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Perfiles pergaminenses

Eduardo Pais, un “loco” de la aviación que hizo de su pasión un medio de vida

Eduardo Pais en su RV 4. (LA OPINION) Eduardo Pais en su RV 4. (LA OPINION)

Nació en Santa Lucía, Partido de San Pedro y llegó a Pergamino en el año 1977 para hacer el curso de piloto en el Aeroclub. El lugar le abrió generosamente las puertas y la ciudad y él se adoptaron. Constituyó aquí su familia, desarrolló su tarea laboral y desplegó muchas actividades como la fumigación, la instructoría de vuelo y la acrobacia.


Eduardo Roberto Pais tiene 64 años. Es pergaminense por adopción y un apasionado de la aviación, camino que siguió formándose con esfuerzo y que le dio enormes satisfacciones. Vivir de lo que uno ama hacer es un privilegio que conoce al pie de la letra. En la entrevista en la que traza su Perfil Pergaminense cuenta que nació en Santa Lucía, un pueblito perteneciente al Partido de San Pedro. Hijo de Alejandro y Esther, tuvo una buena infancia. Sus hermanos son Carlos, Alejandro, Luis y María Esther. Vivió en su pueblo hasta que le tocó hacer el Servicio Militar, por lo que sus recuerdos de niño y adolescente no tienen que ver con esta geografía que más tarde lo adoptó y donde estableció su vida familiar. Sintió atracción por volar y tuvo la posibilidad de “hacer la Colimba” en la Fuerza Aérea, lo que de algún modo le confirmó que el rumbo era interiorizarse en el conocimiento de la aviación. 

Cuando habla de su padre cuenta que fue un alambrador y confiesa que fue de él de quien tomó el mayor aprendizaje: para crecer en la vida había que trabajar. “Mis padres fueron gente de trabajo, de ellos tomé los mejores valores, esos que transmití a mis hijos”, resalta.

“Mi niñez fue la de todo chico. Por el trabajo de mi papá durante unos años estuvimos en Carlos Casares, fue en la época en que hubiera tenido que empezar el colegio secundario que finalmente no arranqué”, cuenta en su relato que fluye con tono sencillo. “Después regresamos a Santa Lucía, yo trabajaba con mi hermano, mi primo y mi papá. Eso fue hasta que me tocó el Servicio. A mí me gustaban muchos los aviones y tuve la suerte que me tocó hacerlo en la Fuerza Aérea y eso potenció mi vocación”, remarca.

Con sus propios ahorros, ganados en su trabajo como jornalero, empezó el curso de piloto en Baradero, pero la formación no estaba a la altura de sus expectativas y fue por recomendación del novio de su hermana que había venido a Pergamino a hacer el curso de recibidor de granos, que tomó conocimiento de la tarea que se desarrollaba en el Aeroclub. “Sin dudarlo me vine y empecé a formarme”, señala y se muestra profundamente agradecido por esa decisión: “Siempre le agradezco a Dios haber llegado al Aeroclub de Pergamino, donde me recibieron con los brazos abiertos, cariño y generosidad”.

La vida en la ciudad

De la mano de su vocación fue que se estableció en Pergamino y se transformó en casero del Aeroclub. Esto ocurrió en 1977. Como sus conocimientos eran avanzados por el curso que había iniciado en Baradero, en el año 1978 se recibió de piloto y se quedó como casero mientras sumaba horas de vuelo. Al año siguiente empezó a fumigar, una tarea que se terminó transformando en su principal actividad laboral.

“Era una época en la que se incentivaba la aviación y el Estado estaba mucho más presente. Eramos cuatro o cinco en las camadas de pilotos que egresábamos, algo que no sucede hoy”, refiere.

Recuerda que comenzó a volar en un avión Luscombe, el mismo que años después compró para uno de sus hijos que siguió sus pasos en la aviación. “Después solo en un Cessna 150 que tenía el Aeroclub. El primer vuelo solo lo hice en Pergamino con ese avión”.

De la mano de su pasión, en Pergamino conformó su familia. En el Aeroclub conoció a Norma Mesuro, su esposa. Sucedió en el año 1981. Siete años después se casaron y llegaron los hijos: Lucas (30), casado con Bianca Raimundo; y Guido (27) que trabaja como personal de seguridad. Es abuelo de una nieta, Indiana, de un año y tres meses.

“A mi esposa la conocí en el Aeroclub porque a un tío de ella le gustaban los aviones y hacía vuelos de bautismo; un día la llevó a ella y a una hermana más chica, nos vimos y con el tiempo nos pusimos de novios”, resalta describiendo el modo en que se fue armando la historia de amor que fue el cimiento de su familia con esta mujer que es cosmetóloga y aunque no es una amante de los aviones lo ha acompañado en las aventuras que supone el ser piloto.

Amigos con una misma pasión

Desde el primer día siente que Pergamino lo recibió muy bien. En la ciudad conoció muchas amistades, la mayoría de ellas cosechadas a través de la pasión por volar. “Mis primeros amigos fueron los que frecuentábamos el Aeroclub. Fue una bendición haber venido a esta ciudad. No había vivido nunca fuera de mi casa y eso representó un crecimiento muy importante en lo personal”, sostiene. Y comenta que en el Aeroclub había una habitación en la que se hospedaba a quienes venían de otras ciudades. “Yo me quedaba ahí y el instructor venía mientras hacía el curso y compartía todo el día con él”, menciona. Rescata que ese compromiso profundo y ese amor de todos por volar fue lo que favoreció desde el primer momento el establecimiento de vínculos de amistad perdurables y verdaderos.

Cuando habla de esas amistades menciona a Nicolás Skare, de la ciudad de Salto, que también se formó viviendo en el Aeroclub. “Con él nos las ingeniábamos para poder compartir muchas cosas juntos”.

De manera especial nombra a Rolando Torti, “un gran amigo mío que se fue hace unos años”. “Como él vivía solo me establecí en su casa, donde estuve un buen tiempo y construimos una amistad verdadera con ‘Rolo’”, agrega.

Y así se fue haciendo “pergaminense” y apropiándose de actividades que le gustaba realizar en la ciudad. “Siempre me gustó el cine y en esa época funcionaban los tres, el Monumental, el Ideal y el San Martín, así que esa era mi salida tres veces por semana. Cuando todavía vivía en el Aeroclub iba en bicicleta”.

La fumigación

Comenzó a fumigar en el año 1980 en Junín. En 1981, en Colón y en 1982 comenzó a trabajar para una empresa de Ortiz Basualdo.  Conocedor de la tarea, respeta y ejerce con responsabilidad sabiendo que volar siempre supone riesgos y que “cuando uno se sube y sale a fumigar, tiene que concentrarse muy bien en lo que está haciendo y dejar todo lo demás de lado”.

“En mi caso que soy piloto fumigador, conozco los riesgos pero trato de minimizarlos y actúo con responsabilidad. Después está la voluntad del ‘de arriba’”, acotó, agradecido por las posibilidades que le ha brindado su actividad profesional. “Nos ha ido bien, gracias a Dios hemos progresado en la vida”, expresa este hombre que tiene miles de horas arriba del avión y volar le sigue generando la adrenalina el primer día.

De generación en generación

La pasión por los aviones se transmite de generación en generación y de algún modo él ha inculcado ese amor por el vuelo a sus hijos. Uno de ellos, el más grande, siguió sus pasos. El otro aunque realizó los cursos de aeromodelismo y planeador, tomó otro camino y trabaja como personal de seguridad.

Tienen varios aviones propios. Cuidarlos, acondicionarlos y mantenerlos es parte de la aventura y de la responsabilidad con la que Eduardo rinde culto a su vocación. Ha sido protagonista de múltiples travesías que relata en una conversación colmada de anécdotas.

La acrobacia aérea

“En una época conocí a Roberto Gilli y Héctor Cogo, dos personas muy importantes. Con Roberto yo trabajaba cuando él armó un avión colorado que vuela siempre; y fue a partir de esa experiencia que creó en mí la inquietud por la construcción”, comenta. Y menciona que en el año 1983 compró un avión que él tenía y había dejado de volar: “Lo volé unos años, después lo vendí y compré un autogiro, que es similar a un helicóptero sin serlo, y más tarde compré un Luscombe”.

Reconoce que fue el instructor que tuvo en su formación quien lo incentivó a la acrobacia y sembró su pasión por esa actividad aérea. Eduardo fue además instructor de planeador siguiendo los pasos de ‘padrecito’ Moreno, como llamaban a quien fue su formador en el arte de volar.

“Cuando comencé a hacer acrobacia aérea fue Gilli quien me dijo que me tenía que comprar otro avión porque el que usaba me quedaba ‘al límite’. Fue así que compré un RV 4. Vendí el que tenía y compré el kit del RV que viene desarmado. En una de las tantas crisis del país lo paré y retomé su armado. Voló por primera vez en octubre de 2000”, recuerda; y en honor a la verdad señala que “quien en verdad lo armó fue Héctor Cogo”.

“Con el avión fui desde Trelew hasta La Quiaca”, resalta y precisa recuerdos de su participación en festivales en distintos puntos del país y del exterior. También la presencia en shows de acrobacia. “He viajado por todos lados: La Pampa, Puerto Madryn, Bahía Blanca, General Pico. También he participado en Brasil, en San Gabriel, durante dos años seguidos y hasta hoy asisto a festivales y fiestas que se organizan en distintos lugares donde podemos mostrar lo que hacemos. Suelo ir a Villa María y a diversas muestras agropecuarias”.

“En el año 1995 me fui a Porto Alegre a participar de un torneo de acrobacia con un avión prestado, el Ras S-10 matrícula LV-X175”, cuenta.

Su experiencia en Salta

Tentado por una muy buena posibilidad laboral, desde 1997 hasta 2002 se estableció con su familia en Orán, provincia de Salta. “Trabajé muy bien como fumigador allí, con la crisis de 2002 regresamos a Pergamino”, señala rescatando lo mejor de cada vivencia. “Nunca me faltó el trabajo, durante muchos años trabajé en Salto, provincia de Buenos Aires y con el avión viví muchas experiencias”.

Reconoce que volando se llevó algunos sustos. Ninguno lo suficientemente grande como para menguar su pasión. “Reconozco que para mi esposa en algunos momentos no ha sido fácil porque siempre que uno vuela corre algunos riesgos. Uno de mis hijos trabaja en Carlos Casares y ella siempre se queda con la inquietud cuando él se va”.

“Sufrimos en algunas circunstancias, pero siempre se impone lo que sabemos hacer, lo que aprendimos a hacer y aquello a lo que le hemos dedicado buena parte de nuestra vida”, destaca.

“Una vez en Salta me choqué una antena. Le pegué con la hélice, rompí el motor, y terminé estrellado en un lote de limón que es el que estaba fumigando”, cuenta, pero se reconoce afortunado de no haber sufrido nunca un accidente grave.

Los anhelos

En el plano de los proyectos comenta que su hijo tiene la intención de armar una escuela de vuelo. Su mirada está puesta en las nuevas generaciones que tienen la aspiración de hacer lo que él hizo cuando decidió hacer de su vocación, su destino.

“Muchas cosas han cambiado, antes el Estado estaba presente en la aviación; hoy falta el fomento a la actividad. De algún modo les estamos fallando a los chicos porque en el caso concreto de la aviación, al no existir aportes para los aeroclubes, que eran los que llevaban adelante la promoción de la actividad y la tarea formativa, se imponen los emprendimientos privados a los que no todos tienen la posibilidad de acceder”, planteó.

En lo personal sus deseos están orientados al bienestar de los suyos.  Y confiesa que siente ganas de seguir trabajando: “Tengo una salud que me acompaña y siento que aún tengo mucho para dar”, dice y se entusiasma con el próximo vuelo. “Me gustaría ayudar a las nuevas generaciones, enseñarles lo que alguna vez aprendí”, insiste.

Por lo demás, se muestra agradecido a la vida por su familia, sus amigos y por Pergamino, una ciudad que lo abrazó dándole la posibilidad de desarrollarse como piloto y de desplegar muchas actividades: “Fui instructor de planeador desde 1981 a 1996 y presidente del Aeroclub Pergamino desde 2006 a 2014”.

Inquieto y comprometido, es un piloto de alma y es desde ese amor por los aviones y por volar que mira a los que vienen atrás, a los que insta a no perder la ilusión y de seguir con fuerza detrás de un anhelo: “A los jóvenes les diría lo mismo que a mis hijos que lo que sueñan se puede alcanzar con esfuerzo. Al que quiera ser piloto profesional le diría que estudie, se esfuerce y que aprenda inglés, algo que es imprescindible para esta actividad; que no se desaliente y que dé cada paso sabiendo que esta es una carrera de largo aliento que no sería posible afrontar sin el acompañamiento incondicional de la familia”. En la suya ha tenido un aliado y en su empuje y dedicación las mejores herramientas para forjar su vida respetando el impulso de una vocación de la que jamás dudó y con la que pudo construir el presente que tiene y el futuro al que aspira.