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Perfiles pergaminenses

Fernando Alvarez: una vida dedicada a bailar el tango y enseñar ese arte

Fernando Alvarez bailarín de tango y maestro que tuvo la fortuna de compartir escenario con grandes. (LA OPINION) Fernando Alvarez bailarín de tango y maestro que tuvo la fortuna de compartir escenario con grandes. (LA OPINION)

Es un eximio bailarín que hizo de ese don una tarea. Integró importantes compañías y compartió escenario con grandes de la música. Llegó a Pergamino a visitar a un amigo, comenzó a actuar y dar clases, se enamoró y se radicó en este lugar donde conformó su familia. También filma carreras de automovilismo zonal, donde lo conocen como “Virulazo”.


Fernando Luis Alvarez es conocido como “Virulazo” por su cercanía con el tango, ya que es un eximio bailarín, aunque el apodo se lo pusieron en el terreno del automovilismo, donde se dedica a filmar carreras desde hace veintiún años. “Virulazo Video” se transformó en su marca registrada en esa actividad. En el ambiente del tango lo reconocen por su nombre y su larga trayectoria como maestro de varias generaciones de bailarines.

Es platense fanático de Gimnasia y Esgrima. En la capital provincial vivió su infancia y parte de su juventud. Fue su amor por el tango lo que lo llevó a dejar su tierra para buscar otros destinos. “En 1983 había ingresado a trabajar en el Ministerio de Salud, había aprendido el oficio gráfico y trabajé allí hasta 1989 en que pedí una licencia sin goce de sueldo para probar suerte con el tango. Había empezado a bailar en 1986”, cuenta en el inicio de la charla.

“A poco de empezar a bailar creía que era el mejor, así que dejé mi trabajo y me fui al Valle de Río Negro y de ahí a Chile con un grupo que se llamaba ‘Los Baguales’. Pero de estar trabajando en la televisión y firmando autógrafos, terminé vendiendo señaladores en los semáforos para sobrevivir. Volví a La Plata, le dejé a un amigo pergaminense en Cipolletti mis pertenencias y el departamento en el que había vivido y volví a dedo por la cordillera, con un bolso y una valija roja. Un gerente de la empresa TAC me dio el pasaje para llegar de Mendoza a La Plata cuando se entusiasmó con mi historia y las fotos de mis actuaciones”, relata y describe con lujo de detalles las peripecias que hizo para llegar a su casa. “Recuerdo que le dije a mi mamá que no tenía plata argentina, que por favor pagara ella el taxi que me llevó en el último tramo del recorrido. Después le expliqué, casi se descompone”.

Fabián Salas y Sergio Del Bono, dos amigos, lo incorporaron nuevamente al ambiente tanguero y eso le dio la posibilidad de actuar en Buenos Aires. Sus directores eran “Cacho” y Gloria Dinzel, ambos fallecidos. “Ellos me llevaron a trabajar al Viejo Almacén. Y también bailaba en una casa de tango que se llamaba ‘A media luz’ y en el Teatro de la Ribera en La Boca”.

Su carrera en Buenos Aires fue extensa. Su madre fue una aliada en compartir los mates y planchar las camisas que lo acompañaban en sus actuaciones. Nunca regresó al trabajo en el Estado y asegura que “el tango le dio más cosas que cualquier Ministerio”.

Con los grandes

“Pasé por ‘Grandes valores del tango’, por ‘La botica del tango’, trabajé con Alberto Castillo y Nelly Omar. Fui bailarín de Víctor Ayos y Mónica, los papás de Mónica Ayos con quien estoy en contacto”, menciona y recuerda que lo llamaban “el negrito de La Plata”.

“Nunca me voy a olvidar que Víctor retrocedió en el escenario para que yo me luciera mientras Alberto Castillo cantaba ‘Así se baila el tango’. ‘Dale negrito, encará’ me dijo y ese día en una de las butacas estaba mi mamá”.

En 1995 audicionó para la comedia musical Gotan, y resultó elegido entre 180 aspirantes, Así integró esa compañía con Susana Rinaldi, Raúl Lavié y Juan Carlos Copes. Hicieron temporadas en Buenos Aires y Mar del Plata. “Un día estábamos cambiándonos en el camarín y tuve el privilegio de que el negro Lavié me cantara Balada para un loco. Me acuerdo que estábamos tomando un whisky antes de salir a escena. Esas experiencias me las dio el tango y son inolvidables”.

En 2001 fue a Medellín a brindar clases gratis a los hijos de los guerrilleros, al pie de la montaña donde viven. “Estuve tres meses y fue una experiencia transformadora. Pude estar donde se estrelló el avión de Gardel, que hayan detenido el tráfico aéreo por una hora para llevar a un maestro argentino al mismo lugar del accidente, fue conmovedor. En Colombia conocí gente maravillosa”. Aunque tuvo ofrecimientos para volver a aquellas tierras, no lo hizo porque para entonces ya había conformado su propia familia.

Su familia

Fernando es hijo de Olga Cox y Arturo Alvarez, ambos están separados y viven en La Plata. Allí también vive su hermana Marcela que es obstetra, su cuñado Marcelo Puhl a quien define como un hermano de la vida; y su sobrino Nicolás.

Se casó con Marilina Cesarini, a quien conoció en Pergamino cuando llegó a la ciudad y se dedicó a dictar clases de baile en Bellas Artes. Es papá de dos hijos: Ma-lena (19) y Julián (15), ambos con nombre de tango.

Una ciudad que lo recibió

Habla con profunda gratitud de Pergamino y de su amigo Luis Alberto López -ese al que le había dejado todas sus pertenencias en el sur- y con quien se reencontró cuando vino a visitarlo a Pergamino. “Para mí esta era una ciudad que ni existía en el mapa, nunca pensé que se iba a transformar en mi lugar”.

Fernando cuenta que estando de visita aquí lo invitaron a brindar un show en Café Soleil. Ahí conoció a Hugo Ramallo, por entonces director de Cultura, y quien le abrió las puertas para brindar sus clases en Bellas Artes. Recuerda que cambiándose para brindar su show con María Rosa Fugazot y Francisco Llanos, observó que un hombre lo observaba mientras se cambiaba. Más tarde supo que era el padre de la chica que iba a cambiar su destino para siempre. Marilina, alentada por su padre, comenzó a tomar clases de tango con Fernando en Bellas Artes. Algo se movilizó en él desde la primera vez que vio “a esa petisa” como la llama. “Un día me pidió cambiar el horario porque su pareja asistía en otro turno. Yo le pregunté si era pareja de baile o de vida y cuando me dijo de baile me volvió el alma al cuerpo”, confiesa y recuerda que “le cortó el rostro varias veces hasta que aceptó mi invitación.

“Cuando empezamos a salir la estantería se me empezó a mover, yo estaba en Buenos Aires en la cúspide de mi carrera, decidí alquilar en Pergamino cuando supe que me había enamorado. Nada importaba más que ese sentimiento”, señala.

La ciudad en la que encontró su gran amor le abrió las puertas. Además de sus clases en Bellas Artes, brindó otras en Florentino, “gracias a la mano grande que me dio Sergio Cordero”. Hoy el lugar para la enseñanza el tango es el Centro Vasco, “ahí hay gente extraordinaria que me permitió trabajar, eso lo valoro mucho”.

Con su llegada a Pergamino, su carrera en Buenos Aires se cerró, pero no lo lamenta: “Hasta donde pude hice”, afirma y enseguida destaca que acá logró insertarse artísticamente. “He bailado mucho y me consolidé en mi rol como docente e impulsé varias milongas solidarias”.

Aunque asegura que no siempre encontró eco en el ámbito oficial de la Cultura, resalta que hubo personas con las que ha tenido buena relación. “Jamás olvidaré a Marisa Friguglietti, una persona con la que discutí muchas veces, pero que respeté siempre. Nos peleamos y reconciliamos mil veces, teníamos ambos un temperamento especial”.

Siente profunda gratitud con aquellos que le abrieron las puertas de una ciudad que lo adoptó. En un momento de la entrevista menciona a Carina Fajar: “Ella fue otra persona que me abrió las puertas. Más allá de todo lo que ha sucedido, que fue de público conocimiento, su madre, su padre y su hermana me abrieron las puertas de su casa y me permitieron dar clases. Eso no me lo olvido. Estuvimos desconectados durante veinte años y el año pasado nos reencontramos. Carina es una amiga, se comportó bien conmigo, hasta ahí es donde yo juzgo”.

Otras pasiones

A la par del tango, Fernando tiene otras pasiones, una de ellas son las motos. “Establecí una relación de amistad muy grande con un grupo de moteros con los que viajo. Es un hobby”, refiere. También menciona a los amigos con los que comparte la peña “El tornillo flojo” y cuenta que son personas con diferentes trabajos que están unidas por el amor a los fierros. “Es una peña gastronómica y nos reunimos cada quince días”.

La filmación y el automovilismo

En 1998 para un compañero de trabajo de su esposa realizó la filmación de una carrera en San Nicolás. Esas imágenes salieron bien y eso le abrió un camino que transitó con pasión: la filmación de carreras de automovilismo.

“Fue el ‘Kanga’ Bonet quien me convocó para trabajar con él. Esos fueron mis comienzos. Hoy me dedico a filmar carreras del turismo zonal, en circuitos de Colón, Arrecifes, Baradero y San Nicolás”, cuenta. “Le cedo las imágenes en carrera a los comisarios deportivos y además vendo el DVD personalizado a cada piloto y las imágenes de las carreras a algunos canales de televisión”, precisa.

Un trabajo y un amor

Para Fernando el tango es “un trabajo” y un amor entrañable. Reconoce que no lo sintió desde siempre y recuerda que cuando su abuela Dora escuchaba tangos en la radio, él le cambiaba el dial. Sabe que su gusto por la música es un don heredado de su padre que fue bailarín clásico del Teatro Argentino de La Plata y que bailó en Colón y Uruguay. “Creo que todos llevamos adentro el tango hasta que se nos despierta”, afirma este hombre que descubrió el fuego de esa pasión de la mano de la profesora María del Carmen Silingo que había bailado con su padre. Después creció en el oficio y la tarea que asumió con suma responsabilidad y la transformó en un modo de vida.

Lejos del ego, asume con humildad su condición de artista y se define simplemente como “un hombre con sus virtudes y defectos”. “Soy un hombre con suerte, me considero totalmente afortunado porque tengo salud, familia y buena gente que me rodea”.

Frontal y exigente, para él, “el tango es tango, y yo lo tomo como mi trabajo, y lo hago seriamente, es la fuente que me permite generar el dinero que yo aporto para llevar adelante mi familia junto a mi mujer que es empleada bancaria”, afirma este hombre que se siente pergaminense.

“Sé que soy platense, pero amo Pergamino porque esta ciudad me dio la familia, lo más importante que tengo y día tras día lo que hago es pensando en ellos”, señala en la charla atravesada por el tango, sus trabajos, los hijos y la fortuna de compartir sus días con una mujer con la que construyó el futuro que soñó.

Sobre el final llegan las letras de sus tangos preferidos: “Ventanita de arrabal” que marcó su infancia. Lo tararea al tiempo que su memoria rescata el recuerdo del albañil que lo cantaba cuando él tenía 7 años. También, otros, como “Esta noche de luna”, cuya letra recitó el día que besó a su mujer por primera vez.  “Malena”, del que tomó el nombre de su hija; y “Julián”, que inspiró el nombre de su hijo.

Sobre el final, la entrevista es rica en anécdotas que tienen la poesía del tango, también la nostalgia, y hasta la ilusión, sentires que conforman la vida misma.

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