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Graciela Risodé: una historia de vida, sostenida en la sensibilidad y una profunda vocación de servicio

Graciela Risodé, ya jubilada, nutre su vida de nuevas rutinas. (LA OPINION) Graciela Risodé, ya jubilada, nutre su vida de nuevas rutinas. (LA OPINION)

Acaba de jubilarse del Hospital San José donde como empleada administrativa desempeñó tareas en varios sectores. El último el Hospital de Día de Salud Mental, una experiencia que rescata por lo transformadora. Estrenando el rol de “abuela” hoy inaugura nuevas rutinas, asociadas al disfrute de estar en el momento de “cosechar los frutos de la siembra”.


Graciela Susana Risodé nació el 24 de marzo de 1956. Creció en el barrio Centenario, en calle Magallanes, un lugar del que guarda entrañales recuerdos. Su papá fue Alberto Risodé, ya fallecido. Su mamá es María Luisa Ferreyra, jubilada del Hospital San José que hoy tiene 88 años. Su hermano es Alberto José, siete años menor. Fue a la Escuela Nº 77, hoy Nº 53. “Tengo hermosos recuerdos de mi infancia y del barrio, vecinos y familias muy queridas que siempre tengo presente como las familias Cascardo, Scófano y Bichara, gente que nos acompañó siempre”, dice en el comienzo de una cálida charla mantenida en la casa de una de sus hijas donde acompaña todas las mañanas a sus nietas, recién nacidas. Se la nota feliz y resuelta. El mate acompaña la conversación que gira en torno a las cuestiones sencillas y trascendentes de la vida.

Cuenta que hizo el secundario en el Colegio Nacional de Comercio, donde egresó como perito mercantil. Más tarde ingresó al Profesorado de Letras en el Colegio Normal y cursó tres años de esa carrera. Dejó el barrio Centenario cuando sus padres se mudaron a calle Belgrano.

Su familia

Se casó con Juan Carlos Seta, transportista jubilado, el 12 de julio de 1980. “Fruto de nuestro matrimonio nacieron Noelia Melina (38) que es abogada y Anabela Rita (35) que es médica cardióloga.

“Noelia es soltera y Anabela está casada con Matías Osvaldo Cena que es ingeniero. Hace un mes nacieron las mellizas María Paz y María Joaquina, mis nietas”, refiere hablando con profundo orgullo de sus hijas y expresando una emoción profundamente asociada al amor incondicional cuando se refiere a sus nietas, esas “princesas”, como las llama, que llegaron hace apenas unos días.

Relata que a su esposo lo conoció en un casamiento. “Yo era madrina y él invitado, allí nos conocimos y luego de dos años de novios nos casamos, hace 39 años”, señala y confiesa que se siente afortunada de tener a su lado a “un hombre bueno y compañero, con el que pudo conformar una linda familia sostenida en el amor y los buenos valores.

“Estoy estrenando mi rol de abuela”, dice sentada en la mesa de un comedor diario. Y su cuerpo gira para mirar a las mellizas que duermen en un ambiente contiguo. Acompaña a su hija en el cuidado de las bebas todas las mañanas.

Hace muy poco se jubiló del Hospital San José donde trabajó durante muchos años. “Tenía que retirarme el 18 de octubre y me fui dos semanas antes para acompañar a mi hija que tuvo que hacer un poco de reposo en el último tramo del embarazo”, refiere y resalta: “Me fui con 35 años de servicio cumplidos y 63 de edad”.

Una nutrida carrera hospitalaria

Afirma que para trabajar en el campo de la salud pública, cualquiera sea la tarea que se realice, hay que tener una profunda vocación de servicio. Y Graciela la tuvo, junto a una sensibilidad que siempre le permitió poder ponerse en el lugar del otro para tender una mano.

Toda su historia laboral se escribió en el ámbito de la salud. Ingresó a trabajar en la Región Sanitaria IV en épocas en que el doctor Julio Maiztegui era coordinador. “Tengo muy buenos recuerdos de mi trabajo en ese organismo. Establecí muy buenas relaciones con mis compañeros, entre ellos Mirta e Hilda Fagiani, Osvaldo Cerqueti, Figueroa, Ana Rosa Plencovich, Elba Borrás, gente con la que me llevé muy bien.

“Hice un impase cuando nació mi hija Noelia y retomé tres años después. Ahí entré al Hospital San José”, agrega.

En el ámbito hospitalario se desempeñó en la oficina de Estadísticas: “Desarrollé en ese sector una tarea técnica. Después de trabajar un tiempo asignando turnos empecé como secretaria de Sala. Fui secretaria de Maternidad, Pediatría y Neonatología. Y cuando trasladaron Pediatría a la parte nueva, me quedé con Maternidad y Neo”, refiere.

Con profunda gratitud, rescata a las personas con las que tuvo la posibilidad de trabajar. Entre ellas: Pedro Villalba, Juan Carlos Casich, Jorge Dorgambide, Pedro Miguens, las parteras de todos los días, además de las enfermeras de los distintos servicios.

“De Pediatría tengo el recuerdo del doctor Pedro Elustondo, del doctor Bardi, de la doctora Silvina Rocha, que en este momento es jefa de la sala. De Neonatología, me acuerdo de la doctora Marta Albornoz, José Parodi, ‘Chichi’ Gutiérrez, Angela Pacífico, María Martha Rottini y Yolanda Martínez. Seguramente me estaré olvidando de alguien, pero para con todos no tengo más que palabras de agradecimiento”, destaca.

Con el transcurso de los años en el Hospital las secretarías se unificaron y comenzaron a manejarse desde la oficina central de Estadísticas. Graciela continuó desempeñando su tarea desde allí, hasta que pidió el traslado a un lugar en el que pudiera trabajar más tranquila en virtud de que estaba atravesando un momento familiar difícil a raíz de la enfermedad de su padre. “Fue un padecimiento largo que me desgastó mucho, así que un día le pedí al doctor Miguel Castells el traslado. Por ese entonces él era director asociado del doctor Juan Cichilliti. Me pidió que continuara hasta que terminara el receso de verano y luego me trasladaron al Hospital de Día de Salud Mental”.

Una experiencia enriquecedora

En ese nuevo puesto de trabajo como administrativa de Hospital de Día de Salud Mental, Graciela se encontró con una experiencia sumamente enriquecedora para su carrera hospitalaria. Allí conoció a Nicolás Marsilli, psicólogo y coordinador del Hospital de Día y a un equipo humano al que se integró con profundo compromiso.

“Para quienes no saben, el Hospital de Día de Salud Mental es un dispositivo que depende del Servicio de Salud Mental y funciona en el pabellón del exLlanura ubicado frente a la Terminal de Omnibus”, menciona.

Recuerda que cuando comenzó a trabajar allí en el mismo espacio físico aún funcionaba la sala de Rehabilitación, a cargo de Antonia Irizar. “Me sigo frecuentando con Myriam Alesso, fonoaudióloga, y con todo el personal de ese servicio establecí una muy buena relación ya que compartíamos el pabellón todos los días.

“Cuando Rehabilitación se mudó al espacio nuevo, yo seguí trabajando en Hospital de Día y colaborando con el CPA en tareas administrativas”, agrega.

Se emociona cuando habla de sus compañeros de trabajo del Hospital de Día de Salud Mental: “Nicolás Marsilli, Matías Papa, Luciana Carná, Nelson Olivera que es el tallerista que trabaja ad honorem desde el primer día, las médicas psiquiatras Josefina Davidovich y Paula Illia; y las enfermeras Beatriz Burgos y Cecilia Lanzelota son personas increíbles con un enorme compromiso con la salud pública. Aprendí muchas cosas trabajando con ellos”, resalta.

“Si tuviera que elegir retomar mi carrera hospitalaria, elegiría volver al Hospital de Día de Salud Mental porque la gente que trabaja allí no está contaminada de las cosas de la ciudad, es gente que entrega y da todo lo que tiene y más. Soy testigo de ese compromiso y me honra haber sido parte de ese equipo donde coroné mi carrera hospitalaria.

“Me costó jubilarme. No fue fácil. Todavía lo digo y me emociono”, afirma. Y reconoce que lo que más se añora es el contacto diario con los pacientes. “Aprendí mucho de cada uno de ellos. El tratarlos todos los días con sus padecimientos mentales me enseñó que son uno de nosotros, que nadie está lejano a padecer alguna patología como la que tienen ellos”, expresa.

“Ellos ubican en uno un referente al cual le confían sus vivencias. Se genera un vínculo muy fuerte y eso se echa mucho de menos, el beso diario del paciente, la espera, la confidencia. A las 7:00 de la mañana yo abría el pabellón y me estaban esperando.

“Con Néstor, que es el intelectual del Hospital de Día, hablábamos de literatura. Un día supo que el autor del libro ‘Historia de un loco’ era mi preferido y se apareció con un libro de regalo. Esas cosas no se olvidan nunca”.

Grandes aprendizajes

Afirma que el Hospital le enseñó muchas cosas. “Es un lugar para la gente que realmente tiene vocación de servicio en todas las tareas, desde manejar un papel hasta abrir las puertas al paciente. Nunca hay que descargar los propios problemas con la gente. Cuando uno va con pocas ganas de enfrentar el día, en el Hospital encontrás personas que tienen historias de vida muy duras y de eso se aprende mucho”, señala.

Desarrolló la empatía y vio el sufrimiento de cerca. También asumió la solidaridad como parte de su tarea cuando iba a servir el desayuno o el almuerzo a los pacientes del dispositivo de Hospital de Día. O cuando con sus compañeros -menciona a Walter Leta, Claudio Puchulo, “Yuli” que ya no está, José Nápole, “Pepe” Cepeda y Liliana Morfeo- hacían “vaquitas” para pagar los pasajes de algún paciente que no había podido ser asistido en el Servicio Social.  “Cuando ves el sufrimiento del que llega a pedir un turno, cuando uno recorre lugares como Terapia Intensiva, Cirugía o Clínica se encuentra con cosas fuertes frente a las cuales uno se siente pequeña, te sentís muy pequeña. El Hospital me enseñó la vocación de servicio, a pensar en el otro más que en uno y a ser agradecido por lo que uno tiene. Esas cosas me enseñó el Hospital, a ser solidaria y a brindar lo mejor de mí cada día”.

Nuevas rutinas

“Como todo jubilado, vivo con la premisa de no dejarme estar. Asisto al taller de Literatura de la Biblioteca Menéndez, también hago mosaiquismo y vitrofusión y me dedico a cuidar a mis nietas a las que esperé durante muchos años”, cuenta, esta mujer que vive en el barrio Santa Julia donde tiene excelentes vecinos.

Como su esposo también está jubilado, disfrutan del tiempo libre. “Nos gusta viajar, y lo hacemos cada vez que podemos”, refiere.

Una mujer feliz y agradecida

Mira a sus nietas cuando afirma: “Ellas son lo más sagrado. Y espero que Dios me regale muchos años de vida para verlas crecer y estar para todo lo que necesiten. Soy feliz de poner el despertador diariamente para cuidarlas y lo que recibo es una recompensa enorme. Mi felicidad ahora es completa.

“Lo charlo a diario con mi esposo, me siento feliz, plena por haber cumplido mi etapa de trabajo que me permite tener una buena jubilación y sentirme segura en un momento en que todo está tan desequilibrado.

“Gracias al trabajo hospitalario y el aporte de mi esposo, mis hijas pudieron estudiar, tener una carrera universitaria, que yo en su momento no pude. Mi agradecimiento a los años de trabajo es inmenso y ahora llegó el tiempo de cosecha y la cosecha son mis hijas, lo que han logrado y mis nietas”, resalta, a modo de balance.

“Me considero una bendecida porque Dios me dio salud, una hermosa familia y un compañero bueno”. No pide nada más. Solo disfruta plenamente y sin grandilocuencias sabiendo que para recibir primero hubo que dar. Y ella, tanto en su vida personal como laboral, ha dado mucho.

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