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Perfiles pergaminenses

Gladys Carranza, la sencillez de una mujer solidaria dedicada a su familia y al comercio

Gladys Carranza, la calidez de una mujer para quien la atención al público es parte de su vida. (LA OPINION) Gladys Carranza, la calidez de una mujer para quien la atención al público es parte de su vida. (LA OPINION)

Junto a su madre tuvo “Ilusión”, un negocio con 40 años de historia dedicado a la venta de trajes de fiesta, labor que hoy continúa en el marco de otro emprendimiento. Dueña de una fe que la sostiene ante cualquier adversidad, pone en acto la generosidad en distintos espacios con los que colabora. Sus seres queridos son su principal tesoro.


Gladys Luján Carranza tiene 64 años. Es una mujer sencilla que ha dedicado buena parte de su vida a trabajar y a desplegar su espíritu solidario colaborando con distintas instituciones. Su principal sostén es la familia y le gusta compartir la vida con sus afectos verdaderos. Rinde culto a la amistad y siempre está dispuesta a seguir el camino que le señalaron sus padres, ese del que tomó los valores que transmitió a los suyos. Acepta relatar su historia de vida con la misma sencillez con la que vive y como casi todas las personas al abrir las puertas de su intimidad, lo hace hablando de su infancia y de las cosas sencillas que son las que verdaderamente importan.

Nació en Pergamino y creció en el barrio Vicente López. Hoy vive a pocas cuadras de su casa de la infancia. Guarda el recuerdo de la fisonomía del barrio cuando las calles eran de piedra. “Hoy estamos a 10 cuadras del Centro. Ha cambiado mucho la ciudad”, refiere en el comienzo de la charla que se desarrolla en una pausa de su tarea cotidiana en el negocio de indumentaria, alquiler y venta de vestidos de alta costura que tiene en sociedad con una amiga en calle Bartolomé Mitre al 600. Antes las distancias, aunque iguales, le parecían más largas, dado que después de las avenidas, las calles eran más descampadas.

Sus padres fueron Adela y César. Ella modista y él panadero. Ambos fallecieron. Su papá luego de muchos años de padecer las consecuencias de la diabetes; y su mamá, de un día para otro a causa de muerte súbita cuando tenía 79 años. Una foto de su mamá la acompaña en el mostrador del negocio, justo en el sector donde están dispuestos los vestidos de 15 años y los trajes de novia. Junto a ella durante muchos años tuvieron “Ilusión”, un comercio emblemático de la ciudad dedicado a la venta de trajes de novia, madrinas y 15 años. También una foto de su nieto Gaspar, de apenas dos meses, con el que estrenó el título más maravilloso del mundo: el de ser abuela.

Cuenta que su familia es muy importante en su vida.  Habla de su esposo Raúl Bordón, distribuidor de productos de ferretería al que conoció en el barrio y con el que se casó tras cinco años de noviazgo. También habla con amor incondicional de su hija Eliana Fe, deseada y esperada, con quien tiene un vínculo que le colma el alma. “Ella tiene 32 años, es traductora de inglés, trabaja en AgroActiva; está en pareja con Emanuel Antunez Clerc y hace dos meses, el 18 de septiembre en plena pandemia, me hicieron abuela”, resalta con una emoción que le invade la voz.  Su alegría es inmensa y se le nota.

También habla de su hermano Marcelo Carranza, sus sobrinos Eugenio y María Carranza; y Agustina y Cintia Bordón; y su sobrino nieto, Felipe (6 años). Fiel a los orígenes sirio libaneses de sus abuelos maternos, ama la tradición: rinde culto a la vida familiar y ama el ritual de compartir. “Cuando vivían mis padres siempre teníamos la costumbre de reunirnos los sábados al mediodía. Y con mi hermano es un encuentro que mantenemos. Cada semana nuestras familias se encuentran para compartir el almuerzo como cuando nuestros padres estaban, si es verano en la quinta familiar y el resto del año en mi casa o la de él. También con mis primos soy muy unida. La familia es la mejor herencia que me dejaron mis padres”, reflexiona. Comenta que tiene un único tío vivo. Se llama Luis y la une a él un gran afecto.

Cuando recuerda su infancia y adolescencia menciona las vivencias como alumna del Jardín de Infantes N°1-el único que funcionaba en la ciudad- al que su padre la llevaba en bicicleta y la iba a buscar el papá de una compañera y vecina. También habla de su paso por la Escuela N° 17 y más tarde por la Escuela N° 1 donde estudió Secretariado Comercial. También los juegos sencillos de tiempos en que la vida transcurría de manera serena.

Una gran trabajadora

Desde chica trabajó en el rubro de comercio. Primero ayudando a su papá en la sucursal de una panadería que había instalado en la esquina de Castelli y Vicente López. “Era una niña y me gustaba mucho atender a la gente, así que pasaba tiempo allí ayudando a mi papá”, señala. 

“A los 14 años empecé a trabajar en forma temporaria para la época de vacaciones o las Fiestas, en La Casa de las Carteras; y a los 16 años ingresé en Georgi, cuando funcionaba en el barrio Centenario. Ahí estuve hasta el año 1978”.

“La Curvita”

En el Cruce de Caminos, más precisamente en Catamarca y la ruta, “La Curvita” fue una parrilla que su familia abrió en el año 1975, cuando su papá se jubiló del oficio de panadero. El emprendimiento fue un espacio familiar al que todos le dedicaban tiempo y tarea. “Toda la familia trabajó en la parrilla. Yo todavía estaba en la sedería y cuando salía me iba a la parrilla y ahí hacía de todo, desde cocinar hasta lavar los platos y atender a la gente”, relata.

“Eran épocas de mucho trabajo. Paraban los colectivos para que la gente comiera en la parrilla. El Cruce de Caminos era un lugar privilegiado de la ciudad. Recuerdo que paraban casillas rodantes. La parrilla la tuvimos alrededor de 10 años. Mis padres hicieron mucho sacrificio y obtuvieron recompensa porque les fue muy bien. Todo el mundo iba a comer ahí”, destaca.

“Ilusión”

Como su mamá era modista, en un momento comenzó a hacerle los vestidos de novia a la sedería donde Gladys trabajaba. “Con el tiempo se nos ocurrió poner un negocio para confeccionar vestidos de 15 años, novias y fiestas. El 11 de agosto de 1980 inauguramos ‘Ilusión’, en Merced 811. Más tarde nos mudamos a Merced 654, frente a la Escuela N° 1, donde funcionó hasta junio de 2019”.

“Generaciones enteras pasaron por nuestro negocio. Era un momento en el que no se usaba el alquiler de los trajes sino que se confeccionaban a medida para la venta”, refiere Gladys y comenta que quien se ocupaba de la confección era su madre. “Yo nunca supe coser, mi función era viajar a buscar las telas, medir, bordar y hacer todo lo que requería del trabajo a mano; además preparaba ramos y tocados, algo que sigo haciendo”, menciona recordando que su mamá era “una gran modista”.

Cuando su madre dejó el negocio, ella siguió adelante con el emprendimiento que por entonces ya era una referencia en el rubro. Recuerda las épocas en que iban a las fiestas a asistir a novias o quinceañeras. “Hubo momentos que teníamos amigas que nos ayudaban a ir a vestir, épocas en las que había tres o cuatro casamientos los fines de semana”.

En su relato hace una descripción minuciosa de cómo fue cambiando el negocio en el campo de la alta costura. “Con los años comenzaron a alquilarse los vestidos, al principio no nos gustaba la idea, pero toda la gente buscaba el alquiler o el alquiler a estrenar, así que nos reinventamos y seguimos adelante”.

Un nuevo emprendimiento

Actualmente Gladys vende y alquila vestidos de fiesta en el negocio que tiene con su socia y amiga: Estela Agüero. “La parte de los vestidos de fiesta sigue siendo mía. El resto de la actividad del negocio es en sociedad”, aclara. Y cuenta cómo nació AnAdel, una casa de ropa que funciona en pleno centro de la ciudad y lleva el nombre de las mamás de ambas: Ana y Adela: “Estela trabajaba en este negocio dedicado a la venta de indumentaria y cuando surgió la posibilidad de comprárselos a los anteriores dueños, nos asociamos y yo incorporé la venta y alquiler de alta costura”. Con su socia habían sido compañeras de trabajo en Georgi y siempre habían seguido en contacto. Las unía la amistad que es la que hoy les permite compartir este emprendimiento que a Gladys la mantiene haciendo lo que más le gusta “estar en contacto con la gente”.

“Siempre me he dedicado a la atención al público. El mostrador es parte de mi vida, hace más de 50 años que estoy detrás de un mostrador. Es una actividad que me ha dado muchas satisfacciones”, resalta.

Fe puesta en acto

Cuando no está trabajando siempre encuentra tiempo para hacer distintas actividades. Es una persona inquieta y solidaria. “Siempre estoy pensando en el modo de poder ayudar. Colaboro como voluntaria en la iglesia San Jorge”. Asegura que “servir a los demás” es un atributo aprendido de sus padres que siempre colaboraban con San Vicente y otras instituciones haciendo comidas o ayudando a dar de comer a los chicos.

“Siempre estoy dispuesta a colaborar cuando me necesitan. Es la manera de sentir mi fe. Quizás no soy de las personas que van todos los días a la iglesia a rezar, pero siempre trato de brindarme a los demás desinteresadamente y tender una mano en todo lo que está a mi alcance”.

Lo esencial

En varios momentos de la charla vuelve sobre su familia. Lo hace cada vez que un comentario o una pregunta la convocan a reflexionar sobre lo esencial y confiesa que en los suyos encuentra la razón de vivir. Es una mujer de costumbres sencillas, siempre dispuesta a encarar nuevos proyectos. “Antes de jubilarme tenía la mutual de Gastronómicos y siempre tuve una muy buena relación con quienes están en el sindicato, así que en ese espacio también colaboro en todo lo que puedo. He dictado cursos de repostería para chicos y en alguna época me dediqué a hacer tortas para vender”.

Su pasión por la cocina la tomó de sus padres a los que les gustaba mucho cocinar. De ellos también tomó la enseñanza del amor a la vida. “Me gusta vivir”, afirma. Y prosigue: “Me gusta cocinar, cuidar las plantas, salir, viajar, compartir tiempo con amigos. Con mi esposo teníamos matrimonios amigos y yo tengo amigas de toda la vida que son parte de mi familia”, señala.

Sobre el final, todas las referencias de la charla remiten a los vínculos afectivos verdaderos y a las infinitas anécdotas. La familia, los amigos, los clientes que siempre han sido fieles, la gente con la que la ha cruzado en distintos momentos ocupan un lugar central en su corazón. Cuenta que tiene seis ahijados y es la tía del corazón de todos los hijos de sus amigas. No por casualidad en cada una de sus relaciones cosecha afecto del bueno. Se brinda de corazón, con la misma sencillez con la que vive. Y eso, siempre, tiene recompensa.