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Perfiles pergaminenses

Esther Dinardo viuda de Aguilar: una mujer que con más de cien años honra la vida

Esther Dinardo, en la cocina de su casa, en una amena charla sobre su vida. (LA OPINION) Esther Dinardo, en la cocina de su casa, en una amena charla sobre su vida. (LA OPINION)

El 13 de diciembre cumplirá 101 años. Su longevidad es testimonio de la fuerza de quien fue testigo y protagonista de más de un siglo de historia. Sus vivencias recrean las costumbres de otro tiempo y acercan la certeza de que la sencillez y la determinación son atributos que no entienden de tiempo y contribuyen a forjar un buen destino.


Llegar a los cien años de vida y hacerlo con lucidez, es la aspiración de cualquiera que piense en la longevidad. Esther Concepción Dinardo, viuda de Aguilar, ya pasó esa meta. El 13 de diciembre cumplirá 101 años. Una edad que no se le nota en el aspecto ni en la jovialidad con la que recibe la entrevista, mientras en la cocina de su casa mira fotos de su juventud y recrea los recuerdos que están vívidos en su memoria. Es coqueta y cada detalle de su aspecto está cuidado, como si se hubiese preparado para inaugurar un diálogo sobre la historia de su vida. Sus hijas que la acompañan aseguran que siempre es así, aunque también aseguran que posee un carácter determinado que es el que le ha servido para manejarse con decisión en la vida, para encarar desafíos y superar adversidades. Vive en el centro de la ciudad, rodeada del afecto de los suyos y asistida por personas que con compromiso se dedican a resolver sus necesidades. Hace exactamente un año una caída ocurrida en su casa le causó una lesión que desde entonces le impide caminar. Se está rehabilitando, pero confiesa que es un tema que la perturba porque el dinamismo fue una característica que la distinguió. Y ella extraña andar con más autonomía. Ha sido una gran luchadora y trabajó a destajo a la par de su esposo, ya fallecido, para forjar el destino de su familia. Aunque su prioridad siempre fue la vida familiar, a lo largo de los años también se involucró en diversas actividades que le permitieron aprender cosas que le gustaban como tejer, coser, bordar, moldear cerámica y pintar. Algo del arte estuvo siempre presente en su vida que hoy es más quieta y reflexiva. Sentada delante de una ventana por la que se ven las plantas que ella misma plantó y hoy otros se encargan de cuidar siguiendo sus consejos, acepta el transcurso del tiempo con alegría y templanza. Pasa sus horas mirando televisión o distrayéndose con pequeños pasatiempos. Añora bailar, algo que le gustaba mucho hacer. Y salir de viaje.

La infancia y sus cien años

Cuenta que nació en Pergamino y vivió en el barrio Acevedo, en Entre Ríos entre Córdoba y Laprida, a una cuadra y media de la vieja cancha del Club Dou-glas Haig. Sus padres fueron: Carmen Dinardo y Nicolasa de Dinardo. “Mi padre tenía un nombre que en Italia se usaba tanto para hombres como para mujeres”, refiere y cuenta que fue ferroviario y se desempeñó como guarda del Ferrocarril Argentino. Su madre, ama de casa.  Fueron diez hermanos. La única que vive es ella. Bromea con su edad y se ríe cuando menciona que ya pasó los cien años. “Me faltan solo dos meses para cumplir 101”, refiere y asegura que el secreto es “haber vivido plenamente”.

“Sinceramente ni me acuerdo que tengo cien años, no pienso en la edad, por ahí ese es el secreto”, reflexiona. Y su relato se va al pasado para recrear el tiempo de su infancia: “Fui a la Escuela Nº 4, pero no estuve mucho tiempo, porque como éramos tantos hermanos había que ayudarle a mi mamá porque mis hermanas ya se habían casado y en casa habían quedado muchos varones”. Así cuenta que siendo casi una niña pasaba tiempo planchando los pantalones y las camisas de sus hermanos con almidón en los cuellos y los puños. “Yo tenía 14 años y estaba ocupada en eso, hoy a esa edad las chicas andan por la calle”.

Del Paseo a Cañada Rica

Nunca trabajó en relación de dependencia. Se casó a los 19 años con Carlos Aguilar, un hombre al que afirma cautivó con una sonrisa. En sus labios vuelve a generarse ese gesto cuando recuerda aquel tiempo de su juventud que recrea con cierta nostalgia. “Lo conquisté con mi sonrisa en el Paseo de la calle San Nicolás”, afirma. Y prosigue: “Los domingos toda la gente iba al Paseo. Los muchachos se ubicaban en el cordón de la vereda y las chicas paseaban por la calle en dos filas una para cada lado de la calle. El que fue mi marido durante un año se fue al Servicio Militar y yo dejé de verlo en el Paseo. A mí me parecía que faltaba un muchacho, que era él. Cuando regresó volvió a ir al Paseo y al cruzarme me pidió que le hiciera una sonrisita. A mí me dio tanta risa oír eso y al darme vuelta para ver quién me lo había dicho descubrí que era él”. Esa sonrisa que “lo cautivó” fue el puntapié inicial de un noviazgo que duró dieciocho meses. “Nos casamos en la Iglesia Merced y nos fuimos a vivir a Cañada Rica porque él trabajaba allá en un almacén de ramos generales y el campo”.

El regreso a Pergamino

Un tiempo después regresaron a Pergamino y aquí consolidaron su vida familiar. “El vendió el almacén y nos vinimos para acá, nos instalamos en Alsina entre San Nicolás y Merced. El se dedicó a trabajar en el campo y en las épocas de cosecha yo me iba con él”, cuenta. Y menciona que estando en el campo era la encargada de la cocina, además de ayudar a su compañero en todo tipo de tareas. “De lunes a jueves, hacía puchero, pero pucheros de verdad con carne de cerdo, vaca, verduras, chorizos; y los jueves era el día de la pasta casera, amasaba tallarines para los que estuvieran”.

Refiere que siempre le gustó cocinar y que su casa tuvo las puertas abiertas para que la familia disfrutara de sus platos caseros.

Esther tiene tres hijos: Carlos, casado con Viviana O’Brien; Teresita, casada con Armando Tesore; y Laura, casada con Lolo Rodríguez. Tuvo ocho nietos y tiene doce bisnietos. Su familia numerosa es el motivo de su orgullo. Enviudó en 1995 y desde entonces vive sola, aunque siempre acompañada, en la zona céntrica.

Los años de juventud

Dueña de una memoria prodigiosa, la charla transita por las vivencias del presente y las anécdotas del pasado con una lucidez asombrosa. Los recuerdos y sus rutinas de la vida cotidiana conviven en armonía. Eso se traduce en la conversación cuando cuenta que en su juventud le gustaba mucho ir a las tertulias que se hacían de 17:00 a 22:00, en Empleados de Comercio. “A las tertulias me dejaban ir con mis hermanos y mis cuñadas ya que yo era la más chica de las mujeres; pero a los bailes que terminaban de madrugada iba con mi mamá.

“Me encantaba bailar, bailaría ahora”, afirma. Todos los ritmos me gustaban. Con mi esposo bailábamos, aunque confieso que a mí me gustaba un poco más que a él”. “Hoy bailaría un foxtrot”, afirma y ríe como volviendo a ser aquella joven que disfrutaba a pleno de la música. Muestra una foto en la que se ve integrando un grupo de ballet para bailar la media caña. Se señala en la imagen y cuenta anécdotas de esa experiencia. También conserva las fotos de su boda y de viajes en las que se la ve junto a su esposo. “Era muy buen mozo y yo estuve muy enamorada de él”, asevera.

Una mujer con inquietudes

Fue una persona muy sociable y aunque nunca trabajó fuera de su casa, siempre estuvo atenta a resolver sus inquietudes de adquirir nuevos aprendizajes. “En mi época no se acostumbraba a que las mujeres trabajaran fuera de la casa, así que yo siempre fui ama de casa, pero en mis tiempos libres me ocupé por aprender otras cosas. Aprendí a coser, a bordar, a tejer en telar y a moldear en cerámica, además de pintar. Siempre fui muy activa y me gustaban mucho las manualidades”. El living de su casa está adornado con alguno de sus cuadros y con un tapiz de grandes dimensiones que tejió teniendo más de 80 años.

“Tejer al crochet o con dos agujas me gustaba mucho también. A mis hijos les hacía la ropa. Incluso una de mis hijas se comprometió con un vestido tejido por mí al crochet”, agrega. Hoy ya no hace manualidades, pero conserva vivo ese “saber hacer”. “Las manos ya no me responden, así que no hago nada”.

Hoy tiene una vida de rutinas sencillas. Desayuna y almuerza bien y cena liviano. Lectora incansable del Diario LA OPINION menciona que su padre fue uno de los primeros lectores del diario y compraba siempre cada ejemplar, una costumbre que ella adoptó y mantiene como si fuera un hilo que la conecta con su papá.

De raíces italianas

Fue hija de inmigrantes italianos y mantiene vivas esas raíces. “Ambos llegaron de Italia siendo muy chicos y aunque provenían del mismo pueblo -uno vivía arriba y otro abajo- se conocieron acá por esas cosas del destino. Mi padre tenía 12 años cuando vino a la Argentina, se iba a radicar en Estados Unidos, pero como viajaba con un pariente que era rengo, no lo aceptaron en aquel país y entonces se establecieron en Pergamino. Mi madre había llegado a los 15 años”.

El Pergamino de antaño

Así como su memoria conserva el recuerdo de aquellas historias familiares entrañables, sus retinas guardan imágenes de otro Pergamino. Desde la primera cancha de Douglas Haig, hasta barrios muy distintos a lo que son hoy. “Toda la ciudad era muy diferente, más chica. Ahora está grande. Los barrios Acevedo y Centenario eran poblados pequeños, sin demasiado desarrollo. Mis padres vivían en una casa en calle Saavedra y se mudaron al barrio Acevedo porque en aquel tiempo decían que a esa zona se iba a trasladar el centro de la ciudad porque era más alta y no se inundaba. Eso nunca ocurrió. Después llegó el Ferrocarril y dividió la ciudad y se construyó la estación mirando hacia el centro. Donde estaba la Iglesia y la Municipalidad”.

También menciona que el trato entre las personas era distinto e imperaba el respeto. “Antes éramos todos amigos, había buena vecindad y se jugaba al carnaval en las calles”. Lo que cuenta son verdaderas postales.

Sin pensar en la edad

Nunca se imaginó que iba a vivir tantos años. “Me acuerdo los años que tengo solo cuando me preguntan la edad”, sostiene. Confiesa que la enoja no poder caminar y anhela poder hacerlo. “Estoy enojada porque ahora apenas si puedo dar unos pasos”, confiesa rescatando el trabajo que realiza la persona que la asiste en sus ejercicios para no perder movilidad. También agradece a quienes la cuidan, aunque reconoce que no le resulta fácil sentir que ha perdido esa autonomía que la mantenía tan activa. “Es un aprendizaje cotidiano dejarme cuidar”, confiesa, esta mujer que se define como alguien exigente.

Lo único que anhela es poder volver a caminar, aunque sea con el andador. Por lo demás está a mano con la vida. “Me gusta la vida que tuve, ahora no me gusta tanto porque tengo que estar sentada y a duras penas consigo dar un par de pasos, pero soy agradecida y creo profundamente en Dios. Cuando era joven con Delia Gandolfi nos levantábamos a las 6:00 para llegar desde el barrio Acevedo a la misa de las 7:00 en la Iglesia Merced. Ahora solo rezo todas las noches por la memoria de mis padres, por mis hijos, mis nietos y bisnietos y por la gente; le agradezco a Dios por todo”.

Sobre el final insiste en su deseo de volver a caminar. Y lo dice con determinación. Seguramente lo consiga por su perseverancia. “Si me dijeran ‘vamos a pasear, te llevo a Córdoba’, ahí nomás voy”, expresa. Y sonríe volviendo sobre amarillas fotografías. Al mirarla es inevitable pensar en la canción de Eladia Blázquez que reza que honrar la vida es algo más que permanecer y transcurrir. Esther con sus más de cien años, la honra cada día.

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