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Perfiles pergaminenses

Claudia Piai, una mujer comprometida con la educación, a través del trabajo social

Claudia Piai, hizo un recorrido por su historia de vida. (CLAUDIA PIAI) Claudia Piai, hizo un recorrido por su historia de vida. (CLAUDIA PIAI)

Desplegó su carrera en el Equipo de Orientación Escolar de la Escuela N°11 y en el Colegio Marista. Acaba de jubilarse, aunque sabe que nunca se abandona del todo una profesión tan arraigada a la realidad. Posee una profunda vocación y la sensibilidad intacta. Está desandando el camino llena de gratificaciones para dar paso a una nueva etapa de la vida.


Claudia del Luján Piai tiene 55 años y acaba de jubilarse, dejando atrás un capítulo importante de su vida, marcado por una rica trayectoria en la que confluyeron sus dos profesiones: la docencia y el trabajo social. Hasta el jueves integró los Equipos de Orientación Escolar de la Escuela N° 11 del barrio Otero y del Colegio San José de los Hermanos Maristas. Nunca imaginó que su retiro la iba a encontrar transitando sus últimos días de trabajo en el contexto de una cuarentena obligatoria. Sin embargo, eso no le impidió vivir intensamente las últimas jornadas respetando las pautas de distanciamiento social, pero conectada a sus pares, a sus alumnos y sus familias y a la realidad comunitaria. Asegura que fue una interacción “nueva” y “nutritiva”.  Emocionada habla de las demostraciones de afecto que le brindaron a través de plataformas virtuales que confiesa está aprendiendo a utilizar. Son las mismas que sirven para la realización de la entrevista en la que traza su Perfil Pergaminense. Tiene la sensibilidad de las personas que han elegido “ponerle el cuerpo” a la tarea que realizan con profundo compromiso. No concibe la docencia sin esa impronta y mucho menos el ejercicio de su rol como trabajadora social.

Nació en el barrio Acevedo, donde transitó su infancia. Su papá, Armando “Nino” Piai fue ferroviario; y su mamá Nélida Costa, tuvo una mercería. Tiene una hermana mayor, Graciela.  Fue a la Escuela N° 4, de la que guarda los más entrañables recuerdos. “Fueron unos años hermosos, conservo amistades de mi niñez y a los 50 años nos reencontramos con compañeros de promoción con los que retomamos desde entonces la costumbre de vernos con cierta frecuencia”. Menciona a sus “amigas de siempre” Alejandra Rael, Cecilia Betelli y Martía Anzoategui. 

Hizo el secundario en el Colegio Comercial, donde también cosechó una innumerable cantidad de amigos.

Una experiencia difícil

Siendo adolescente tuvo un problema de salud que la obligó a someterse a una intervención quirúrgica compleja que le supuso además una larga recuperación. Relata que fue una experiencia difícil de transitar, pero de la que pudo rescatar “lo positivo”.

“Estaba imposibilitada de moverme, pero mi cabeza estaba bien, así que fue bastante duro. Sin embargo, con una mirada retrospectiva observo que allí conocí a mi amiga del alma, Alicia Merino, que vive en Cipolletti. Nos internaron el mismo día y establecimos un vínculo muy lindo que mantenemos desde entonces”.

También en ese tiempo de algún modo consolidó la certeza de su vocación por la comunicación social, cuando llegó a sus manos un ejemplar de la Revista Humor. “Estábamos en dictadura y leer los contenidos de esa publicación descubrí que había otra realidad distinta de la que nos contaban los medios tradicionales de ese momento. Me rompió la cabeza”, afirma. Y confiesa que su deseo era estudiar periodismo. No pudo hacerlo por cuestiones familiares, y fue así que “ese sueño quedó trunco”.

Supo que cualquier camino profesional que tomara iba a tener que ver con lo humanístico. Y fue así que optó por seguir la carrera docente. Estudió en el Instituto de Formación Docente y Técnica N°5 y cuando allí mismo se abrió la carrera de Trabajo Social no dudó un instante en inscribirse. Es egresada de la segunda promoción.

El desarrollo profesional

Como maestra de grado solo hizo algunas suplencias en sus comienzos. El resto de su carrera estuvo abocada al trabajo social en el ámbito educativo.

También tuvo una experiencia de trabajo en el Municipio. “Durante la gestión de Alcides Sequeiro, publicaron un aviso que tomaban asistentes sociales y enfermeras. Me presenté y tuve la suerte de entrar a trabajar en el Centro Comunitario de Villa San José. Fueron años de una tarea intensa y profundo aprendizaje”, comenta.

Ya trabajando en la Dirección General de Escuelas, en la Dirección de Psicología, sus primeras experiencias fueron en la Escuela Nº 22 y en un centro de adultos.

“En marzo de 1993 ingresé en la Escuela N° 11 del barrio Otero en lo que hoy se llama la Modalidad de Psicología Comunitaria y Pedagogía Social”, refiere. Y agrega: “Fueron 26 años de trabajo ininterrumpido en esa escuela y en la comunidad del barrio porque como se trataba de un establecimiento educativo chico, algunos días trabajábamos en la escuela, y otros en la secundaria N° 17 y en el Jardín N°918”.

“Es una comunidad muy tranquila y muy comprometida. Fue una experiencia muy rica”, resalta. Confiesa que le cuesta hablar en pasado de su tarea. Conoce el barrio Otero como la palma de su mano y siente un profundo respeto por la gente que allí vive. “Es muy emocionante ver cómo la comunidad se va fortaleciendo, cómo van creciendo las familias. Varios de los chicos que hoy están en la escuela son hijos e incluso nietos de los que alguna vez fueron alumnos”.

El Colegio Marista

Su llegada al Marista se dio hace poco más de 13 años. Sus hijos estudiaban en ese establecimiento y nunca imaginó trabajar allí como parte del equipo de orientación del nivel primario. “Yo era una mamá del colegio y fue de la mano de Marita Rolandelli, una de las mejores amigas que me dejó la docencia, que tuve la oportunidad de vivir estos años maravillosos y de enorme crecimiento profesional”.

“Se produjo una vacante para una suplencia, la tomé con mucho miedo porque no sabía lo que podía implicar trabajar en un colegio privado”, reconoce. Esos meses se transformaron en 13 años. 

“Una cruza la avenida Juan Manuel de Rosas y es una realidad totalmente distinta”, afirma y aunque se define como “una defensora de la escuela pública”, asegura que “fue una bendición trabajar en el Colegio San José de los Hermanos Maristas”.

“Es una comunidad muy proactiva que ofrece a los docentes mucho trabajo en equipo y actividades de crecimiento personal”, afirma describiendo un trabajo que en todas las instituciones de las que fue parte le supuso una tarea con alumnos, docentes y familias que resulta un eslabón clave no solo para el proceso de enseñanza aprendizaje sino para el desarrollo integral de los niños.

“En la docencia he conocido a personas muy valiosas. Podría mencionar a muchas docentes, pero me olvidaría de otras y sería imperdonable. Personas a las que admiré, muy sabias y humanas, tanto en la escuela pública como privada. Pero alguien a quien quiero nombrar es a Daniela Biglieri, con quien trabajé junto a Marita Rolandelli formando un gran equipo, y que falleció hace cuatro años”.

“También quiero mencionar a una compañera marista de México, Angela Garcés, a quien tuve la fortuna de conocer hace tiempo en la docencia”, agrega.

Confiesa que la jubilación fue una decisión meditada, consecuencia de un proceso de elaboración personal para iniciar una nueva etapa. “Una cumplió un ciclo y hay que dar paso a otros”, sostiene, mencionando que colaboró con la etapa de conformación del Colegio de Trabajadores Sociales, un hito institucional que jerarquizó esa profesión.

Su principal construcción

Es una mujer que siempre supo compatibilizar los tiempos del trabajo y la familia: “Yo estoy separada desde hace muchos años. Tengo dos hijos, Milagros (26) que es contadora pública y vive conmigo; y Pablo (23) que está en su último año de la carrera de Ingeniería Agronómica en la Universidad Nacional de Rosario. Ambos crecieron viendo a una mamá que le puso mucho entusiasmo y empeño a su trabajo”.

Habla con profundo orgullo de sus hijos, a quienes define como “dos soles” y celebra que cada uno haya elegido su camino profesional y apostado al estudio para construir su futuro. Sin dudas su familia representa su principal construcción. “Soy la última generación de los abuelos inmigrantes, esos que nos enseñaron los valores de la familia y el trabajo. Estoy nutrida de eso”, resalta y señala que son una familia “extensa y muy unida”.

“A mis abuelos paternos siento nostalgia de no haberlos tenido un tiempo más para preguntarles tantas cosas. Ellos llegaron de Italia, de la zona del Véneto. Mi abuelo materno llegó de Ibiza, era un catalán que vino a ‘hacer la América’ y con mucho esfuerzo logró tener un pedacito de campo. Mi abuela María era criolla, un ejemplo de familia, muy dulce aunque dueña de un carácter determinado. Es nuestra ídola por los valores que nos inculcó”, relata y agrega que en su familia la relación de primos es “entrañable”.

El futuro y los proyectos

Movilizada por la jubilación, Claudia reflexiona sobre lo que implica este momento personal y asegura que en sus planes está poder descansar, viajar, ver teatro, escuchar música, leer mucho y aminorar un ritmo que durante muchos años “ha sido intenso”.

“Soy una apasionada de las manifestaciones del carnaval, tengo pendiente como sueño ir al de Venecia. He pensado por qué me gustan tanto estas fiestas, entiendo que quizás es porque algo de lo social se juega ahí, representan un evento en el que por unos días todas las personas se mezclan y eso las iguala”. Es “fan” de la murga Agarrate Catalina “a la que tuve la posibilidad de ver varias veces”, cuenta. Le gusta el contacto con la gente. Cuando viaja lo hace atenta a descubrir esas “micro realidades” que esconden la esencia de una cultura. 

Lleva en la sangre su profesión y sabe que nunca se deja de ser docente ni trabajador social. Hay un compromiso con el otro y con la realidad que permanecen intactos.

“En este tiempo de pandemia, si bien no fuimos a la escuela desarrollamos un trabajo muy intenso, hicimos una red de contención de las familias y surgieron muchas necesidades. Eso no termina con la jubilación”. Lo que sucederá es que se relajarán horarios y se habilitarán espacios para inaugurar nuevos proyectos. Pero el vínculo afectivo con tantas familias y la mirada sensible sobre sus realidades permanece y seguirá siendo parte de la vida de Claudia con la forma que seguramente ella encontrará para “sostener”, no haciendo asistencialismo, sino transformando la realidad individual y colectiva con las herramientas de la escucha atenta y la intervención adecuada. “No me voy a poder separar de algunas historias; uno queda afectivamente ligada a las familias”, admite. Y lo celebra. Le preocupa la violencia de género y considera que desde el inicio de su actividad profesional hasta el presente ha cambiado mucho la problemática: “Desde la ley de los derechos de los niños hubo avances y también se visibilizaron problemáticas que antes quedaban confinadas al seno familiar. Pero creció la violencia y la intolerancia”.

Sabe que elegiría el mismo camino. “Hubo desánimos y frustraciones, pero también enormes gratificaciones”.

“Volvería a elegir esta carrera, que tal vez como el periodismo, también permite narrar la realidad, pero involucrándose en ella”, concluye satisfecha del camino recorrido.