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Perfiles pergaminenses

Héctor Pérez: un pergaminense por adopción que forjó aquí su destino

Héctor Pérez, las vivencias de una rica historia contada en primera persona. (LA OPINION) Héctor Pérez, las vivencias de una rica historia contada en primera persona. (LA OPINION)

Nació en un pueblo de la provincia de Santa Fe, pero aquí vivió casi toda su vida, trabajó y tuvo a sus hijos. Hoy está jubilado y disfruta de los nietos y del transcurso del tiempo asumiendo la posibilidad de tener “una vida plena” sin grandes pretensiones y con la certeza de que puso responsabilidad y compromiso a cada tarea que emprendió y eso rindió frutos.


Héctor Pérez tiene 77 años. Nació en Wheel-wright, provincia de Santa Fe, pero desde muy pequeño vive en Pergamino. En el inicio de la entrevista habla de su infancia y de su pueblo. Cuenta que su papá tenía una carpintería y además una librería y refiere que durante muchos años comercialmente les fue muy bien, hasta que se instaló en el lugar una empresa de afuera con mucho capital y les resultó muy difícil sostener esa competencia. En ese momento su padre tomó la decisión de vender lo que tenían y establecerse en Pergamino. “Esto que comento es por lo que he oído, ya que yo era muy chico”, señala y menciona que Pergamino por entonces era apenas “un pueblo grande”.

Aquí su papá armó un aserradero, con el que le fue muy bien. En 1954, un incendio muy grande les ocasionó una pérdida casi total y tuvieron que recomponerse. “No había tenido tiempo de renovar la póliza del seguro así que perdió todo”, refiere. Su madre fue ama de casa. De su niñez rescata los recuerdos de su pueblo, un lugar en el que siempre le gustó vivir. Afirma que solo quedaron allí algunos familiares, entre ellos una prima y lamenta que con el transcurso del tiempo “los amigos ya no están en el pueblo”. Regresa cada vez que puede para ir al Cementerio a honrar la memoria de los suyos, en un ritual que lo acerca a sus raíces.

Es un hombre atento, predispuesto a conversar. Lo hace con calma y con la templanza que da el paso del tiempo, reviviendo anécdotas y vivencias.

Hizo la escuela primaria en la Escuela Nº 2 de calle Florida y el secundario en la Escuela Nacional de Comercio. “En esa época se llamaba Escuela Comercial anexa al Colegio Nacional y mientras yo estaba estudiando comenzó a llamarse Escuela Nacional de Comercio”, menciona.

Tuvo la posibilidad de estudiar y en el tiempo libre ayudaba a su padre a hacer algún despacho. Por aquella época tenían una fábrica de estopa y los envíos a distintos lugares se hacían en camiones o a través del ferrocarril. El que recuerda es el Pergamino de otro tiempo, más pequeño en sus dimensiones y con rutinas propias de “un pueblo grande” que lo fue adoptando.

En 1960 con el título de Perito Mercantil, se fue a estudiar a la Facultad, pero un año después regresó. “Mis padres tenían intenciones de que estudiara, pero económicamente era muy difícil de sustentar. Aunque hubiera podido estudiar y trabajar, sinceramente en aquella juventud yo no tenía esa voluntad. Así que estuve un año en la Facultad, rendí mal y me desanimé. Intenté irme a la Escuela de Aviación Militar porque siempre me gustaron muchos los aviones, pero lo que me gustaba a mí era volar, y no estaba convencido de ingresar en un régimen militar, así que desistí”, relata.

Un buen trabajo

Ya de regreso en Pergamino tuvo la fortuna de conseguir un buen empleo a través de un amigo que le comentó que en Cargill estaban buscando un ayudante técnico. Así fue como ingresó a esta empresa americana en la que fue creciendo y consolidando un perfil laboral que le dio enormes satisfacciones.

“Entré en un período de prueba, me pagaban muy bien. A los tres meses el que era el jefe me llamó para informarme que iba a quedar efectivo en la planta, así que el sueldo se incrementó. Recuerdo que cuando me dio esa noticia, yo no veía la hora de llegar a mi casa para contárselo a mis padres.

“Un día a pesar de que había solicitado la baja por intermedio de un amigo, me llega una convocatoria para que me presentara nuevamente al Servicio Militar. Nunca olvido que en San Nicolás el suboficial mayor Senés me informó que me tenía que incorporar. Tuve que cumplir con esa obligación para no transformarme en un desertor y para ello fui a hablar con el vicepresidente de Cargill en Argentina para pedirle permiso. Me confirmó que me iba a guardar el puesto, así que partí para cumplir con esa obligación”, cuenta.

Pasada esa instancia, retornó a la rutina laboral como ayudante técnico en el laboratorio de semillas. “Realizaba un trabajo de análisis y con el tiempo me incorporaron a tareas administrativas también en el sector de semillas básicas”, refiere. Y reconoce que por su responsabilidad se destacaba en su tarea. Eso le valió que le asignaran tareas de supervisión en campo y actividades dentro de la planta en Fontezuela, donde estaba el campo experimental.

Trabajó allí 32 años, creció y se consolidó en actividades que le gustó realizar y que le enseñaron mucho.  En la década del 90 la empresa comenzó a tener problemas económicos y se tomaron medidas drásticas. Lo despidieron a sus 52 años y aunque recuerda ese episodio con tristeza, rescata lo mucho que la empresa le brindó durante tanto tiempo. “El despido fue la peor época e mi vida, porque ya no había trabajo para gente de mi edad”, dice. Y recuerda un tiempo en el que tuvo que emprender un nuevo camino para seguir adelante.

“Al principio cobré el seguro de desempleo y ayudé a la que era mi esposa en la administración de consorcios, un trabajo ‘ingrato’ porque tenés que ser un tirano”, agrega.

En otro momento incursionó en la actividad de seguros en sociedad con varias personas, pero se desvinculó para tomar su propio rumbo.

“Durante varios años fui remisero, tuve dos autos trabajando y me fue muy bien. Pero es una actividad riesgosa para como están las cosas hoy, así que hoy soy jubilado y ya no trabajo”, señala en la continuidad de la conversación.

Su familia

Respecto de su universo afectivo, está divorciado hace muchos años. Es papá de tres hijos: Ana Julia (47) que es farmacéutica y vive en Necochea; María Virginia (43) es abogada y trabaja en la Fiscalía; y Guillermo (40) es kinesiólogo con orientación al deporte y trabaja en Rosario y Casilda. Sus nietos son Agustina, Alfonso, Aurelia, Victoria y Sofía. Confiesa que son la luz de sus ojos y disfruta de compartir tiempo con ellos.

Uno de sus principales orgullos es haber podido brindarles a sus hijos la posibilidad de que estudiaran para forjarse un destino. “Fueron años de esfuerzo y esa siembra rindió frutos porque los chicos están encaminados en su profesión y tienen una buena vida”, resalta este hombre que disfruta en el presente de rutinas sencillas como salir a caminar, pescar y visitar a los suyos. “Los nietos son mi debilidad”, afirma, emocionado.

Los aviones, una pasión

Nunca abandonó la pasión por los aviones. “Me habían quedado en el corazón las ganas de volar, así que en una época hice el curso de piloto, pero fue en un momento del país en el que las condiciones económicas se complicaron y resultaron muy caras las horas de vuelo. Igualmente era un hobby, no algo que necesitara como una actividad laboral”.

Se dio el gusto de volar con pilotos amigos y en una época los acompañaba para llevar a los paracaidistas. “Siempre me gustó la aventura”, resalta. Y cuenta una anécdota de cuando siendo joven estando en la Facultad le propusieron subirse a un buque de carga para andar por el mundo. “Mis padres no me acompañaron mucho cuando les comenté porque les resultaba un tanto riesgoso y los amigos que tenía tampoco se entusiasmaron, así que todo quedó ahí, solo en una propuesta. Hoy mirando a la distancia sinceramente hubiera sido una aventura peligrosa porque ni siquiera sabíamos el nombre de la embarcación”.

El deporte

Aunque nunca fue deportista, acompañó en esa actividad a su hijo que jugó al basquetbol. Por lo demás se define como “un buen espectador sin ninguna habilidad para los deportes”.

Simpatizante del Club Douglas Haig siguió al equipo en alguna época hasta que dejó de ir a la cancha porque se hacía mala sangre con algunos resultados. Volvió hace un tiempo porque su hija Virginia colabora con la comisión directiva del Club.

“En basquetbol soy de Gimnasia y en los torneos locales en algún tiempo seguí a Sports y a Sirio”, añade.

El futuro

Héctor es una persona que acepta con tranquilidad el paso del tiempo. La salud lo acompaña para tener una buena vida. Es activo y cuando piensa en el futuro analiza la propuesta que le hizo su hija Ana Julia de radicarse en Necochea. “No me disgusta esa posibilidad, pero tengo la disyuntiva de que aquí tengo a mi otra hija y en Casilda a Guillermo. No es una decisión fácil de tomar. Por ahora viajo en el auto, la visito. Me gusta ir a la playa, pero establecerme es una decisión que debo analizar y tomar con serenidad. Es una disyuntiva peliaguda. En algún momento lo haré, uno no sabe cómo lo encontrará la vejez ni cuándo llegará el momento que puede ser en un día o en diez años. El tiempo pasa y hay que ser realistas”.

Confiesa que han quedado “pocos amigos”, por lo que sus rutinas son bastante solitarias. Se lleva bien con la soledad. No añora más que el bienestar de los suyos y tenerlos cerca en el afecto que los une que es entrañable. “Uno se acostumbra a estar solo, mis rutinas son simples, salgo a caminar, tomo mate, me gusta estar en mi casa, no le rindo cuentas a nadie, me gusta madrugar”, describe este hombre al que los amigos conocen con el apodo de “Perita”, “Corto” o “Gallego”. Acepta cualquiera de ellos sin problemas, pero se reconoce en su nombre.

En la medida de sus posibilidades disfruta de la vida “a pleno” y no tiene asignaturas pendientes. Anhela que lo recuerden como “un buen tipo”, que hizo de la responsabilidad y el buen trato hacia los demás una bandera que le permitió ganar innumerable cantidad de buenas vivencias y forjar el presente que tiene.

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