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Perfiles pergaminenses

Eva Rodríguez: una mujer que hizo de la docencia su camino

En la intimidad de su casa Eva recreó los recuerdos de su trayectoria docente y sus vivencias personales. (LA OPINION) En la intimidad de su casa Eva recreó los recuerdos de su trayectoria docente y sus vivencias personales. (LA OPINION)

Sorteó las dificultades que la falta de recursos económicos puso a su formación y obtuvo su título de maestra. Eso le abrió las puertas de distintas escuelas que fueron su espacio no solo de trabajo sino de superación personal. Hoy, con 80 años, recorre el camino y con una mirada retrospectiva, simplemente agradece.


Eva Irma Rodríguez es una mujer que supo construirse a sí misma, superando las dificultades que la pobreza le imponía en su niñez a la hora de realizar los sueños. Siempre soñó con ser maestra, pero más de una vez pensó que la falta de recursos le iba a impedir seguir su vocación. Sin embargo nada la detuvo, y siguiendo el consejo y aceptando la ayuda de una de sus docentes de la Escuela Nº 17 tuvo la posibilidad de ingresar a la Escuela Normal para obtener su título. Trabajó y estudió a destajo hasta conseguir su objetivo y siempre lo hizo anteponiendo el valor de la humildad, en un rasgo que la distingue. Hoy tiene 80 años, está jubilada y vive con dos de sus hermanos en el barrio Belgrano. En lo personal le tocó atravesar los avatares de un divorcio. No tuvo hijos, pero crió como tal a un ahijado del que hoy tiene varios nietos. Disfruta a pleno de su familia y de cada experiencia de la vida saca el mejor aprendizaje. El transcurso del tiempo le enseñó a ver “el lado bueno de las cosas” y a aceptar cada desafío.
Nació el 27 de abril de 1938 en Pergamino. Creció en el barrio Vicente López, en la casa de su abuela paterna, en calle Perú. Su mamá fue Eusebia Lonne y su papá Rodolfo Rodríguez. Sus hermanos son: Leonor, Rodolfo, María Dolores y Dionisio. Su padre se había dedicado toda la vida a trabajar en la costura de bolsas y su mamá, cuando él se enfermó comenzó a trabajar en casas de familia. Eva fue la hija mayor, lo que siempre le hizo sentir una fuerte responsabilidad para con el bienestar de los suyos. “Nos fuimos de la casa de mi abuela cuando yo tenía 14 años. Nos mudamos muy cerca, siempre en el barrio Vicente López. Nos costó mucho construir nuestro espacio en un lugar que nos cedieron mis tías. No nos alcanzaba para el material, mi mamá era la única que trabajaba. Cerca del lugar donde trabajaba mi mamá funcionaba El Ciclón, una tienda grande, traía retazos de tela que mi papá le ayudaba a coser para armar las paredes de nuestra casa con chapas como techo. Eramos muy pobres”, relata.
Concurrió a la Escuela Nº 17. Guarda de ese tiempo buenos recuerdos. “Era muy buena alumna y comíamos en el comedor”.

Su formación
“Mi maestra de sexto grado, la señorita Carlota, fue un pilar para que yo pudiera seguir estudiando. Fue ella la que me preguntó si quería ingresar al magisterio en el Normal, que funcionaba en Uriburu y 9 de Julio. Yo le dije que no podía porque no teníamos dinero para comprar los libros ni afrontar los gastos. Insistió y me ofreció su ayuda para prepararme para el examen. Empecé a ir a su casa, me ocupaba de limpiarle la cocina y comprarle el pan y ella me preparaba junto a otra chica para que pudiéramos rendir”, relata.
Así fue que rindió el examen y lo aprobó. Su mamá por entonces estaba en Buenos Aires, “le conté la posibilidad que tenía, pero también le dije que si ella necesitaba yo me ponía a trabajar. Me apoyó incondicionalmente para que pudiera seguir estudiando. Así comencé mi carrera”.
Nunca se llevó una materia, lo que le permitía terminar el año lectivo en noviembre. Desde diciembre hasta marzo trabajaba en el taller de Raies. Eso le permitía obtener el dinero para costear los estudios del año siguiente. Así fue que obtuvo su título de maestra. Eso representó su primer “gran logro”.

Los primeros pasos
Al egresar, el director de la escuela, Jorge Pertierra la convocó para trabajar como preceptora en el Colegio Normal. Aceptó. Por la mañana cumplía esa labor y por la tarde trabajaba en una fiambrería que vendía al por mayor, y funcionaba cerca del Club Sports. Así pasaron cinco años. Se quedó con el negocio, donde estuvo diez años. En ese ínterin se casó y su esposo no quería que siguiera trabajando. Juntos pusieron en marcha un emprendimiento: una fábrica de calzado. Fueron años de intensa actividad que desarrollaron con la ayuda de un hermanastro del que fue su marido. “Primero hacíamos mocasines, después zapatillas, llegamos a tener la fábrica en calle General Paz con 35 empleados. Nosotros vivíamos con mi suegra en San Nicolás al 200.
“Todo marchaba bien, hasta que un día mi esposo conoció a otra mujer y terminamos nuestra pareja después de cinco años de casados. No habíamos tenido hijos. La fábrica se desmembró y me quedé sin nada, viviendo en la casa de mi suegra, una mujer buenísima”, cuenta, en lo que fue una de las experiencias más dolorosas de su vida. Afrontó esas circunstancias con coraje y se valió de su título de maestra para seguir adelante.

Su llave de superación
“Yo tenía mi título, había acumulado puntaje, así que comencé a presentarme a los actos públicos para tomar horas como suplente. Era 1973 y conseguí un cargo provisorio por un año en la Escuela Nº 10”, señala y confiesa que “eso me salvó la vida”.
“En las cuatro paredes de mi casa me sentía morir, pero iba a la escuela y me sentía muy bien. Me reía, era otra persona. El 3 de mayo me notificaron que tenía un prenombramiento, y tomé un cargo en la Escuela Nº 52. Así fue cambiando mi vida. Después trabajé como maestra de grado en la Escuela Nº 4, en la Escuela Nº 2 y como había hecho un curso, pasé a ser bibliotecaria en el Centro de Investigaciones Educativas (CIE), donde estuve durante 10 años. Más tarde fui preceptora en la Escuela Nº 502.
“Durante un tiempo también trabajé en La Violeta. Me iba a la Terminal que funcionaba donde hoy está la Casa de la Cultura, tomaba el Chevallier hasta Arrecifes y desde ahí otro micro que me llevaba hasta el pueblo, allí me esperaba Duarte que tenía un carro que nos trasladaba hasta la escuela. Paraba en una pensión y me quedaba toda la semana y me volvía”, relata y recuerda que volvía los viernes.

La experiencia del Tribunal
Consolidada en su tarea docente, en 1991, a partir de su participación en la Federación de Educadores Bonaerenses (FEB), le informaron que se iba a armar el Tribunal de Clasificación en Pergamino y para elegir dos representantes. “Tuve la suerte de ser elegida y comenzó para mí un nuevo desafío, porque era una tarea absolutamente novedosa que involucraba a nueve distritos que teníamos a cargo. Era la primera vez que se iba a avanzar en esa experiencia y fue muy enriquecedora”, refiere y recuerda que se presentaron juntos a Olga Opoca, Teresa Pretara y “Punchi” Perrotta. “Salimos Olga Opoca y yo junto a dos chicas de Arrecifes de apellido Negri”, agrega, contando con detalle las instancias que la pusieron en ese lugar. “Recuerdo que viajamos a La Plata para tomar posesión y cuando comenzamos a trabajar, nos dimos cuenta que era chino básico la tarea pero fuimos aprendiendo. Por estatuto los representantes docentes se elegían cada cuatro años, así que fuimos electas durante varios años”.
Recuerda el día que vino la ministra de Educación junto a Eduardo Duhalde a la Escuela Nº 1 y se presentó a averiguar cuál era el objetivo que el Gobierno tenía para con el funcionamiento del Tribunal. “Siempre fui muy rebelde y me gustó obtener respuestas. Recuerdo que le consulté a la ministra y me confirmó que la intención era que continuaran con la tarea. Nosotros teníamos licencia en nuestros cargos, así que nos tranquilizó ese mensaje. Salí corriendo a contarle lo que me había dicho a Olga Opoca, Cristina Perrotta y ‘Maru’ Perrotín que estaban por la Dirección General de Escuelas”, refiere.
“El trabajo en el Tribunal era muy intenso. Aprendí mucho y con el tiempo me fui interiorizando, gracias a la ayuda que me brindó Angela Gómez del Suteba que me enseñó mucho”, agrega. Fueron trece años de trabajo y se jubiló estando en el Tribunal en 2004.
Eva siguió trabajando como maestra en su cargo de la Escuela Nº 503. “Empecé ahí, seis años más, en una comunidad maravillosa. Conocí gente increíble como Yamile Esper y un grupo maravilloso integrado por chicas con las que formamos un grupo con el que aún hoy compartimos salidas y encuentros para festejar nuestros cumpleaños.
“Me retiré un 30 de junio y el día que me fui me hicieron una despedida en un restaurante. Fue inolvidable. Dejé la escuela y comencé a integrar un grupo de docentes jubiladas que enriqueció mi vida. Susana Ochoa fue la que me invitó a ser parte. Yo nunca había tenido una vida social, siempre fui de mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa”, relata y agrega que también tiene un grupo de amigas de la Unión de Educadores Bonaerenses con la que comparte gratos momentos.

Su núcleo familiar
Su vida personal es rica en afectos. Vive con dos de sus hermanos. Su mascota es un gato que de noche se va por el barrio y de día regresa para descansar al lado de la estufa.
“Yo no tuve hijos, pero cuando mi hermano se separó de la señora, me preguntó si no podía ayudarle a criar a uno de sus hijos que es mi ahijado. Me trae a Sergio, al que cuidé como a un hijo. Llegó a casa cuando tenía nueve meses. Es la luz de mi vida. Hoy tiene 43 años, está casado con Silvina Elías, y tienen cuatro hijos: Daniela, Nahuel, Karen y Leonel. Viven en Pergamino y son mis nietos. Somos muy unidos. Tres de ellos ya están en pareja y a su vez tienen hijos, así que tengo bisnietos”.
Cuenta con la satisfacción de verlos encaminados que Daniela está en pareja con Juan tiene a Helena de 2 años, Karen está en pareja con Enzo y es mamá de Aron de 4 años; y Nahuel tiene dos hijos del corazón: Eluney y Santiago; y dos hijos con Jésica: Eva y Genaro.
“Tengo una linda familia”, afirma. Y sobre el final y con una mirada retrospectiva de su trayectoria docente y de su propia historia de vida, reflexiona: “Sé que hay gente que nace en cuna de oro y otras personas que nacemos en cuna de paja. Yo nací en cuna de paja. Y estoy muy orgullosa de eso”.
Asegura que la mayor satisfacción que le dio la docencia es haber podido trabajar en el Tribunal, haber “escrito la historia del Tribunal que le entregué a Marta Ratto para que la tuvieran” y “haber conocido a la gente que conocí en cada lugar en el que estuve”. Menciona a muchas personas con las que se cruzó en el camino y agradece a cada una por lo que le han brindado.
“Siempre me gustó ser maestra, pero lo veía como algo imposible porque mi situación económica no ayudaba a que yo pudiera seguir estudiando. Hice mucho esfuerzo y fui la única de mis hermanos que pudo tener su título, eso fue un gran orgullo para mí y mi familia”, menciona.
En el plano de la vida personal no guarda resentimientos ni tiene asignaturas pendientes. “Yo le doy gracias a Dios todos los días porque a pesar de las cosas que me han pasado, vivo tranquila y me quedan las cosas buenas, las que me dieron satisfacciones. No las cosas malas. No me quedé con ningún rencor y soy una mujer de mucha fe, estoy agradecida y vivo con la fe de que cualquier cosa que suceda se puede solucionar”, concluye.