Avances:
Programan la relocalización de sectores de fácil inundación El Programa Emprender abrió nuevos talleres en Villa San José Habilitarán un puesto fijo de matriculación en la Región Sanitaria IV
Perfiles pergaminenses

Francisco Miranda: el playero de una estación de servicio que es como su segundo hogar

Francisco Miranda llegó de San Luis a los 16 años y aquí desarrolló su vida. (LA OPINION) Francisco Miranda llegó de San Luis a los 16 años y aquí desarrolló su vida. (LA OPINION)

Desde hace 38 años se dedica al expendio de combustibles en la YPF de bulevar Colón y Bombero Esquivel, una tarea que le gusta y un empleo que le confirió estabilidad desde que ingresó siendo muy joven. Nació y creció en San Luis hasta que llegó a Pergamino en busca de un mejor destino. Aquí armó su familia, su principal pilar.


Francisco Mateo Miranda nació en la provincia de San Luis y creció en un pueblito llamado San Gerónimo. Llegó a Pergamino a los 16 años, buscando la posibilidad de forjarse el futuro en esta ciudad. Lo trajo con su hermana Sofía que se había casado con un pergaminense. “Era muy chico y empecé a trabajar en lo de Milei cuando funcionaba enfrente a la Terminal. Solo había hecho la escuela primaria, así que todo lo que sé lo aprendí trabajando. En Milei era ayudante de tornero y trabajé en esa fábrica hasta que cerró”, cuenta.

La entrevista en la que traza su “Perfil Pergaminense” transcurre en su casa del barrio Belgrano. Está en la cocina. Es de mañana y se prepara para ir a trabajar. El trabajo constituye el eje vertebral de la charla, quizás porque sobre la base del esfuerzo fue que construyó los pilares de su vida.

Cuando habla de sus comienzos, señala que proviene de un hogar “humilde”. Su núcleo familiar primario estaba integrado por su madre, Ilsa; su padre Francisco; y sus hermanas: Sofía, casada con Humberto San Martín; Elena, que también vive en Pergamino y está casada con Rodolfo Giacone; y María que vive en San Luis, casada con Julio Garro. “A mi hermana la que vive allá la visito una vez al año y cuando viajo aprovecho para ir a Potrero de los Funes donde está la tumba de mis padres”, señala, honrado de sus orígenes.

“Mi papá era mayordomo, andaba en el campo, mi mamá era ama de casa y cocinera. Yo me crié en San Gerónimo, de ahí me fui un tiempo a la ciudad de San Luis y después tuve la suerte de venirme porque en San Luis en ese tiempo no había nada”, relata.

Cuenta que conocía Pergamino a través de visitas que había realizado con su hermana Sofía. “De chico ella me traía de vacaciones, y cuando transcurrió el tiempo decidí venirme porque allá no había demasiadas oportunidades. Me gustaba Pergamino y la ciudad me recibió muy bien cuando llegué. Hoy me siento pergaminense porque acá construí todo lo que tengo”, refiere y cuando reflexiona sobre esa construcción aparecen cuestiones tangibles como su casa, pero muchas otras simbólicas como su familia y las relaciones de amistad entrañable que logró establecer al adoptar esta ciudad.

“Pergamino me abrazó desde el primer día. Siempre le estoy muy agradecido”, resalta.

La estación de servicio

Desde hace 38 años Francisco trabaja en la estación de servicio de Petaccio y Gercovich. Consiguió ese empleo a través de la mano que le había tendido un amigo de apellido Laborde, ya fallecido. Así se abrieron las puertas del lugar que define como “su segunda casa”.

Es playero y se dedica diariamente al expendio de combustible. Ingresó el 1° de mayo de 1981 y desde entonces trabajó incansablemente. “Soy playero, hago de todo y me gusta mucho mi trabajo. La estación de servicio es mi segundo hogar”, resalta.

“Fue muy importante para mí conseguir ese trabajo que me dio mucha estabilidad y que me permitió crecer. Siempre tuve muy buenos patrones, hasta el día de hoy. Y también muy buenos compañeros de trabajo, aunque muchos ya se han ido y han llegado nuevos. Yo era el más joven cuando entré y ahora soy el más grande”, menciona.

Trabajar representó para Francisco la llave que le abrió las puertas de la posibilidad de progresar: “Yo cumplí siempre. Trabajé feriados, incluso para las fiestas de fin de año en más de una oportunidad mi esposa fue para poder brindar conmigo”.

Nunca evitó ningún sacrificio y con gusto siempre intentó “poder cumplir”.

Un episodio trágico

Nada lo desalienta. Ni siquiera algunas situaciones difíciles que le tocó atravesar, como algunos hechos de inseguridad que lo sorprendieron trabajando. Ni la trágica inundación de 1995. Recuerda esa vivencia con tristeza con un relato conmovedor: El agua me llegó hasta arriba de la cintura. Yo había entrado a trabajar el 6 de abril a las 22:00, llovió toda la noche, llegó el reemplazante y se fue. Yo me quedé y vino el agua que se llevó todo a su paso. Después ya no pude cruzar el Arroyo para volver a mi casa. Vi cosas que no quiero ni recordar. Fue terrible ver agua por todos lados y la gente desesperada. Fue una tragedia. Recién el 7 de abril, a las 18:00, los bomberos de San Nicolás me sacaron. Pero no abandoné el trabajo, estuve firme. Después fue el tiempo de reconstruir muchas cosas”.

La familia, su pilar

Siendo joven, en un baile en el Club Centenario conoció a Susana Aitta, quien se transformó en su novia y siete años más tarde en su esposa. Se emociona cuando habla de esta mujer que siempre trabajó a la par suya y se ocupó de criar a los dos hijos que tuvieron: Damián (39) y Marcos (31). Hoy además son abuelos de Milagros (14).

“La conocí en un baile de Centenario, el barrio en el que ella vivía junto a sus padres Santiago y Adela”, relata Francisco y recuerda cómo fueron construyendo la familia que tienen ampliada a hermanos, sobrinos, compadres, y amigos muy queridos.

“Fui muy afortunado de haber podido formar mi familia”, resalta y mira a su alrededor, en la geografía íntima de la casa que construyó con esfuerzo.

“Acá en el barrio Belgrano no había nada, era todo descampado. Cuando dejé de trabajar en Milei compré el terreno y comencé a construir. Fuimos haciendo esta casa de la nada. Mis suegros nos dieron una mano grande. Cuando nos casamos al principio alquilamos, después vivimos unos años con ellos, hasta que pudimos mudarnos. Esta fue la primera casa de la cuadra, y después, enfrente comenzó a construir un amigo con el que nos ayudábamos”.

Hoy sus hijos viven con ellos. Y tienen la dinámica de una familia tranquila. Las rutinas fluyen sin sobresaltos. Su esposa sigue trabajando en el rubro de la confección. “Con 61 años se levanta todos los días a las 5:00 para ir al taller y regresa a las 15:00”, cuenta.

En varias partes de la conversación se le entrecorta la voz, casi siempre cuando el relato coincide con lo afectivo, con la construcción de los sueños que se fueron cumpliendo.

“Emociona recrear la historia de vida”, afirma. Sabe que su familia es su mejor logro. “Siempre tuve la fortuna de cruzarme en la vida con gente muy buena. Tengo muchos amigos”.

Sus hijos jugaron al fútbol, de hecho el menor todavía juega en Argentino de Rancagua, y eso le permitió conocer a mucha gente. “Anduvimos por muchos lados por la cuestión del fútbol. Damián jugó en Douglas Haig y en Juventud; Marcos juega actualmente al fútbol. Los hemos acompañado mucho y eso nos permitió establecer muchas amistades”.

Se define como “muy familiero” y cuenta que su casa es el lugar de encuentro con la gente querida. Habla de las hermanas de su esposa, Graciela, viuda de Juan Domiciano Prieto; y Rosana, casada con Carlos Croci; de sus hermanas; y de sus sobrinos. “Cuando nos juntamos a comer los domingos en general cocina Carlos, el marido de Rosana, y la familia se amplía para recibir a José Picone, su esposa Josefa y su hija Mariel, que es madrina de Marcos”, señala.

Esos afectos nutren su vida y alimentan los vínculos más entrañables. Se muestra agradecido. “Los afectos son lo más importante de la vida, es lo que uno se lleva. Somos una familia humilde y todo lo que tenemos fue producto de mucho esfuerzo, porque yo acá llegué sin nada”, resalta, considerando que la clave está en trabajar y en ser responsable. “Valoro mucho lo que tengo”.

La vida que soñó

Le faltan unos años para jubilarse y no piensa demasiado en eso porque se siente bien y no le gustaría dejar. “Sinceramente tengo muy incorporada la cultura del trabajo”, confiesa y cuenta que cuando no está en la estación de servicio colabora mucho con su esposa en las tareas de la casa. La salud lo acompaña.

Sobre el final de una charla simple, nutrida de vivencias sentidas, Francisco confiesa que tuvo la vida que soñó. Vuelve sobre sus recuerdos de niño que creció “en el norte” y recorre parte de su vida, con los claroscuros, con el empeño de trabajar con esmero en cada proyecto personal y laboral. “La verdad es que al final tengo la vida que soñé, es demasiado, no puedo pedir más. Tengo lo más importante que puede tener un hombre que es su familia, su trabajo, la amistad y el compañerismo. Estoy muy agradecido por eso”.

Viaggio Espresso