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Perfiles pergaminenses

Elba “Pirula” Selmi, una mujer de campo que hizo de la sencillez y la solidaridad su bandera

“Pirula” con sus 82 años ama ir al campo y disfrutar de un paisaje que tiene mucho que ver con su esencia. (LA OPINION) “Pirula” con sus 82 años ama ir al campo y disfrutar de un paisaje que tiene mucho que ver con su esencia. (LA OPINION)

Nació y vivió en Estancia “El Carmen” en Fontezuela. Aprendió allí mucho de lo que sabe. Trabajadora, constante y dueña de un espíritu generoso, se volcó a la acción concreta por el prójimo de la mano de las hermanas del Asilo de Jesús y en la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes. La humildad es un valor que la distingue.


Elba María Rosa Selmi tiene 82 años y para todos es “Pirula”, el apodo con el que la llamaban sus padres y sus tíos y en el que se reconoce como una marca de identidad. Nació y creció en Fontezuela. Hija de Adela Cangiaso y Lorenzo Selmi; y hermana de Elsa Haydé, aprendió de chica las tareas del campo. Creció en la Estancia “El Carmen”, un lugar en el que fue feliz.

“En la colonia éramos una gran familia, allí también estaban mis tíos Cangiaso, Guerrini, Giachino y Servidía”, refiere describiendo las características del establecimiento emplazado en Fontezuela hasta Arroyo Las Ranas. El mayordomo y quien se encargaba de todo era Marciano Guevara.

“La dueña era la señora Elena Peña de Alzaga Unzué. Su esposo le había regalado la estancia que ella vino a conocer un día de punta a punta en un avión y no regresó nunca más. La obligación de todos los chacareros era entregarle el cereal a la señora; así que se le daba un porcentaje de lo que se producía”, relata.

Su padre trabajaba lo que por entonces se conocía como “200 cuadras”, hoy contabilizadas en hectáreas. “Lo producido se llevaba a Fontezuela, se depositaba en el galpón y Carlos Cogo era quien se encargaba de anotar los quintales que se mandaban a Buenos Aires”, agrega en un relato que ilustra una dinámica del trabajo de entonces, cuando la tarea rural se llevaba delante de modo manual y en enormes latifundios. “Los chacareros que venían de Entre Ríos todos los años eran familia para nosotros, es más: lloraban cuando se iban”, recuerda.

“Con el tiempo las tierras se vendieron y casi todos los colonos compraron los campos. Mi padre fue uno de ellos”, cuenta y precisa que vivían a pasos del casco de la estancia, en un lugar hermoso que aún hoy conserva una belleza que “Pirula” añora.

Cuando habla de su infancia las postales son felices. “El primer año de su escolaridad lo hice de la mano de ‘Toti’ Ballestrasse, que se había recibido de maestra y reunía a los hijos de los colonos en una habitación de una casa para enseñarles a leer y escribir”.

Teniendo 7 años ingresó junto a su hermana como pupila en el Colegio Nuestra Señora del Huerto. Conserva buenos recuerdos de aquel tiempo. “Eramos muy chicas, las hermanas nos trataban muy bien, solo salíamos dos veces al año para las vacaciones de verano e invierno”. Al terminar sexto grado regresó al campo. Su hermana siguió estudiando y egresó con el título de maestra.

“A mí no me gustaba estudiar, yo amaba el campo y era muy apegada a mis padres. Ella era sumamente inteligente, siempre le pedía que me ayudara con las matemáticas que nunca fueron de mi agrado”, confiesa.

Gracias a uno de sus tíos, “Pepe”, que además de ser sacerdote y confesor de Perón y Evita era ministro plenipotenciario, su hermana consiguió ingresar como directora en una escuela de una localidad cercana a Necochea y, tras casarse con Raúl Casanova, se mudaron a Tandil, donde aún viven. “Ella está muy enferma y con esto de la pandemia no he podido volver a verla”, señala con tristeza y se las ingenia para hacerle saber por teléfono que está cerca.

Amante del campo

Se define como una mujer de campo. “Estaría establecida allí si pudiera porque me gusta todo del campo, los animales, la siembra, las huertas, la Naturaleza”.

“Todo lo que sé hacer lo aprendí en el campo. Cuando compramos nuestra tierra con mi papá armamos el monte nuevo. Trabajamos mucho”, agrega y señala que ya viviendo en Pergamino sus rutinas de fin de semana eran “volver al campo”.

Se casó con Angel Corradini, un hombre de Urquiza al que conoció cuando tenía 16 años en uno de los tradicionales bailes que se hacían casi siempre en coincidencia con las fechas patrias. “Cuidado que se muriera alguien conocido de la familia en alguna fecha especial porque no te dejaban ir”, refiere “Pirula”.

Tras cuatro años de noviazgo contrajo matrimonio con el que desde ese momento se transformó en su compañero hasta hace 17 años en que quedó viuda. “Estuvimos tres años luchando con la enfermedad de mi esposo y eso me sirvió para reflexionar mucho. Sabía que el día que él muriera yo iba a aprender a vivir sola y a dejarme acompañar por los míos sin invadirlos”, sostiene.

Habla de su marido con agradecimiento por la vida que tuvieron juntos. “Cuando nos casamos nos vinimos a vivir a Pergamino porque él trabajaba en Dones y Bula, una casa dedicada a la venta de heladeras y cámaras frigoríficas. Luego se independizó y siempre anduvo en el rubro porque le apasionaba”. Al llegar a la ciudad se establecieron en una casa de calle Bolivia y más tarde compraron la casa donde vive actualmente en calle Zeballos. Todo es armonioso en su hogar, así como es su vida.

Es mamá de María del Huerto, profesora de Educación Física y directora de escuela que actualmente vive en Punta Arena, Chile. “Se fueron en diciembre porque mi yerno Federico Ruíz de Galarreta es ingeniero civil y se fue con trabajo. Allá también vive mi nieta, Ana Inés (34) que está casada con un chileno, Angel Puravit”, cuenta esta mujer que está acostumbrada a las distancias y a la compañía. “Estoy acostumbrada a que estén un poco lejos, durante varios años mi hija vivió en Piedra del Aguila donde su marido trabajó en la construcción de la represa. Donde ellos estaban, ahí íbamos nosotros. Piedra del Aguila es un lugar muy lindo, un campo en la montaña”, relata.

Además de Ana Inés es abuela de Martín (35) que está casado con Gisela Galván; y de Santiago (30) que es soltero y viaja mucho porque se dedica al turismo.

A sus 7 años, junto a su hermana menor, en la Estancia donde crecieron felices. (ELBA SELMI)

Vocación solidaria

Siempre predispuesta para los suyos, encontró tiempo para desplegar su vocación solidaria. Lo hizo colaborando con las hermanas del Asilo de Jesús a las que había conocido en el Colegio del Huerto.

“Cuando murió mi mamá y mi hija se había ido a estudiar a Rosario, empecé a ir al Asilo de Jesús a ayudar a la hermana Raquel; hacíamos repostería para vender los días de fiesta”, cuenta y señala que eso le abrió las puertas también de una actividad que realizó durante muchos años: elaborar tortas por encargo. “Me empezaron a pedir tortas así que trabajé unos cuantos años. Aprendí con la hermana, a ojo, bien como en el campo, pero lo que hacía a todo el mundo le gustaba”.

Cuando las hermanas Raquel, Inés, Carmela, Josefina y Diomira se fueron de Pergamino, su labor solidaria migró a la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes donde colaboró primero con el padre Pedro y en el presente con Carlos Rocha. Dueña de una fe inquebrantable, reconoce que le gusta brindar su ayuda donde resulte necesaria. “Siempre me gustó ayudar”, confiesa en una apreciación que define su esencia.

Generosa de alma

Es generosa y las puertas de su casa están siempre abiertas para recibir a sus afectos. Uno de sus vínculos más estrechos es con Milton Rodríguez y su familia. “A Milton lo conozco desde chico, nos conocíamos con su mamá que ya falleció y su tía en la peluquería. Cuando él se vino a vivir cerca de mi casa establecimos una relación de mucho cariño. No solo con él sino con sus hijas que son un encanto: Lucía, Clarita y Rocío; y con Agustina, su pareja. Son como nietos para mí”.

También menciona su amistad con la familia Mengoni, con sus compañeras del Colegio del Huerto y con amigas que hizo de la mano de su esposo que participaba de la Peña Bártoli, “un espacio que de vez en cuando se abría a las esposas y eso me permitió conocer a grandes amigas que aún conservo”, resalta.

Reconoce que la pandemia ha condicionado la costumbre de reu-nirse con amigas, de visitar a sus consuegros y moverse con mayor libertad. Pero acepta las condiciones que le impone el presente. Le gusta estar en su casa y tiene la sencillez de las buenas personas.

Componedora por naturaleza, asegura que no tiene asignaturas pendientes con nadie. Tampoco con la vida. Le gusta conversar, nunca está enojada y procura que los problemas se solucionen. Hace lo que está a su alcance para lograrlo. Lo demás lo deja en manos de Dios y de la vida. Como el paso del tiempo con el que se lleva bien. Entiende que las arrugas y las tristezas por algunas pérdidas son parte misma de la vida. Se queda con las alegrías.

Cuando la entrevista promedia, vuelve sobre sus anécdotas de su tiempo en el campo, al que vuelve cada vez que puede. “El lugar en el que vivíamos luego de la muerte de mis padres quedó para mi hermana y con los años se vendió a Miguel Domínguez y su esposa Olga Lázzari; tienen todo muy bien cuidado y me dicen que puedo ir las veces que quiera. Tenemos una buena amistad con ellos y con mucha gente de Fontezuela”.

Agradecida con la vida

Fiel a sus sentimientos sabe cosechar vínculos entrañables y se muestra agradecida por el modo en que la ha tratado la vida. “Tuve una vida muy feliz, de chica, de joven, de casada y ahora”, afirma en tono pausado como recorriendo cada etapa.  “Solo quiero vivir tranquila, tengo todo lo que necesito, estoy completa. Ayudo todo lo que puedo y eso me hace sentir bien”.

Asegura que vivió sin sobresaltos y esa serenidad es la que transmite su testimonio que es sencillo, sin dobleces, como es “Pirula”, una mujer de la que se aprende que en el campo, como en la vida sencillamente se cosecha aquello que se siembra.