Avances:
Programan la relocalización de sectores de fácil inundación El Programa Emprender abrió nuevos talleres en Villa San José Habilitarán un puesto fijo de matriculación en la Región Sanitaria IV
Perfiles pergaminenses

Guillermo Schlieper Casas: el hombre de la regalería del Complejo, dueño de una rica historia

Guillermo Schlieper Casas, en el negocio del Complejo LA OPINION Plaza. (LA OPINION) Guillermo Schlieper Casas, en el negocio del Complejo LA OPINION Plaza. (LA OPINION)

Nació en Rosario y creció en una casa que hoy es patrimonio histórico de esa ciudad. Recibió una educación ejemplar y se nutrió de valores que le permitieron forjarse un buen destino. Trabajó durante muchos años como empleado de una sociedad familiar, luego se independizó y realizó diversas actividades. Desde hace 18 años vive en Pergamino.


Guillermo Schlieper Casas cada mañana abre la regalería del Complejo LA OPINION Plaza y allí pasa sus días, haciendo una actividad que le gusta en un espacio en el que está en contacto con la gente. Tiene 84 años y es dueño de una larga historia de vida, con aspectos que parecen sacados de una película inglesa por el buen gusto de algunas anécdotas y por la intensidad de cada vivencia. Nació en la ciudad de Rosario, en una casa enorme que hoy forma parte del patrimonio histórico de esa ciudad y de la que guarda los recuerdos de su infancia. En ese lugar hoy funciona el Colegio de Escribanos, pero la estructura conserva los vitraux y las escaleras que “Willy” tiene grabadas en su retina. También el recuerdo de cuando el presidente y vicepresidente de la Nación de la época se alojaron allí cuando se inauguró el Monumento a la Bandera. Aunque se define como “chúcaro”, establece enseguida una conversación amena en la que conviven el pasado y el presente en perfecta armonía. Cumplió años el 29 de agosto. Celebra la vida, y acepta el transcurso del tiempo con serenidad. Su aspecto es jovial y viste bien. El trato con la gente le atrae. Su nombre es el que ha acompañado a los hombres de su familia. Todos se llamaron Guillermo: su papá, su abuelo y también su hijo.

Se educó en el Colegio Maristas, donde hizo parte de la escuela primaria y secundaria; y egresó en el Colegio “La Inmaculada” de la provincia de Santa Fe donde estuvo pupilo. Su papá era odontólogo. Su mamá fue María Esther Casas. Ella no trabajaba. En la misma casa vivía su abuela Adelaida. Cuenta que tenían una cocinera húngara llamada María que no los dejaba entrar a la cocina, por lo que la familia se enteraba de lo que iban a comer cuando llegaba la hora de sentarse a la mesa. Todo era exquisito.

Guillermo creció junto a sus hermanos: Ernesto, el mayor ya fallecido. Susana, de 91 años y María Esther, de 89, ambas viven en Salta. La institutriz que los cuidaba era inglesa. Su nombre era Mary Ann, pero para ellos era “Miss Mery”.  Guillermo jugaba a la paleta en el Club Rosarino de Pelota y al rugby en el Colegio. “Nuestra institutriz era una persona muy cálida con nosotros y nos acompañaba en todas nuestras actividades”, recuerda en la calidez de una charla colmada de vivencias de una infancia vivida con las particularidades “de aquellos tiempos”.

El comienzo de su historia laboral

Cuando egresó del secundario, y cuando supo que lo de él “no era estudiar” tras incursionar en el campo de la carrera de Derecho y Escribanía, Guillermo ingresó a trabajar en una agencia marítima. Más tarde ingresó a trabajar como empleado en la empresa familiar. Cuenta que su abuelo Casiano Casas y el hermano de su abuela de apellido Echesortu habían conformado una sociedad anónima en 1870 que era una sociedad familiar con varias unidades de negocios. Eso suponía llevar adelante emprendimientos de lo más diversos que contemplaban actividades rurales, inmobiliarias, bodegas y aserraderos. En virtud de esta diversidad, a lo largo de su vida Guillermo desplegó múltiples tareas. En todas siempre se sintió a gusto y capitalizó de ellas los mejores aprendizajes. Recuerda que el origen de aquella sociedad había sido un almacén de ramos generales.

Trabajando para esa sociedad durante varios años vivió en Mendoza y por entonces la posibilidad de llegar a Pergamino no estaba ni en sus planes. “En Mendoza vivía en una finca y desde allí desarrollaba mi actividad laboral; más tarde regresé a Rosario y viajaba a Tartagal donde se administraban tierras”, cuenta y reconoce que era intenso el ritmo.

El armado de su vida familiar

Cuando se radicó en Mendoza estaba de novio con Ana María Vila Ortiz, con la que más tarde se casó y con quien tuvo a sus hijos. Años después se divorciaron. “Vivimos un tiempo yendo y viniendo entre Rosario y Mendoza”, refiere. Sus hijos son: María Verónica (58), Ana María (57), que falleció a los 52 luego de luchar contra una larga enfermedad; y Guillermo (55).

“Verónica vive en Bariloche y tiene cuatro hijos: Luca, Nicolás, Bianca y Ananda. Guillermo estuvo viviendo en España y después regresó a Rosario donde vive con sus dos hijos: Guillermo y Tadeo; y Ana María tenía tres hijos: Jana, Verónica y Anton”, menciona.

Nuevos desafíos laborales

Cuando se vendió la sociedad anónima, algo que recuerda que ocurrió en la década de 1970, Guillermo siguió trabajando para los nuevos dueños. La empresa se volvió a vender nueve meses más tarde. “Un día me encontré con un familiar de mi exesposa, Alberto Sánchez, que se instalaba en Rosario con una empresa dedicada a la edición de películas de videocasetes que se comercializaban en los video club. Se instaló en una de las oficinas de Echesortu y Casas. Un día me comentó que le había fallado un vendedor y tomé la decisión de renunciar a la empresa después de más de veinte años y comencé a vender películas. Viajaba de Rosario a Jujuy, y a medida que se fue modificando la modalidad de venta me fui a vivir a Paraná, para cubrir la demanda de Entre Ríos, Chaco, Corrientes, Misiones y Formosa”.

Cuando dejó esta actividad, en una época en la que se había impuesto “la piratería”, tuvo un bar. “Esta posibilidad surgió a través de un amigo, de apellido García, que lo había construido con una cancha de fútbol cinco. Me convocó para que nos asociáramos y acepté el desafío. Yo me ocupaba del bar y su mujer de las otras actividades”.

Finalizada esa experiencia, una de sus sobrinas de Salta lo llamó para informarle que a su esposo se le había ido el encargado del depósito de Tucumán. Le preguntó si deseaba trasladarse a esa provincia para hacerse cargo de ese trabajo. Y fiel a su estilo, Guillermo aceptó. “Agarré mi valija y me fui a Tucumán y mi trabajo abarcaba una amplia zona como La Rioja, Catamarca y Santiago del Estero”, refiere.

El inicio de una nueva etapa

De paseo en Rosario, donde había viajado para compartir unos días con una de sus hijas, su historia de vida comenzó a cambiar. En ese viaje de regreso a Tucumán en un micro de Chevallier conoció a Raquel Parodi, su compañera de vida desde hace 24 años. “Viajamos en el mismo micro, ella viajaba a Tucumán para visitar a su hija que estaba embarazada. Cuando bajamos a cenar en Rafaela, después de comer, salí a fumar un cigarrillo y allí a la espera de subir nuevamente al micro los pasajeros comenzamos a dialogar entre nosotros. Escuché que ella se lamentaba porque no había ningún kiosco para comprar una revista y yo le ofrecí una que tenía conmigo: Súper Campo, se llamaba. Al día siguiente cuando paramos a desayunar en Termas de Río Hondo intercambiamos otras palabras y más tarde me acerqué hasta su asiento a recuperar la revista. Su compañera de asiento ya se había bajado del micro, así que me ubiqué en ese lugar que estaba libre. Comenzamos a conversar, al bajarnos intercambiamos teléfonos. A los pocos días la llamé para ver cómo estaba su hija. Me invitó a tomar un café y así comenzó todo. Estamos juntos desde hace 24 años y tengo una muy buena relación con sus hijos: Guillermo y María Rita Burrone.

Guillermo regresó a su ciudad natal a los 61 años y salió a buscar trabajo. Se presentó a una oferta que apareció en los clasificados del diario y así fue que comenzó a vender celulares de la empresa CTI. “Trabajé como vendedor y al tiempo me pusieron como jefe de catorce vendedores. Más tarde con la misma gente hice cobranzas para el Sanatorio de la Mujer”.

Emprendedor y versátil, en otro momento puso una verdulería con un vendedor con el que había trabajado en la empresa familiar. Mientras tanto su relación con Raquel seguía a la distancia. “Un fin de semana viajaba ella y otro venía yo para Pergamino, hasta que finalmente me mudé a la ciudad”, relata.

Su vida en Pergamino

Al llegar aquí comenzó una nueva etapa de su vida. Con su compañera que hace más de 30 años trabaja como secretaria del Instituto de Niños, producían souvenires para eventos infantiles y los vendían. “Soy un buen artesano así que eso me sirvió mucho para esa tarea”.

Ya instalado el historiador Luis Libera Gil lo convocó para trabajar en una librería ubicada en San Nicolás Norte, casi esquina Pinto. “Durante 3 años estuve al frente de ese negocio que vendía muy buenos libros y revistas”, cuenta.

Una vivencia laboral y personal trajo a la otra y así fue que un día se encontró recibiendo la propuesta de Guillermo Apesteguía para abrir la regalería del Complejo. En ese lugar pequeño Guillermo hace una tarea grande, con su mejor cara recibe a los clientes, los asesora y disfruta de su presente. “Hace once años que estoy en el negocio, fue un nuevo desafío que me encontró muy entusiasmado”, refiere y cuenta que por las mañanas llega a las 10:30 y por las tardes se queda hasta las 20:30, en coincidencia con los horarios fuertes del movimiento comercial de la ciudad.

Vivir en un lugar tranquilo

Le gusta Pergamino, la ciudad en la que vive hace 18 años. “Me encanta vivir en Pergamino porque toda la vida soñé con vivir en un pueblo tranquilo. Y ahora cuando voy a Rosario solo me quedo un par de días y me quiero volver”, confiesa este hombre que cuando no está trabajando disfruta de la casa que comparte con su compañera de vida. “Cuando Raquel llega de trabajar almorzamos, yo soy en encargado de lavar y acomodar los platos y después de eso subo a la terraza a tomar sol en mi reposera. Es una rutina que respeto hace muchos años porque tenía soriasis y el único remedio que encontré fue el sol”, manifiesta.

Tanta versatilidad le enseñó a ser feliz y lo confiesa: “Soy feliz con lo que hago en cada etapa. No busco otra cosa. Creo que es lo más lindo. Cada cosa que hice la hice con mucho entusiasmo”.

No tiene del pasado una mirada nostálgica, tampoco fantasea demasiado con el futuro. Por lo menos no lo dice. Todo el tiempo está centrado en un presente que vive plenamente, nutrido por sus raíces y satisfecho de las metas alcanzadas. “Por mi trabajo tuve la fortuna de recorrer muchísimos pueblos pequeños y descubrir que siempre hay personas dispuestas a recibirte en su casa”, destaca. Y vuelve su historia para rescatar lo mejor de los vínculos: “Siempre sentí un profundo cariño por la gente que trabajaba en casa, a la mucama de mi abuela yo le ayudaba a doblar las sábanas. Mi cuarto de estudio estaba en un entrepiso y cuando comenzaban los episodios de los Pérez García ella me llamaba para que pudiera escucharlo por la radio”.

Resalta que sus padres también fueron personas muy afectuosas que supieron brindarles a él y a sus hermanos los pilares de una educación que les sirvió para la vida. Convencido de que la disciplina forja el carácter, reconoce que fue un tanto estricto con sus propios hijos, pero cosechó la siembra y se enorgullece al señalar que “son muy buenas personas e independientes”. Hablando de ellos y de la dinámica de la vida cotidiana finaliza la entrevista que transcurre como las buenas charlas.

Viaggio Espresso