gente pasaba y me decían ‘Chau flaco’; ‘Chau Ferretería Francesa’. Llegamos a una plaza, había un perro que se me acercó y con toda su inocencia mi nieta me dijo: ‘Abuelo, hasta el perro te conoce’. Esa es la satisfacción que queda de tantos años dedicados al comercio, el buen trato y el agradecimiento de la gente”.

Hoy, que ya no trabaja, disfruta de cosechar esa siembra y se muestra agradecido. Pasa su tiempo rodeado del amor de su familia. Su hija, su yerno, sus nietas, sus hermanos Nora y Guillermo que viven aquí; y Graciela que vive en La Plata; las sobrinas que siempre lo llaman por teléfono. También teniendo siempre presente en la memoria a su esposa; a sus hermanas Elena y Sara; a sus padres y a varios de sus amigos inolvidables.

Sabe que esta ciudad le dio “una buena vida” y la vive agradecido, sin asignaturas pendientes, aceptando con serenidad el paso del tiempo, tomando lo mejor que le ofrece cada día y brindándoles a los demás lo mejor de sí.