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Perfiles pergaminenses

Eduardo Vázquez: un hombre profundamente comprometido con el hacer de la comunidad

Eduardo Vázquez trazó su “Perfil Pergaminense” en diálogo con LA OPINION. (EDUARDO VAZQUEZ) Eduardo Vázquez trazó su “Perfil Pergaminense” en diálogo con LA OPINION. (EDUARDO VAZQUEZ)

Participó de numerosas comisiones e impulsó diversos proyectos de interés social. Actualmente preside Apref y es un inquieto que siempre se involucra en iniciativas que propicien el desarrollo cultural de la ciudad. En lo laboral se dedica a la electricidad de automóviles y en lo vocacional incursionó en la música.


Eduardo Vázquez nació en El Socorro. Su padre, Eros Vázquez era ferroviario y fue un conocido dirigente de la ciudad. Llegaron a Pergamino cuando a su progenitor lo cambiaron de destino y aquí se establecieron, en cercanías del Cruce de Caminos, en calle Colombia. Pasó su vida en la ciudad desde entonces. Su mamá, Amelia Vilches, fue ama de casa. Y sus hermanos son Juan José y Fernanda. Fue a la Escuela Nacional Nº 41, hoy Escuela Nº 62. El secundario lo hizo en el Colegio Industrial. Comenzó a trabajar siendo adolescente en el rubro de la electricidad del automóvil. “A los 15 años empecé a trabajar en el taller de Motta y Pereyra. Aprendí mucho y como me interesaba saber más fui al Industrial donde egresábamos como técnico mecánico, pero aprendíamos de todo”.

Más tarde trabajó en Lucini y sobre ese lugar refiere: “Los pergaminenses solo tienen idea de que era una empresa grande en la que trabajaba mucha gente y se trabajaba bien. Pero en realidad era una metalúrgica de avanzada que exportaba a diversos países, además de abastecer el consumo interno y se modernizaba continuamente, comenzó a utilizar la tecnología digital en la década del 70 cuando no se sabía muy bien qué era eso”. Su trabajo en el rubro de electricidad lo acompañó desde siempre. Y de hecho es su actividad laboral en la actualidad, en su taller propio.

Es un activo participante de la vida en comunidad. Han sido y son varios los proyectos que lo involucran y comprometen en un hacer que heredó de su padre que además de ser presidente de la Cooperativa Eléctrica “fue precursor de muchas cosas para la ciudad”.

Un apasionado de la música

Es autodidacta para la música y tiene una sensibilidad particular para distintas disciplinas del arte. Quizás porque creció en un hogar donde la cultura estaba presente en cada encuentro. “Desde chico tengo vocación musical, toco instrumentos de viento, de caña, del noroeste que son un poco raros acá”, cuenta. Sabe que la pasión por la música le vienen de la cuna: “En mi familia se escuchaba música, se cantaba y se tarareaba música todo el día. Soy nieto de Arturo Vázquez de quien toma el nombre la Escuela de Estética y las reuniones en su casa con mis tíos, la mayoría ferroviarios, era almorzar y cenar y empezar la sobremesa cantando. Se cantaba música clásica, ópera y canciones en italiano. Mi mamá hacía las tareas del hogar cantando. A nosotros nos influenciaba mucho ese clima de alegría; y de hecho hoy, ya de grande, silbo todo el día y me acompaño mientras trabajo tarareando alguna canción.

“Eso me llevó con el tiempo a anhelar que mis hijos desarrollaran esa vocación musical porque de chico yo había sido muy tímido como para desplegarme en ese campo”, confiesa. Lo consiguió con el más chico de sus hijos: Rodrigo tuvo oído musical desde muy pequeño y tocaba el bombo. “Yo tocaba la quena y él el bombo y como era tan chiquito resultaba un atractivo para las abuelas, nuestros familiares y las fiestas del jardín de infantes.

“Cuando quise acordar estaba involucrado en la música, comencé a involucrarme con mis amigos músicos para hacer algo más armado. Cuando él creció fuimos parte de grandes festivales y actuando ante miles de personas y viajando. Con el ballet El Triunfo y otros músicos llegamos hasta Colombia”. Asegura que mucho de lo que vivió fue inimaginable, pero aclara que siempre lo tomó como algo paralelo a su trabajo, casi como un hobby. “Nunca me la creí, además es muy duro vivir del arte en general”.

Durante muchos años integró el Coro Polifónico. También participó del Coro de la Unnoba. “El ver lo duro que es para mucha gente poder llegar a un escenario me llevó a colaborar en el armado de festivales muy grandes en los que no participaba artísticamente. Fui el encargado artístico de la Feria Evolución”, menciona.

“Con la llegada del año 2000 nació Pergamino a Todas Luces, una experiencia de la que participé y en vistas del éxito obtenido continuó en nueve ediciones consecutivas. Entre tres personas hacíamos todo el trabajo organizativo”, agrega.

Su trayectoria en el plano artístico es amplia. En la charla menciona algunos hechos: el acompañamiento con sus instrumentos al grupo Collage en 2008 y antes la premiación recibida en la tradicional fiesta de LA OPINION, por su aporte a la cultura local.

Habla de su padre a quien define como una persona “muy involucrada en las cuestiones de la ciudad”. Sabe que de él tomó ese legado y recuerda experiencias compartidas: “Estando en la Cooperativa Eléctrica me comentó que querían hacer un escenario para realizar espectáculos. Ahí mismo me puse a averiguar y se armó la estructura con la que cuenta hoy la Cooperativa, un escenario móvil que cambió la jerarquía de los espectáculos locales.

“Siempre me gustó participar y protestar cuando fuera necesario”, señala y su compromiso lo llevó por caminos diversos. “La cultura en una ciudad como Pergamino es tierra árida y todo cuesta muchísimo”.

El deporte aéreo

Otra de sus pasiones es la actividad aerodeportiva. “Los aviones y helicópteros me parecían una cosa mágica y siendo adolescente, en el taller en el que trabajaba llegó Andrade, una figura del paracaidismo nacional, y me comentó que Pergamino no tenía actividad. Ahí mismo nos pusimos a trabajar y surgió la Escuela de Paracaidismo. Se armó un grupo de tareas muy lindo y de la nada en pocos años se construyó un hangar, se solicitó a la Fuerza Aérea un avión y paracaídas, comenzamos a entrenar y experimentamos el gusto de vencer el vértigo tremendo que es asomarse a la puerta de un avión y saltar al vacío para descubrir el placer enorme que se siente al estar suspendido en el aire”.

Apref

Fruto de su profunda vocación de servicio y una cercanía a la actividad ferroviaria, de la mano de su hermano y un grupo de amigos, se sumó al trabajo en Apref. Hoy preside la institución que dio vida al Ferromuseo, lugar donde se desarrolla la entrevista entre piezas y elementos de enorme valor histórico.  “Yo de algún modo soy la cara visible y el más charlatán, pero los verdaderos pilares de esta institución son personas como Omar Di Grazzia y Juan ‘Bocha’ Marini”, resalta.

“Estuve cerca del Ferrocarril desde siempre, mi abuelo era ferroviario, mi padre y mis tíos también. Viajar en tren me permitió conocer la Argentina y saber cómo eran los pueblitos y provincias que en la escuela se desplegaban en el mapa”, refiere.

La vida de la entidad y el funcionamiento del museo le llevan parte de su tiempo. “Acá nos dedicamos al recupero de cosas, tenemos un taller en el que restauramos distintos elementos y los hacemos funcionar y además coordinamos las visitas al museo”, señala y enumera con entusiasmo las gestiones que Apref tiene en marcha, entre ellas la de poder lograr el traslado a Pergamino del vagón presidencial de don Arturo Illia. Su relato entrelaza referencias del presente y del pasado como si la charla estuviera atravesada por la historia misma del ferrocarril. Es un excelente contador de historias, su conversación es inteligente y atractiva y en ella jamás deja de recordar que el destinatario de la tarea que realiza la institución es “la propia comunidad”.

“Hacer vale más que decir”, insiste y refiere que “este museo es una muestra de ello y la consecuencia del esmero de mis compañeros, yo tengo una exposición mayor, pero ellos son el alma de este lugar”. 

Su vida cotidiana

Eduardo está separado y es papá de cuatro hijos varones: Sebastián, Luciano, Marcelo y Rodrigo. Sus nietos: Eros, Luna, Oriana y Amadeo.  Vive en las afueras de la ciudad en una casa que comparte con dos de sus hijos. El taller lo tiene en el centro de la ciudad. Sus rutinas son de trabajo diario en el taller y el resto del tiempo lo dedica a Apref y a otra de sus inquietudes: la escritura.

“Descubrí trabajando en distintas comisiones que me gusta escribir. Comencé a escribir colaboraciones para los medios locales, casi siempre vinculadas a la cultura o a eventos que organizaba. En vista a la aceptación de esos escritos y estimulado por los responsables de las publicaciones, algunas participaciones se hicieron estables, por ejemplo la columna que escribo para el Semanario El Tiempo, en “La máquina del Tiempo”. Allí rescato anécdotas y acontecimientos del Pergamino de ayer”.

También tiene un espacio semanal en el programa radial “Nuestro Tiempo” que conduce Gustavo Pérez Ruiz para replicar los términos de sus columnas. Afirma que su escritura se nutre de su buena memoria y la autorreferencia que le permite dar testimonio de lo que cuenta. “A veces me remonto a situaciones anteriores a mi existencia lo que ha desorientado a muchos lectores respecto de mi edad”, bromea. “Lo que sucede es que desde chico yo sentía mucha curiosidad por escuchar a las personas mayores y esos relatos orales se vuelcan a mi escritura rumiando en la memoria esas charlas para hablar con precisión de cosas que no viví”.

En el presente está retirado de la actividad artística, solo guitarrea y hace música con sus hijos en la mesa familiar. “La verdad es que estoy un poco saturado de actividades, así que la música queda en casa porque hacerlo profesionalmente requiere de otro tiempo y dedicación”.

Un hombre con inquietudes

Escribir su propio libro es una asignatura pendiente. La idea es recrear las columnas producidas e incorporar nuevos relatos. “Se va a llamar como mi columna, ‘La máquina del tiempo’”, anticipa. Pondrá manos a la obra en esa tarea para hacer trascender su pasión por las buenas historias y su compromiso con la cultura de la ciudad, de la que con su hacer cotidiano es parte.

Sobre el final de la charla, cuando la pregunta lo convoca a definirse a sí mismo, sonríe y señala: “Diría que soy un tipo con inquietudes que quiere mucho a la ciudad, nada extraordinario”. La humildad lo acompaña en cada una de sus apreciaciones. Con esa cualidad confiesa que la mayor satisfacción que le ha dado su labor comunitaria es la de ver realizadas cosas impensables. Y así, concluye: “Cuando uno se propone metas en caminos dificilísimos y casi imposibles y las logra completar hay una satisfacción que supera lo de cualquier recompensa económica o cosa por el estilo”. Lo que le queda es la gratitud de la gente, algo que sencillamente lo colma, como les sucede a las personas con verdadera vocación de servicio. Eduardo Vázquez es una de ellas.