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Perfiles pergaminenses

Héctor Vicente: una vida sostenida en los valores del trabajo y la familia

En la intimidad de su casa, un diálogo cálido para delinear su “Perfil Pergaminense”. (LA OPINION) En la intimidad de su casa, un diálogo cálido para delinear su “Perfil Pergaminense”. (LA OPINION)

Pergaminense por adopción, durante muchos años trabajó en la Dirección General Impositiva (DGI). Eso lo trajo a la ciudad desde Pilar, el lugar en el que creció. Aquí conformó su familia y tuvo a sus hijos. Ese núcleo afectivo hoy ampliado a sus nietos es su principal capital. Su “Perfil” está colmado de anécdotas que muestran la riqueza de las historias genuinas.


Héctor Vicente nació en Rosario el 7 de febrero de 1942. Tiene 77 años. Perdió a sus padres siendo muy chico, lo que lo llevó a Pilar, donde creció con sus abuelos. “Mi mamá Sara falleció cuando yo tenía 2 años y mi papá Enrique a mis 5 años, por lo que crecí con mis abuelos. Mi abuela Anastasia que era analfabeta me educó muy bien. Mi abuelo era Celestino, señalero del ferrocarril. También mis tíos hicieron mucho por mí. Crecí con mucho amor y siempre les estaré agradecido”. No tuvo hermanos, ya que su mamá se enfermó de un tumor cerebral a poco de su nacimiento. En la ciudad de sus abuelos hizo la escuela primaria y el secundario. Más tarde comenzó a estudiar para ser contador, pero no llegó a recibirse porque le tocó hacer dos años el Servicio Militar en la Marina. Guarda de aquella ciudad los mejores recuerdos. “Fui la segunda promoción de compañeros en el Colegio de Pilar, éramos ocho y ahora quedamos solo dos”, cuenta en el inicio de la entrevista. A los 15 años comenzó a trabajar en el depósito de un tío que era mayorista de bebidas y después entré a trabajar en la Dirección General Impositiva (DGI).

También en Pilar conoció a su esposa, Ana Noemí Buzzella. “Nos conocimos en la Plaza de Pilar, en la ‘vuelta del perro’ como se le llamaba al tradicional paseo”. Ella tenía 15 años y él 18. Están juntos desde entonces. El año pasado cumplieron sus 50 años de casados y lo celebraron con un viaje a Europa del que tiene vivo cada recuerdo. “Estuvimos ocho años de novios y llevamos 51 de casados, así que la estoy empezando a conocer”, bromea.

Siete meses después de haber contraído matrimonio desde la DGI lo trasladan a Arrecifes. Héctor trabajó un año allí. “Me habían dicho que me iban a confirmar como jefe, así que acepté y comencé a viajar. Volvía a Pilar los fines de semana porque mi esposa había quedado viviendo con mis suegros, Mario y Pola, dos seres extraordinarios que siempre nos ayudaron mucho”.

Su llegada a Pergamino

Su historia en Pergamino comienza a escribirse por cuestiones laborales. “Estaba el gobierno militar, un día me presento en Mercedes porque no me llegaba el nombramiento. Me señalaron que el hecho de no tener un título universitario me complicaba, y me informaron que las oficinas de Arrecifes y de Pilar se iban a cerrar.  Fue así que me sugirieron que me viniera a Pergamino porque al jefe del distrito como estaba denunciado, por prevención lo habían mandado a trabajar a Chaco. El ofrecimiento fue por quince días, me vine yo, con todos los empleados y los muebles en cuatro camiones del Ejército”. Así fue que se estableció junto a sus compañeros en la oficina local de la DGI, que funcionaba frente a la Municipalidad por calle San Nicolás donde hoy hay una vinería, y los que iban a ser apenas quince días se transformaron en cincuenta años. “Nunca más me fui”.

El primer tiempo vivió en una pensión del matrimonio Damadio en el barrio La Amalia y más tarde organizó aquí su vida familiar. Con su esposa ya radicada en la ciudad alquiló una casa en el barrio Centenario. Allí nacieron sus hijos y vivieron durante muchos años hasta que consiguieron armar su casa propia en cercanías del Cruce de Caminos.

Siguió trabajando en la DGI, llegó desde Santa Fe un nuevo jefe que se había instalado en la ciudad para jubilarse. “Me pidió que le manejara la oficina a cambio de conseguirme un ascenso. Algo que finalmente sucedió, así que aunque nunca llegué a ser el jefe de distrito, obtuve una categoría alta en el escalafón que me permitió crecer en mi trabajo y percibir un sueldo acorde a mi responsabilidad”, señala, recordando los distintos lugares que ocupó la oficina de la DGI hasta que se transformó en Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip) y se estableció en el edificio que ocupa actualmente que pertenecía al Banco Hipotecario.

La familia

Héctor tiene tres hijos: Javier (49) trabaja en la Afip, está casado con Lorena Ippoliti que es docente; Leonardo (45), que es médico pediatra y director asociado del Hospital San José, casado con Eleonora Polola que es psicopedagoga; y Eleonora (42) que es fonoaudióloga, está casada con Heveri Silva que tiene un gimnasio y vive en Pilar.

Es abuelo de Alfonso (17) Ulises (15) Emilio (10) Ema (7) Milo (1) Juana (8) y Sara (6). “Tenemos un familión, el modular cómo está de fotos”, señala mirando a su alrededor el testimonio de lo que ha sido seguramente su mayor realización.  “Somos muy familieros, nuestra casa o la de los chicos es el lugar de encuentro y cuando los nietos no tienen clases se vienen para acá”.

Construyeron su casa con mucho sacrificio y hoy aunque confiesa que les ha quedado un poco grande porque los chicos ya se fueron, la disfrutan a pleno. Héctor se dedica a cuidar el parque y con espíritu hospitalario refiere que las puertas siempre están abiertas para cuando llegan los nietos y quieren quedarse. “En 1995 nos inundamos, sufrimos mucho por deterioros que aún hoy reaparecen”, recuerda.

A pesar de haber trabajado mucho, Héctor siempre se hizo tiempo para participar de la vida comunitaria con relación a sus hijos. Así integró la asociación cooperadora de la Escuela Nº 53 y más tarde la de la Escuela Nº 62. “Fue una tarea que me permitió hacer muchos amigos, en la Escuela Nº 53 tuve el honor de participar en la época en que se construyó el actual edificio”, refiere. “En la Escuela Nº 62 tuve un sinsabor porque durante el gobierno de Cafiero ordenaron construir los baños, los operarios de la empresa que habían contratado no cumplieron con los plazos de obra y después de unas vacaciones de verano al comenzar las clases, la construcción no estaba terminada y todos los reclamos recayeron sobre la cooperadora. Me sentí expuesto porque era el presidente de la cooperadora, incluso los medios me vinieron a hacer notas, pero nosotros no teníamos injerencia sobre la obra. Finalmente con los padres acordamos aportar dinero para finalizar los trabajos, y el inconveniente quedó solucionado”.

Asegura que es un hombre al que lo acompañó la buena fortuna en el azar. Una vez durante un mundial se ganó un televisor, gracias a la tapita de una gaseosa que había comprado para sus hijos en el Supermercado El Gurí. Y más tarde llegó a ganarse un terreno en una rifa que había comprado para colaborar con la comisión del Club Argentino.

Pero esas son anécdotas. Su vida no está anclada en lo material. El azar solo le trajo algunas satisfacciones circunstanciales. Lo sustancial de su vida está construido sobre la base del trabajo sostenido, la perseverancia y la responsabilidad y lo más importante para él son los afectos y la cercanía de los suyos.

De cada lugar en el que estuvo conserva buenas relaciones. “Con los vecinos del barrio Centenario seguimos tratándonos y recordamos aquellos tiempos en los que viviendo en calle San Nicolás, detrás del Club Fomento Centenario, hacíamos las fiestas de fin de año en la calle o nos parábamos arriba del techo para ver los espectáculos; así un día conocimos a Sandro”.

La jubilación

La jubilación llegó en el 2000 durante la gestión de Fernando de la Rúa ofrecieron retiros voluntarios forzosos. “Acepté porque me convenía económicamente. La mala suerte fue que me agarró el corralito y demoré ocho años en poder recuperar el dinero de la indemnización”. Fue una época que recuerda como bastante complicada porque sus hijos estaban estudiando en Rosario. “Igualmente hubo gente que nos tendió una mano y nos aguantó hasta que pudimos cumplir con nuestros compromisos.

“Me quedé sin plata y sin trabajo; los fines de semana había que juntar la moneda para el colectivo de los chicos”, confiesa.

Para celebrar

El año pasado para celebrar los 50 años de casados con su esposa viajaron a Europa y llegaron hasta el Lago Di Como, al norte de Italia, para conocer el pueblo de sus suegros, y tomar contacto con familiares. Fue una experiencia muy conmovedora. “Estuvimos 26 días recorriendo Europa”, cuenta y se emociona recordando las vivencias de un viaje compartido con su esposa que tuvo que ver mucho con permitirle a ella el encuentro con sus raíces. “Llegamos a un lugar precioso con casas de piedra y con gente muy mayor. Encontramos la casa de mi suegro, y nos reencontramos con unos primos que fueron muy hospitalarios con nosotros y nos llevaron a visitar sitios inolvidables como Suiza o Génova”. “Nadie debería perderse la posibilidad de viajar y conocer si tiene la oportunidad de hacerlo”, afirma en una apreciación que lo delata en su pasión por los viajes.

Su vida cotidiana

Su presente es de rutinas sencillas. Retirado de la actividad laboral, ocupa su tiempo en darles una mano a sus hijos en lo que precisan. Se lo suele ver realizando trámites y también hace los mandados. Es hincha de Douglas Haig. Confiesa que no le gusta demasiado madrugar, por lo que con su esposa se toman su tiempo para desayunar tranquilos, sin horario fijo para el almuerzo y sin apuros para nada que no sea realmente importante. Detrás de él mientras conversa, por una ventana se ve el patio de su casa impecablemente cuidado. El se ocupa de ello. En el tiempo libre les gusta salir a caminar y lo hace como un modo de realizar una actividad física. Es constante. En 2012 sufrió un accidente cerebrovascular que no le dejó secuelas. Recuerda el episodio con gratitud por los profesionales que lo asistieron y ayudaron en su rehabilitación; pero no se detiene en esa vivencia. Mira hacia adelante.

Aunque tiene muchos conocidos y gente querida, su principal pilar afectivo está en la familia. Siempre está pensando en los suyos. Se enorgullece de tener los hijos y los nietos que tiene. Con orgullo afirma que hay quienes lo cruzan por la calle y lo reconocen diciéndole: “Usted es el papá de”. A sus hijos les pasa lo mismo, muchas personas reconocen en Héctor valores de honestidad y de sencillez. De esos que ya no abundan. Vuelve sobre sus orígenes para resaltar la memoria de sus abuelos. “Mi abuela que no sabía leer ni escribir hizo de mí lo que soy, crecí en una familia en la que tenían mucho peso los valores”. Tomó lo mejor de esa crianza y lo transmitió a los suyos. No puede pedir nada más, solo imaginar la vejez como “algo que está muy lejos” y simplemente disfrutar de sus seres más queridos rodeado del amor verdadero. “La vida me ha dado más de lo que yo esperaba, he sido y soy afortunado”, concluye.

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