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Clotilde Royero de Moschetti: una luchadora capaz de sobreponerse a irreparables pérdidas

“Titina”, abrió las puertas de su casa para dialogar con LA OPINION. (LA OPINION) “Titina”, abrió las puertas de su casa para dialogar con LA OPINION. (LA OPINION)

Todo el mundo la conoce como “Titina”. Su familia es el pilar de su vida y siempre trabajó a la par de su esposo por el progreso de los suyos. Hace 18 años la muerte le arrebató a uno de sus hijos y por sus otros dos y sus nietas, logró salir adelante y aprendió con templanza a convivir con la ausencia. Solidaria y comprometida tiene valores muchas veces olvidados.


Clotilde Leonor Royero es conocida por todos por su apodo: “Titina”. Nació hace 72 años el 20 de agosto de 1947 en Peyrano. Hija de Hilda Rodríguez y Agustín Royero y hermana de Ricardo Omar que falleció a los 32 años a causa de una aplasia medular. Su infancia transcurrió en Peyrano y guarda de su niñez los más lindos recuerdos. En el comienzo de la charla habla de su abuelos maternos, Fernanda Gutiérrez y Silvano Rodríguez, que según cuenta le dieron “todos los gustos habidos y por haber”. Confiesa que siempre se sintió muy querida. Sus abuelos paternos eran italianos, se conocieron en el barco, se enamoraron y se establecieron en Pergamino. “Los veníamos a visitar, pero mi abuela tenía Alzheimer y en un momento no conocía a nadie, ni siquiera a mi papá. Solo sonreía. La recuerdo con mucha ternura.

“Ser niño era muy lindo, crecí en un pueblo lindo y en un tiempo donde todos éramos amigos y compañeros. Ibamos caminando a la escuela porque todos, sacando alguno del campo, vivíamos cerca”.

Cuenta que fue la primera escolta en el colegio al que asistía junto a un compañero que fue el abanderado y Eva Peralta que fue la segunda escolta. “Pasamos épocas muy lindas. Todo era armonía y no había el peligro que hay hoy ni la picardía. Era lindo ser chico, jugábamos a hacer tortitas de barro, algo que los niños de hoy desconocen”.

Comparte muchas de esas vivencias con sus nietas y vuelve a ser un poco niña cuando las recrea. “Un día que mis nietas se quedaron en vacaciones les hice barro y las invité a que probaran jugar como jugaba yo bajo el compromiso de bañarlas luego porque se iban a ensuciar todas. Lo disfrutaron mucho”.

Su adolescencia también transcurrió en Peyrano, donde conoció a Ernesto Domingo Moschetti, “Mingo”, con quien se casó el 7 de abril de 1967. “Lo conocí cuando tenía 16 años y a los 19 me casé. El tenía 22 años en ese momento y trabajaba en Mar del Plata como encargado de una pizzería, así que nos comunicábamos por carta y nos veíamos rara vez. Tal es así que por carta pusimos fecha de casamiento y cuando llegó la boda hacía cuatro meses que no nos veíamos.

“‘Mingo’ era de Pergamino, pero la boda fue en Peyrano”, refiere y comenta que se conocieron gracias a que los padres de ambos se conocían desde siempre. Recuerda que él jugaba al fútbol en Douglas Haig cuando se pusieron de novios y abandonó para poder viajar a verla.

“Me casé de blanco, por Civil y por Iglesia, pero había fallecido un tío así que fiesta no hicimos, fue solo una reunión familiar en casa de una tía que tenía un restaurante en el pueblo. Mi madrina de casamiento fue mi madrina de bautismo”.

En Mar del Plata

Ya casada se mudó con su esposo a Mar del Plata. Allí estuvieron cuatro años y hasta habían comprado una casa. Pero algunas complicaciones con su primer embarazo, hicieron que regresaran  temporariamente a Peyrano hasta que nació Gabriel, su hijo mayor, que hoy tiene 50 años, vive en Junín y está casado con María José Alonso, con quien tienen a  María Paz (15) y Alma (13).

“Después que nació Gabriel estuvimos un tiempo en Peyrano hasta que el médico me dijo que ya todo estaba bien. Ahí tomamos la decisión de regresar a Mar del Plata, donde estuvimos dos años más. Transcurrido ese tiempo vendimos nuestra casa allá y nos radicamos en Pergamino”.

La llegada a Pergamino

“Cuando nos vinimos mi esposo era el encargado de la pizzería y yo cajera, trabajamos a la par y con el dinero que habíamos ganado pudimos comprarnos el terreno en Pergamino para comenzar a levantar nuestra casa en el barrio John Kennedy”.

Establecidos aquí vivieron un tiempo con su suegra, María Elena Nápoli. “Ella siempre nos ayudó, de hecho no quiso que nos mudáramos hasta que la casa no estuviera terminada. Nos quedamos con ella en una quinta. Habíamos pensado vivir con ella tres meses y nos quedamos tres años. Con ella siempre nos llevamos maravillosamente bien. Era como una madre para mí, me enseñó a cocinar y aprendí muchas cosas de ella”.

Su esposo comenzó a trabajar en Lucini. “El tenía tres posibilidades: Lucini, la Cooperativa Eléctrica y Linotex. Optó por Lucini porque quedaba cerca de casa.

“Yo entré a trabajar en la fábrica Annan y con el esfuerzo de ambos logramos levantar nuestro hogar más rápido. En Annan era revisadora, trabajé dos años y medio hasta que quedé embarazada de Mauricio. Ahí dejé y solo fui ama de casa”.

Su marido continuó trabajando en Lucini hasta que la fábrica cerró y después hizo un montón de cosas siempre con el afán de mantener a su familia y salir adelante. Así fue como trabajó en Cherta, hasta que lo despidieron,.

“‘Mingo’ es un excelente compañero, padre y esposo, nunca nos hizo faltar nada y nos dio el mayor amor que nos pudo haber dado. Es una gran persona”, expresa, hablando de su compañero.

Seis años después de Mauricio nació Leandro, que hoy tiene 40 años. “Ser mamá de tres varones es una tarea hermosa, que requiere dedicación pero que fue siempre muy reconfortante”.

El minimercado

Durante 25 años junto a su esposo instalaron en su casa un minimercado. La iniciativa fue producto del difícil momento que pasaban cuando su esposo había perdido el empleo. “Rcuerdo que en esa época mis padres estaban internados en estado delicado y un día ‘Mingo’ llegó con una cara de mucha preocupación. Pensé que les había pasado algo a ellos. No, era que lo habían despedido. Entonces le dije: ‘¿Ese es todo el problema? Tenemos dos manos, dos piernas y somos jóvenes. Vamos a salir adelante’.

“Así nació el negocio en nuestra casa. Le compramos las cosas al señor de un almacén del que siempre habíamos sido clientes y que nos ofreció todo lo que necesitábamos para armarlo: balanza, estanterías, mostrador. El señor venía con su bastón y se sentaba en una silla a ver cómo progresábamos cada día”.

Todo el barrio les respondió y el negocio comenzó a crecer. Primero se mudaron a una parte del garaje y con el tiempo debieron agrandar el salón y tener más espacio. Por una cuestión de cercanía, los estudiantes de la Escuela Agrotécnica iban al mediodía a comprar lo que necesitaban para almorzar.

“Eran como 50, compraban el pan, el fiambre y se quedaban a comer en el jardín o en el patio. ‘Mingo’ les pesaba el fiambre, el pan y les daba una tabla y el cuchillo para que ellos se prepararan sus propios sándwiches”.

“Titina” fue muy querida por todos. En los ratos libres se dedicaba a amasar pizzas, pastas y a preparar fuentes de mayonesa y empanadas. “A la hora de la siesta me ponía el ventilador en la cocina de casa y me dedicaba a cocinar para brindarles a nuestros clientes lo mejor”.

El negocio permaneció abierto hasta que “llegaron los años” y el cansancio por tanto sacrificio. La situación económica y el tener a sus hijos encaminados, les permitió cerrar las puertas y descansar.

“Tengo una artrosis generalizada, una prótesis en una de mis piernas y debería operarme de columna”, menciona esta mujer que ya no trabaja, pero que se mantiene activa abocada al cuidado de su casa y al disfrute de sus nietas.

Una pérdida irreparable

Habla con orgullo de sus hijos. “Leandro tiene 40 años, es soltero, ingeniero agrónomo y tiene su propia empresa en el Parque Industrial. Además es el presidente del Club Douglas Haig. Es un chico adorable, que siempre está dispuesto a ocupar a los chicos más humildes del barrio para que progresen. Estoy muy orgullosa de él”.

“Gabriel vive en Junín con su esposa y sus hijas. Le ha ido muy bien en su actividad comercial y ha conseguido progresar gracias a su dedicación y esfuerzo. Siempre fue muy independiente y compañero. Recuerdo que estudiaba en Rancagua y al regresar del colegio como yo me había operado, me ayudaba con todo. A la tarde se iba a trabajar al Bazar las Novedades y luego a entrenar en Douglas Haig y a practicar yudo con Penna”.

Afirma con profunda emoción que sus hijos siempre fueron muy compañeros. Y se nubla su mirada cuando habla de Mauricio, su hijo del medio que hoy tendría 46 años. La muerte se lo arrebató un 18 de noviembre hace 18 años, cuando apenas tenía 28. “Qué puedo decir de él. Era un ser extraordinario, generoso, solidario, alegre. Estudió en la escuela Nº 2, después en la Enet N° 2, y más tarde en el Industrial donde se formó en su oficio como técnico electricista. Enseguida empezó a trabajar y luego de algunas experiencias en relación de dependencia, decidió desarrollarse en forma independiente. Dinero que ganaba lo invertía en herramientas; tenía muy buenos clientes y la gente lo quería mucho. Estaba de novio con Silvina Mariani con quien iba a casarse. Algunas veces lo llamaba gente, sobre todo abuelos, que no podían pagar por sus servicios. El iba igual y cuando querían abonar les decía: ‘Con unos mates me doy por pago’. Así era él y su muerte para nosotros fue irreparable”.

Las ganas de vivir

Luego del accidente de su hijo fue muy difícil para ella salir adelante. Confiesa que muchas veces salían con su esposo del Cementerio Parque y sentían que si un camión se les venía encima les iba a aliviar tanto dolor. Pero enseguida pensaban en sus otros dos hijos y en las nietas que llegaron tiempo después para “devolvernos las ganas de vivir”.

“María Paz y Alma fueron un mimo para un corazón golpeado. Nos devolvieron las ganas de seguir viviendo y de experimentar la vivencia de ser abuela”, afirma “Titina” y refiere que su nuera, que también había perdido trágicamente a su hermano, fue muy generosa con ella. “Teniendo tres meses a una de mis nietas me la dejó traer conmigo desde Junín para que la tuviera en casa. Y me dijo: que esa beba era un regalo que Dios nos había mandado para reparar tanto dolor”, relata.

Ver a sus otros hijos encaminados le confiere una enorme tranquilidad y le brinda la satisfacción de la tarea cumplida. “Nuestros hijos están muy presentes en nuestras vidas, son muy cariñosos”, refiere. Y menciona que su esposo también es “muy compañero”.

“Todos son fanáticos de Douglas Haig y a la par de lo deportivo siempre ayudamos en todo lo que podemos, por ejemplo con los comedores comunitarios que apadrina el Club.

“Lo único que le pido a Dios es que mis hijos siempre sean como son, humildes y dispuestos a dar”.

Su casa, su lugar en el mundo

Confiesa que no tiene sueños por cumplir. Que fue criada “a la antigua” con un padre muy estricto. Esa base le permitió ser la mujer que es. Y sus nietas le dieron la posibilidad de pensar algunas cosas de otra manera. Ellas son confidentes y pertenecen a otra generación. “Titina” está siempre ahí, para acompañarlas y brindarles el mejor consejo.

Ama el barrio en el que vive y su casa, donde están los recuerdos de la infancia de sus hijos, del negocio y de la historia de una vida con claroscuros. Sobre el final afirma: “Nunca pensé en irme del barrio. Este es mi lugar. Le tengo mucho cariño a esta casa y aquí están todos los recuerdos”.

Así termina la charla que muestra el temple de una mujer que jamás se dio por vencida.

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