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Perfiles pergaminenses

Cristina Sánchez: la historia de vida de una mujer que hizo de la medicina y sus ideales su camino

Cristina Sánchez, en la intimidad de una conversación profunda y rica. (LA OPINION) Cristina Sánchez, en la intimidad de una conversación profunda y rica. (LA OPINION)

Nació en Santiago del Estero, pero se radicó en Pergamino en la década del 70. Aquí desplegó gran parte de su vida profesional. También conformó su familia e hizo de este, su lugar. Dueña de una riqueza de pensamiento, vive con profundo compromiso por sus convicciones.


Hilda Cristina Sánchez es médica, reconocida por su trayectoria como cardióloga. Nació en Santiago del Estero, pero vivió en Córdoba y Tucumán, hasta que finalmente se radicó en  Pergamino donde se instaló en la década del 70. Aquí desplegó su profesión y vínculos familiares que la convirtieron en “pergaminense”. En una profunda charla mantenida con LA OPINION hizo un recorrido por su historia de vida. Comenzó hablando de su pueblo natal y su familia de origen: “Yo vivía en un pequeño pueblo donde no había escuela primaria ni secundaria, así que a los 6 años ingresé como interna al Colegio del Huerto de Tucumán, a noventa kilómetros de mi casa. Mi padre Manuel falleció cuando yo tenía 12 años. Mi mamá, Irma, cuando murió mi papá comenzó a trabajar como peluquera para sostener a nuestra familia; también colocaba inyecciones. Tengo un hermano, Manuel Alberto, que vive en Santiago del Estero. “Estuve en el internado hasta los 16 años. Cuando me recibí de maestra me fui a otro, en Córdoba,  viví allí un tiempo hasta que ya en la Universidad, descubrí el ‘ser político’ y tomé otro camino”, cuenta.

Estudiando Medicina conoció a quien fue su esposo: Martín Illia. De su mano se introdujo en la militancia. “El era presidente del Centro de Estudiantes, yo acompañaba, empecé a leer y la cabeza se fue abriendo a la participación”, señala recordando que esto ocurrió en 1969 “con todo lo que ese año significó en Córdoba”.

Su testimonio tiene un fuerte anclaje en referencias históricas de las que fue testigo y protagonista: “Era un tiempo en el que tenías que estar politizado o no existías. Los jóvenes nos juntábamos en grupos y talleres de lectura. Uno se iba formando con los propios compañeros. Fruto de esa participación tomamos el camino de una militancia cristiana; otros pasaron a la clandestinidad. Creíamos en la posibilidad de transformar la realidad desde lo social y  lo político y soñábamos con un mundo mejor.

“Pensábamos que hablar y militar era gratuito y descubrimos que no, con una dureza tremenda”, resalta y confiesa que fue detenida. “Buscaban a quien fue mi compañero. Yo en ese momento solo acompañaba desde el lugar que podíamos tener las mujeres en aquella época”, relata en un testimonio tan crudo como real.

 

Su primer contacto con Pergamino

Su primer acercamiento a Pergamino se dio en 1970 “aun siendo novia”.  Se casó en enero de 1972 y al año siguiente a su esposo le propusieron ocupar un cargo importante en Tucumán, por lo que se establecieron en esa provincia. “Allí vivimos la etapa del 74 y del 76, un tiempo muy difícil en el que realmente no la pasé bien”, confiesa. Su destino aquí se forjó tiempo después.

 

Una profesión de hombres

Cristina reconoce que desde niña sintió una atracción muy fuerte por la ciencia. Se ve a sí misma jugando a ser “doctora”. La curiosidad y la fascinación por el funcionamiento del cuerpo la llevaron a optar por una carrera que por entonces parecía reservada a los hombres. “Era muy difícil estudiar Medicina porque el machismo estaba muy instalado. Cuando ingresé en 1965, éramos muy pocas chicas. Siempre recuerdo que en las clases de patología, cuando había que hacer prácticas forenses, nos hacían poner en primera fila para que nos impresionáramos. La primera vez que vi cómo usaban una sierra para cortar la cabeza de un cadáver me desmayé y recuperé el conocimiento en la puerta de la Facultad. Llegué a cuestionarme si esa profesión era para mí”, recuerda y agrega: “Los hombres te hacían sentir que era una carrera para ellos y te probaban mostrándote que eras una sentimental”, agrega. A pesar de ello decidió seguir y obtuvo su título de médica cirujana en 1971.

 

Los primeros pasos en la profesión

Recibida, comenzó a ejercer de inmediato. “Trabajé con Leopoldo Conde en Carlos Paz. El era el jefe de Cardiología del Hospital San Roque y me convocó para armar la Unidad Coronaria. Tomé el desafío, hacía guardias en el Hospital y trabajaba en la Clínica Privada de este profesional, un lugar en el que Arturo Illia tenía una habitación pasaba los veranos”. De su contacto con Don Arturo guarda inolvidables recuerdos.

 

La llegada a la ciudad

La Cardiología se transformó en su especialidad. Y con la irrupción del Golpe de Estado de 1976 tomaron la decisión de regresar a la ciudad “para estar protegidos dentro de una familia”.

“Si volvíamos a desaparecer, por lo menos iba a quedar algún registro de que no estábamos”, refiere en su relato y cuenta que la ciudad le abrió las puertas de inmediato. En noviembre de 1976 la convocaron para trabajar en la Clínica Pergamino como cardióloga y posteriormente, en 1977 Pedro de Pedro le propuso armar la Unidad Coronaria en la Clínica Centro. Durante un tiempo trabajó en ambas instituciones y finalmente se quedó en la Clínica Centro donde tomó la jefatura del Servicio. “En ese momento había una fuerte rivalidad entre ambas clínicas y no era compatible trabajar en los dos lugares. Estas diferencias se saldaron tiempo después producto de una ardua tarea promovida desde distintos espacios institucionales”. A la par del ejercicio profesional siempre estuvo cerca de la militancia en el terreno de los derechos humanos y en 1978 participó de la fundación de la primera comisión de Derechos Humanos de Pergamino.

 

La función pública

Con la llegada de la democracia, fue directora de Salud durante la gestión de Alcides Sequeiro. Fue en 1985. Dos años después fue electa concejal por el justicialismo, mandato que cumplió hasta 1991. “Me tocó la concejalía con gente sumamente valiosa como Pedro Courtial, Horacio Stradolini, Roberto Azpeitía, Raúl Rossi y Silvia Ferrero Regis; era un Concejo de lujo en el que pudimos trabajar muy bien. Entre peronismo y radicalismo no había peleas”, señala.

Destaca el peso que tenía aquella democracia incipiente y recuerda que conoció a Raúl Alfonsín en la casa de Raúl Borrás. “Había una vocación profundamente democrática. La recuperación democrática había significado salir del infierno y había que proteger eso a toda costa. Muchas diferencias quedaban saldadas en pos de ese objetivo”. Tras cumplir su mandato, volvió al ejercicio de la medicina. “Sentí que podía hacer política desde otro lugar y así fue que ingresé a la comisión directiva de la Asociación Médica y comencé a tener participación en la Asociación de Profesionales del Hospital San José, además de participar en el Colegio Médico y otras entidades de base”.

 

La experiencia hospitalaria

Su ingreso al Hospital se dio en 1983. “Cardiología estaba anexada a Clínica Médica. El Servicio se creó después y lo inauguré con la jefatura, durante la gestión de Esteban Stepanián”. De la experiencia hospitalaria rescata innumerables cosas: “Hay un sector social al que tenés que amar mucho para entender la entrega que esas personas tienen hacia uno.

“En el Hospital ves los casos más extraños y se pueden resolver muchas cosas en el terreno de la salud pública si se ejerce ese compromiso social que requiere el trabajo médico”, expresa. Su retiro de la órbita hospitalaria se dio en enero de 2017. Reconoce que le costó mucho porque “jubilarse es a la vez un premio y un castigo”.

“Personalmente me dio muchas satisfacciones el Hospital y extraño la relación con la gente. En mi carrera jamás tuve un juicio. Nunca me dio un disgusto la profesión”, relata, agradecida.

 

Otro retiro

Actualmente trabaja en la Clínica Centro, pero está a días de retirarse. “El mes que viene me jubilo allí también. Es un modo de obligarme a mí misma a irme sintiéndome bien. Tengo 69 años y aunque dicen que uno tiene la edad que quiere, la vida la tengo vivida”, afirma.

 

El tiempo y los afectos

Aunque la condición de “médico” se lleva para siempre, se imagina retirada del hacer cotidiano aprovechando el tiempo para disfrutar de los suyos. Cristina tuvo la fortuna de armar su familia y de tener un universo afectivo rico. “Estuve casada muchos años y cuando estábamos por cumplir los 25 años tomé la decisión de separarme. Fue una determinación difícil, pero habíamos crecido de manera diferente. Sentí el ansia de libertad femenina y sabía que estaba en un espacio que ya no iba a poder modificar”.

Fruto de su matrimonio tuvo a sus tres hijos: Martín Facundo es guardavidas en Mar del Plata, vive algunos meses allá y el resto acá. Es el papá de León (15); Eva Cristina, trabaja en el Ioma y tiene una hija: Sol (16); y María Paula es psiquiatra, está casada con Daniel Aguilar y es mamá de Dante (1).

“Tengo una relación maravillosa con mis nietos y los disfruto. Soy compinche, sé que me quieren mucho. Son la razón de mi vida para alejarme de la profesión”.

Desde hace quince años comparte su vida con Realdo Peretti, un hombre al que conoció “en la profesión” cuando ambos participaban de la Sociedad de Cardiología. “Me encantó su humor”, confiesa y asegura que en él encontró “un excelente compañero”.

“Tenemos un camino de vida juntos y somos parecidos en pensamiento, palabra y obra. Busqué un semejante. No tuvimos hijos juntos porque llegamos tarde. El tiene tres y dos nietos y logramos ensamblar nuestras vidas en un marco de profundo respeto”.

Transita un momento en el que se van “cerrando etapas”. “En estos días renuncié a la Asociación Médica y también al Colegio de Médicos donde fui consejera. Son decisiones que quise tomar en plena conciencia de mis facultades, solo impulsada por una mirada satisfactoria de la profesión.

“Quiero tener el tiempo que nunca tuve porque la medicina te devora la vida. Tengo ganas de hacer las cosas despacio”, afirma. Y con la decisión de retirarse, se abre un universo en el que están sus tardes de tenis, las cartas con amigas entrañables; el Coro del Colegio Maristas y su participación en el Taller de Filosofía de Raquel Viglierchio. También el tiempo con la familia, los amigos y el placer de recostarse en la hamaca paraguaya de su quinta en Rancagua a hacer lo que le apasiona: leer.

Agradecida y satisfecha con la vida y la  profesión, desea seguir nutriéndose y creciendo “con otros”. Quizás la felicidad tenga que ver con eso y con sentir que se está en el lugar que se quiere estar. Reflexiona respecto de ello sobre el final: “Me siento pergaminense desde el primer día. La persona que soy la hizo Pergamino, mis pacientes, los vecinos, la familia de mi exmarido que me recibió, la familia que yo armé, los amigos. No me imagino en otro lugar que no sea este, quizás porque somos nosotros los que construimos el espacio, la guarida, y este es el sitio donde me siento en casa, en el alma de la casa”.